ACÁ HA PASADO ALGO

Olavarría '97, Los Redondos y una belleza que terminó abriéndose paso en esta vieja cultura frita

 

Estaba aplicado, como ocurre desde hace semanas, a un proyecto en el que estamos metidos el Indio y yo, cuando la cronología —esa dama inflexible— me puso frente a uno de los hechos sobresalientes de la ya de por sí extraordinaria carrera de Los Redondos: el concierto frustrado en Olavarría, a fines del siglo pasado. Lo primero que me sorprendió fue lo también redondo de la efeméride: debió haber ocurrido pero no ocurrió hace 25 años, el 16 de agosto del ’97. Pero lo que me dejó pensando —lo que me puso a girar como trompo sobre una idea, del mismo modo en que el Indio solía girar en escena— fue el descubrimiento de que aquella anécdota resonaba en el valle profundo de la Argentina de hoy, con ecos que pedían ser escuchados.

Les refresco la cosa, por si no se acuerdan. Para presentarse en Olavarría, Los Redondos habían llevado adelante la tarea burocrática inevitable. Como se trataba de una banda independiente —es decir, sin el apoyo de una discográfica multinacional, de sponsors ni empresa alguna dedicada a representarlos como manager—, habían solicitado los permisos correspondientes, uno tras otro, con la diligencia y la paciencia requeridas. Y se los habían concedido, a consecuencia de lo cual, en la medida de sus posibilidades como productores de sí mismos, habían invertido ya en lo justo y necesario: sonido, publicidad, traslados, hotelería, personal.

Pero una vez allí, cuando estaban en los umbrales del concierto, la misma municipalidad que les había concedido los permisos decidió retirar su apoyo y anunció la suspensión del show unilateralmente. Es decir: ni siquiera se comunicó de manera formal con Los Redondos, que se enteraron a través de los medios. Cuando ya estaban alojados en el Hotel Savoy de Olavarría con toda su troupe. Cuando la ciudad entera estaba llena de los jóvenes y adolescentes que se habían acercado a Olavarría desde múltiples localidades, para escuchar a la banda de sus amores.

(Un puñado de gente confinada involuntariamente dentro de un edificio. Una multitud que se convocaba en los alrededores, para expresarle su apoyo. Un intendente que decidió interferir, alterando lo que estaba planteado como una fiesta de modo de convertirlo en situación explosiva. ¿Se va percibiendo de qué clase de ecos hablo?)

 

 

Los Enemigos Públicos No. 1.

 

 

Nadie alegaría que la marcha atrás del intentente fue incomprensible. Los Redondos surfeaban la ola de una popularidad arrasadora, que los medios sólo reflejaban en términos de fenómeno indeseable: aparecían más en las secciones de Policiales y Sociedad que en las de Espectáculos y Cultura. No hay que olvidar que por entonces la bacanal menemista daba paso a la resaca, y que existían millones de jóvenes que carecían de perspectivas de futuro y no contaban con nada parecido a representación política. (No existía nadie que defendiese formalmente sus intereses, que reclamase soluciones para sus problemas.) En ese microclima, cuando las policías locales se arrimaban al pueblo ricotero para decir acá mando yo, no era inusual que se armase bardo. Y ese bardo era casi todo lo que los medios tenían interés en realzar. (Las cosas no han cambiado tanto. Todavía tengo un nudo en la garganta de la bronca que me dio el Policía de la Ciudad que, durante el pasado domingo 8, le pegaba con su bastón a la hinchada de Boca que pasaba caminando, por sadismo nomás — abuso de poder, ciento por ciento. ¿Nadie ha denunciado a ese señor?)

Todavía hoy cree el Indio que es posible que lo que antes denominábamos «fuerzas vivas˝ —es decir, la gente importante y las organizaciones de peso en Olavarría— le hayan quemado la cabeza al intendente, enseñándole recortes periodísticos que hablaban de desmanes y prometiéndole que lo harían responsable de lo que ocurriese. Y que el tipo haya terminado por ceder a esas presiones. (Nada nuevo tampoco por acá. Un intendente que arruga ante los poderosos que tiene por encima no es figura novedosa.)

