YO, DISCEPOLÍN

La palabra en Discépolo muerde, aguijonea, y sin embargo subyace un goce estético

 

Podríamos comenzar más o menos así: había una vez un hombrecito que vivió cincuenta años detrás de una nariz (no). Había una vez un rabioso, un escéptico, un desollado (tampoco). Había una vez un letrista (no alcanza); porque no es cierto que Enrique escribió tangos, lo de él era otra cosa: ¿salmos? ¿profecías? ¿misterios?

 

 

Su artefacto canción

De lenguaje electrizante, si se quiere nihilista —aunque lleno de piedad— este saltimbanqui porteño supo ser capaz de nombrar las aspiraciones y fracasos de los hombres y mujeres de a pie ingresando en las zonas más cavernosas del alma humana. Su artefacto canción no se apoyó en el pintoresquismo tanguero; Discépolo buscó otra cosa: hurgar la psiquis hasta saber de qué estamos hechos aun a riesgo de toparse con un corazón atiborrado de monstruosidades. Digámoslo de una vez y para siempre: su poética no ha sido construida para darnos estocadas de belleza (arte para el mercado del ocio). Por el contrario, la palabra en Discépolo muerde, aguijonea, y sin embargo subyace un goce estético.

Aunque ya lo hemos enunciado, vale insistir: ¿quién lo exhortó para entreverarse con Dios, pecharlo y gritarle de un escobazo cosas como éstas?

¡Aullando entre relámpagos,

perdido en la tormenta

de mi noche interminable, ¡Dios!

busco tu nombre!…

¡No quiero que tu rayo

me enceguezca entre el horror,

porque preciso luz

para seguir!…

¿Lo que aprendí de tu mano

no sirve para vivir?

Yo siento que mi fe se tambalea,

que la gente mala vive ¡Dios!

mejor que yo.

(Tormenta, 1939)

¿Leyeron bien?

yo siento que mi fe se tambalea.

Quizá otrx letrista hubiera preferido:

yo siento que mi fe se está perdiendo.

Pero él no, él era un perfeccionista, un distinto, un enamorado de la palabra. ¿Cuántos borradores garabateó para dar con el hallazgo? ¿Y estas perfectas articulaciones de sonido? Léanlas en voz alta y lentamente, oigan como suenan las “P”.

A mí, ¿qué me importaba tu pasado?,

si tu alma entraba pura a un porvenir.

(Infamia, 1941).

Sigan por la C, las S y la Z, no producen seseo, todo lo contrario, la frase se desliza como una vena de agua:

Entre todos me pelaron con la cero,

tu silueta fue el anzuelo,

donde yo me fui a ensartar.

(Chorra, 1928).

¡Impecable Enrique!

Cuenta la historia que en su agonía, la lucidez lo seguía alumbrando y esto le dijo a Tania (su esposa): “Te dejaré una casa de 42 departamentos (léase canciones). Estos departamentos redituarán formidablemente y tendrás la ventaja de que ni el paso del tiempo les creará necesidades de remoción; por siempre no tienen problemas de gas, de pintura o de lo que vos imaginés; son el negocio del siglo”. Emociona tanto este testimonio. No hablamos del salvataje económico de Tania, sino de esa otra cosa humilde, sencilla, despojada de todo: dejar como herencia, como testimonio, como vida, canciones, simplemente canciones…

Y ya que estamos en el binomio Discépolo-Tania, oigamos Sin palabras (1946), que a decir de propios y extraños debe leerse como un desprendimiento de esa compleja relación.

 

 

 

Sin palabras (tango) de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores

Interpreta Edmundo Rivero junto a la orquesta de Héctor Stamponi (año 1959)

 

 

 

Correr a contramano del canon

A partir de Qué Vachaché (1926) se lanza a escribir con una alegre desesperación, sus imágenes son palpables pero distintas de lo establecido; El verdadero amor se ahogó en la sopa,

la panza es reina y el dinero Dios.

El canon lo mira de reojo, desconfía, no lo entiende. ¿Qué habrán sentido al oír Secreto (1932) o Tres esperanzas (1933), donde introduce el tema del suicidio? En uno no gatilla, tiene miedo de perder a su amante:

No sé si merezco este oprobio feroz

pero en cambio he llegado a saber

que es mentira que yo no me mato

pensando en mis hijos.

¡No lo hago por vos!

¿Pero cómo Enrique, no son lxs hijxs lo más sagrado? En otro ya casi gatilla:

No ves que estoy en yanta

y bandeao por ser un gil…

Cacha el bufoso… y chau…

¡Vamo a dormir!

El oído afilado sabrá que la obra discepoliana esconde otras formas del suicidio, acaso más sórdidas, tal vez más crueles:

Yo vivo muerto hace mucho

no siento ni escucho ni a mi corazón.

(Desencanto, 1937).

Déjame que llore como aquel que sufre en vida

la tortura de llorar su propia muerte.

(Uno, 1943).

Cuando decimos que Enrique corre a contramano del canon pensamos en la parva de letristas que aún hoy emulan la figura del hombre abandonado inventada por Pascual Contursi: Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida; Discépolo no, Discépolo celebra: ¡Victoria! ¡araca victoria!

Pianté de la noria,

¡se fue mi mujer!

(Victoria, 1930).

Y podríamos seguir con la imagen decadente de ese malevo que, cooptado por el amor, se ve en la encrucijada de perder su “honor” abandonando para siempre la barra de matones, el duelo a cuchillo, los faroles; y qué decir del vaticinio de imaginar que

los niños ya nacen por correspondencia

y asoman del sobre sabiendo afanar,

rematando con una misiva anarco-punk:

ya nadie comprende si hay que ir al colegio

o habrá que cerrarlos para mejorar.

