A CÉSAR LO QUE ES DE CÉSAR

Una aproximación al universo creativo del poeta y cineasta César González

 

La primera parte de esta historia ocurrió hace once años y monedas, cuando escuché hablar de César González por primera vez — e imaginé, de inmediato, que no volvería a saber de él. La balanza se inclinaba para ese lado, y del modo más ominoso: se trataba de un adolescente internado en el Instituto Agote, con su cuerpo de tallo verde ya cosido por balas, que se desplazaba balanceando el vientre vendado sobre un par de muletas. Venía de la Carlos Gardel, lidiaba con adicciones y purgaba condenas por delitos de esos que causan escalofríos entre los fariseos: complicidad en secuestro extorsivo, sin ir más lejos. Todo indicaba que se lo iba a devorar el dragón del sistema. ¿Qué posibilidades tenía de escapar de sus fauces? Estaba marcado de acá a la China. Sólo era cuestión de tiempo. (Esta primera parte de la historia, aviso, tiene una segunda parte que retomaré al final.)

Años después me hablaron de un poeta joven que se hacía llamar Camilo Blajaquis. El nombre llamaba la atención. Camilo podía prestarse a equívocos, pero el Blajaquis era un índice de neón que apuntaba hacia ese Sócrates porteño que fue Domingo Blajaquis: el militante de la Acción Revolucionaria Peronista (ARP) que cayó baleado en la confitería Real durante 1966 y a quien Rodolfo Walsh convirtió en un personaje inolvidable de ¿Quién mató a Rosendo? Apenas rasqué un poquito la corteza, entendí que el «Camilo» también era deliberado y homenajeaba a Cienfuegos, aquel que se atrevió a vivir la Revolución Cubana a carcajadas, como un sueño desaforado del que no quería despertar. Entonces leí uno de los poemas del joven del nom de plume incendiario —Villas, se llamaba—, y me asombré. Era bueno de verdad. Pero más me asombré cuando, al poco tiempo, la tele le dedicó unos minutos a la película con que Blajaquis debutaba como director de un largo (Diagnóstico esperanza, 2013) y mi compañera, al verlo en la pantalla por encima de mi hombro, me dijo, enfática:

—Es César… ¡Camilo Blajaquis es César!

Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Lo cual me sacó de la pantalla del asombro pasándome a aquella de la alarma. En el combo afectivo de nuestra pareja, el que llora cada dos por tres soy yo. Mi compañera puede ver morir a E.T. mientras mira el reloj de reojo y se pregunta cuánto falta para que termine esta pavada. Pero esa vez se había emocionado. Y tardó unos segundos en ayudarme al recordar al César a quien había conocido en el Agote entre 2007 y 2008, cuando fungió de asistente de una psicóloga mientras se aprestaba a recibirse de ídem. Me había hablado incansablemente de ese chico, el flaco baleado, vendado y amuletado que —este había sido su descubrimiento— era capaz de hablar durante horas de Cortázar y de Foucault; del Loïc Wacquant que había escrito maravillas como Parias urbanos y Las cárceles de la miseria; de la vida que a los cinco años no le había puesto sobre la mesa un cuaderno Gloria sino «un chumbo y un porro»; y de lamentar que para los pibes como él los próceres no fuesen tipos como San Martín sino el Gordo Valor. (Frase que, dicho sea de paso, conectaba con un verso de la versión original de Villas: «La mayoría de la juventud que abandona la escuela / sabiendo que San Martín lo único que hizo / fue posar para el billete de cinco pesos».)

 

 

Camilo era César, nomás. Y el gusto de entenderlo al fin —de conectar a aquel pibe condenado que conmovió a mi compañera con el poeta libre que se había anotado en la senda de Cienfuegos y Blajaquis— fue mío, todo mío.

Esta es la versión de Villas que César aggiornó y me mandó hace unos días:

 

Villas: la vida en un mundo aparte

 

Madres solas remando en un mar de piedra

una cultura del padre ausente 

del padre preso 

del padre presente pero con la espalda disecada.

Los cascotes que inventan caminos 

así el barro no te muerde los tobillos.

Esqueletos de autos robados ya desmantelados y prendidos fuego. 

El sonido de un disparo en una esquina. 

Charlas de vecinas a través del alambrado 

mientras cuelgan la ropa en la soga: 

—¿Che te enteraste que a fulano le reventaron el rancho en la madrugada?

