Filtraciones y espejismos

Milei ignora la alianza histórica entre Washington y Londres

Galtieri, como Milei hoy, confiaba en la neutralidad de Estados Unidos en 1982.

 

El pasado 24 de abril, el escenario internacional registró una reacción inmediata ante una noticia de la agencia británica Reuters que, raudamente, fue recogida por el ecosistema de comunicación del gobierno argentino —redes sociales, streamings y analistas afines— como una victoria histórica. La filtración de un correo electrónico interno del Pentágono revelaba que un funcionario estadounidense había propuesto revisar el respaldo fáctico de Washington a las “posesiones imperiales europeas”, mencionando explícitamente a las Islas Malvinas y al Peñón de Gibraltar.

La medida se presentaba como una posible represalia contra aliados de la OTAN, particularmente Gran Bretaña y España, que se negaron a conceder derechos de acceso, base y sobrevuelo (ABO) para las operaciones militares de Estados Unidos en la guerra contra Irán. Cabe precisar que, si bien Londres autorizó el uso de sus bases para maniobras defensivas —como aquellas destinadas a la protección de civiles—, la negativa a participar en la ofensiva directa parece haber colmado la escasa paciencia de Donald J. Trump.

En Buenos Aires, el entusiasmo oficialista no tardó en desbordarse. El canciller Pablo Quirno —quien una década atrás, cuando no imaginaba que alguna vez recalaría en el Palacio San Martín, se burlaba en redes sociales de la causa Malvinas— salió en defensa de la soberanía con posteos que el propio Presidente Javier Milei compartió exultante, mientras las “milicias digitales” celebraban la supuesta ruptura de la “relación especial” entre Washington y Londres.

Sin embargo, una evaluación sopesada de esta coyuntura nos obliga a relativizar ese estado de algarabía. Como hemos sostenido en reiteradas oportunidades, la política exterior no puede gestionarse sobre la base de filtraciones aleatorias de gobiernos erráticos, sino que debe priorizar los documentos estratégicos oficiales. En este sentido, la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS 2025) y la Estrategia de Defensa Nacional (NDS 2026) de los Estados Unidos; y la Revisión Estratégica de la Defensa (SDR 2025) del Reino Unido son concluyentes respecto de la sociedad estratégica que mantienen Washington y Londres hace más de 200 años.

A pesar del temperamento errático de Trump, la postura de los Estados Unidos en relación a Malvinas sigue siendo formalmente la de neutralidad, aunque en los hechos la administración de facto británica es respaldada sin ambages por Washington.

 

Efecto Galtieri

La actual administración parece haber ingresado en lo que el ex secretario de Malvinas, Guillermo Carmona, denomina con acierto “efecto Galtieri”. Esta actitud consiste en centrar expectativas desmesuradas en un supuesto apoyo estadounidense que, como demuestra la historia, suele terminar en monumentales errores de cálculo. En 1982, el general Leopoldo Fortunato Galtieri ordenó la ocupación de las islas convencido de que Washington permanecería neutral como recompensa por el apoyo del Ejército argentino a los “contras” en Centroamérica; y por el entrenamiento brindado a militares en Bolivia en el marco de la coordinación represiva regional conocida como Plan Cóndor. Ronald Reagan, sin embargo, terminó brindando inteligencia, logística y misiles avanzados a Margaret Thatcher, confirmando que la “doctrina Monroe” no estaba diseñada para promover los intereses americanos, sino exclusivamente los estadounidenses.

Hoy Milei parece dispuesto a repetir una versión aggiornada de aquella apuesta fallida, creyendo que su subordinación incondicional a Donald Trump abrirá una “ventana histórica” para el reclamo soberano. Pero lo cierto es que la alianza anglo-estadounidense es el vínculo estratégico más duradero de Washington, con más de dos siglos de arquitectura consolidada en inteligencia, defensa y tecnología. Pilares como la alianza AUKUS, la red de inteligencia Five Eyes y la reciente cooperación en inteligencia artificial y tecnología militar por más de 2.000 millones de dólares son cuestiones de fondo que ningún correo filtrado puede demoler de la noche a la mañana.