 

 

El tema es que, ante infinidad de pibes que habían viajado cientos y hasta miles de kilómetros para ver a Los Redondos y ya circulaban por Olavarría, suspender el show parecía la más insensata de las decisiones. Porque una cosa era lamentar el bochinche, la mugre y alguna que otra gresca con la policía, y otra muy distinta enfurecer a una multitud a la que hiciste ir hasta ahí, gastando guita y tiempo, para terminar dejándola con las ganas. (Créanme: ni entonces ni ahora las bandas ricoteras y solarianas han sido modositas como les fans de Justin Bieber.)

Era una situación peligrosa, a consecuencia de la cual el pueblo de Olavarría podría haber pagado un precio más caro que el de alojar un show de Los Redondos. Y más todavía a la luz de la irresponsabilidad del intendente, que de haber comprendido el riesgo que entrañaba la cosa debería haber ido en busca de la banda y consensuar alguna forma de despojar de mecha a esa bomba: preguntarles qué opinaban, si se les ocurría una forma de evitar el desmadre que se avecinaba. Pero no. El intendente no buscó diálogo ni consenso. Actuó unilateralmente —caprichosamente—, canceló el concierto y le dio la espalda al asunto, sin entender que el piberío podía estallar, ¡tenía derecho a estallar!, lo cual podía, entre otras cosas, llevárselo puesto.

Si esto merece ser contado no es a cuenta de la miopía de un funcionario. Boberas como esa siguen siendo moneda corriente. Lo que torna memorable esta historia es el hecho de que Los Redondos, ante una situación de la cual podrían haberse desentendido, tomaron la más extraordinaria de las decisiones.

 

 

 

 

 

 

Divina conferencia de prensa

Imagino que esto lo sabrán, pero por las dudas de que exista entre ustedes alguien colgado u obscenamente joven, se los digo: Los Redondos eran muy pero muy remisos a hablar con la prensa. Sólo daban contadas entrevistas, en la situación puntual del estreno de un disco nuevo, y nada más. Y en materia de TV, cero absoluto. Nunca aparecieron en cámara, ni tocando ni hablando. ¡En pleno auge de la MTV, no se gastaron más que en hacer un par de videoclips animados, donde ni siquiera se los veía en persona! Para el Indio, la televisión era una kermesse dentro de la cual no podía ocurrir nada genuino. El ojo idiota al que mentaba en el título de un álbum, la divina TV führer a la que le había consagrado una canción.

Pero una vez metidos en el brete de Olavarría, las opciones de Los Redondos eran contadas. Podrían haberse lavado las manos cual Pilatos ante el quilombo que el intendente creó solito: cerrar maletas y bolsos y encarar el regreso a casa, dejando que las «fuerzas vivas» olavarrienses lidiasen con las consecuencias de la prohibición que habían alentado. También podrían haber azuzado el fuego, comunicándose con el piberío para decirse indignados por la marcha atrás del intendente y remarcar los perjuicios que todos sufrirían —Redondos y público— en materia de tiempo y dinero; pérdidas por las cuales nadie los compensaría.

Sin embargo, decidieron hacer otra cosa. Algo inédito, por completo inesperado en ellos, tan remisos a exhibirse más allá del escenario. Exhibiendo un nivel de responsabilidad social y política del cual el intendente carecía, decidieron dar una conferencia de prensa —ante las cámaras de TV, ¡por primera y última vez en su trayectoria!— para contener al piberío y evitar el estallido.

 

 

Nunca olvidaré la situación. Yo trabajaba en Clarín por aquel entonces —en la etapa pre-Kirchbaum / Roa, donde todavía era posible hacer un periodismo que no fuese de guerra— y toda pero toda la redacción de Espectáculos detuvo su tarea para ver la conferencia de prensa, con la certeza de estar contemplando un hecho histórico.

Esa transmisión produjo un shock, mucho más allá de Olavarría y de las instalaciones de Clarín. Hagan el esfuerzo de ponerse en la situación del momento. A fines de los ’90 el rock argentino ya era una institución, pero el concepto «rockero» era más bien limitado, hijo del prejuicio, al filo con el cliché. Lanzabas la palabra rockero sobre el paño y todo el mundo pensaba en alguien como Pappo, barrial y abrasivo; o en el personaje humorístico de Paolo, que en todo caso era una macchieta del hippie; o en Charly y Luis, que eran muy articulados pero a la vez eléctricos y algo marcianos, como llegados de otra galaxia. Pero cuando miles de argentinos se enfrentaron por primera vez al Indio Solari que llevó la batuta de la conferencia —rodeado por sus compañeros de banda, con Skay y Poli a su izquierda—, descubrieron a otro tipo de criatura.

