La página más oscura se escribió por varios años, y su relectura impacta. Medio siglo atrás, el país transitaba las semanas iniciales de la dictadura y el periodismo habilitado se limitaba a la propaganda partícipe, la evasión temática o el mudo peso de la censura. Así fue el Día del Periodista de 1976.
Pasadas las horas que siguieron al golpe, con los comunicados castrenses como única palabra autorizada, contadas eran las voces y páginas que desafiaban el relato construido en la superficie de receptores y kioscos. Otra fue la historia del periodismo en la clandestinidad, semilla para reconstrucciones futuras. La Agencia de Noticias Clandestina que dirigía Rodolfo Walsh impidió cualquier excusa posterior por desconocimiento, porque sus cables llegaban regularmente a las redacciones.
El caso de La Nueva Provincia de Bahía Blanca quedó como arquetipo de participación comunicacional en la masacre. Hay factores que lo explican. Entre otros, los trabajos periodísticos y académicos que lo reconstruyeron y la insistencia de la fiscalía local. El Poder Judicial se encargó sin embargo de marcar que los expedientes, que apuntaban al núcleo directivo del medio, no tramitarían más allá de la imputación. Pese a repetirlo en sus fallos, preocupando al diario porteño La Nación, la Justicia bahiense demora la concreción de la desmentida que ordenó a La Nueva Provincia respecto de aquellas notas en las que presentó a las víctimas como terroristas y a sus muertes como saldo de enfrentamientos. Con todo, el recorrido judicial permitió corroborar el grado de correspondencia ideológica y comprender con nitidez la participación mediática en el engranaje represivo.
La alarma encendida en la tribuna de doctrina abierta por Bartolomé Mitre revela que el caso bahiense es solo un ejemplo extremo. La propaganda fue un rasgo extendido en los kioscos porteños, desde donde irradiaban su prédica los llamados medios nacionales. Las hemerotecas descubren que se construyó en los largos meses previos al golpe y en las semanas inmediatamente posteriores, cuando era necesario presentar a dictadores cercanos y eficientes, en la economía y la represión. Si La Nueva Provincia y La Nación contribuían desde el periodismo político, páginas de otras tonalidades acercaban el relato dictatorial desde construcciones más innovadoras y efectivas para sus públicos.
El dictador y el vicario
Surgida a mediados de 1965, para la década siguiente la revista Gente imprimía 300.000 ejemplares, en un país de 25 millones de habitantes. Había logrado prevalecer sobre sus competidoras y pronto abrió su abanico temático al incipiente discurso represivo. Paulatinamente, la estigmatización de las víctimas y la celebración de los verdugos se colaron entre las notas que espiaban en la intimidad del deporte o la farándula, con los resortes de una redacción emocional y la frecuente presidencia de fotografías que reforzaban la dirección.
En las primeras semanas de la dictadura, esos recursos narrativos sustentaron la publicidad de los principales nombres y rostros del gabinete, presentados con tres palabras: “Moralidad, idoneidad, eficiencia”. Jorge Rafael Videla, que el 29 de marzo se había apropiado de la Presidencia, mereció páginas especiales.

