Venganza de género

El sueño húmedo del gobierno y el tenaz #NiUnaMenos

 

Hacia 1971, los creativos de la agencia de publicidad de Sancor presentaron ante el directorio de la empresa una idea peculiar de spot publicitario. El contexto de la campaña propuesta era la guerra comercial entre la manteca, elaborada por el emporio lácteo, y la margarina, producto más barato de origen vegetal que le quitaba cuota de mercado. Al principio, la propuesta generó un cierto rechazo, pero finalmente fue aceptada. El spot llegó a las pantallas de televisión un año más tarde, en el blanco y negro de rigor.

En la publicidad vemos a una ama de casa interpretada por Juana Hidalgo, “la antidiva por excelencia” según la definición de Moira Soto. Una notable actriz de teatro que formó parte del elenco estable del Teatro General San Martín donde, entre otros papeles, interpretó a Yvonne, princesa de Borgoña de Witold Gombrowicz, en una puesta de Jorge Lavelli: “un personaje que solo decía tres palabras: su silencio era subversivo”. En el spot no habla mucho más: al abrir la heladera y darse cuenta de que no le queda manteca para preparar los fideos de su maridito, decide usar margarina, esperando que él no note el cambio. Mientras tanto, el marido aguarda en el comedor, sentado en la cabecera de la mesa. Lleva el saco puesto, sin que lleguemos a comprender si lo hace por algún exceso de formalismo o por simple impaciencia. Tampoco queda claro si la mujer tiene su lugar en esa gran mesa o si regresará a la cocina, permitiendo que su cónyuge disponga de un momento de merecida tranquilidad después de un agotador día de trabajo. Le deja el plato de fideos sobre la mesa (“los fideos con manteca de mi queridito”) y mientras el destinatario los prueba, ella se va aliviada (“no se dio cuenta”). Lamentablemente, el marido –además de formal o impaciente– es un hombre perspicaz y detecta el engaño. Se levanta indignado, toma el plato de fideos y se lo tira por la cabeza. El spot termina con un primer plano de la mujer, consternada, con los fideos en la cabeza. Una voz en off, masculina por supuesto, advierte: “A los suyos, no los engañe. La margarina no es manteca. Y la manteca es Sancor”. Una canción remata: “Sabor a cosa buena”.

 

 

Luego de algún revuelo, Sancor decidió sacar el spot del aire.

La culpa del violento incidente era, por supuesto, de la mujer. Había engañado a su marido y, por lo tanto, el justo castigo que recibió estaba dentro de las prerrogativas que debe tener el hombre de la casa. De forma aparentemente liviana, el spot nos explica que, para una mujer, incumplir alguno de sus múltiples deberes conyugales puede tener consecuencias brutales. Es bueno recordar, en ese sentido, que durante décadas, la violación dentro del matrimonio no fue penada de manera explícita en la Argentina. La tradición jurídica de nuestro país consideraba que el “débito conyugal” (que podríamos definir de forma más prosaica y mucho más honesta como “deber sexual”) era una obligación en el matrimonio. Su negativa tenía consecuencias legales y solía ser invocada como causal de divorcio por “injurias graves” o incumplimiento de los deberes conyugales. Como el hombre de la publicidad –privado de manteca por la perfidia de su mujer–, los maridos privados de sexo tenían derecho a imponerlo. El reconocido penalista argentino Ricardo Núñez sostenía –en el lenguaje leguleyo que se utiliza para encubrir costumbres horrendas– que el acceso carnal forzado por parte del marido no configuraba violación, ya que consideraba que la esposa había prestado su consentimiento anticipado por mandato matrimonial. En el siglo XVII, el jesuita Tomás Sánchez de Ávila –una de las principales autoridades católicas en materia de teología moral– advertía sobre los efectos indeseados del deber sexual defendido por Núñez: “Cuando uno de los cónyuges pide el débito con mucha frecuencia, no tiene el otro obligación de dárselo siempre, para evitar que el hombre, por ejemplo, tenga grandes pérdidas seminales que le consuman y envejezcan; mucho más, cuando por estas pérdidas haya inminente peligro de enfermar”. Por supuesto, la reticencia del reconocido jesuita sobre el débito conyugal sólo buscaba proteger a los varones del riesgo de ser consumidos por la concupiscencia femenina. La tradición jurídica y la teológica acuerdan en un punto: las mujeres no cumplen con su deber sexual o lo exigen con una frecuencia enfermiza. La función del derecho consiste en proteger al hombre de los abusos que lo acechan en la intimidad de su propio lecho.

