Morir comiendo perdiz

¿Qué nos dejan los músicos populares que se van?

Miguel Zavaleta y el Negro Rada, en blanco y negro.

 

Un artista porteño concibió la primera misión espacial argentina en 1987, tres décadas antes de la fantasía de Mauricio Macri que Horacio Verbitsky resignificó desde El Cohete a la Luna. ¿Cómo no recordarlo? Miguel Zavaleta, fallecido en estos días, al igual que Ruben Rada, embaldosó la senda por la que una generación correría a salir de la dictadura en busca de una forma de vida cuyo nombre, democracia, le era desconocida.

Por entonces, al igual que los militares, también se batía en retirada una concepción pacata de la vida, tan parecida a una pose que los pibes la llamaban careta. Sin embargo, a esa juventud crítica también le costaba desprenderse de algunas formalidades. Así, incurría en contradicciones, como la intolerancia a lo nuevo, tan notorias que quedaron registradas en la prensa especializada de la época (desde las páginas de Gloria Guerrero, en Humor, a las columnas de Miguel Grinberg y Pipo Lernoud en Cantarock).

Así como la guerra de Malvinas había forzado la prohibición de difundir canciones en inglés–lo que favoreció al rock argentino–, el llamado a elecciones propició que las juventudes políticas exigieran a los rockeros una propuesta programática. Los músicos arrugaban el mentón en gesto de “¿y eso qué es?”

Hasta esa etapa, pocos músicos consagrados habían votado alguna vez: sólo Moris, que trepaba los 39 años, o Litto Nebbia, con 33. Pocos más ejercieron su derecho a elegir Presidente en 1973. Zavaleta había cumplido los 18 tres semanas antes de la elección de aquel 11 de marzo. Al final de esa década, luego de dejar una banda de rock sinfónico, siguió la ruta de los exiliados para vivir la experiencia hippie de pasar hambre en España. A su regreso, en 1981, conformaría su gran grupo, Suéter, con el que lo sorprendería el boom post Malvinas.

Charly (31 años) aporreaba su teclado al grito de No bombardeen Buenos Aires, editado en agosto de 1982 desde un sobre que incluía la definición de rock de un inglés, Pete Townshend:

 

 

Por entonces, el bigote bicolor componía con una sofisticación cimera, más cercana a Luis A. Spinetta (32), quien decía que el rock debía mantenerse como “el reducto de lo incorruptible”. Pero los líderes de las bandas soporte que Charly eligió para llenar por primera vez un estadio con rock argentino tenían otra mirada: Miguel Abuelo (36) planteaba que luego de la gris dictadura debía sobrevenir el color de la alegría (dedicó su disco de 1984 “al Presidente de la flamante democracia”). Zavaleta (27) militó esa consigna con distintas formas de histrionismo, humor y desenfado, continuada por otros.

A igual conclusión llegaba uno de los artistas más originales: el uruguayo Ruben Rada (40). A la vez que alentaba a abrirse a la música de Manolo Juárez, Julio Lacarra, Chany Suárez o Piazzolla, declaraba: “Después de la pálida que se vivió, es inevitable que haya protesta y amargura, pero tenemos que crear un espacio para la alegría entre todos”, para lo cual proponía la candombe como el ritmo que quedó de “los negros de Buenos Aires que mataron en la guerra del Paraguay”, en un revisionismo histórico no incorporado aún a la joven música urbana, que deberá esperar a 1986 para que Víctor Heredia grabara la obra conceptual Taki Ongoy (sobre el genocidio de los originarios) o León Gieco recopilara con Leda Valladares y Gustavo Santaolalla la música popular De Ushuaia a la Quiaca.

 

Zabaleta y Charly García. Revista Pelo, 1985.

 

Lo que sí había era conciencia social. El público joven había sido el más castigado –sino el único– a manos de las fuerzas represivas que vigilaban los recitales. Quizás por eso, el primer gran éxito de Rada en la Argentina de 1982 fue Blumana: “Siempre en los conciertos pasan cosas raras, tengo mucho miedo que venga la mala (la cana)”.

