El aniversario redondo del último golpe de Estado y sobre todo el inédito escenario actual habilitan a preguntarse si la Argentina transita todavía una etapa de posdictadura, observable en el periódico encuentro con desafíos impensados del ejercicio ininterrumpido de democracia representativa.
En diciembre se cumplirán 43 años de su último retorno, longitud temporal que parece tornar desmesurada la hipótesis. Sin embargo, ese tiempo largo sucedió a otro aún más extenso. Durante casi medio siglo, entre 1930 y 1976, sólo un Presidente democrático cumplió su mandato. Fue Juan Domingo Perón, que en 1951 consiguió lo que ya no repetiría. También eludió su derrocamiento Agustín Justo, aunque había sido electo por vía del fraude que la Década Infame consideraba patriótico.
Recién en 1989, 77 años después de la Ley Sáenz Peña, un mandatario democrático saliente pasó la banda presidencial a uno entrante de un signo político distinto. La de Raúl Alfonsín y Carlos Menem no fue una transición serena. La mención puede sonar vintage, pero gran parte del andamiaje normativo vigente y no pocos de los actores aún en boga son herencias de aquel momento histórico.
La irrupción de Javier Milei marca un nuevo mojón, porque es el primer Presidente por fuera del bipartidismo o el correlativo bifrentismo: a diferencia de Mauricio Macri con el frente Cambiemos en 2015, no llevó dentro estructuras partidarias orgánicas radicales ni peronistas. En ese aspecto, es la primera novedad auténtica desde la aparición de Perón, en 1943. Como el del entonces coronel, el partido de Milei se gestó después de su arribo a los planos presidenciables de la política nacional. Perón, que lleva 52 años muerto, sigue siendo un blanco predilecto de ataque de los tuiteros oficiales.
En lo económico se repiten recetas, beneficiarios y perjudicados, poniendo a prueba si ha existido la suficiente acumulación histórica. Si en sus primeros veinte años la democracia se entregó al dilema de socializar el pago del endeudamiento castrense sin piantar demasiados votos, el reendeudamiento propiciado desde 2016 no fue castigado en las urnas. Debajo de la hojarasca de la corrupción minorista y la germinación de pendrives, aparece nuevamente hoy la discusión en torno a quién y cómo pagará una deuda veloz que no se volcó a infraestructura, ni a desarrollar bienes de capital, sino a la fuga al exterior de activos construidos por el trabajo, la naturaleza, la inversión pública y el consumo argentinos.
Por el momento, la fórmula de pago no difiere de los anteriores ciclos. Se basa en la licuadora de salarios, el otrora llamado “enfriamiento” de la actividad económica, la retracción de la acción del Estado y el deterioro del ya crujiente federalismo fiscal. Detrás de esas palabras, más directas que el léxico admitido, están la vida y el bienestar de los contribuyentes involuntarios a la colecta. Quienes ejecutan la forma de pago de la deuda son los mismos que la contrajeron.
Las novedades de Milei
Las elecciones de 2023 y de 2025 rompieron con una creencia, acaso hija del primer eslogan alfonsinista: que nunca ganaría elecciones libres un proyecto que anunciase una plataforma electoral explícita de economía regresiva y recorte de derechos. Milei venció sin fraude y no podría imputarse engaño a su campaña electoral. No traicionó su plataforma, excepto en puntos tan inverosímiles como la quema del Banco Central o la dolarización inmediata. En cambio, Alfonsín pagó cara cada concesión, Menem construyó su gobierno desde la abjuración de lo que había dejado escrito en un libro publicado por uno de sus futuros ministros y Macri sacó a pasear la promesa preelectoral de que nadie perdería nada de lo que había conseguido con el kirchnerismo. Las políticas regresivas no habían sido anticipadas en sus campañas.
La victoria mileísta, prometiendo motosierra para todos, cuestiona de un modo más punzante del que se suele reconocer al núcleo de la esperanza democrática abierta en 1983. Los gobiernos kirchneristas habían contribuido a revitalizarla tras la debacle convertible, pero esta vez no hubo un golpe militar que, al costo de una gran masacre, facilitara lecturas posteriores: esos procesos redistributivos no fueron interrumpidos por las botas, sino que quedaron sometidos a su propio desgaste y a las limitaciones impuestas por un sistema republicano que tiende a preservar el status quo, o a consentir su ruptura si es por derecha. El propio reendeudamiento externo se selló omitiendo pasos requeridos por las leyes, lo que no motivó su nulidad.