Para empezar, el Indio no se parecía a un rockero convencional. Era un tipo calvo, nomás, con gafas negras que nada tenían de exóticas y un pulóver cualunque. Ni aritos, ni maquillaje, ni piercings, ni tatuajes. Cuando abrió la boca para hablar, terminó de establecer la diferencia. Tenía una voz profunda y segura, se expresaba con elegancia y sin pasos en falso, fue didáctico pero no cayó en la condescendencia. (Habló largamente, sin leer y sin machetes. Como cierta otra persona que conozco. Este eco también se percibe, ¿no?) Antes que un rockero típico, antes que material para una parodia de Capusotto, parecía un profesor universitario o un académico. Alguien en las antípodas de la noción del rocker que, como el Flautista de Hamelin, arrastra detrás suyo a miles de vándalos, vagos y malentretenidos. Además arrancó su discurso haciendo algo también inhabitual entre gente que por una razón u otra se sabe encumbrada: pidiendo disculpas. Por algo sobre lo cual ni siquiera tenían responsabilidad directa.

 

 

«Antes que nada —dijo el Indio— me gustaría arrancar pidiéndole disculpas a los chicos que están afuera. Hasta el momento no se nos ha ocurrido una manera mejor de acercarles nuestro cariño que esta. Estuvimos hasta este momento a la espera de alguna circunstancia que desanudara este lío, con la tranquilidad de haber venido acá, a este pueblo, a hacer un show, habiendo cumplido… con todos los requisitos en tiempo y forma para que este recital fuese una fiesta, que es lo que acostumbra a ser».

A continuación, haciendo un prodigio de equilibrio para no cargar las tintas, procedió a describir las fuerzas que a su juicio habían metido la cola para empiojar la cosa —la cámara de comerciantes y empresarios local, la policía: los sospechosos de siempre, bah— y a desmontar las fake news que habían usado para justificar el decreto de prohibición. Porque poca gente ha padecido el enchastre de las fake news desde antes de que se llamaran así más que el Indio Solari y la banda. «Los Redonditos nunca fueron prohibidos en ningún lugar —agregó—. Yo no conozco Chile, nunca fuimos a tocar a Chile». También se refirió a un «supuesto dossier» donde constaban actos de vandalismo y se preguntó, con fina ironía: «Los vándalos son estos chicos que están ahí, de 12, 13 y 14 años, que ya no están en estado de inocencia, ¿verdad?»

Después remarcó que habían tenido una paciencia infinita «para no enturbiar algo que siempre fue la mejor buena voluntad nuestra de que transcurriera de las mejores maneras, como siempre acontece». Para, acto seguido, intentar algo todavía más inusual en embrollos como este: reflexionar en voz alta.

«Acá ha pasado algo», dijo el Indio. Y tenía razón. Porque ese incidente ocurrido en Olavarría en el ’97, que consideramos menor porque finalmente no ocurrió lo que podría haber ocurrido —que miles de pibes, indignados con razón, reventasen la ciudad a cascotazos y prendiesen fuego a todo—, fue expresión cabal de una tensión histórica, política y social que dista de haber sido resuelta. Y que precisamente por eso, porque todavía no hemos logrado metabolizar y trascender esa tensión, sigue estallando en nuestras narices y resucita monstruos que habíamos enterrado.

 

 

 

 

 

 

¿Quiénes son los vándalos?

El razonamiento que el Indio elaboró sin red, y delante de aquellas cámaras de las que tanto desconfiaba, fue impecable y merece ser analizado.

El centro de su argumentación fue que la prohibición debía ser entendida como la conculcación de un derecho popular.

«Hay un acto de burocracia que no sólo nos atinge a nosotros», expresó. («Atingir», dijo, el muy turro. Hasta el intendente debe haber corrido en busca de un diccionario. Significa «atañer, concernir». Cualquiera que conozca al Indio de verdad sabe que ese estilo, que mezcla con gracia lo culto y lo reo, es la forma en la que se expresa a diario.) «Cuando se prohibe una manifestación de este tipo, no sólo se me está prohibiendo a mí cantar o a los chicos (de la banda) tocar. Se le está prohibiendo a aquellos que, por algún motivo que les es propio, quieren escuchar esto, quieren conmoverse con esto, quieren estar vinculados a esto, a esta banda de música».

