En la cuerda floja

Debates urgentes para que el pueblo no sea siempre el que pague la deuda

 

La renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos (FdT) abrió un debate necesario que se profundizará en el Congreso cuando se trate el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La cuestión exaspera a quienes quieren que el acuerdo –del que todavía no se conocen los detalles– sea aprobado sin discusión, ignorando que la Constitución Nacional expresa en su artículo 75, inciso 7 que es atribución del Congreso “arreglar el pago de la deuda interior y exterior de la Nación”. En la misma línea, la Ley de Fortalecimiento de la Sostenibilidad de la Deuda Pública, iniciativa del Poder Ejecutivo aprobada por el Congreso y promulgada por el gobierno el 2 de marzo de 2021, establece en su artículo segundo: “Dispónese que todo programa de financiamiento u operación de crédito público realizado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), así como también cualquier ampliación de los montos de esos programas u operaciones, requerirá de una ley del Honorable Congreso de la Nación que lo apruebe expresamente”. Que Mauricio Macri haya atropellado las atribuciones de otro poder no significa que el acuerdo no deba ser discutido en profundidad por nuestros representantes para que el pago de la deuda no recaiga –como siempre ocurrió– sobre la espalda del pueblo.

El pasado 10 de diciembre, en el Día Internacional de los Derechos Humanos, Cristina Fernández de Kirchner señaló muy bien dónde había que buscar los recursos para pagar la deuda: “Necesitamos que el Fondo nos ayude a recuperar, de los paraísos fiscales adonde se han ido miles de millones de dólares en evasión para que les paguemos. Presidente, comprométase que cada dólar que encontramos en el exterior se lo vamos a dar primero al Fondo de los que fugaron, de los que se la llevaron sin pagar impuestos. Que sea un punto de negociación con el Fondo”.

El diputado Leopoldo Moreau analizó el tema y ubicó su eje central: “Acá no se está discutiendo la opción default o acuerdo con el FMI porque con el FMI no existe el default, existe mora. Se hacen acuerdos con el FMI generalmente para que te presten plata para no tener default con los acreedores privados, pero con el Fondo no existe el default”, precisó. Sobre las diferencias dentro del FdT, apuntó que estaban marcadas en “cómo se negoció –eso lo deja establecido Máximo (Kirchner) en su carta– y cuál fue el resultado de esa negociación. Ahí está establecida la diferencia”. Dijo que “se debilitaron las reservas”, porque “(Martín) Guzmán –equivocadamente– llevó a que el país, sin acuerdo con el Fondo, le estuviera pagando al Fondo, y en esos pagos que hicimos, más los pagos a los acreedores privados, se debilitaron las reservas”. Así, “al final del camino” de la negociación, al pagarle al FMI sin acuerdo y pagar deuda de los acreedores privados de las empresas (con sus casas matrices) se “evaporó el superávit comercial” al punto de que “no teníamos un dólar en el Banco Central”.

Moreau evaluó que esto provocó que el FMI nos presionara “porque nos debilitamos despilfarrando divisas, sin necesidad, porque –reitero–, no hay default con el FMI. Tuvimos que ir a un acuerdo que deja muchas dudas”. Entre ellas, destacó “que el acuerdo nos impone tasas de interés muy altas. ¿Esto qué significa? El riesgo de que otra vez haya dificultades para financiar capital de trabajo. Todavía no habido la primera revisión –de las diez que vamos a tener– y ya el Fondo te está mandando por los diarios la imposición de que hay que aumentar aún más las tarifas de lo que el gobierno está dispuesto a hacerlo”. Añadió que si el gobierno habilita esos incrementos y paralelamente la tasa real de interés para crédito es elevada, se frena el consumo y el financiamiento del capital de trabajo.

