ABRAZOS PERVERSOS

Un escenario que indigna a los movimientos sociales y a otros actores de la comunidad internacional

 

Señales particularmente preocupantes vienen del sistema de las Naciones Unidas en un año muy especial en el que la ONU convocará la Cumbre sobre Sistemas Alimentarios. La misma, prevista para octubre 2021, a pesar de sus buenas intenciones, ya está generando desconfianza al por mayor. (https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/food-systems-summit-2021/).

Según el argumentario de esta convocatoria, la Cumbre debería contribuir a sensibilizar a la opinión pública mundial con respecto a la actual crisis alimentaria y facilitar compromisos y medidas globales. No solo para erradicar el hambre, sino también para reducir la incidencia de las enfermedades relacionadas con la alimentación y proteger el planeta.

La realidad mundial exige políticas claras y con resultados estratégicos. En el presente, a pesar de producirse más alimentos que nunca antes en la historia de la humanidad, existen 690 millones de personas que pasan hambre y cerca de 2.000 millones que padecen de sobrepeso u obesidad, lo cual contribuye a un aumento significativo de enfermedades relacionadas con la alimentación.

 

 

 

 

Los movimientos sociales advierten

Desde Portugal, el mes pasado, la Confederación Nacional de Agricultura (CNA), miembro de Vía Campesina, recordaba a través de los medios sociales el comunicado que 550 movimientos sociales de todas partes del mundo le habían dirigido a Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, para que esta organización dejara sin efecto el acuerdo de colaboración suscrito con el Foro Económico Mundial en junio de 2019 durante el proceso de planificación de la Cumbre de 2021.

En su comunicado (https://www.cna.pt/news/show/275), la CNA actualiza un debate de fondo no saldado y reitera que la posición siempre vigente de los movimientos sociales se basa en el hecho de que el Foro de Davos representa «a las empresas transnacionales y a los agronegocios que se benefician de la agricultura, la ganadería y la pesca industriales y son responsables de la destrucción de los ecosistemas, la apropiación de la tierra, el agua y los recursos naturales».

Según los firmantes de este comunicado, «la agricultura familiar, que produce más del 80% de los alimentos del mundo, debería figurar en el centro de esta Cumbre”, y en esta ocasión, de una manera mucho más relevante, considerándose que se está celebrando el Decenio de la Agricultura Familiar (2019-2028), decretado por las mismas Naciones Unidas. También sostienen que la Cumbre debe promover la participación de los países más afectados por el hambre y la crisis climática y sanitaria a fin de lograrse esfuerzos conjuntos para cumplir una de las metas esenciales de los Objetivos del Desarrollo Sostenible.

 

 

Otra mala señal

El 2 de octubre pasado, la FAO anunció una amplia asociación estratégica con Croplife International (https://croplife.org/ ), organización que agrupa a los mayores fabricantes de plaguicidas del mundo: BASF y Bayer Crop Science, de Alemania; Corteva Agriscience y FMC, de los Estados Unidos, la japonesa Sumitomo Chemical y Syngenta, de Suiza. Controlan, conjuntamente, el 70% de ese mercado.

Como lo señala la experta Carla Hoinkes, de la ONG suiza Public Eyeen un análisis reciente titulado Alimentar el mundo con la industria de los pesticidas, a través de este acuerdo la FAO pretende encontrar «nuevas formas de transformar los sistemas agroalimentarios». El problema, como señala Hoinkes, es que a la FAO no parece preocuparle que estas multinacionales ganen cifras astronómicas, casi un tercio del volumen de sus negocios, vendiendo pesticidas altamente peligrosos. Muchos de los cuales se desarrollaron el siglo pasado, durante la era de posguerra, y son extremadamente dañinos para la naturaleza. Su nivel de toxicidad para los seres humanos es increíble, como lo evidencian miles de casos anuales de envenenamiento, principalmente en los países en desarrollo y emergentes.

 

 

La pobreza extrema en un barrio de Santa Fe, Argentina. Foto Jose Cettour.

 

 

Paradójicamente, al mismo tiempo que defiende su acuerdo con CropLife, la FAO subraya su compromiso con la lucha contra el uso de pesticidas e insiste en la necesidad de reducir el impacto de los mismos. Es un hecho reconocido que la FAO está interesada, particularmente, en beneficiarse de los conocimientos de Croplife a nivel digital, lo cual podría facilitar, según la propia organización, “un verdadero motor de la transformación de los sistemas agroalimentarios”. Intención adicional que nutre la desconfianza de las voces críticas hacia esta asociación estratégica.

Si bien a primera vista el anuncio del pasado 2 de octubre —de tan solo tres páginas y de un tono altamente retórico— podría parecer inofensivo, la justificación articulada por Beth Bechdol, la Directora General Adjunta de la FAO, alimenta aún más esas sospechas. Según Bechdol, mediante dicho convenio con dichas multinacionales “la Organización de las Naciones Unidas se propuso abrir nuevas vías de comunicación entre sus socios del sector privado y las oficinas de la FAO en los países y los gobiernos nacionales”. Bechdol argumenta que este tipo de acuerdos se justifica por la necesidad imperiosa de que la FAO, que está experimentando un cambio cultural, adopte nuevas estrategias para convertirse en una organización más dinámica, prospectiva y abierta a nuevas formas de trabajo y colaboración. Para Bechdol, una de esas estrategias de la FAO consiste, precisamente, en “asociarse con el sector privado”. 