La carta más alta la jugó en Desencanto (1937) al sembrar la duda entorno al tópico mayor del tango: la “madre santa”. Con el corazón en la mano Discépolo empuja y empuja, voltea el mausoleo.

Y pensar

que en mi niñez

tanto ambicioné

y al soñar forjé

tanta ilusión.

Oigo a mi madre aún

la oigo engañándome

porque la vida me negó

las esperanzas

que en la cuna me contó.

Tal vez por este tipo de sentencias se lo acusó de inmoral, bipolar, sembrador de tristezas, aguafiestas. ¿Justo a él que supo hablar por nosotrxs, probándose las máscaras que le arrojamos? ¿A él que vino a alumbrarnos para todo el viaje? ¿Te habremos comprendido? Preguntas Enrique. Preguntas…

 

 

Infamia (tango) de Enrique Santos Discépolo

Interpreta Virginia Luque. Arreglos y dirección: Atilio Stampone (1969)

 

 

 

El pan (y el vino) se comparten

De audios, entrevistas perdidas, viejos diarios y revistas, junto, colecciono, atesoro reflexiones de Enrique. Aquí también se puede vislumbrar su dramatismo, su ingenio, su humanidad, su repentismo filosófico. Se las comparto:

  • De cuando era pibe –decía– ni recuerdos tengo. Los tiré.
  • Yo cambié mi timidez por el miedo. Entonces inventé toda esta tristeza de hueso que no encuentra perro.
  • Al nacer mi madre le dijo a mi padre: Santo mirá —y le mostró el hijo— ¿no le falta nada, está entero?
  • Cuando me muera quiero que me cremen. A mí me entró un gusto de humo en la boca.
  • Fui a dormir a un hotel, no prendí la luz para no ver la mugre, dormí con un ojo abierto. A la mañana cuando me levanté me habían afanado la esperanza.
  • Tuviera sesenta kilos más y tres cuartas de abdomen me haría gerente.
  • El hombre de las ciudades se hace cruel, caza mariposas de chico. De grande no; las pisa.
  • Yo había llegado a un punto de flacura tal, que si me tapaba un ojo quedaba disfrazado de aguja.
  • Señor, piense seriamente en el porvenir de sus hijos. Un día usted le faltará y ellos deberán afrontar solos la lucha por la vida. Procura entonces que antes de morir ellos ya sean ladrones.

 

Discépolo caracterizado en el personaje de su obra teatral «Blum».

 

 

Y me entregué sin luchar

Hay mucha tela por cortar. Quedará para otra esquina del grillo el Discépolo actor, guionista y director de cine, figura clave en la industria cultural argentina; el animal poético-político relacionando sus textos con el Crack del 29 y la Década infame; Su Yo confesional —siempre en presente— desmarcándose de lxs poetas que necesitaron del barniz melanco para construir sus letras; su decisión de no cantarle a Buenos Aires intuyendo que el hombre y la mujer —con su ración de amor y odio— son el verdadero paisaje; que en los últimos seis años de vida escribió solo tres letras y entonces las mil y una conjeturas: que en medio de las conquistas peronistas no sentía ni quería escribir a lo Cambalache; que su verdadero deseo era dedicarse de lleno al teatro; que las primeras críticas antiperonistas le quitaron fuerza; que Discépolo se inmoló, que el General y Raúl Apold lo utilizaron como propaganda política obligándolo a realizar los micros en Radio Nacional donde crea el personaje Mordisquito; que entra en un pozo depresivo luego de recibir el escupitajo de un amigo, los discos rotos envueltos en excremento, el falso homenaje; que en verdad lo que lo acongoja es el dolor de no poder ver a su hijito mexicano; que Tanía lo tenía a maltraer, que padecía desde tiempo una suerte de leucemia y tanto más…

Lo cierto es que si unx quisiera sacarle una fotografía a este hombrecito gigante, siempre saldrá movida. Discépolo en su última realidad se nos escapa.

 

 

 

Discépolo en Pienso… y digo lo que pienso Audición en Radio Nacional (1951)

 

 

¡Hasta la Victrola Siempre!

 

 

 

 

 

 

 

 

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8 Comentarios
  1. Gabriel dice

    Verdaderamente Explendido todo el material y tus relatos que realzan todo. Me encanta quede atrapado con felicidad de todo lo que lei y escuche, graciassssssssss Matias

  2. Lujan dice

    Matías Mauricio, admiro tu columna, máxime por ser un tipo joven que hurga en un pasado nacional y popular para, quizás, tratar de entender la transformación social del presente. Me permito una pequeña digresión: En el ’51, con su veraz «Mordisquito» , que el General con Apold, su secretario de Medios, lo hayan «obligado» a su difusión propagandística, bueno… Sabemos que el General bien conocía la labor «anti» social y popular de los medios (Oh casualidad en los tiempos!) de Clarín y La Nación y se puede pensar también (los más republicanos…) que fueron «obligados» a autocensurarse para poder seguir con sus ediciones entonces…A nuestro gran Discepolín lo inmoló el gorilaje y ciertos traidores con su terrible escarnio sobre su persona. Así pago tributo a su poesía nacional y popular del hombre y la mujer de su pueblo. Bueno Matías, como él, escribo(y digo) lo que pienso…. Además, nunca me metí en política, Siempre fuí Peronista !! (en «Gatica» de nuestro gran Favio) Abrazo grande Matías.

  3. MAE dice

    Filosofía, yo lo llamaría filosofía Mathías

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