La policía y sus cacerías entre carcajadas espumantes.

El comedor y su pálida merienda 

entre una pesadumbre coloreada. 

Los que se van a trabajar con sus bolsitos 

sus bicis y sus ojos resignados.

Madres que lloran la muerte del hijo chorro

en velorios propios y ajenos.

Los evangelistas y sus gritos de mentira. 

Los perros persiguiendo a las motos.

El guiso salvador del mediodía

el mismo guiso a la noche 

lo que quede del guiso mañana.

El micro que recorre las cárceles rebalsado de familiares.

La cumbia poniéndole ritmo a la miseria. 

El amanecer y los carros. 

El amanecer y los que todavía siguen de gira.

Muchos sueldos flacos destinados a un celular, a ropa nueva, 

a disfrazar la pobreza.   

Maradonas que mató la policía, 

que están presos o laburando en una fábrica 

y que derrochan su magia 

pero en una canchita de barro llena de vidrios.

La avenida es una frontera 

que divide a la villa del mundo. 

Los rezos sueñan el milagro de exiliarse a la sociedad.

Sinfonía de la lluvia maltratando a las chapas. 

Extranjeros de la clase media que vienen a comprar droga 

y se van descalzos.

Las velas derritiéndose en los mini-santuarios 

con las fotos de los pibes que murieron 

paredes que recuerdan sus hazañas.

Las esquinas con los guachos y las pibas 

salpicando chispas cósmicas.

Niños que se convierten en padres.

Habitantes que se conocen todos 

secretos que saben todos

engaños imposibles de ocultar.

Donde no llegan los premios de la meritocracia 

donde el horizonte tiene olor a celda 

tiene olor a bala

tiene olor a trabajo precario

tiene olor a traje de encargado de limpieza.

 

 

Lobo atado

En 2012 murió Leonardo Favio, el más grande de nuestros cineastas, y quise dedicarle un texto largo. Empecé a investigar, con la mira puesta en un libro. En eso estaba todavía a fines de 2014, cuando recibí un mail de parte del Indio Solari convocándome a darle una mano en su autobiografía. Postergué a Favio entonces —pienso retomar el proyecto, ahora que sale el libro del Indio— sin mayor dolor, porque respondía a la misma necesidad: contar la historia de los grandes artistas populares de este país, que surgieron de la clase laburante y no de la academia y aun así construyeron una obra exquisita.

Sentado en el sofá de Luzbulo —el playground de Solari—, encontré La venganza del cordero atado (2010), primera compilación de poemas de Camilo Blajaquis, dedicada de puño y letra al inspirador de su título. (Para los que no tienen por qué saberlo: el sexto LP doble de Los Redonditos de Ricota data de 1993 y se llama Lobo suelto / Cordero atado.) El círculo se cerraba: además de Cienfuegos y de Blajaquis y de émulo de Favio —el negrito que se había animado a dialogar de igual a igual con Fellini y Kurosawa—, César era ricotero.

 

El poeta en su salsa.

 

A partir de entonces presté atención a cada aparición pública suya que caía en mis manos o titilaba ante mis ojos. El efecto alucinado era siempre el mismo: aun a pesar de la mediación que opera la traducción periodística —y que casi nunca está a la altura de la persona real—, me parecía estar escuchando al César a quien mi compañera había pintado tan vívidamente. Que no sólo había sorteado la infinidad de trampas que el destino le había echado ncima, con los pies ágiles de un Fred Astaire (diría Verbitsky) o de un Indiana Jones (diría yo): ante todo, las sorteó gracias a la lucidez deslumbrante a que había arribado respecto de la esencia de esas trampas… y del sistema que las había puesto allí.

César cayó al Instituto a los 16, con seis balas policiales, clavos en las piernas y pesando 50 kilos pero se las arregló igual, porque ya era quien era: el de sangre toba (¡otro indio!), el hijo que no había conocido a su padre, el mayor de seis hermanos, aquel que se colgaba del cable para ver pelis con su madre. En el Agote le tocó —por condena y por ascendiente— el sector de los más bravos. Al tiempo conoció a Patricio “Merok” Montesano, a quien definió como “un vago que daba taller de magia dentro de la cárcel”. (Si César fuese oriundo de Baltimore o de Macondo, el escritor local que contase su historia realzaría la figura del extraño que llega a traer luz, sucumbiendo a la tentación de convertirlo en mago de verdad. Pero nosotros somos cabeza, y nos parece más lindo que un pibe al que le gusta practicar nudos y hacer pases de manos sea capaz de crear magia verdadera en la vida de alguien. Rescatate, Merlín.)