El desgaste de la democracia no parece ser intrínseco al sistema mismo. Mejor puede buscarse en aquello que restringe el ejercicio pleno de la voluntad popular, limitado por un Poder público vitalicio con una capacidad de veto mayor al presidencial, junto a los viejos y vigentes poderes fácticos. El gobierno de Alberto Fernández se dibujó como arquetipo de aceptación de esas limitaciones, frente a las que no forzó su gen timorato.
Fernández desoyó a su compañera de fórmula, que sabía de primera mano que una mayor dosis de osadía podía sortear una crisis y acercar triunfos electorales como el de 2011, después de un bienio de derrotas políticas. El kirchnerismo las enfrentó redoblando apuestas y era ostensible que al gobierno del Frente de Todos no cabía otro camino, porque tras la salida de la pandemia los salarios viajaban a menor velocidad que la recuperación del empleo, lo que no era reconocido como un problema de primer orden. Increíblemente, la voz interna que con mayor fuerza señalaba dificultades y riesgos es la apuntada como madre de la derrota de 2023 ante la novedad de Milei.
Épica y época
La centralidad que conserva Cristina Fernández la revela como un fenómeno político más cercano al del Perón Campeador que al de los liderazgos justicialistas coyunturales, como Menem o Eduardo Duhalde, porque ninguno retenía caudales significativos de votos once años después de concluir sus presidencias.
Esa vigencia descubre la recuperación de los tres gobiernos kirchneristas tras la debacle económica y social de comienzos de siglo. Entre 2003 y 2015, los obreros no alcanzaron niveles previos a 1975, pero sí reconquistaron formalidad, mejores salarios y perspectivas jubilatorias. La clase media, eterno amor no correspondido, reconstruyó sus consumos y aspiraciones. Es lógico que ese recuerdo sea percibido como una potencial amenaza, que explica las causas judiciales que en cada relectura develan nuevos pliegues.
Más allá de impedir una eventual participación electoral, la reclusión de la expresidenta puede leerse como un mensaje de disciplinamiento hacia las futuras generaciones de dirigentes. Acaso sea el más acabado ejemplo de la “educación presidencial” que Horacio Verbitsky describió cuando terminaba el primer gobierno democrático desde 1983. Es otro rasgo distintivo de la época en que emerge el interrogante acerca de si lo conjugado en presente no amerita todavía ser catalogado como posdictadura, aun cuando hayan sido descolgados ya más de cuarenta almanaques.
En las bases, orgánicas o inorgánicas, anida un último gran aspecto a examinar. Por las razones que sean, la gran mayoría no pudo estar a la altura de la épica cantada el 9 de diciembre de 2015. A CFK no solo la tocaron, sino que la encarcelaron, proscribieron e intentaron asesinarla, sin que emergieran los quilombos pronosticados. En el peronismo, la entonación de esa advertencia se traduce como anuncio de movilizaciones pacíficas pero masivas, continuadoras de la que fundó su historia. Hasta ahora, no hubo 17 de Octubre.
Más que señalar culpas individuales o grupales, para terminar de observar la postal de época convendría explorar las razones estructurales por las que buena parte de las bases que supieron orbitar en torno al kirchnerismo parecen haber naturalizado que la todavía mayor líder opositora permanezca encerrada y proscripta. No en las afueras de Madrid, sino dentro de la ciudad de Buenos Aires.
Es posible que a la resignación ante los implacables poderes vitalicios se deba la necesidad de criticar a destiempo la figura de CFK, como se palpa en redes sociales, mesas de café, entrevistas u opiniones editoriales de voces antes entusiastas. Siempre resulta más aceptable suponer que la defensa no existió porque el (la) líder no lo merecía, que reconocer la impotencia que se asimila ante las imposiciones estructurales de una época.
Sin embargo, para ese último plano no podría existir un punto final definitivo, que clausure la observación de las derivas de este momento inédito en la historia argentina.
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