Por su parte, el diputado Hugo Yasky repitió lo que expresó ni bien se conoció la decisión de acordar con el FMI: la necesidad “de que el peso de la deuda externa no recaiga en los sectores populares. Seguir discutiendo proyectos de ley para que –ya sea a través de medidas tributarias, ya sea a través de la investigación de la deuda externa– podamos generar señales para nuestro pueblo de que esta vez las cosas van a ser distintas”, dijo en diálogo radial con la periodista Nora Veiras. “Que esta vez el hilo no se va a cortar por lo más delgado y que no va a pasar –como pasó siempre en este país– que los que se beneficiaron con los recursos de la deuda fugando capitales se beneficien también viendo como el resto del pueblo paga con privación y con hambre lo que ellos generan”, puntualizó.

“Nosotros lo que tenemos comprometido desde la oposición es que vamos a trabajar para que la Argentina no caiga en default”, manifestó el senador de Juntos por el Cambio Alfredo De Ángeli. Para el gaucho de los ricos, “el Fondo va a monitorear y está bien. Creo que el kirchnerismo lo que no quiere es que lo controlen”. Lejos de entender la gran trascendencia y recuperación de la soberanía que significó el pago al FMI de 9.810 millones de dólares que el Presidente Néstor Kirchner anunció el 15 de diciembre de 2005 y efectivizó el 3 de enero de 2006 –utilizando para tal fin las reservas internacionales que en ese entonces ascendían a 27.000 millones de dólares– para De Ángeli, Kirchner le pagó al FMI para luego endeudarse con Venezuela “porque no quería que lo controlen”. Con esas declaraciones –a las que agregó la convicción de que luego del acuerdo llegarán las inversiones– el senador aporta su peculiar forma de entender la historia, superadora de un sketch de Diego Capusotto, al repertorio de Juntos por el Disparate.

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué hacer?

“Antes las grandes adversidades, grandes acciones”, expresó la Vicepresidenta también en Plaza de Mayo el pasado 10 de diciembre. Y serán esas grandes acciones las que se deberán tomar para no caminar en la cuerda floja del acuerdo. Se podría avanzar en una reforma fiscal que en lo sectorial grave al sector financiero, gran beneficiario del endeudamiento, como así también a los argentinos que tienen bienes en el exterior. Sería una buena forma de revertir la estrategia habitual del establishment de evadir ganancias y socializar las pérdidas para que paguen los ciudadanos y el Estado. Alguna punta brindó al respecto la pluma cada vez más joven en su análisis agudo y riguroso del Director de este semanario digital en su nota del 23 de mayo de 2020 (¡miren si hubo tiempo para tomar la iniciativa política de quienes tenían que pagar el pato de la boda!), Los 100 de Macrì.

Estas salidas no se buscaron, pero desde el kirchnerismo se fueron planteando. Cualquiera que repase intervenciones públicas de la Vicepresidenta, como así también los discursos del diputado Máximo Kirchner, podrá comprobar que siempre apuntaron a la toma de decisiones para no estar caminando sobre la cuerda floja tendida por el FMI como sucede ahora. Si los 44.500 millones de dólares que el FMI le dio a Macri respondieron al deseo de Estados Unidos de mantener en el poder a uno de los suyos, ¿no es válido también pensar que la situación actual se condice con qué tipo de gobierno le conviene a ese país, para lo cual nos condiciona con el FMI, que funciona como ente regente de los intereses imperiales?

Seguramente aquellos que intentamos entender quiénes nos condenan al atraso y con qué instrumentos, tomamos de nuestra biblioteca aquella investigación-libro que resulta indispensable volver a releer en estos días, Fuga de Divisas en la Argentina. Informe Final. Comisión Especial de la Cámara de Diputados 2001, que presidió el entonces diputado Eduardo Di Cola.  “A la luz de los acontecimientos del año 2001, resulta innegable que la fuga de capitales constituye un problema macroeconómico central en la economía argentina y que está vinculado al endeudamiento externo de los últimos treinta años. Con impactos sociales nefastos, la transferencia de riqueza nacional al extranjero contó con la complicidad de un Estado inerte”, describe el primer párrafo de la contratapa del libro. En su segundo párrafo, señala: “Como recuerda Horacio Verbitsky, todos se sorprenden al saber que por cada dólar de deuda argentina hay invertido en el exterior otro dólar originado aquí. O, en realidad, el mismo dólar, lo cual caracteriza el principal problema argentino: una burguesía predatoria que, a diferencia de la brasileña, no invierte en su país si no es mediante subsidios estatales y realiza su acumulación más allá de las fronteras. Este 1 a 1 que comenzó con la dictadura militar y sobrevivió a la convertibilidad es la clave oculta del derrumbe nacional. De allí participan tanto los grupos económicos locales como los extranjeros que se comportan aquí de un modo distinto al que las regulaciones los fuerzan en sus propios países. El capital más concentrado es también el más propenso a este comportamiento antisocial”. Buen momento para recordarlo teniendo en cuenta que la historia es política pasada y la política, historia presente.

