Peñaloza, más que humano

Ensayo historiográfico experimental de Víctor Hugo Robledo

Ángel Vicente Peñaloza.

 

Distribuida bajo el género documental, Nuestra tierra contiene múltiples capas de significación que el espectador va descubriendo en distintos tiempos para su asombro, indignación y deleite. Simultáneos o sucesivos, los diversos momentos inscriptos en esta última obra maestra de Lucrecia Martel conforman un relato impecable tanto en la narrativa como en la conmoción estética. Más oportunas que estas consideraciones, los dilemas nacionales capturados por la precisa pluma de Marcelo Figueras a los que puede accederse aquí.

En gélida síntesis, es preciso consignar que el film de Martel abarca en general la lucha por la existencia de la comunidad originaria Chuschagasta en la defensa de las tierras que ocupan hace casi cuatro siglos en los cerros tucumanos. En particular se aboca al juicio por la muerte del comunero Javier Chocobar, en el marco del intento de apropiación intentado por tres presuntos terratenientes blancos, dos de ellos policías. La supuesta carta ganadora jugada por los abogados de estos últimos es un artículo publicado por el centenario diario conservador La Gaceta de Tucumán. Allí el editorialista, abogado e historiador Carlos Páez de la Torre (Buenos Aires, 1940-San Miguel de Tucumán, 2020) sostiene que la comunidad diaguita Chuschagasta fue extinguida en 1807. La cámara de Martel inmortaliza el desopilante momento en que Páez reconoce haber inventado como “nota de color” tamaña extinción y afirma: "¿Eso escribí yo? ¡Con las cosas que escribo, mire si me voy a acordar de ese detalle!" Como Poncio Pilatos, agrega: “Al fin y al cabo, ¿qué es la verdad?”

Hasta allí, si no la verdad, esa verdad es la de los vencedores. O de los jueces como aquel Doctor Glock que ejercía “el derecho creativo” a fin de encarcelar a sus adversarios políticos. Historia de la Historia, el abuso retórico del historiador tucumano quiere ser un chascarrillo cuando suena a promiscuo guiño a la oligarquía latifundista local. Por fuera del detalle localista, la jodita del historiador podría haber desatado una extensa condena judicial para miembros de ese pueblo originario y la pérdida de su tierra ancestral. Al mismo tiempo, demuestra el carácter lábil del contenido expresado en un artículo del género historicista en un medio de difusión. Método irresponsable más que azaroso pifio, el invento de la extinción de toda una etnia invalida las aseveraciones de Páez no menos que la seriedad de los premios Santa Clara y Konex que le fueron otorgados en su momento. Vierte en paralelo la atención sobre los autopercibidos historiadores, aficionados, académicos o profesionales.

 

Monumento al Chacho.

 

Por tales razones, la condición de ciencia aplicada a la Historia requiere el chequeo de fuentes, la formulación de referencias documentales, testimoniales, la contrastación de versiones, el estado de arte, la advertencia de antecedentes dudosos, la crítica sistemática de los informes preliminares, la especificación de conceptos, hipótesis y recursos metodológicos. Precauciones insoslayables que sin embargo la Historia oficial —la mitrista— haya ascendido a sargento al pobre soldado Cabral, adjudicándole una frase para el Billiken en lugar de su improperio en guaraní. Ni generado su particular pequeño vigía lombardo en Tacuarí, blandiendo un tambor. Tiempos en que el militarismo triunfante requería un relato monopólico de los Grandes Hombres, sin la molesta chusma, dispuestos a glorificarse en la muerte. En este aspecto, pese a todo, Sarmiento con su “Sombra terrible de Facundo…” introduce adrede la ficción con esa sombra desde el arranque en su inmortal novela, con lo que la aparta de la ciencia y la suma a la narrativa de ficción. (En otro orden, también se disfraza de general francés para la batalla de Caseros.)

Con palabras o actos, la veracidad resulta una problemática constante para el rigor histórico, exigente en la sistemática precaución de sus datos y acontecimientos. Honestidad intelectual, seriedad científica a menudo verificable en la exposición del desarrollo de una investigación sobre el pasado, lejano o reciente. Advertencias atendibles al considerar renovados aportes respecto a personajes y sucesos, como los vertidos en El Chacho, el más humano de los caudillos, flamante intento biográfico a cargo del profesor Víctor Hugo Robledo (s/d, Aimogasta, La Rioja) en la misma editorial donde en 2022 publicó una versión sobre Facundo Quiroga, de similares características. Una robusta porción del ensayo sobre Peñaloza se nutre de tal anterior publicación, ahora en visión refritada, útil a fin de consignar la situación política y militar de la región en su contienda con el puerto rioplatense.

 

El autor ,Víctor Hugo Robledo.

 

Además de los ya dudosos escritos del mentado Carlos Páez de la Torre, resulta prudente revisar las otras fuentes bibliográficas consultadas por el autor. Junto a las biografías clásicas en relación a Angel Vicente Peñaloza (La Rioja, 1798- 1863) resalta un inusual número de libros y artículos genealógicos, indudables fuentes de los contextos familiares que de una manera u otra rodearon al caudillo y constituyen temáticas recurrentes en los corrillos de la otrora alta sociedad provinciana. Dimes y diretes de mediados del siglo XIX, persisten algunos en las clases acomodadas pese a las modificaciones acaecidas en esa estructura, prolífera en conversar y conservar apellidos y ascendencias hacia una nobleza colonial perdida. En este aspecto, Robledo ostenta un nutrido repertorio, capaz de hacer las delicias de una afición micro-etnocéntrica, extensiva a las regiones vecinas. Cualidad infrecuente, cuida la sensibilidad de un lector regional al que parece estar dedicado, mientras requiere la atención particular del público ajeno a tales ámbitos. Labilidad de las fuentes, contrasta con la alusión a biógrafos de probada rigurosidad, en tanto entre los aficionados Robledo acredita, por ejemplo, haber recabado el testimonio de la rendición del caudillo a un “anheloso intelectual, ‘abogado provincial’ , título otorgado por los jueces de tribunales riojanos. Nacido en Dolores, Buenos Aires en octubre de 1863”.