El álbum del “nuevo presidente de los argentinos” comenzó con una doble página que contrastaba su imagen al frente de tropa en el Operativo Independencia, durante la Navidad de 1975, con la de su juramento en Casa Rosada un trimestre más tarde. Mientras con fotografías se ilustraba la juventud escolar y el rol de padre del dictador, el texto lo describía como un “impecable profesional” y un buen jefe, cuyo programa de gobierno podría buscarse en “la pastoral de monseñor (Adolfo) Tortolo”.
La relación era antigua, según relató el propio vicario general de las Fuerzas Armadas a la revista, cuando el golpe acababa de consumarse. Se habían conocido tres décadas antes en Mercedes, tierra natal de Videla y destino del sacerdote hacia 1941. En la extensa entrevista, Tortolo concedió a la muerte efecto redentor colectivo y auguró que “a nuestra patria le esperan días de luz y de vida porque previamente Dios por caminos misteriosos nos ha cobrado ese derecho de sangre”.
El lunes 12 de abril, Videla hizo su primera visita pública a la sala de periodistas de Casa Rosada, ocasión en que Gente alimentó la descripción que venía trazando sobre el personaje desde que en 1975 había asumido la jefatura del Ejército. Un recurso narrativo, la aceptación de mate cocido en lugar del ausente café, presentó al genocida como un hombre sencillo. Otras palabras y tomas lo retrataron tranquilo y sonriente. Fue una solitaria frase la que marcó, casi al pasar, el amplio espectro de la “subversión” que se anunciaba como objetivo a aniquilar:
―No es sólo lo que se ve en la calle. Es también la pelea entre hijos y padres, entre padres y abuelos. No es solamente matar militares. Es también todo tipo de enfrentamiento social ―describió el dictador.
Él era, según los textos y fotos que ya habían poblado los kioscos, un ejemplar hombre de familia. Como correspondía a un integrante de la feligresía de Tortolo. La represión de toda forma de conflictividad asomaba además como central para el curso del programa económico, encomendando a un civil.
La bolsa o la vida
La faceta económica de la nueva época fue abordada por Gente directamente con el ministro José Alfredo Martínez de Hoz, en una entrevista que ocupó ocho páginas y requirió ―según el título escogido― dos horas. La introducción lo caracterizó como un hombre laborioso, al que sorprendieron trabajando en trasnoche, rodeado de la lealtad de sus colaboradores.
Al igual que en el reportaje con Tortolo, a la elogiosa presentación siguieron definiciones difíciles de edulcorar. Pasado un mes en el cargo, Martínez de Hoz
- dijo, en sugestiva tercera persona, que “aquí no puede sufrir uno solo, tienen que sufrir todos”;
- aunque negó el diseño de políticas en beneficio del sector, señaló de interés comunitario que los empresarios obtengan rentabilidad;
- explicó la inflación, el principal problema económico hasta entonces, como producto del déficit fiscal, el exceso de empleados públicos y la emisión monetaria, conjuro liberal que se repite medio siglo después;
- consideró desmedido el poder que los sindicatos habían tenido en los años previos a la dictadura; e
- interrogó: “¿por qué el consumidor urbano va a pretender vivir a costillas del productor agropecuario?”.
Esa última pregunta retórica anticipó las palabras que el entonces presidente de la Sociedad Rural, Celedonio Pereda, pronunciaría en diciembre del mismo 1976: “Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos”. Walsh preservó la frase en la memoria al incluirla en su Carta Abierta de marzo de 1977.
Cuando Martínez de Hoz recibió en su despacho a los enviados de Gente, habían pasado algunas semanas desde el primer mensaje ministerial a la población, emitido el viernes 2 de abril. Aunque el abogado devenido en economista prefería adjetivar a su programa como productivista, la reapertura bursátil del lunes 5 anticipó una matriz especulativa que también describió la Carta de Walsh. En su siguiente edición, Gente celebró la “euforia” que en poco más de una hora se había apoderado de la Bolsa porteña, excitada ante tantas buenas noticias.

Periodistas
Si de un lado Gente entronizó a los abnegados funcionarios dictatoriales, del otro recluiría a las víctimas de la represión, caracterizadas como delincuentes.
Sus páginas dieron una temprana muestra al relatar como caída de una “célula extremista” a una ola de secuestros producida en Bahía Blanca en las horas previas al golpe. La subzona había sido encomendada al general Adel Vilas, promocionado por la revista desde su actuación en el Operativo Independencia. Volvería a concederle tinta meses después, cuando Vilas desplegó su persecución sobre el plantel docente de la Universidad Nacional del Sur.
Los raptos bahienses de aquel 23 de marzo incluyeron a varios integrantes y allegados de la familia Bustos, a quienes Gente adjudicó revistar a órdenes de Fernando Abal Medina, el fundador de Montoneros asesinado casi seis años antes. Los nueve hermanos Bustos eran militantes peronistas. Roberto, el segundo, había llegado a liderar el gremio de la construcción y en marzo de 1973 fue electo diputado nacional por el Frente Justicialista de Liberación. La nota lo denuncia prófugo, en el epígrafe de la foto de los cautivos. Todos ellos pasaron por el centro clandestino de detención La Escuelita, en el predio local del V Cuerpo de Ejército, donde padecieron a los torturadores de Vilas. La misma suerte corrieron otros familiares.

La serie de secuestros se extendió en las semanas posteriores. El primer día de mayo fue arrancado de su hogar Néstor Farías, albañil y ex chofer de la familia Bustos. Para entonces había pasado una quincena sin noticias de Mario Waldino Herrera, desaparecido desde que el 19 de abril fue secuestrado de su casa de la Capital Federal, en una derivación de la misma trama represiva. Cuadro montonero hasta 1975, Herrera había ejercido como periodista en las revistas Confirmado, Panorama y Análisis, entre otras publicaciones.
Su cuerpo fue hallado en una ruta cercana a Bahía Blanca el 8 de mayo, con signos evidentes de tormentos. Pese a ello, La Nueva Provincia lo sindicó como caído en un enfrentamiento. El hecho, abordado en el último juicio por crímenes de lesa humanidad de la jurisdicción, fue uno de los incluidos por el tribunal en la rectificación ordenada al diario bahiense, para alarma de la cúpula editorial de su colega capitalino La Nación.
Hoy, domingo 7 de junio, todos estarán celebrándose periodistas.
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