Por otra parte, frente al carácter inestable de Trump y la falta de seriedad de la política exterior de Milei, los intereses del sistema político británico respecto a Malvinas no parecen exhibir fisuras de magnitud. Mientras el gobierno argentino se ilusiona con gestos efímeros, Londres incrementa año a año su presencia militar en el Atlántico Sur, un activo que para Washington sigue siendo más valioso bajo control de Londres que sujeto a la incertidumbre y la endeblez institucional de la actual gestión libertaria.

 

Grandes estadistas de ayer y de hoy.

 

 

La Argentina, un socio militar diezmado

Para entender por qué el pesimismo de la razón prima en este análisis sobre el optimismo de la voluntad de los libertarios, cabe formularse una pregunta de puro realismo político: ¿por qué Estados Unidos cambiaría a Gran Bretaña, su socio histórico y delegado con capacidades nucleares en el Atlántico Sur, por una Argentina militarmente diezmada? La ocupación británica supone —como advierte con minuciosidad Ezequiel Magnani— el control del 25% del territorio nacional argentino. Frente a ese despliegue, la administración Milei ha profundizado una fase de indefensión crítica, con el presupuesto de defensa más bajo de la historia y la derogación de hecho del Fondo Nacional de la Defensa (FONDEF).

Además, la filtración ha tenido lugar en un contexto dominado por el proceso de “policialización” y “gendarmerización” de las Fuerzas Armadas argentinas, instruido por el Comando Sur e instrumentado en sucesivas etapas por los ministros Luis Petri y Carlos Presti. Al procurar convertir a los militares en “combatientes del crimen” abocados al narcotráfico y al terrorismo —funciones que por ley corresponden a las fuerzas de seguridad—, el gobierno desvía recursos de la misión primaria de protección de la soberanía en el Atlántico Sur.

Mientras Londres refuerza su enclave con submarinos nucleares y aviones de última generación, la Argentina adquiere aviones F-16 que, si bien recuperan la capacidad supersónica, llegan con un severo veto británico sobre componentes críticos y armamento inteligente. Como han advertido diversos analistas, la operatividad de estos sistemas de a bordo depende del uso de códigos de acceso controlados por el Pentágono. Esto significa que si Estados Unidos considera que un conflicto compromete sus intereses o los de sus socios históricos, solo debe negar dichos códigos para que los F-16 se conviertan inmediatamente en “aparatos de desfile”. En este cuadro de debilidad material, la idea de que Washington vea en la Argentina un reemplazo estratégico para el Reino Unido en la delegación, gestión y control del Atlántico Sur carece de sustento empírico.

 

F16, para las fotos de Petri.

 

 

El aislamiento regional y multilateral

Otro factor que el gobierno elige ignorar es el severo deterioro de los vínculos regionales y multilaterales que históricamente sustentaron la causa Malvinas. La “occidentalización dogmática” de Milei ha logrado que, por primera vez desde 1996, el Mercosur no incluyera un posicionamiento sobre las islas en su declaración final de 2024, producto de la desconexión del Presidente con sus pares de la región.

En las Naciones Unidas, la situación es peor aún. El alineamiento irrestricto con el eje Washington-Tel Aviv —llegando a votar contra resoluciones que cuentan con apoyo global casi unánime— ha enemistado a la Argentina con naciones africanas, asiáticas y caribeñas. Votar en contra de las declaraciones sobre el cese del fuego en Gaza o el reconocimiento de Palestina no es gratuito: los bloques del Sur Global son socios imprescindibles en el Comité Especial de Descolonización (C-24). El voto contra la resolución de Ghana que definía a la esclavitud racializada como crimen de lesa humanidad irritó a los 55 Estados de la Unión Africana, quienes ahora diluyen su apoyo histórico al reclamo argentino. Mientras el Reino Unido profundiza vínculos militares con diversos países del Cono Sur, facilitando la logística de su enclave colonial, la Argentina de Milei se encierra en una burbuja ideológica que la aísla en los foros internacionales.

 

La peor política sobre Malvinas desde 1983

Nos encontramos ante la peor gestión de la cuestión Malvinas desde que retornó la democracia en 1983. Lo que el gobierno presenta como una “nueva doctrina de política exterior” conlleva, en la práctica, un proceso de desmalvinización fáctica y claudicación soberana, marcado por altos niveles de improvisación por parte de quienes conducen la Cancillería y su Secretaría de Malvinas, Antártida, Política Oceánica y Atlántico Sur. Desde luego, el Palacio San Martín cuenta en este plano con el aporte inestimable del Ministerio de Defensa.