El autor legitima tales relatos en la creencia de que la “tradición y los documentos guardan como tesoro en la memoria de los pueblos estos hechos que impactaron en la comunidad, sellándola para siempre, y que serían transmitidos de generación en generación”. Un coronel, un sacerdote, un diario íntimo, un anciano, recuerdos de la niñez, un funcionario burocrático, resultan por lo tanto portadores de la primera de las condiciones, la tradición del sentido común en la opinión pública, para aseverar la neta veracidad histórica. Si por ello fuera, Perón violaba niñitas de la UES, Nisman fue asesinado por un comando venezolano-iraní, CFK se robó un PBI enterito, ciertas mañas motivan el crecimiento pilífero en la palma de las manos, los 30.000 son propaganda zurda, su ruta...

Criterio evaluativo elástico, permite efectuar por sobre oposiciones comprobadas, como entre el entonces gobernador de Cuyo Domingo Faustino Sarmiento y el Chacho, una moral tipo Marvel con buenos buenísimos y malos malísimos. Es el caso del condicional proyectado con motivo del asesinato de Peñaloza, realizado con sanguinaria crueldad por orden del “autor intelectual del crimen”, el mandatario sanjuanino.

En oposición refulge la absoluta bondad del jefe de los gauchos, generoso con los vencidos, protector de los débiles, sensible al dolor ajeno, en fin, como reza el subtítulo, “el más humano”. Ni animal, ni vegetal ni mineral, la “humanidad” de Peñaloza se verifica, tras el crimen, en la solicitud de “don Natal Luna, dirigente liberal de La Rioja” que le llevaran “una oreja del caudillo de regalo”, lo que así se hizo “para ser exhibida a los presentes en una bandeja de plata, en el baile organizado para festejar la muerte”. Cristiana corroboración de la degradación de la carne, putrefacción irrefutable de la condición humana. Evento histórico al parecer determinante, como el hallazgo de que no fue una pica donde se exhibió la cabeza del rebelde, “sino una vara de quebracho que hasta 1890 se usaba para trabar la puerta de la comisaría de Olta”.

 

El Chacho.

 

En esta tesitura, el carácter político de los enfrentamientos que tiñeron la época surgen licuados entre tamañas anécdotas, inscriptas en la licencia permisiva de afirmar el comprobado analfabetismo de Peñaloza junto a sus presuntas misivas de prolija redacción y la reproducción de un fragmento del habla del héroe cuando, en ocasión de obsequiar un poncho, espetó: “Velay este para usted, tápese con confianza, el frío se le hai de resbalar nomás”. Cierto es que en aquel entonces se contaba con escribientes, encargados de las comunicaciones formales entre dirigentes, militares y autoridades políticas. Robledo reproduce abundante epistolario, dotado con la curiosa característica de compartir un estilo de redacción harto semejante. Similitud que rebasa los textos transcriptos para invadir con su cadencia decimonónica la propia escritura del autor.

Heterodoxos procedimientos de transmisión le permiten a Robledo prescindir de llamadas al pie, suplantarlas por esporádicas alusiones parciales dentro del texto, así como de cuadros cuantitativos que reflejen condiciones demográficas, económicas, militares o de estructura social. Asimismo prescinde de toda cartografía, en un guiño confianzudo hacia el lector regional, capaz de reconocer las denominaciones generosamente desplegadas a lo largo del relato.

Es la consecución general de los episodios narrados, cumplida responsabilidad de Hernán Brienza, quien estampa su rúbrica y se hace cargo del prólogo en la colección donde se inscribe el profesor Víctor Hugo Robledo con El Chacho, el más humano de los caudillos. Es a tono con la política de mercadeo implementada por la editorial productora del libro la voluble rigurosidad de los contenidos. Experimento comercial inscripto en la elección autoral para una serie que comprende otras historias de vida como las firmadas por un psicólogo suburbano que parece demandar clientes al relevar la lucha de dos veteranos próceres contemporáneos de los Derechos Humanos. O la emotiva existencia de quien fuera guerrillero, padeció cruel prisión, dejó la lucha armada, fundó un partido político y alcanzó democráticamente el poder, entrevistado por un animador televisivo más animoso de escuchar su propia voz que la del personaje. Tentativas de inserción en un mercado colapsado, saturadas las temáticas del ensayo y la ficción, el tiempo dará su veredicto acerca de si esta doble operación de sumatoria y enajenación resulta eficaz. Entre tanto, respecto a Angel Vicente Peñaloza, existen trabajos clásicos, reconocidos y verificados por una sistemática rigurosa, aún en polémicas internas, donde informarse con mayor confianza.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

El Chacho, el más humano de los caudillos

Víctor Hugo Robledo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2026

304 páginas

 

 

 

 

 

 

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