Y ese día llegó

20 colimbas al mando del Vasco D’Andrea Mohr ante el regreso de Perón a la Argentina

 

 

 

la notte insegue sempre il giorno ed il giorno verrà

(“La noche sigue siempre al día y el día vendrá”)

Gianni Boncompagni

 

El 16 de noviembre a las 20.25, desde la ciudad de Roma, Juan Domingo Perón embarcó en un avión de Alitalia con destino a la Argentina, al reencuentro con un pueblo, el suyo, que lo había estado esperando por años.

En las vísperas de aquel 17 de noviembre, en tanto, una patrulla de soldaditos de cascos blancos al mando de un teniente primero, de aire pomposo y escucha atenta, recorría esta ciudad como parte del operativo dictatorial desplegado con el manifiesto objetivo de mantener el orden público, ante el posible “aluvión zoológico” que el partido militar temía pudiera ganar las calles y lo inundara todo con esa mística tan amorosa como única para recibir a Perón, de regreso a la Patria, tras casi 18 años de exilio.

En medio de un fuerte operativo de seguridad del que eran parte ese puñado de pibes de 20 años y su jefe, y a pesar de la inclemencia del tiempo, empezaron a brotar como de la nada decenas y cientos de hombres y mujeres que se confundían en abrazos y cánticos celebrando esa resurrección añorada. En ese escenario impensado, algunos azorados, otros temerosos y unos pocos henchidos de una alegría que intentaban disimular por obvias razones, pero todos sin excepción entendiendo que estaban siendo testigos de una epopeya, apretados codo con codo arriba de ese camión verde oliva que delataba las intenciones, mientras algunos manifestantes se plantaban delante casi a modo de desquite, el dilema más angustiante para esos colimbas era si finalmente iban a tener que reprimir cuando la columna que crecía con el pasar de los minutos llegase al primer retén policial.

Quien esto escribe puede contarlo porque era uno de esos soldaditos, y el jefe militar de ese operativo, su jefe, el teniente primero José Luis D’Andrea Mohr, quien ya había dado muestras de coherencia y conciencia, sin dudarlo dispuso escoltar la columna hasta el retén policial y allí, él en persona le ordenó –de viva voz– al oficial de la Federal a cargo del operativo de contención dispuesto varias cuadras por delante que abriera la calle y dejara pasar a esa gente, a la que señaló expresamente diciendo que “va pacíficamente al encuentro de su líder”. A pesar del tiempo transcurrido, no puedo olvidar las caras de esos compañeros, entre el asombro y el regocijo.

Sentí la íntima necesidad de evocarlo en esta fecha, a modo de homenaje al Vasco D’Andrea, que me honró años más tarde con su amistad, y me confió luego su defensa cuando Héctor Ríos Ereñú, quien llegó a ser jefe del Ejército en el gobierno de Raúl Alfonsín, lo demandó a fines de los ‘90 por haber investigado, hasta llegar a la verdad, la desaparición de un grupo de soldados conscriptos que cumplían el servicio militar obligatorio y que resumió en un título antológico: El Escuadrón Perdido, en un libro de enorme valor probatorio para perseguir a los responsables de los crímenes más atroces de la última dictadura cívico-militar.

Además, hace apenas unas horas me enteré que el Estado argentino admitió, tras la intervención de la CIDH, que había violado su libertad de expresión y firmó un acuerdo de solución amistosa con su familia, poniendo fin a un litigio de años.

José Luís D’Andrea Mohr murió el 23 de febrero de 2001. A su memoria.

 

 

 

 

* El autor es abogado y preside la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

 

 

 

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