A continuación, se detalla una apretada cronología de las decisiones que han horadado nuestra postura histórica en torno a Malvinas:

  • Campaña 2023: Javier Milei manifiesta su admiración por Margaret Thatcher durante el debate presidencial, embelesamiento que reafirmó —ya como Presidente— en una entrevista con la BBC. Asimismo, sostuvo ante The Telegraph que las islas deben ser argentinas solo “cuando los isleños lo deseen”, avalando un derecho de autodeterminación que la ONU rechaza tajantemente.
  • Diciembre de 2023: la Argentina se abstiene en la ONU en la votación por un cese al fuego en Gaza, iniciando el alejamiento de los bloques del Sur Global, fundamentales para la causa Malvinas. En 2024 y 2025, la Argentina votó directamente en contra en este asunto.
  • Enero de 2024: Milei se reúne con David Cameron en Davos sin que el reclamo de soberanía figure como eje central de la agenda. Simultáneamente, el buque británico RRS Sir David Attenborough transita por aguas argentinas con bandera ilegal de las islas sin protesta formal de Cancillería.
  • Febrero de 2024: silencio total ante la visita de David Cameron a Malvinas, la primera de un canciller británico desde 2016.
  • Marzo de 2024: Diana Mondino califica la cuestión Malvinas como una “nube negra” en la relación bilateral, suavizando el tono del reclamo. El Reino Unido anuncia la ampliación unilateral de su zona de exclusión pesquera en 166.000 km² ante un silencio alarmante del gobierno argentino.
  • Abril de 2024: recibimiento con honores a la jefa del Comando Sur, la generala Laura Richardson, el propio 2 de abril, en un gesto de servilismo protocolar que indignó a veteranos del conflicto del Atlántico Sur (1982).
  • Julio de 2024: por primera vez en 28 años, la declaración final de la cumbre del Mercosur omite la mención a Malvinas.
  • Julio de 2024: Reino Unido realiza ejercicios militares conjuntos en las islas con el patrullero HMS Forth sin denuncia formal de Cancillería. Se trató, específicamente, de una exhibición de capacidades de la Compañía de Infantería Roulement del 2º Batallón del Real Regimiento de Escocia (2 SCOTS).
  • Septiembre de 2024: firma de la Declaración Mondino-Lammy, que repone la lógica del bien regado pacto Foradori-Duncan. Se reactivan vuelos desde Brasil y se acuerda el intercambio de datos pesqueros, facilitando la autosuficiencia económica del enclave colonial.
  • Octubre de 2024: papelón diplomático con un comunicado oficial que utilizó la denominación colonial “Falklands”, lo que desató una caza de brujas interna entre los ministerios de Relaciones Exteriores y Defensa.
  • Abril 2025: se lanza la “Operación Roca”, habilitando a efectivos militares a realizar detenciones en flagrancia en fronteras. Esta medida profundiza la desprofesionalización militar al desviar recursos de las funciones de control, vigilancia y reconocimiento en el Atlántico Sur a tareas de lucha contra el narcomenudeo en la frontera Norte.
  • Abril de 2025: el gobierno aprueba mediante el DNU 292/2025 la realización de dos ejercicios militares (Estrella Austral y Tradewinds) que incluyen la participación activa del Reino Unido.
  • Julio de 2025: una delegación argentina visita Londres para reiniciar diálogos en materia de defensa. En las reuniones, junto a la muy british embajadora argentina (Mariana Plaza), se destaca la presencia del entonces “secretario de Asuntos de la Corona Británica” del Ministerio de Defensa argentino, quien, a pesar de su cargo oficial, reporta al Royal United Services Institute (RUSI), un think tank dependiente del Ministerio de Defensa británico.
  • Septiembre de 2025: foto de Milei con la presidenta de Kosovo, Vjosa Osmani. Al contactar con una entidad no reconocida que se independizó con apoyo británico, el gobierno vulnera el principio de integridad territorial que sustenta el reclamo argentino.
  • Diciembre de 2025: Cancillería publica un logo institucional que omite a las Islas Malvinas y a la Antártida del mapa nacional.
  • Enero de 2026: el canciller Quirno protagoniza un vergonzoso intercambio en redes sociales con un isleño, afirmando que le “encantaría ir a pasar una semana” como turista a las islas, convalidando la narrativa británica en el conflicto.
  • Marzo de 2026: la Argentina vota en la ONU contra la resolución que define a la esclavitud racializada como crimen de lesa humanidad. Este gesto debilita la alianza con 55 naciones de la Unión Africana, cuyo apoyo es clave en el Comité de Descolonización (C-24).
  • Marzo de 2026: se hace público el inminente traslado de las bases antárticas Carlini y Brown de la órbita del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto a la del Ministerio de Defensa, poniendo en riesgo el carácter científico de nuestra presencia en la Antártida y debilitando a la Dirección Nacional del Antártico (Cancillería), autoridad de aplicación ante el Sistema del Tratado Antártico.
  • Abril de 2026: el ministro de Defensa, teniente general Carlos Presti, genera una fuerte polémica al evitar condenar enérgicamente el hundimiento del ARA General Belgrano (2 de mayo de 1982), en línea con la admiración de la administración mileísta por Thatcher.