Lo que hizo entonces el Indio —con sabiduría que cayó en saco roto, porque para sacarle jugo habría que tener una sensibilidad de la cual el intendente y las «fuerzas vivas» carecían— fue sugerir que la circunstancia había dejado al desnudo la desconexión entre los poderosos y el sistema político, por un lado, y por el otro el pueblo al que pretendían conducir.

 

 

«Cuando lidiás con miles de personas, adjudicarles globalmente actos de delincuencia y de vandalismo es una locura», dijo. (Esto me recuerda a la prima que mencioné la semana pasada, que juraba que todos los chinos eran malos.) «…La histeria ha descripto esto como 12.000, 15.000 chicos que iban a venir todos en actitud de destrozar… Ustedes los están viendo. Son chicos que vienen de familias, que tienen padres… Sinceramente no hemos tenido nunca inconvenientes de la naturaleza que se describen. Como en cualquier lugar donde reunís muchos miles de personas, puede haber un grupo que haga algún desmán, pero eso ocurre en cualquier reunión de mucha gente».

«Cuando hay algún tipo de briga, de pelea en el público, los mismos chicos no quieren que eso suceda», siguió diciendo. «Estos chicos lo que quieren es venir a estar abrazados con sus novias, a bailar, a ver un espectáculo de rock y a escuchar las cosas que a ellos los conmueven. Y eso es un derecho que ha sido avasallado este fin de semana».

«Yo no creo en la malevolencia de esos corazones de 12 años, de 13, 14 años», concluyó. «No creo que esos chicos sean malos, que sean vándalos, que sean todas esas cosas que se dicen. Esos son los fantasmas de la gente que cree que un concepto estético es adoración del demonio, que cree que una chica que masca chicle mientras habla está cometiendo un pecado. En nuestra sociedad anida todo ese tipo de cosas».

Lo de la adoración del demonio era referencia al más reciente disco de la banda, que se llamaba Luzbelito pero nada tenía de satánico en el sentido que inquieta a las fuerzas que además de vivas son pías. Y lo del chicle era una reflexión a partir de algo que el Indio, durante su encierro en el hotel, había visto en la TV local: la forma en que periodistas de Olavarría habían tratado a una piba de las que había llegado a ver a Los Redondos, desollándola como si fuese subhumana.

 

El Luzbelito de Los Redondos da más ternura que terror.

 

La conferencia de prensa fue para alquilar balcones, y sigue siéndolo. El cantante de la banda más popular de la Argentina, adorada por la clase de pueblo al que las «fuerzas vivas» desprecian (entre otras razones, por su masividad), le dio al intendente y al país que miraba alelado una lección de política y responsabilidad social. No olvidemos que estábamos en pleno menemismo, es decir, en un momento en el cual el partido de las mayorías había aceptado corromperse en favor de los poderosos, distribuyendo polenta y circo mientras permitía que se desangrase a la Argentina. (El intendente, digo por si a alguien le parece relevante, era radical.) En ese contexto, el Indio espetó a los representantes del establishment que tenían los días contados porque eran sordos, ciegos y mudos ante la voluntad popular, a consecuencia de su decisión de vivir «dentro de una sandwichera de vidrio».

«No hace mucho me preguntaban por qué no dábamos reportajes», dijo. «Yo les decía que lo que sucedía era que ya teníamos la suficiente edad para, en vez de bajarles línea a los chicos, escucharlos, porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que la que tipos de nuestra edad pueden tener para aconsejarlos. Esto (y cuando decía «esto», se refería a la banda) es de ellos y yo supongo que lo que suceda de aquí en más no es responsabilidad suya sino de aquellos que tendrán que correr con la tribulación de decisiones férreas, firmes, que han tomado —supongo— con algún tipo de convicción. Y que a partir de ahí ya no depende de nosotros tener ninguna otra actitud, porque cada uno es dueño de reclamar por lo que le ha sido escatimado».

