Para el pueblo argentino no es raro ser parte de fenómenos culturales, sociales o políticos inexplicables.
Más de una vez escuchamos decir “¿cómo le explicás el peronismo a alguien que no es argentino?”, o “¡lo que nos pasa con el Diego es inexplicable!”.
Y es quizás en ese enigma sudoroso, también sin saber por qué, donde más nos refugiamos las hordas populosas de este austral país.
Encolumnados espalda con espalda, descubrimos que algo que no conocemos pero necesitamos para vivir nos une y organiza, nos convoca, nos llama, y entonces nos es imposible no ir.
En Los Redondos habita uno de los fenómenos más complejos de desentrañar, porque se cuecen a fuego fuerte innumerables misterios del semblante argento.
Ser joven e intentar definir una identidad a finales de los ‘80 y principios de los ‘90 suponía la compleja tarea de destrabar rasgos, modas, clichés, referentes y tendencias para, con pequeñas partes de todo eso, constituir nuestro ser social.
Los ‘80 nos dejaban el glam, los pelos batidos y las discotecas, y los ‘90 nos preludiaban un futuro inminente en el que el individualismo y la exposición de lo privado iban a convertir en show la poco interesante vida de cualquier mortal dispuesto a exponerse como en un bazar.
La democracia era nueva, todavía no la sabíamos usar bien y, para embarrarnos más la cancha, los dirigentes políticos que se habían envuelto en las banderas del liderazgo nacional y popular nos acuchillaban por la espalda. Estábamos solos. Nuestros hogares rotos, nuestros sueños desvanecidos.
Y justo ahí, en medio de esa densa oscuridad, un tipo nos habló al oído y nos desafió.
Nos propuso que un tipito vestido con una camisa a cuadros metida en el pantalón y con zapatos lustrados podía ser la figura de rock más emblemática y representativa que jamás podríamos tener. ¿Pero cómo? Sin campera de cuero, sin pelo largo, sin jeans rasgados. ¿Podía una banda de rock llamarse así, Patricio Rey y los Redonditos de Ricota?
Definitivamente esto desafiaba todos aquellos clichés y lugares comunes que quienes quisieran vestir chapa de rockstar tenían que adoptar.
Y, como el valiente que era, nos corrió mucho más el límite y nos llevó a un universo de poesía exquisita y compleja que nunca había entrado a nuestras casas.
Nos dejó ser filósofos sin saber lo que eso significaba.
Algo nos estaba sacando de nuestro eje — o quizás de un supuesto eje que nos ordenaba, pero sin que supiéramos si lo habíamos elegido.
¿Cómo era posible que ese hombre pelado, más parecido a un empleado administrativo que a un rockstar, en quien no habitaba ni un solo rastro de la inocultable desmesura argentina, nos convocara, congregara y uniera?
Nosotros, los pibes y las pibas de los barrios, los Ricoteros, no nos parecíamos en nada a él. Nuestros uniformes de Topper blancas, jeans chupines y remeras de rock no reproducían ninguno de los gestos identitarios del Indio.
Las tribus de kiosco de esquina y birra en botella de vidrio encontraban, casi por primera vez, al tipo más humanamente honesto que el rock and roll barrial había dado.
Uno que no reprodujo ningún estereotipo para seducirnos. Que no copió a nadie que lo hubiera antecedido. Que tampoco confrontó con nadie que disputara la escena musical para balcanizarnos a los fieles.
Nunca supimos qué prefería comer, qué auto se podría comprar, adónde viajaría o quién dormía entre sus sábanas. No necesitó hacer un show patético de su privacidad para atraer cámaras ni llamar la atención de nadie.
El Indio nos mostró a nosotros mismos algo que no sabíamos que éramos.
Era evidente: él era un alquimista. Combinando porciones de innumerables ingredientes secretos —pero que estaban a la vista de todos— logró sintetizar una pócima novedosa e inesperada que nos hechizó para siempre.
Entonces, totalmente entregados a su hechicería, pudimos transformar el dolor y el caos en sabiduría y autoconocimiento. Forjamos nuestros vínculos. Fuimos más amigos de nuestros amigos. Fuimos hermanos. Fuimos fieles y fuimos a misa. Peregrinamos, nos embarramos y nos molieron a palos. Nos mataron a Walter en la cara. Lloramos.
Y entonces, guiados por un Indio con pluma de tinta, juntos, en masa, construimos un fenómeno social absolutamente único, tan nuestro que solo se puede sintetizar en nuestra sangre. Que no conoce otro escenario donde desplegarse, porque sin nosotros ese brebaje está incompleto.
Chau, Indio. Gracias por querernos y escucharnos. Nosotros también te queremos y te vamos a escuchar siempre, aunque vos y nosotros estemos en silencio.
Ya sabemos la fecha y el lugar, allí iremos cantando.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí