Flor y nata en decadencia

El Lejano Oeste y nuestra élite empresarial

El Sr. Morton (derecha) de Érase una vez en el Oeste, interpretado por Gabriele Ferzetti.

 

A fines de 1969, unos meses después del Cordobazo y unos pocos meses antes de la consecuente renuncia del general golpista Juan Carlos Onganía, se estrenó Érase una vez en el Oeste (C'era una volta il West, en el original en italiano), el anteúltimo y tal vez mejor western de Sergio Leone. El director italiano, un apasionado del cine norteamericano, trabajó en el guion junto a Bernardo Bertolucci y Dario Argento, y los tres se encerraron en la casa de Leone a rever westerns clásicos; de Fred Zinnemann, Michael Curtiz y John Ford. Los protagonistas principales de un elenco angelado fueron Claudia Cardinale, Henry Fonda, Jason Robards y Charles Bronson. A diferencia de la Trilogía del Dólar (que incluyó Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966) y revolucionó el género con su estilo visual de violencia estilizada), Érase una vez en el Oeste dejó de lado al héroe individual y algo cínico (interpretado por Clint Eastwood) y se centró en los mitos fundacionales de los Estados Unidos. Reemplazó la componente de parodia del spaghetti western con un estilo mucho más sobrio. Siguiendo los pasos de su admirado John Ford, en particular Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Valance, en el original en inglés), Leone se interesa por los dilemas inherentes a la creación y progreso de una nación, uno de los temas clásicos del género western. Es, desde ese punto de vista, una película sarmientina. Jill McBain (interpretada por Claudia Cardinale) llega desde Nueva Orleans a la frontera de Utah para descubrir que su nueva familia ha sido masacrada. La joven viuda hereda una extensa tierra que su marido asesinado había adquirido sabiendo que el ferrocarril pasaría por ahí. El Sr. Morton (interpretado por Gabriele Ferzetti), el dueño del ferrocarril, contrató a Frank, un asesino interpretado por Henry Fonda, para alentar a los dueños de las tierras que recorre la traza del ferrocarril a que las vendan rápidamente o, como en el caso del marido de Jill, que mueran en el intento. Leone transformó a Fonda, el héroe norteamericano por excelencia (el Tom Joad en Las uvas de la ira, de John Ford, o el jurado virtuoso de 12 hombres en pugna, de Sidney Lumet) en un criminal despiadado, que nos muestra de lo que es capaz en una escena icónica, de una violencia pocas veces superada: “Ahora que me has llamado por mi nombre…”. Al duelo entre el magnate del ferrocarril y su grupo de tareas, por un lado, y la viuda indefensa por el otro, se suma Manuel Cheyenne Gutiérrez (Jason Robards), un hombre fuera de la ley pero con ciertos códigos éticos. Elige defender a Jill frente a la banda de criminales de Frank, como el personaje de John Wayne elige enfrentar a Liberty Valance, el forajido violento, en Un tiro en la noche. A ese trío (Cardinale, Fonda y Robards) se suma Charles Bronson como Armónica. Aporta una componente relevante en las películas de Leone: la venganza.

Esos cuatro actores descomunales opacan a Gabriele Ferzetti y su interpretación del Sr. Morton, un personaje sin embargo esencial. Se trata del capitalista por antonomasia al que Leone le agrega una característica que impulsa la trama: Morton padece de tuberculosis espinal, enfermedad que lo va consumiendo desde adentro. Usa un corset y se desplaza con muletas, en un vagón lleno de manijas y pasamanos, artificios que le permiten a duras penas trasladarse. Su sueño es unir el Océano Atlántico con el Pacífico antes de que la enfermedad le gane de mano. Está más interesado por esa proeza urgente que por la riqueza que le aportará. Su esbirro Frank ve las cosas al revés y siente, equivocadamente, que podría tomar las riendas del negocio y deshacerse de su jefe, como se ha deshecho de tantos pobres diablos.

 

 

Un diálogo entre ambos, en el momento en el que Morton entra en su despacho y descubre a Frank sentado en su escritorio, describe bien esa tensión:

Morton: ¿Cómo se siente estar sentado detrás de ese escritorio, Frank?

Frank: Es casi como sostener un arma… solo que mucho más potente.

Morton es un personaje mucho más complejo que la interpretación que nos ofrece Ferzetti o, incluso, que el rol al que parecen condenarlo Leone, Bertolucci y Argento. Lo mueve algo más sutil que el lucro: a su manera, impulsa el desarrollo del país y no tiene tiempo para perder. Esa conjunción decanta en una pasión que lo lleva a pulverizar sus filtros éticos, utilizando a una banda de criminales para acelerar la adquisición de tierras y llegar a mirar las playas del Pacífico desde el vagón, su cárcel de lujo. Jill McBain, la contracara de un mismo deseo de desarrollo que representa los valores del pionero del Lejano Oeste, defiende su parte del sueño americano y, paradójicamente, lo consigue gracias a un criminal como Frank. Salvo que Cheyenne eligió el lado del bien, o, al menos, el lado donde creyó ver el bien. Hacia el final, Armónica obtiene su venganza y restablece así una suerte de equilibrio ético, que de alguna manera prefigura el soñado Estado de derecho. Es decir, hizo justicia por mano propia a la espera del país civilizado, un término con muchas interpretaciones diferentes y, sobre todo, contradictorias; como nos lo recuerdan tanto John Ford como Sergio Leone.

No sé si la Argentina contó alguna vez con empresarios como Morton. No me refiero a la parte delictiva, es decir, a la falta de pruritos éticos que lo llevó a apuntalar su giro comercial con pistoleros. De esos hemos visto muchos, incluso en nuestra historia reciente: ¿qué fueron los grupos de tareas de la última dictadura, sino criminales como Frank, a las órdenes de nuestros grandes empresarios? Pero es más difícil que hayamos tenido a muchos capitalistas con urgencia de desarrollo, por decirlo de alguna manera. En todo caso, lo que parece indudable es que si alguna vez gozamos de esa clase de empresarios, hoy se han esfumado. Nuestra versión capitalista vernácula tiene como motor el saqueo garantizado por ese Estado tan vilipendiado. Un capitalismo depredador que, en contra de sus intereses, jibariza su propio fondo de comercio –nuestro país– siguiendo un manual de procedimientos establecido en otros ámbitos. El Departamento de Estado de los Estados Unidos, los organismos de crédito internacionales y los bancos de inversión establecen los lineamientos a cumplir. Los capitalistas tradicionales han sido reemplazados en la cima del poder por los nuevos tecnomagnates, barones de las empresas tecnológicas que, a diferencia de sus predecesores industriales o comerciales, ya no tienen lazos con los trabajadores de sus empresas, ni tampoco con sus representantes (en rigor de verdad, ya casi no hay representantes sindicales en esos ámbitos).

Desde hace algunos años, la Universidad de Saint Gallen (Suiza), elabora el Índice Global de Calidad de Élites (EQx). Se trata de una medida comparativa internacional que –a diferencia de otras que analizan la supuesta transparencia de los países o la evolución de su PBI– mide a sus élites. Lo hace en base a cómo ejercen el poder, hacia la creación de valor o la búsqueda de rentas extractivas: “¿Podemos medir si las élites son beneficiosas o perjudiciales para sus naciones y cuándo lo son? ¿Hasta qué punto los modelos de negocio de las élites se centran en la creación de valor en lugar de la extracción? ¿Qué tan poderosas son las élites? ¿Utilizan su poder y capacidad de coordinación para expandir la economía en beneficio de todos, o intentan aumentar su porción a expensas de quienes no pertenecen a la élite?”

El índice del 2026 registró un marcado retroceso de la Argentina, que se desplomó del puesto 86 en 2025 a la posición 104 sobre 151 economías evaluadas. El informe critica “los altos niveles de fuga de talento y un desempeño débil en empleo juvenil, lo que refuerza la idea de un sistema que no logra retener ni potenciar sus recursos”. “Será interesante ver si la Argentina, sumida en un estancamiento hegemónico que genera un entorno que destruye valor, es capaz de cambiar el paradigma. Es necesario llevar a cabo reformas clave, entre las que se incluya el sistema tributario, mejores incentivos para modelos de negocios competitivos y productivos, inversión en infraestructura y una mejora adicional de la calidad educativa”, señaló Pablo San Martín, presidente de SMS Latinoamérica y responsable del capítulo local del índice.

 

 

El desfinanciamiento del sistema universitario, el desguace de la ciencia y la tecnología, el desmantelamiento del CONICET, del INTI y del INTA, la expulsión de los investigadores hacia el sector privado o directamente hacia otros países, no auguran un futuro de desarrollo para nuestro país. De hecho, mientras Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, nos promete emular a Francia, Alemania o Irlanda (el país elegido cambia según el día) si tan solo le otorgamos medio siglo de gobiernos ininterrumpidos, su equipo económico es más honesto en sus deseos: quiere transformar a la Argentina en Perú, un país “con una macro sana y 70% de la población en la informalidad” (un oxímoron expresado por Santiago Bausili, titular del Banco Central).

Nuestras élites comparten con el Sr. Morton, el dueño del ferrocarril de Érase una vez en el Oeste, la impaciencia operativa y el hábito de los grupos de tareas como instrumento comercial (durante la última dictadura fueron militares, en esta nueva etapa son pistoleros judiciales). Carecen, eso sí, de una visión de desarrollo que pueda incluir a las grandes mayorías. El resultado es el que vemos con mayor claridad desde que gobierna la motosierra: un país jibarizado, con una economía cada vez más irrelevante. En el cada día sobran más argentinos.

El peronismo, el único espacio político que tiene experiencia en “expandir la economía en beneficio de todos”, no cuenta con aliados dentro de nuestra élite empresarial. Desde hace dos años, esa élite depredadora apoya un modelo expulsivo, que incluso empobrece, comparativamente, a sus ganadores. La solución sólo puede partir desde el Estado, hoy desintegrado.

Será cuestión de volver a empezar.

 

 

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