 

Presti y Milei, nada puede salir mal.

 

 

La necesidad de realismo y prudencia

Lejos del espejismo que algunos ven en las filtraciones del Pentágono, la Argentina debe retornar urgentemente a una política exterior realista y prudente. Esto implicaría, en primer lugar, apoyarse en algunos excelentes profesionales de la Cancillería conocedores del tema Malvinas, devolviendo al Palacio San Martín la pericia que el “terraplanismo diplomático” de la actual gestión ha demolido [1].

En segundo lugar, debemos ponderar las filtraciones en su justa medida. Las coyunturas internacionales convulsionadas pueden, efectivamente, generar oportunidades, pero estas solo se aprovechan —como sostiene Carmona— mediante una diplomacia asertiva y flexible que busque “ventanas de oportunidad” reales, no mediante el alineamiento automático e incondicional que nos convierte en un apéndice de Washington.

Finalmente, es indispensable mensurar los aspectos estructurales y no dejarse llevar por triunfalismos de coyuntura. La recuperación de las Malvinas no vendrá de la mano de Presidentes inestables y caprichosos en la Casa Blanca o en la Casa Rosada, sino de una política de Estado que incremente los costos —económicos y militares— de la ocupación británica y defienda la soberanía desde una posición de autonomía regional.

 

 

 

* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).

 

[1] En este espacio no se suele utilizar la primera persona del singular, siguiendo la recomendación de un decano del periodismo que una vez me dijo: “Dejá la primera persona para tus 70 años”. Sin embargo, aquí la experiencia personal es ilustrativa: hace 20 años realicé una Maestría en Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella, en donde cursé la materia “Derecho Internacional Público” con un grupo de profesores brillantes que trabajaban en la Consejería Legal de la Cancillería a cargo de Susana Ruiz Cerrutti (la diplomática de carrera que había ocupado por tres meses el cargo de Ministra de Relaciones Exteriores en la etapa final del gobierno de Alfonsín tras suceder a Dante Caputo). En particular, recuerdo a los dos docentes que conducían la asignatura: Holger Martinsen y Osvaldo Mársico, quienes demostraban un conocimiento de la cuestión Malvinas y de Derecho del Mar que me apabullaba en cada clase. Nada sorprendente, dado que Roberto Russell —quien dirigía la Maestría y los conocía de su época como Director Académico del ISEN— siempre elegía a los mejores docentes para que los estudiantes le “sacáramos el jugo” a las clases. No volví a hablar con aquellos docentes desde que me tomaron examen oral de la materia en el año 2006. Ante los actuales desvaríos de la política exterior sobre Malvinas, se me ocurrió googlear acerca de qué sería de la carrera diplomática de estos excelentes docentes, quienes podrían ser útiles en la actualidad para orientar un poco al ministro Quirno: Martinsen, que ocupó el cargo de Director General de la Consejería Legal entre 2020 y 2023, es el actual embajador en Egipto; y Mársico, que fue encargado de negocios en Londres y fue la máxima autoridad de esa embajada en momentos de alta tensión por el tema Malvinas, es embajador en Serbia.

 

 

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