La CropLife International se frota las manos de placer. Los nuevos espacios (mercados) potenciales, especialmente en dos de sus sectores prioritarios —plaguicidas y biotecnología vegetal— le hacen agua la boca.

 

 

 

Respuesta contundente

Pocos días después de publicarse el acuerdo FAO-CropLife Internacional, virulentas reacciones empezaron a multiplicarse por todos los rincones del planeta.

El Comité Internacional de Planificación para la Soberanía Alimentaria (CIP), por ejemplo, reclamó que se suspenda esta iniciativa en marcha, señalando que “la FAO debe seguir siendo un espacio multilateral, neutral de enfrentamiento”, y no puede ser cooptada por el intento de los intereses privados de obtener ingresos a expensas de los productores de alimentos en pequeña escala, los consumidores, las comunidades locales y el medio ambiente.  Este Comité reúne y representa a más de 6.000 organizaciones y 300 millones de pequeños productores de alimentos, trabajadores rurales y movimientos sociales de base y comunitarios, todos los cuales promueven la Soberanía Alimentaria a nivel global y regional. (https://www.foodsovereignty.org/fr/fao-et-croplife/).

También se pronunciaron críticamente a través de otra carta dirigida a la FAO 350 organizaciones de la sociedad civil de 63 países en representación de cientos de miles de agricultores, pescadores, trabajadores agrícolas y otros sectores. Organizaciones que cuentan, además, con el apoyo de instituciones de derechos humanos, religiosas, de justicia ambiental y económica. Todas ellas fustigan a la FAO por su potencial elección de modelos agroalimentarios basados en la utilización masiva de agroquímicos.

También hicieron escuchar su voz más de 300 científicos de relieve internacional, quienes comunicaron su disenso con la decisión de la FAO de colaborar estratégicamente con CropLife Internacional.

“Una Cumbre bajo asedio: ¡El control corporativo de la Cumbre Alimentaria de la ONU 2021 pone en peligro la Soberanía Alimentaria!”, enfatizó en diciembre pasado Vía Campesina, la organización campesina mundial más reconocida entre las numerosas que subscribieron declaraciones de protesta. (https://viacampesina.org/es/13033-2/ )

 

Casi dos tercios de las personas con hambre se concentran en una decena de países africanos y de oriente medio atravesados por guerras. Foto FAO.

 

 

 

¿Cola de paja?

La FAO retruca insistiendo en la buena voluntad de su acuerdo con la plataforma de las cinco grandes transnacionales químicas. El 27 de noviembre del año pasado, en su sitio web, añade editorialmente a su Comunicado de prensa de octubre de 2020 sobre este acuerdo el siguiente comentario de pie de página: “La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura recibió cartas de un grupo de académicos, científicos e investigadores, así como de organizaciones de la sociedad civil y los pueblos indígenas, relacionadas con la carta de intención firmada con CropLife International”. Enseguida acota que, “puesto que la FAO toma muy en serio su mandato de actuar como intermediario independiente, neutral y honesto para proporcionar un foro donde se compartan las mejores soluciones técnicas y sociales, e incluir a todas las partes interesadas pertinentes en sus esfuerzos por erradicar el hambre, la Organización ha adjuntado al presente artículo [es decir, el Comunicado sobre el convenio] las respuestas a las cartas mencionadas anteriormente, así como la carta de intención firmada con CropLife International”. Toda la documentación a disposición se encuentra solo en inglés y sin traducción a los otros idiomas oficiales del organismo.

El debate abierto ha permitido visualizar las tensiones que surgen habitualmente entre actores sociales y organismos internacionales, cuando estos coquetean con las multinacionales en un ámbito tan delicado como es la lucha contra el hambre y las alternativas de alimentación.

Los matices pueden esconder contenidos políticos esenciales. Pareciera que, para la FAO, transparencia es publicar ciertos documentos en su sitio web. Para los movimientos sociales, transparencia es un concepto más de fondo, algo esencial que hace a la estrategia misma del organismo internacional para mantener el equilibrio y la ecuanimidad entre todos los actores que pueden contribuir a erradicar el hambre en el mundo, y no solo privilegiar a las multinacionales de los pesticidas.

La Cumbre de la Alimentación que se realizará en 2021 puede ser un indicador de tendencias. En el centro de esta convocatoria figura el debate espinoso del no menos esencial concepto de soberanía alimentaria.

Para los movimientos sociales, la Cumbre será el espacio de debate de ese concepto innegociable. Para las multinacionales, parece tratarse de una apuesta económica más, la posibilidad de multiplicar inversiones y negociados. Y con ese fin, todo sería más simple y efectivo si pueden imponer sus prioridades a las Naciones Unidas y a sus agencias específicas, como la FAO, con fórmulas edulcoradas como la de una asociación estratégica.

 

 

 

  • Desde Suiza

 

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