«Nos trataba bien —recordó César durante un reportaje—, no venía desde un lugar de profesor, ‘a ustedes, negritos, les voy a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. Nos trataba como personas, no como monstruos. Nos enseñaba un truco de magia y nos hablaba de Walsh, de Cooke, del Che, de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía, de cultura… Al principio no le di importancia, ‘este loco de mierda, qué importa lo que dice, si total me quedan un montón de años’. Pero venía en serio, con pureza, para ayudar… Y comenzaron las preguntas, aparecieron los porqués: por qué nací en una villa, por qué tuve que ser pobre, por qué me tocó un contexto de mierda, por qué tuve que saber a los 7, 8 años que existen la cocaína y el porro y que vivo en un barrio donde la cultura es esa… Todo lo que sos es consecuencia de mamá y papá, te dicen. ¿Y alrededor de mamá y papá no pasa nada? Yo soy consecuencia de dos presidencias de Menem; no es poco lo que hizo esa basura en este país. Yo tenía 7, 8 años y me acuerdo del hambre que había en el barrio, la miseria que había. ¿Cómo mi psicólogo puede olvidarse, saltearse eso que es tan obvio?»

Los libros fueron cruciales, pero no lo fueron todo. «Hay gente que lee sin parar y hasta habla en latín y cree que un pobre es alguien que no llega a la categoría de individuo», contó otra vez. «Entonces un libro no garantiza nada, lo importante es lo que se siente en el corazón: si amor u odio, si sentís amor por la humanidad y te reflejás en el otro y te ponés en el lugar del otro y leés es una cosa; y si sentís odio y leés podés usar lo que leíste para justificar tu odio y desprecio por los demás… El arte fue siempre un privilegio aristócrata, determinado por lo material, por la clase en que naciste. En mi caso sirvió para darme una antorcha en la caverna y ayudarme a salir a la luz y transformarme como sujeto, para sentirme creador y no un número más de la matrix judicial».

Uno de los tramos más crueles de su historia fue el que tuvo lugar entonces. Desde nuestra existencia privilegiada, lo primero que se nos ocurre es que debería haberse encarrilado todo a partir de su vocación flamante: ¿o no es eso a lo que aspira la institución tutora, que el chico salvaje devenga algo productivo —por ejemplo, artista— y se produzca la transformación que le permita reintegrarse a la sociedad? Pero no pasó así. Un día, inspirado por una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas, César escribió un poema y se lo mostró a una psicóloga del Instituto Belgrano. Ella lo leyó, lo apartó y le dijo: «Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto no resarcís el daño. A ver si se te mete en la cabeza».

Ese encuentro fue el germen inevitable de otro poema, donde César puso así lo que sintió:

«Y esa piña / duele más que la del guardia».

 

 

Volviendo en el bondi

 

Sobredosis de creencia late, corre

y se desliza por mis venas.

pensamiento ilegal

me miran de reojo;

¿los sorprende un negro que piense?

 

en medio de tu ataque te absuelvo

te perdono en el exacto momento

en que me discriminás

te devuelvo tu mal prejuicio

no exalto ni me elevo

tan solo me alivio

desatando los nudos

caminando así

con los cordones todo desatados

 

¿si hay hambre la culpa es del estado?

¿de la iglesia de la escuela, el hospital?

¿la comisaria, la casa, el trabajo, los milicos, 

los zurdos, las moscas, los mosquitos?

dejense de joder... la culpa es de todos

 

total después habrá muerte

velorio, sepelio y muchos nuevos amigos

aprovecho que las balas no me mataron 

y ando sin caballo, armaduras ni espadas

yo no soy ni san jorge ni el quijote

 

soy la anomalía y sigo de pie

no reincidí como muchos ansiaban

no rindo cuentas

ni soy defensor de lo real

 

¿de qué cartelito me hablás?

¿de que personaje preferís que me disfrace?

¿Pibe chorro recuperado o resentido sin remedio?

ambas te la devuelvo

yo soy poeta, 

a pesar de mi pasado

a pesar de las interpretaciones.