 

 

 

 

Si el Estado permanece inerte como en aquella oportunidad, lesionará la base electoral que hizo posible que el Frente de Todos esté en el gobierno. La inflación desmedida por la decisión política de no intervenir con la suba de retenciones para desacoplar los precios del mercado interno con los de exportación seguirá esquilmando los bolsillos de las y los ciudadanos que votaron al gobierno para tener la heladera llena, y que ahora se encuentra cada vez más vacía. Los precios se siguen descuidando porque el mercado voraz hace la suya a sabiendas de que no existirá una devaluación brusca como pretendía, estrujando los pesos de la billetera del caballero y la cartera de la dama cuando concurren diariamente al cruel periplo de ir en busca de lo indispensable para vivir. Si a esto se le suma la quita de subsidios para tarifas y transporte, es imposible pensar que la base electoral que llevó a Alberto Fernández a la presidencia seguirá allí. Puede haber un crecimiento sostenido, como argumenta cada ministro y funcionario del Gabinete nacional, pero eso de ninguna manera se reflejará directamente en una mejora sustancial para la gente si no hay medidas de distribución de la riqueza efectiva “para que el crecimiento no se lo queden tres o cuatro vivos”, como había señalado la Vicepresidenta.

El 14 de febrero 1898 nacía Raúl Scalabrini Ortiz. Historiador, filósofo, periodista, escritor, poeta, ingeniero agrimensor de profesión, pero sobre todas las cosas alguien que trascendió por su defensa de la causa nacional. Cuenta Norberto Galasso que Scalabrini abrazó la causa peronista cuando estaba con su amigo Héctor Rapela en una pulpería en el norte formoseño y entró un mataco a comprar provisiones. Los matacos –por lo que contaba el amigo de Scalabrini– hablaban en gerundio. Rapela le pregunta al hombre grandote y parco que había ingresado al almacén: “¿Cómo andando?”, a lo que responde: “Andando, indio andando. Patrón pagando, indio cobrando, estando un coronel Perón, estando”. Es ahí cuando Scalabrini se maravilla con la prueba de la realidad, no de la reflexión intelectual, sino de una Secretaría de Trabajo y Previsión que por primera vez mandaba inspectores al último rincón de Formosa, donde los obrajeros tenían que pagar con dinero y no con vales emitidos por ellos que solamente eran válidos en sus propias provedurías.

La extensión de derechos que inició Perón antes de su asunción como Presidente y que  evidenciaba Scalabrini Ortiz antes de la pueblada del 17 de octubre se volvió a vivir con el kirchnerismo, sobre todo con las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner, cuando el pueblo fue palpando ese vivir mejor que se tradujo en mayor clase media. Ahí las políticas de distribución hacían posible mejorar la calidad de vida de la gente, como lo hacía aquel añorado peronismo. Hoy eso parece un recuerdo. El Frente de Todos brindó un gran alivio social al frenar un nuevo período de Macri que hubiese significado una enorme tragedia para el pueblo, pero necesita tomar medidas que hagan realidad una clara mejora social. De lo contrario, al país que camina por la cuerda floja del acuerdo con el FMI padecerá una enfermedad como el señor Valdemar del cuento de Edgar Allan Poe, de aquellas “de las que no admiten un cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal”.

 

 

 

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