Muchos analistas consideran que Bolivia ha entrado en el agotamiento del ciclo político y económico inaugurado en 2006. El auge gasífero y los altos precios internacionales de las materias primas comenzaron a declinar en los últimos años del gobierno de Evo Morales y terminaron por agotarse durante la administración de Luis Arce.
El país arrastra fragilidades estructurales conocidas: escasa industrialización, dependencia de las exportaciones de materias primas, una elevada informalidad económica y una polarización política acumulada durante décadas. Diversos organismos internacionales muestran, además, que Bolivia se encuentra entre los países con menores niveles de productividad y competitividad de la región.
Sin embargo, la crisis boliviana no es únicamente económica. Es también histórica, cultural y social.
Existen dos Bolivias que conviven, se enfrentan y ocasionalmente se encuentran. Una es la Bolivia liberal y republicana; la otra, la Bolivia comunitaria, que con el paso del tiempo ha evolucionado hacia formas corporativas de organización y representación.
Ambas se encontraron en dos momentos decisivos de la historia nacional: durante la Revolución Nacional de 1952 y en los primeros años del gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS).
Pero los indígenas de 1952, convertidos en campesinos por ley y por la reforma agraria, no son los mismos de hoy.
Durante las últimas décadas, amplios sectores campesinos e indígenas aprendieron a acumular capital, especialmente en ciudades como El Alto, Cochabamba y otras capitales departamentales. Esa acumulación permitió a miles de familias enviar a sus hijos a escuelas, institutos y universidades, incluidas universidades privadas.
Fue así como surgió una nueva clase media de raíces indígenas que no desea regresar al pasado. Dentro de ese universo apareció también una nueva burguesía alteña, comercial y emprendedora, conectada tanto al mercado interno como a las redes internacionales de comercio.
El MAS ya no les sirve
Esa burguesía indomestiza —indígena por origen y mestiza por su incorporación al mercado capitalista— comenzó a percibir que el proyecto político de Evo Morales había dejado de representar sus intereses y aspiraciones.
Las elecciones recientes fueron una demostración de ese alejamiento. Lo que desapareció no fue únicamente el MAS de Morales, sino también la capacidad de los viejos actores políticos para comprender la nueva realidad social boliviana.
Entonces reaparecieron antiguos dirigentes con discursos anclados en el siglo XX: neoliberales nostálgicos, conservadores reaccionarios frente a la Bolivia indígena o sectores de centroderecha incapaces de elaborar un proyecto que incorpore a estos nuevos actores sociales. En ese vacío surgió el binomio Rodrigo Paz-Edmand Lara.
No se trata de una fuerza con una militancia estructurada. Desde comienzos de siglo Bolivia experimenta un vaciamiento ideológico y programático que afecta a casi todos los partidos, incluidos aquellos que marcaron la historia política nacional: el MNR, el MIR o la ADN. Las militancias se debilitaron, los programas perdieron relevancia y las ideologías quedaron ocultas bajo discursos tecnocráticos de gestión y administración.
Cuando sectores de la burguesía aimara y de las clases medias indígenas se acercaron al binomio Paz-Lara probablemente lo hicieron porque percibieron que era una fuerza todavía débil y, por tanto, susceptible de ser influida o hegemonizada. Pero las primeras señales fueron decepcionantes.
La disputa pública entre presidente y vicepresidente generó incertidumbre. Más aún cuando Lara proviene precisamente de esos sectores indomestizos que durante décadas fueron etiquetados de forma peyorativa como “cholos”.
A ello se sumó la incorporación al gabinete de figuras asociadas a una visión de país que reconoce únicamente a la Bolivia liberal y republicana, ignorando la existencia de la otra Bolivia.
El malestar comenzó a crecer. Errores administrativos, como la importación de combustibles de baja calidad que afectaron a transportistas y propietarios de vehículos, reforzaron la sensación de improvisación.
Por supuesto, también pesan otros factores: el aumento del costo de vida, los condicionamientos internacionales y determinadas decisiones simbólicas que chocan con la sensibilidad de esos nuevos sectores sociales. Entre ellas, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Israel sin una reflexión crítica sobre la guerra en Gaza o el acercamiento a sectores de la ultraderecha continental representados por dirigentes como Javier Milei o Nayib Bukele.
Los desafíos
El primer desafío del nuevo gobierno consiste en reincorporar a los sectores sociales con los que estableció acuerdos durante la campaña electoral, que no son los seguidores de Evo Morales.
En este sentido resultó significativo el discurso pronunciado por Rodrigo Paz el 25 de mayo, cuando reconoció errores y pidió disculpas a grupos sociales que contribuyeron a su victoria y que luego se sintieron marginados.
El segundo desafío es mantener el equilibrio con la otra burguesía nacional: la agroindustrial de Santa Cruz, actor económico imprescindible para el funcionamiento del país. Gobernar Bolivia exige construir equilibrios delicados entre sectores con intereses distintos y, a veces, contradictorios.
El tercer reto consiste en convencer a la población de que el deterioro económico no podrá resolverse sin cooperación internacional y sin ciertos sacrificios colectivos. Bolivia sigue siendo un país con escasa capacidad de acumulación de capital propio para impulsar un proceso acelerado de industrialización. No hay dependencia más profunda que la pobreza.
Naturalmente, existen otros desafíos. Uno de ellos es la educación.
Si observamos el surgimiento de la nueva clase media y de la burguesía indomestiza, advertimos que ambas son producto de la expansión educativa. La escuela pública, los institutos técnicos y las universidades, incluidas las privadas, fueron los mecanismos que permitieron la movilidad social de miles de familias indígenas e indomestizas.
Pero quizá el desafío político más importante sea distinguir los intereses de esa nueva burguesía aimara de los intereses del Chapare y de los sectores vinculados al expresidente Evo Morales. Confundir ambos fenómenos sería un error.
Morales ya se ha sumado a las voces que exigen la renuncia de Rodrigo Paz Pereira porque interpreta la actual crisis como una oportunidad semejante a la que, hace dos décadas, debilitó a Gonzalo Sánchez de Lozada y abrió el camino para el ascenso político del líder cocalero.
Sin embargo, sería un grave error político y discursivo agrupar a todos estos sectores bajo etiquetas como “delincuentes”, “narcoterroristas” o “maleantes” y responder únicamente mediante la represión.
Bolivia se encuentra, probablemente, en el umbral de algo nuevo: el reconocimiento definitivo de una Bolivia indomestiza que ya no acepta ser un actor secundario y que reclama un lugar propio en la mesa nacional, junto a la vieja Bolivia criolla y republicana.
Esa incorporación no solo sería un acto de realismo político. También constituiría una de las formas más concretas y profundas de combatir el racismo que todavía atraviesa la sociedad boliviana. Porque la nueva Bolivia ya existe. La cuestión es si el sistema político será capaz de reconocerla antes de que el conflicto vuelva a imponerse sobre el diálogo.
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