Cada cierto tiempo, cuando en Washington se discute la posibilidad de debilitar o provocar el colapso del régimen iraní, reaparece una idea que parece lógica sobre el papel: utilizar a las minorías étnicas como catalizadores de una rebelión interna. Entre ellas, los kurdos suelen ocupar un lugar privilegiado en los análisis estratégicos. Su historia de resistencia, su presencia en varios países del Medio Oriente y su experiencia militar reciente en Siria e Irak parece convertirlos, a primera vista, en candidatos naturales.
Sin embargo, esa hipótesis se sostiene más en una ilusión geopolítica que en una realidad política. Los kurdos de Irán difícilmente podrán convertirse en el detonante de un cambio de régimen. La razón es simple: su historia dentro del Estado iraní es distinta de la de sus hermanos en Turquía, Irak o Siria. Aunque constituyen una minoría considerable —entre ocho y diez millones de personas—, su relación con el poder central ha sido, en términos históricos, menos explosiva.
Durante siglos, los imperios persas administraron las regiones kurdas mediante sistemas de autonomía tribal que permitían cierto margen de autogobierno local. Esa tradición dejó una memoria política diferente a la que se desarrolló en Turquía, donde el nacionalismo kurdo nació en abierta confrontación con un Estado que llegó incluso a negar su identidad y su lengua.
A ello se suma un hecho fundamental: los kurdos de Irán no forman un bloque homogéneo. Existen divisiones lingüísticas, tribales y religiosas que dificultan la formación de un movimiento nacional cohesionado. Muchos hablan la variante sorani del kurdo, pero otros utilizan dialectos diferentes. Además, una parte significativa de esta población es sunita, mientras que la otra es chiita, especialmente en regiones como Kermanshah. Esa diversidad religiosa reduce la fractura absoluta con un Estado cuya legitimidad política se apoya en el islam chiita.
El único intento serio de independencia kurda en Irán fue la efímera República de Mahabad en 1946, sostenida por la presencia soviética. Cuando Moscú retiró su respaldo, aquel pequeño experimento estatal desapareció casi de inmediato. La lección fue clara: sin apoyo internacional sostenido, cualquier aventura separatista estaba destinada al fracaso.
Hoy los partidos kurdos iraníes —como el KDPI, Komala o PJAK— poseen una capacidad limitada. Muchos operan desde el Kurdistán iraquí y su presencia dentro de Irán es restringida. La Guardia Revolucionaria mantiene una vigilancia constante sobre las zonas kurdas mediante una combinación de control militar, inteligencia y redes de cooptación local. A diferencia del PKK en Turquía o de las fuerzas kurdas de Siria, estos movimientos no disponen de la estructura ni del liderazgo necesario para sostener una insurgencia prolongada.
Existe además otro elemento que los análisis occidentales suelen olvidar y es la memoria histórica de las traiciones internacionales. Los kurdos han sido utilizados repetidamente como instrumento táctico por potencias extranjeras y abandonados cuando cambian las prioridades estratégicas. Desde el acuerdo de Argel de 1975 hasta el abandono de los kurdos sirios frente a la ofensiva turca en 2019, la historia reciente ha dejado una profunda desconfianza hacia las promesas externas.
Por otra parte, el propio Estado iraní dificulta cualquier colapso provocado desde las periferias. No es una dictadura convencional ni un régimen monolítico. Su sistema político funciona como una estructura de múltiples capas como el liderazgo religioso, la Guardia Revolucionaria, redes económicas vinculadas al poder, burocracia civil y mecanismos electorales controlados. Ese entramado combina coerción, legitimidad religiosa y presencia institucional, incluso en regiones periféricas.
Por ello, la idea de que una insurgencia kurda podría desencadenar el derrumbe del régimen responde más a una simplificación estratégica que a un análisis realista.
En política internacional, los espejismos aparecen cuando el deseo sustituye al análisis. El llamado “factor kurdo” pertenece a esa categoría. Y cuando las potencias intentan forzar esos espejismos, la historia suele responder con resultados exactamente contrarios a los que imaginaban.
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