Desde ese disco, En Familia, cantaba:

Esa barra ilusionada, esa gente postergada, se quedó sin realidad. Pobre gente postergada, que desayuna con nada, siempre tiene para dar” (El ómnibus).

Trabajaba todo el día para darle de comer, mamá canta noche y día, cuando duerme a su bebé. Dicen que trabajó un día, cuentan que una vez votó, por la gloria de su pueblo, y el ministro le falló” (Martuan).

No sólo en Vietnam y en el Uruguay, si hasta en Nueva York niños piden pan” (Lo bueno es lo malo, lo malo es lo bueno).

En cambio, Zavaleta (con un oído en el jazz de su tío, el pianista Enrique “Mono” Villegas) practicaba un humor más ácido. Su guitarrista y coautor Jorge Minissale: memoria y rock junto a Suéter, dice que no es gratis ejercer la ironía, obliga a dar explicaciones.

Así le pasó con una canción que empezaba diciendo: “Quiero vivir en una isla repleta de minas”. Hubo quien se quedó con eso cuando, lo que seguía, era una crítica a los machos: “… Y nunca volver a este mundo de porteros que te rompen la nariz porque un día se sienten lo menos de los menos. Quiero saber dónde van todos esos chicos de trajes, de ceños fruncidos; todos, tipos del desastre. Me intriga saber dónde van esas bestias peludas que no son tan buenas, que no son tan malas, para ir al cielo, para ir al infierno” (Sin porteros).

En el mismo disco debut de 1982 se burlaba de las imposturas: “Métodos para seducir mujeres, para tapar tantas inseguridades: El método de la violencia; el de la indiferencia; el de hoy te quiero, pero mañana te pateo. Y todo eso se dice con una careta sobre otra igual, tratando de ocultar esa cara de zorro” (Métodos).

Entendía lo que le pasaba a la generación inmediata en una época en que la industria cultural atosigaba con la música disco, que pretendía desplazar a la canción de protesta o con contenido.

Zavaleta tomó la forma, el envase bailable, y lo dotó de mordacidad. Describió como nadie lo que pasaba en los boliches, entre adolescentes y “nenes de mamá”: “No me gusta bailar, es aburrido. A mí, me gusta mirar, es divertido. Y después criticar –Uh, qué cretino–. Mamá, planchame la camisa que esta noche yo me quiero ir a mirar” (Mamá, planchame la camisa).

Con eso, intentó –y logró– iluminar a muchos que se preparaban para pasar de estadio. Le aportó a parte de una generación una capacidad crítica que prevenía de seguir al rebaño. Al mismo tiempo, exponía lo que en verdad sentían muchos que no sabían expresarlo: miedo en una fiesta. “Sé que estuve solo, sentado en una misma silla, aburriéndome sin compasión, reabriendo las heridas de un pasado tan lejano que ni siquiera estoy seguro si alguna vez éste existió. Y me veo en una fiesta, con tanto miedo” (Atrapado en el hielo).

No era la única vulnerabilidad que exhibía el varón: “¿Por qué no me dijiste que ya no me querías? Me hubiera bien guardado tantas palabras dichas. ¡Ay! Qué fácil es verse como un idiota otra vez” (Como un barco lleno de lauchas).

Mientras otros artistas reparaban en los chicos de la calle (herencia de Eleanor Rigby, de los Beatles), Zavaleta le cantó a uno con síndrome de down: “Hoy voy a sacar a pasear a mi hermanito tonto. Seguro que va a querer que le compre un helado. Espero que no me ocurra lo mismo que la otra vez, que apenas me distraje, me lo tiro en los pies. A veces me acuerdo cuando me avergonzaba y sentía pena por mi familia. Cuando salimos al fin, la gente pretende que no lo ve, pero en cualquier colectivo siempre algún lugar espera por él. Y es que no puedo verlo diferente a los demás. Su única diferencia es su felicidad” (Su única diferencia).

Aunque acopló música festiva a la nueva era, recordaba de dónde veníamos: “Siempre esperarán en esa plaza de pie, las madres de alguien que, creo, no va a volver” (Nada es como fue). “No quiero creer que sólo somos gente vencida” (Si alguna vez imaginaste un mundo mejor). “Yo sé que la gente está cansada, ahora quiere disfrutar; ya no somos los mismos que hace algunos años atrás” (Manifestación de escépticos- So’ lo’ ma’ grande, libertad).

Esas temáticas contrastan con exitosos baladistas complacientes como Beto Orlando (80), fallecido el mismo 31 de agosto, quien entretenía a los torturadores del Destacamento de Arana, en la capital bonaerense, adonde fue llevado un hijo de Hebe: “sometieron a Raúl Bonafini a un interrogatorio brutal y no supimos más de él”, declaró una sobreviviente. Allí “una noche vino a cantar Beto Orlando, vivía en el barrio y era amigo de la guardia, tenía acceso para cantar, tocar y compartir asado” (ver Bonafini, las otras búsquedas).

Zavaleta estuvo entre los que nunca contó con los aparatos de propaganda del poder. Con redoblados esfuerzos, y a pesar de las peleas con los tramposos de la industria discográfica, conoció la masividad a partir de la historia de un accidente de tránsito (Amanece en la ruta), la temática del divorcio (Vía México); un tercer disco producido por Charly García; un hit que le regaló a su ex pareja Hilda Lizarazu… hasta que Misión Ciudadano 1 se estampó en vinilo. Allí, el astronauta le dice a la Tierra: “¡Qué chica sos cuando te veo desde lejos! Átomos y el Sol, ¿adónde irán? Antes de que explote mi planeta, quiero volverlo a ver; regresar, otra vez”. Fue su despedida de Suéter.

 

 

Protagonizaría varios regresos. Tuvo gran difusión al cantar con Andrés Calamaro; su canción Vuelvo a Salta fue elegida la mejor de 2006; en un disco solista adelantaba las fake news: “¿No ves que creés cualquier pelotudez?” (De Lomas a Morón, 2011); estaba orgulloso de un material que le produjo Pedro Aznar (Volver a nacer, 2019). Hasta compartió su arte con Ruben Rada.

El oriental radicado de este lado tocó con todos, había competido en un festival contra Joan Manuela Serrat; cantado con Pablo Milanés; conquistado al mercado estadounidense con los hermanos Fattoruso y su original fusión jazz-candombe; impresionado a los Rolling Stones y compartido el tema Seasons del disco Deseo con Jon Anderson, ex vocalista del súper grupo Yes. Todo, sin olvidar sus raíces. En Quién va a cantar (2000) dialogaba con una creación de Horacio Guaraní al preguntarse “¿Quién va a pedir para que no calle el cantor?”

 

Con Mick Jagger, de los Rolling Stones.

 

Ganó decenas de premios; tocó en un concierto de las Naciones Unidas (2010); hizo bailar a los mandatarios Julio Sanguinetti y José Mujica; obtuvo reconocimientos gubernamentales que tuvieron su último episodio cuando el Presidente Yamandú Orsi decretó duelo oficial, banderas a media asta y funeral en el Palacio Legislativo.

 

 

De Rada, Zavaleta había destacado su capacidad compositiva sin tocar instrumentos melódicos. Ambos fueron llevados a espacios de sus respectivos gremios de Autores; uno, despedido con música en la Chacarita; otro, con un multitudinario toque de tambores en Montevideo. A cada orilla del Plata, un pueblo formaba trencitos que serpenteaban la calle al ritmo de su canción Muriendo de Plena, de aquel disco del 2000:

Cuando yo me muera, no quiero llanto ni pena, prefiero que se me vele bailando una rica plena. No quiero a la gente todita de negro, prefiero de rojo vestir a mis suegros. Y quiero en la tumba, pollito y arroz, patitas de cabra, con todo y melón; porque yo en la vida he sido feliz, quiero morirme comiendo perdiz”.

 

Zavaleta, en el cohete al infinito.

 

 

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