El débito conyugal dejó de existir en la Argentina recién en 2015, cuando entró en vigencia el nuevo Código Civil y Comercial. Fue promulgado durante el segundo gobierno de CFK, aquella temible dictadura asintomática. La legislación vigente considera que el matrimonio no otorga ningún derecho de acceso carnal (para retomar el lenguaje leguleyo) sobre el otro cónyuge. Cualquier relación sexual forzada dentro de una pareja constituye un delito de violación o abuso sexual, según lo establecido por el Código Penal.

Tres años antes, en 2012, también bajo el temible gobierno de CFK, en ese mismo Código fue incorporada la figura de femicidio. La nueva norma estableció la pena de prisión perpetua para el hombre que asesine a una mujer mediando violencia de género. Del mismo modo, agravó con prisión perpetua el homicidio cometido con el propósito de causar sufrimiento a una persona con la que se mantiene o ha mantenido una relación de pareja (“femicidio vinculado”) y los homicidios por odio de género.

Trece años más tarde, en enero de 2025, en el discurso que dio en el Foro de Davos, Javier Milei –el Presidente de los Pies de Ninfa– atacó “el wokismo”, una calamidad de contornos vaporosos que, según el credo de Milei, propicia “el régimen de pensamiento único, sostenido por distintas instituciones cuyo propósito sería penalizar el disenso: feminismo, diversidad, inclusión, equidad, inmigración, aborto, ecologismo, ideología de género, entre otros, son cabezas de una misma criatura cuyo fin es justificar el avance del Estado mediante la apropiación y distorsión de causas nobles”. No queda claro cuáles serían esas causas nobles ya que no las menciona, pero es evidente que el feminismo no forma parte de éstas. Más adelante señala, no sin cierta indignación: “Llegamos, incluso, al punto de normalizar que en muchos países supuestamente civilizados si uno mata a la mujer se llama femicidio, y eso conlleva una pena más grave que si uno mata a un hombre solo por el sexo de la víctima. Legalizando, de hecho, que la vida de una mujer vale más que la de un hombre (...)”.

No hay nada sorprendente en el rechazo a la figura del femicidio, asimilado por el Presidente a un “privilegio” que prometió eliminar del Código Penal. Su anterior ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona, consideró que “el femicidio es inconstitucional porque es solo para la mujer”, y la actual ministra de Seguridad evita emplear ese término, que reemplaza por homicidio. Eliminar el concepto de femicidio no es sólo un tema semántico sino que equivale a obviar su especificidad y, por lo tanto, significa perder herramientas para detectarlo y combatirlo a tiempo, protegiendo a las posibles víctimas que, en su enorme mayoría, son amenazadas por conocidos. Como explicó Natalia Gherardi, directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA): “A los hombres los matan personas desconocidas en espacios públicos, y a las mujeres las matan personas de su entorno en sus hogares”.

El gobierno de la motosierra es la primavera de las ideas zombie y los delirios reaccionarios, instrumentos que conforman una tenaz venganza de clase. Pero en paralelo también impulsa una venganza de género. El sueño húmedo de volver a “la cosa sana”: el encierro de la mujer en los límites estrictos del hogar y de la familia tradicional, cuyo jefe es el hombre de la casa. Cumplir con el débito conyugal, procrear y sonreír. Dejar de lado el terrible peligro woke, culpable de todos los males que atormentan la mente febril del Presidente de los Pies de Ninfa, un tipo roto que responde a las alucinaciones de la extrema derecha global. En resumidas cuentas, darle a la mujer el rol que se merece: hacerle los fideos al maridito, pero con manteca.

La multitudinaria marcha convocada el miércoles pasado por el colectivo #NiUnaMenos es una señal tan potente como luminosa contra la distopía que pretende imponer el gobierno de la motosierra: “¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!”

 

 

 

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