 

El otro vuelo

«Seguramente (mi poema) estaba lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso», rió tiempo después. «(Pero) Algo se había desatado, el candado se quebró cuando lo escribí. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona… Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: Está feo, pero vas bien. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: ¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los otros para reprimir».

Aun cuando su cuerpo seguía prisionero, César se animaba a hacerse preguntas que muchos de los que vivíamos afuera ni siquiera concebíamos. A fines de junio de 2009, desde el Penal de Marcos Paz, donde acababa de leer El vuelo de Horacio Verbitsky, le escribió una carta a Luis Mattini, un ex dirigente del ERP que terminaría prologando La venganza del cordero atado. Allí le decía:

«Yo puedo estar escribiéndole acostado en la tarima de una celda, cumpliendo una condena por secuestro extorsivo, puedo ser el pibe chorro y el negro de mierda culpable de la inseguridad del país para la gente normal, pero yo, Luis, cuando leo sobre la persecución y la monstruosa tortura que sufrieron muchos de ustedes, no puedo menos que entristecerme y llorar, como me pasó con este libro y con otros tantos, también porque incansables veces me he preguntado cuál hubiese sido el destino de mi generación si hubieran triunfado y el pueblo hubiese entendido al alternativa que proponían«.

«Si no escribiera —continuaba— creo que esta herida que sangro desde mi nacimiento se transformaría en gangrena y me haría morir frente a la resignación, esa que tienen todos los pibes, mis colegas de calvario, que están en la cárcel. La resignación de que el futuro no nos traerá otra cosa que cárcel o balazo policial. No sé de qué, pero mantengo la esperanza».

 

«Diagnóstico esperanza»: lo que baja del Centro a los barrios es el aluvión represivo.

 

Si quieren ver algo del César cineasta, arranquen por Diagnóstico esperanza. Es como si el poema Villas comenzase a andar y a moverse por sí solo en la pantalla. Está hecha con dos mangos pero trasunta un dominio natural de los recursos narrativos: César hace malabarismos con historias múltiples sin perder nunca el equilibrio. Y en el medio hace tres cosas muy pillas.

En primer lugar, apunta hacia un climax a lo Tarantino pero te lo escamotea, como si dijese: Allá no sé, pero acá la violencia no resuelve nada. («Las balas son pocas y este mundo está blindado», reza uno de sus poemas.) En segundo lugar, ubica la raiz de esa violencia en la ambición de un clasemedia cacerolero, corroido por la envidia. («Pongo en cuestión los valores de la sociedad, desde el consumismo hasta la carrera loca por el poder, donde todos se están ‘tumbeando’ todo el tiempo. La lógica del pabellón, de ver quién supera a quién, se reproduce en todos los ámbitos, desde una carnicería, una empresa, un canal de televisión o un diario”, piensa César.) Y en tercer lugar, reemplaza el climax violento por una consumación verdadera: el momento en que descubrimos que el morochito a quien su madre bardea durante toda la peli porque quiere cantar (Alan Garvey) tiene una voz pulenta, que además usa para contar quién es y de dónde viene. Así —como si rindiese homenaje al mago de salón de Merok—, reemplaza la violencia por el arte y te deja girando como un trompo.

Si les sorprendía que existiese un negro que piensa, no quiero ni saber lo que les produce la existencia de un negro que además crea.

 

 

Más que Roma, Atenas

Hace días charlé con César por primera vez y al rato me mandó un montón de poemas, algunos remozados, otros recientes. Me impresionó su deseo de no quedarse encasillado, la elegancia con que incursiona en territorios nuevos. Por supuesto, sigue siendo quien es y no niega el odre que lo contiene. «¡Estalla el carnaval de la mano dura!», dice La danza que salpica sangre. «Hay muertes que despiertan el debate público / otras que duermen a la compasión / Unos muertos izados como emblema / otros dispuestos como alfombra. / Corazones reducidos a una estadística / sometidos a una jerarquía nupcial / el mercado de la morgue / hasta en los gusanos de tu cuerpo / está la lucha de clases».

Pero también están las consideraciones que derivan de su presente. Dice en Bifurcación: «Ahora estoy solo / pero nadie me regula el sueño. / Ni me dice para pintar / cuáles son los colores permitidos / hasta donde puedo correr / o cuál es el límite del patio. / Mordí para desatar nudos bien ajustados / charlé con langostas / que derrocaron dictadores / langostas llenas de comunismo, / de todos los pecados el menos perdonado». En Hija de guerra —dedicada a ya-me-imagino-quién— le dice a la pequeña: «Qué pena que crezcas / que te enteres de lo que hicimos los grandes». Y en A mi parte cobarde admite: «Ahora cargo esta voluntaria fatiga / llevo este devenir mendigo / escondo deseos empresariales / tardo en cada frontera». Pero ni siquiera así puede olvidar la matriz que lo convirtió en quien es, y por eso remata el poema con una imagen que remite al Solari que a su vez había abrevado en un giro tumbero y así el círculo se cierra, inmarcesible: «Nada sería sin el dolor / si mis lágrimas no caen / es porque las rejas te dejan los ojos secos / y los párpados pálidos».

Pero en otros poemas las referencias al pasado dejan de ser explícitas, salen de cuadro, se funden con la manera de mirar. A simple vista, algo como Aventureros sociológicos podría ser confundido con el poema de un egresado de Puán, a partir de su enumeración exquisita: «Esa pulsión a los delantales blancos… / La literatura fantástica de los diagnósticos médicos / Los certificados de evolución… / Todos los candados que hay que cerrar… Los ángulos soberbios de nuestras pasiones… / Un baile de robots filósofos / del cristianismo a Grecia / arquitectura sin afecto / sanciones para salvarse».

Pero no. En Deseo, el anhelo grande no puede estar expresado de manera más clara: «Lo que no quiere / ser definido».

 

Una imagen de «Exomologesis», su film más ascético.

 

La peli Exomologesis (2017) rompe con su imaginario más predecible. Es como si levantases el telón sobre el que viste Diagnóstico esperanza y ¿Qué puede un cuerpo? (2015) para descubrir qué hay detrás. El color es desplazado por el blanco y negro, el paisaje urbano es reemplazado por un apartamento asfixiante. Pero los temas son los mismos: nuestra natural tendencia a la subordinación, a someternos, a contentarnos con los espejitos de colores con que nos entretienen, a abusar del poder tan pronto se nos da la posibilidad. Se hace difícil de ver porque la purgó deliberadamente de la humanidad que trasuntan sus otras pelis, pero esa es la idea: montar las ideas de Foucault en un dos ambientes — un Samuel Beckett del conurbano.

Los estilos cambian, implosionan para reinventarse. Pero la voz es la misma: la de un artista en llamas con conciencia de clase. Algo que se torna más revulsivo hoy que nunca, en el marco de una sociedad que extravió su rumbo cuando, seducida por el canto de sirena neoliberal, quiso renegar de su origen social. Para César, el estamento del cual proviene no entraña limitación en términos creativos; como Favio, como el Indio, encuentra natural permitírselo todo sin pedir permiso ni esperar bendiciones. Al contrario, la conciencia de clase lo dota de aquello por lo cual tantos artistas estarían dispuestos a matar: un punto de vista infrecuente del que se desprende una voz inconfundible.

Desde el fondo de la olla, César advierte que hasta los que creen estar encima suyo se cocinan al mismo fuego. Desde la experiencia de la privación de la libertad, César percibe que el afuera es simplemente otro tipo de cárcel, cuyos prisioneros ignoran que lo son mientras devienen víctimas de los mismos ciclos de sometimiento y violencia que, a la primera de cambio, no dudan en reproducir. Por eso sus obras nos lanzan a un universo que la mayoría del público tradicional considera ajeno, cuando no remoto: la Argentina feral que está por detrás del decorado de cartón piedra, aquello que ocurre mientras —y donde— no vemos ni queremos ver. Pero mientras nos pasea por el paisaje extrañado, no echa luz tan sólo sobre su vida sino particularmente sobre las nuestras — sobre lo que hasta entonces creíamos familiar, forzándonos a desconocerlo, a verlo bajo una luz nueva.

 

Una imagen de «Atenas»: de la sartén de la cárcel al fuego de la sociedad concentracional.

 

De no haber filmado Atenas hace un par de años (recién pudo estrenarla ahora, se la puede ver hoy en el Gaumont), habría que decir que César creó el negativo perfecto de la Roma de Cuarón. Pero Atenas es lo que es por mérito propio. Para mí —sepan disculpar— Roma apela a la belleza estética deslumbrante para paliar un sentimiento de culpa al cual se diluye en el marco de la Historia; es, en algún sentido, un poema a la inmovilidad social, un rizo artificial propio de la sofisticación inherente al Imperio. Pero la Buenos Aires que sirve de escenario a Atenas es tan sólo una aldea, un enclave salvaje, el sitio improbable del cual nació una idea tan fulgurante como la democracia y donde germinan, asimismo, las semillas de su potencial frustración.

César González narra en el mismo registro de sus otros films de lo que llama La Trilogía Villera: la cámara a la altura de la mirada de sus criaturas, un relato coral, una desnudez que no es ascetismo impostado sino intemperie real y una voluntad de nunca llamar la atención sobre el relato mismo —que parece abrevar en el naturalismo puro— hasta que, a último momento, le pega un tirón a la alfombra sobre la que invitaba a caminar y nos pone de rodillas. Atenas es una peli que la va de simple pero te come el cerebro. (En este momento, aun mientras escribo, no puedo dejar de ver los párpados que a Perse —Débora González— se le hincharon de tanto llorar; da la sensación de que, si reventasen, su agua se lo llevaría puesto todo.) Atenas es una peli que parece que va de otra cosa y de repente revela que este sigue siendo un país que desaparece gente.

 

El milagro

Los poemas y películas de César González son una borrasca que se lleva todo lo que no está bien clavado. Tal como lo dice en El milagro del dialecto: «Frases marginales excavan la tierra / y allí van escondiendo nuevas palabras / sin tener certezas geológicas / igual hacen brotar una lengua». Eso es exactamente lo que produce, como artista: «La barbarie que esta civilización necesita».

Llegado este punto me llamaré a recato. La tentación sería seguir proyectándole encima aspiraciones ajenas, subiéndolo al podio de ciertas genealogías artístico-políticas (en las que, por cierto, encajaría de maravillas) y marcándole el sendero por el cual sería deseable que discurriese. Pero no voy a hacer eso ni muerto. El Indio suele decir que, una vez que asomaste la cabeza por encima del mar de mierda que este país te echa encima, lo importante —lo esencial— es soportar la presión. Y César ya se bancó la presión de todo un sistema que lo pretendía esclavizado, o rebelándose de un modo que justificase su eliminación violenta. Por eso mismo, cualquier cosa que decida hacer de aquí en más, estará bien para mí. Es joven y logró lo que pocos, reapropiarse de su destino aun jugando contra cartas marcadas: si quiere hablar, hablará, y si quiere callar estará en su derecho. En mi alma, César seguirá siendo siempre el tipo a quien la vida le hizo mil zancadillas y, aun así, consagró su vida a producir belleza.

 

 

La parte pendiente de la historia —el final del principio, si prefieren— está cristalizada en un video casero. Allí se ve a mi compañera, ya internada para parir a nuestro hijo mayor: vestida con camisolín, cofia y unida por un tubo a un estandarte de suero. A su lado está la profesional consagrada a monitorearla, a inducir la dilatación necesaria para que ocurra el nacimiento. Pero mi compañera no habla de sus nervios, ni de ajuares, ni del nombre elegido, ni de las ilusiones de la familia. De lo que habla con la partera es, sí, de César: aquel chico roto a quien había conocido en una mazmorra y que la había impresionado tanto porque, a pesar de las condiciones desesperantes en que lo sumían, tenía una determinación de no rendirse que lo volvía esplendente.

Desde entonces —desde que supe que aquel César era este César— creo que en las entrañas del Agote ocurrió algo digno de la magia en que se especializa el mago Merok. Entre el vientre lleno de plomo y ese otro vientre lleno de bebé tenía que existir un abismo estelar, una distancia insalvable, lo que va del Alfa a la Omega. Y sin embargo César eliminó las distancias, creando un puente del que al menos los Figueras / Vitale no obtuvimos más que bendiciones.

Lo único que me queda es el arte, dice Angie, la mujer sin manos de Atenas, que sigue escribiendo aunque para eso tenga que encajarse una prótesis.

Alguien pensará que con el arte no alcanza. Pero en este caso al menos, es más que suficiente.

 

 

 

 

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36 Comentarios
  1. Matilde dice

    Me encanto la nota, sobre todo la poesia, quise compartirla en faccebok y fue censurada aduciendo «Esta publicacion infringe nuestras normas comunitarias por lo que solo puedes verla tu» no veo nada censurable en la nota, salvo que lo que este censurado es el medio que lo publica. Igual invite a mis amigas/os a leerla.

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