Profeta en su tierra

El Indio, referencia para distintas generaciones y clases

Foto: Martín Bonetto.

 

Escribo para sentirme menos solo, para lidiar junto a la tristeza colectiva, para conectar con las canciones que siguen ahí, acompañándome casi todos los días, mientras escribo y ensayo, mientras pensamos en voz alta en cada clase. Sus canciones siempre fueron la mejor metáfora donde recostarse y traducir lo que nos costaba expresar. Escribo y lo que sale está desordenado. Son párrafos sueltos, imágenes que van centelleando. Me siento a escuchar sus canciones, y con las canciones llegan los recuerdos. Sabemos que la música es una manera de guardar el tiempo y me doy cuenta que en el cancionero del Indio guardamos nuestra vida y la vida con los amigos, las peñas y fiestas en los centros de estudiantes, las cervezas en el Boulevard del Sol, las discusiones en la grieta. Los sentimientos se ponen a hacer pogo, se pelean por hacerse un lugar. Estamos arremolinados.

Fuimos una generación desangelada, que creció sola, mordiendo el asfalto. Había pasado la primavera alfonsinista, el punto final y la obediencia debida, la híper… Todo una gran decepción. Estábamos atravesando la década menemista en una orfandad casi absoluta. Y nos aferramos a sus canciones para sabernos a flote. Crecimos sintiéndonos acompañados por una banda que trotaba por el país, y en ese trote nos fuimos reinventando también. Los Redondos le pusieron música al desencanto, otra partitura, otro temperamento, y su alegría cruel.

Patricio Rey fue una banda que creció dándole la espalda a la industria cultural, una banda que no tuvo que apelar al escándalo televisivo para promocionarse y legitimarse. La TV siempre les quedo lejos, nunca estuvo en sus planes. En un mundo lleno de plumaje, ellos cultivaron el bajo perfil. Entre un disco y otro, entre recital y recital, la banda se encerraba. Había que digerir todo lo que suscitaban. Ni ellos podían comprender lo que generaban. No es fácil escuchar a tanta gente arremolinada. Fueron los testigos privilegiados que siguieron con mucha perplejidad lo que rodaba con los Redondos. No hicieron de la soledad una pose sino un laboratorio. Pero bastaba que circulara un rumor para sorprendernos otra vez en la ruta rumbo a la misa ricotera. No era precisamente un salto en el vacío, sino la manera de bajar a un pozo lleno de estrellas. En su música hay una estética, pero también una ética, y la vinculación entre ambas esferas fue correspondida con la lealtad de sus seguidores.

Con el Indio el rock se masificó, dejó de ser un fenómeno de clase media para popularizarse. Como cantaba Mollo: “Nace un hijo negro, cachetazo al rock”. Con Los Redondos el rock se volvió popular y un fenómeno de masas, otra religión. Los Redondos aportaron, muy a pesar suyo, un canon donde aferrarse, en el que creer. Cuando la política está en otro planeta, cuando las iglesias estaban mirando otra película, las canciones del Indio hicieron de este mundo, al menos para muchos de nosotros, un lugar para sentirse menos solo, más acompañado. Cualquiera que haya asistido a sus recitales sabe de los rituales que sellaron su identidad. Cada recital era un ritual hecho con muchos rituales. Porque los recitales no empezaban con la primera canción y tampoco terminaban con ji-ji-ji. Con el Indio, el rock se confundía con la vida cotidiana, le ponía una música de fondo al derrotero de cada uno de sus seguidores. Siempre tuvimos una frase para contar lo que no terminábamos de entender pero necesitábamos expresar. Con sus canciones imaginábamos una respuesta que nos ayudara a seguir adelante. Todos tenemos una frase en la cabeza para lidiar con nuestros contratiempos y la resaca. Y esa frase va cambiando, se estira con otra frase. Crecimos con esas canciones, por eso las canciones que escuchamos van cambiando con nosotros, adquieren otras interpretaciones, se vuelven más complejas o más sencillas, menos rebuscadas o más enigmáticas.

El Indio habló siempre en un idioma generoso, tuvo la capacidad de construir escenas que podían ser habladas en historias de vidas muy distintas. Su cancionero apelaba a nuestra imaginación para completarse, proyectarse.

Se suele decir que nadie es profeta en su tierra. Sin embargo, esta máxima no puede ser aplicada al Indio, alguien que se transformó en una referencia para distintas generaciones, de distintas clases, para tantos pibes y pibas de Ushuaia a la Quiaca.

Hoy, veinticinco años después, volvemos a pasar por el mismo surco, pero sentimos que nos resguardan las mismas canciones, porque la desolación está otra vez entre nosotros. No hay dirigentes a la altura de la circunstancia, y tramitamos el mileísmo aferrados a los estribillos ricoteros.

La muerte del Indio nos picó el boleto, es la expresión de muchos declives que estamos viviendo en vivo y en directo. Sin embargo, seguirá siendo un ángel para nuestra soledad.

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí