“Carville, un cajún de Lousiana, era un ex marine
con un gran sentido de la estrategia y
un profundo compromiso con el progresismo.
Él y yo teníamos mucho en común”.
Bill Clinton [1]
En su autobiografía Mi vida, Bill Clinton rememora el origen de uno de los lemas más repetidos de la política contemporánea. Al recordar su campaña de 1992, el exmandatario relata: “James concentró todos los elementos de la campaña —las medidas políticas, la prensa y la investigación— en un amplio espacio abierto que había en la vieja sala de redacción del edificio del Arkansas Gazette (…) Hillary comentó que parecía una ‘sala de guerra’, y así la llamamos desde entonces. Carville puso un cartel en la pared, como recordatorio constante de los temas centrales de la campaña. Solo tenía tres líneas: CAMBIO CONTRA MÁS DE LO MISMO / LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO / NO SE OLVIDEN DE LA SANIDAD” [2].
Aquel lema —“la economía, estúpido”— fue durante décadas un mantra para el análisis político. Sin embargo, la experiencia electoral brasileña de hace un par de semanas, que consagró a Lula da Silva como Presidente por cuarta vez en una inédita remontada frente a Flávio Bolsonaro, exige revisar ese diagnóstico: en el escenario regional actual, es la centralidad de la política lo que explica la reorientación de los procesos electorales y el pulso social.
La primera vuelta del 4 de octubre arrojó un triunfo para Bolsonaro con el 47% de los votos frente al 45% de Lula. Aquel tropiezo del oficialismo representó una sorpresa al contrastarse con los indicadores económicos del tercer mandato petista. Según el Center for Economic and Policy Research (CEPR), la economía brasileña creció un 9,2% acumulado entre 2022 y 2025, superando el promedio regional del 5,6%. El desempleo cayó al 5,3%, la valorización del salario mínimo impulsó una suba real del 12,7% y la masa salarial creció un 19,7%. Asimismo, Bolsa Família permitió que 5,1 millones de familias salieran de la pobreza y que la FAO sacara a Brasil del Mapa del Hambre.
Si el razonamiento se hubiese agotado allí, el axioma sobre la supremacía de los datos económicos habría derivado en un atolladero analítico. Lo que definió el desenlace del balotaje del 25 de octubre —donde Lula se impuso con el 51,8% de los votos frente al 48,2% de su rival— fue la movilización estratégica, la decisión gubernamental y la recuperación de la iniciativa política.

El análisis desde la torre de marfil
El error sustancial de buena parte del análisis político no radicó, sin embargo, en prestar excesiva atención a la economía, sino en su distanciamiento de la política real. Aislados en la ivory tower de los medios de comunicación, alejados del territorio y encandilados por la algoritmia, la mayoría de los “expertos” asumió que el electorado respondía mecánicamente a indicadores proyectables desde los resultados de la primera vuelta. La lección de la “sala de guerra” de Clinton no postulaba la irrelevancia de la política, sino la necesidad de una conducción unificada y una permanente articulación entre investigación, comunicación y militancia.
En el caso brasileño, la primera vuelta expuso los riesgos de confiar en la inercia de la gestión estatal. El triunfo final de Lula no dependió de una adecuada exhibición de sus logros sociales y económicos, sino —como bien explicó Gabriel Merino— de la reconstrucción de una auténtica fuerza social y de la capacidad de disputar el sentido común en los barrios y las redes. Cuando los análisis posteriores al 4 de octubre daban por sellada la victoria de la extrema derecha, la política irrumpió para recuperar la iniciativa democrática frente al desencanto.
En efecto, se activó una dinámica de doble tracción: la movilización popular a pie de calle enlazada con una contraofensiva digital que quebró la dominación conservadora en las plataformas. Mientras la candidatura opositora se recostó en el respaldo de los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, la coalición oficialista comprendió que no alcanzaba con administrar el Estado: resultaba indispensable politizar cada rincón de la sociedad.
La participación en el balotaje redujo la abstención e incorporó a más de tres millones de votantes respecto del primer turno. La movilización territorial demostró que la macroeconomía ofrece un piso material, pero solo la acción política consciente y la conducción estratégica convierten las demandas en mayorías sociales.
Anatomía de una remontada
La remontada electoral en Brasil —la primera en romper la regla según la cual quien gana la primera vuelta se adjudica el balotaje desde 1989— se estructuró sobre tres ejes convergentes: la reactivación de la militancia de base, un conjunto de medidas socioeconómicas de impacto inmediato y la disputa inédita en el terreno digital.
En primer lugar, la calle recuperó densidad física. Tras el resultado inicial, la alarma ante el retorno del bolsonarismo desató una movilización espontánea impulsada por juventudes universitarias, sindicatos y movimientos populares en San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Salvador. La alianza articulada por Lula logró reunir a sectores del empresariado industrial junto a la Central Única de los Trabajadores (CUT), el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y la Unión Nacional de Estudiantes (UNE), configurando un amplio frente democrático.
En segundo lugar, en los 21 días previos al balotaje el gobierno impulsó medidas de impacto directo: el Congreso promulgó la reforma constitucional que redujo la semana de trabajo de 44 a 40 horas (poniendo fin a la jornada 6x1); se eliminaron tributos federales sobre las naftas para contener las subas internacionales del petróleo; se aprobó la condonación de 16.000 millones de reales en deudas tributarias a pequeños emprendedores; se avanzó en la gratuidad del transporte público los fines de semana; se incrementó en un 15,17% la asignación de Bolsa Família; y se prohibió que las plataformas de apuestas en línea (bets) operen con tarjetas de crédito o fondos de asistencia social.
En tercer lugar, la campaña quebró el monopolio digital de la derecha mediante el canal de WhatsApp “Ejército de Lula”. Impulsado por el diputado André Janones, este espacio pasó de 53.000 seguidores antes de la primera vuelta a casi 11 millones en vísperas del balotaje. Bajo una dinámica de comunicación directa donde se asignaban “misiones” diarias —viralizar contenidos, recuperar la camiseta amarilla de la selección y posicionar etiquetas favorables—, la iniciativa movilizó a millones de indecisos.

Los gurúes
El desenlace de los comicios brasileños puso en evidencia las limitaciones del análisis político tradicional. Instalados en su “torre de marfil”, consultores y politólogos mediáticos erraron pronósticos al juzgar el proceso desde esquemas apriorísticos alejados de la dinámica territorial.

Apenas cerrados los comicios del 4 de octubre, proliferaron las expresiones que decretaban el fin del ciclo petista. Con radical velocidad, Andrés Malamud señaló que estaba “cantado que gana Flávio en segunda vuelta”. Marcelo Figueras lo rebautizaría como “Andrés Malamía”. Con similar agudeza, el geopolitólogo oficialista Julio Burdman se preguntaba durante el avance del escrutinio: “¿Con qué resultado se baja Lula?”.

Un caso paradigmático de volatilidad fue el de Fabián Calle. Luego de la primera vuelta, el analista se mostró alborozado ante las preguntas de Antonio Laje: señaló que Lula necesitaba una ventaja de cinco puntos en el primer turno para sostener la Presidencia y que, al quedar dos puntos abajo, la elección estaba virtualmente definida. Asimismo, encomió la “química” entre Milei y Flávio, dio por “liquidado” al juez Alexandre de Moraes y vaticinó un giro conservador en la región. Tras el resultado del balotaje, su discurso viró hacia la irascibilidad y atribuyó el triunfo de Lula al “blindaje” político del que se beneficia el “viejito de izquierda épico”.
Frente al fracaso de los meteorólogos del establishment, un grupo reducido de investigadores sí supo interpretar la coyuntura. Entre ellos, Sebastián Etchemendy y Germán Lodola marcaron que la clave de la elección residía en la revalidación de la política. Tras el escrutinio, otros analistas internacionales optaron por una saludable autocrítica, como Esteban Actis, quien admitió francamente en redes sociales: “todos dábamos por liquidada la elección”.
Metáforas bélicas y dilemas progresistas
La adopción del lenguaje castrense durante la campaña despertó discusiones. La propia alusión de Clinton a la “sala de guerra” de Carville nos recuerda que la metáfora bélica es un recurso clásico en la comunicación política. No obstante, la estructuración del “Ejército de Lula” mediante expresiones como “general”, “soldados” y “misiones” generó reservas dentro del progresismo. El propio Janones admitió la incomodidad de apelar a esa estética, pero la justificó sosteniendo que “son tiempos de guerra… No es el momento para que hagamos lo que nos gustaría hacer. Es el momento de hacer lo que debe hacerse”. Por su parte, el sociólogo Paulo Delgado, uno de los fundadores históricos del PT, tildó de “patética” esa nomenclatura y afirmó que hería la memoria de las víctimas de la dictadura.
El debate cruzó la frontera hacia la Argentina, donde la iniciativa se replicó en el canal de WhatsApp “Ejército del Peronismo”, que cuenta con 104.000 seguidores al momento de cierre de esta nota. En un grupo de WhatsApp integrado por docentes e investigadores universitarios —que integra el autor de esta nota—, la controversia quedó reflejada en una serie de intercambios:
- Profesor A: “El efecto Carioca y Caipirinha… una cosa es tomar ideas… otra es la burda copia literal”.
- Profesor B: “Guarda, que con la literalidad que maneja nuestro primer mandatario vamos a terminar con acusaciones de sublevación armada”.
- Profesor C: “La militarización del lenguaje… Estamos a dos minutos de ‘subordinación y valor’ (...) Hannah Arendt tendría bastante para decir al respecto”.
- Profesor D: “Tal cual, de hecho cuando me enteré del ejército de Lula y de la existencia de Janones y su movida, me hizo ruido que se llame así”.
- Profesor E: “Yo diría que, por suerte, hubo un Ejército de militantes que militaron a Lula como nunca y la dieron vuelta… y no un ágora de reflexión para entender la derrota… lo que hubiera sido más estimulante intelectualmente pero tendríamos a Flavio de presidente”.
- Profesor F: “Tampoco son excluyentes. Si no entendés por qué perdiste, terminás militando sobre la nada”.
Este contrapunto trasciende lo anecdótico e interpela la matriz teórica de las metáforas militares. Por ejemplo, en el pensamiento de Antonio Gramsci, las nociones de “guerra de posiciones” y “guerra de movimiento” no fueron concebidas para reducir la militancia a una lógica de obediencia ciega, sino para descifrar las formas complejas de construcción de hegemonía. Mientras la guerra de movimiento responde a momentos de irrupción y ruptura acelerada, la guerra de posiciones exige una labor paciente, capilar y prolongada en las trincheras de la sociedad civil. La construcción hegemónica es confrontativa pero no necesariamente bélica; se sustenta en la capacidad de un bloque histórico para articular, integrar y universalizar demandas colectivas.
Outsourcing y complicidad offshore
El desenlace de las elecciones en Brasil proyectó sus esquirlas sobre la coyuntura política argentina, dejando al descubierto la degradación a la que ha sido conducido el Estado nacional bajo la gestión de Javier Milei. Como hemos argumentado en este espacio a propósito del outsourcing o tercerización de las funciones esenciales de gobierno, las políticas exterior, de seguridad e inteligencia argentinas se diseñan en Washington.
Una muestra de ello se escenificó con la fuga del candidato derrotado, Flávio Bolsonaro, sobre quien pesaba una restricción judicial para salir de Brasil debido a causas por lavado de activos. Para esquivar la Justicia, el senador huyó por tierra junto a su familia hacia la Triple Frontera. Según periodistas muy bien informados, el gobierno argentino instrumentó un operativo encubierto e informal —instruido por Marco Rubio y coordinado por el asesor Santiago Caputo con el aval de Milei— que puenteó los canales oficiales y dejó desinformada a la propia cartera de Seguridad.
Con agentes de confianza en Yacyretá, Migraciones y la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), se montó un dispositivo para escoltar a la comitiva de Bolsonaro por el Puente Internacional Tancredo Neves hasta la pista del aeropuerto de Puerto Iguazú. Allí abordaron un avión privado, cuya contratación habría sido gestionada desde Washington por el operador Jason Miller. Desde Misiones, la nave despegó rumbo al aeropuerto Opa-Locka de Miami previa escala en Guayaquil, en una clara exhibición de cómo el aparato estatal argentino actuó como una terminal al servicio de intereses foráneos.
Lula, el “adulto responsable”
Frente a la virulencia adolescente de Milei —quien a lo largo de la campaña acusó a Lula de “ladrón”, “corrupto”, “presidiario” y “basura socialista”—, el mandatario brasileño emergió con la templanza y la altura de un verdadero “adulto responsable”. Demostrando una pragmática vocación de Estado y una madurez que contrasta abiertamente con la impulsividad patológica del Presidente argentino, Lula confirmó su intención de invitar formalmente tanto a Milei como a Donald Trump a la ceremonia de inicio de su nuevo mandato el 5 de enero de 2027 en Brasilia, priorizando los intereses permanentes de la integración regional por encima de las agresiones personales.
El triunfo de Lula trasciende la anécdota electoral y ofrece una lección continental. Frente a las pretensiones del gendarme hemisférico, la reelección del líder del PT reafirma la validez del camino soberano. En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre, Lula fue contundente al proclamar que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”.
La revalidación de la política en las calles, la atención primordial a las demandas materiales de los sectores populares y la defensa irrenunciable de la autonomía nacional constituyen el corazón de la remontada histórica de Lula. Lejos de la “torre de marfil” de los analistas, la POLÍTICA —con mayúsculas— se reencontró con su pueblo, recuperó su capacidad transformadora y volvió a escribir la historia.
* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales.
[1] Clinton, W. J. (2004). Mi vida. Editorial Sudamericana, p. 442.
[2] Ibídem, p. 491.
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