 

 

 

Cubriendo la falta de representación política que padecía por entonces el campo popular, este artista le advirtió al intendente que tuviese cuidado con la forma en que pensaba manejar la cosa durante las próximas horas. «Supongo que debe haber tenido todo en cuenta —le dijo— y que sabrá tener la misma determinación para resolver esa circunstancia que depende de su decisión primera». Después de lo cual el Indio prometió a la muchachada lo que ansiaba oír —que organizarían otro concierto pronto, cosa que cumplieron en octubre— y finalmente hizo silencio, a la espera de que la realidad le diese la razón.

Cosa que la realidad hizo, y muy rápido. Los vándalos no rompieron nada. No hicieron nada más grave que prender fuego a unas cuantas cubiertas en una esquina, no incurrieron en violencia alguna. Y después volvieron a sus hogares. Un final feliz que no se debió al intendente, su abuso de poder y su interferencia paternalista sobre una fiesta popular, sino al aplomo y la inteligencia del más inesperado de los líderes políticos: el hijo de un hogar peronista, que había estado en brazos de Eva y que supo desactivar una situación límite porque confiaba en los ricoteros —a quienes consideraba y escuchaba— tanto como los ricoteros confiaban en él.

 

 

 

 

 

 

 

Manual de falla

Cuando algo —una casa, una ciudad— se construye sobre una fractura tectónica, el más leve de los temblores produce alarma. No importa cuán firmes sean los cimientos instalados. Erigir algo sólido sobre terreno roto en lo profundo es algo que no soluciona ni el mejor ingeniero. Nuestra sociedad también está erigida sobre una falla: el genocidio y sometimiento de los pueblos originarios, a manos de los conquistadores primero y del Estado después. Que a muchos otros países les ocurra lo mismo —Estados Unidos y el resto de Latinoamérica, sin ir más lejos— no diluye la cosa. La Argentina está fundada sobre un pecado original, sobre océanos de sangre.

Una culpa que podría haber sido purgada por el proceso histórico, en la medida en que hubiese habido reconocimiento del crimen, atrición y reparaciones. Cosa que no ocurrió, ni antes ni ahora. Hace dos días nomás se cumplió un doble aniversario, que nos recordó que la falla sigue estando ahí. Primero, el de aquella desgracia que fue la Revolución Fusiladora: el golpe del ’55 que proscribió al movimiento político más popular del país, que profanó durante años el cuerpo de Eva. Y segundo, el de La Noche de los Lápices, la masacre de un grupo de adolescentes que habían incurrido en la demasía de reclamar un boleto escolar, durante la última dictadura. Todavía esperamos que estos genocidas con quienes convivimos —herederos del milicaje que degolló a la indiada y le contagió enfermedades de free shop— admitan su culpa y demuestren la sinceridad de su arrepentimiento, compartiendo la información que amarrocan sobre cadáveres y bebés secuestrados. Pero no. Siguen aferrados a su necedad. Quieren seguir jodiendo hasta el último aliento, jugando su carta final a que sea cierto aquello de que yerba mala...

 

 

Una vez instaurado el Estado argentino y el patriciado local, los únicos que intentaron reparar el daño original fueron plebeyos. El Peludo Yrigoyen, que a los 15 dejó de estudiar para ayudar a su padre con la flota de carros que explotaba en el puerto. Juan Domingo Perón, el hijo de un criollo y de una mujer a la que se le sospechaba sangre tehuelche, y que entró en el Colegio Militar gracias a una beca. Eva Duarte, que como Perón era hija natural —producto de una relación no santificada por el matrimonio— y que en su primera juventud se dedicó al espectáculo, actividad que por entonces echaba sombras sobre sus practicantes femeninas, de cuya moralidad se sospechaba por default. Ellos son las figuras más notorias del esfuerzo político por enderezar la historia y arrimarla a la senda de la justicia social. Y por eso fueron y siguen siendo demonizados por la aristocracia de raíces más cortas del mundo, por los arribistas con poder, por el más vulgar de los jet sets.

El edificio de nuestras instituciones no ha dejado de crujir y descascararse nunca, de amenazar con una implosión, porque la herida tectónica nunca llegó a ser reparada del todo. Episodios como el de Olavarría en el ’97 y el quilombo en que hoy estamos metidos —cuando el poder real vuelve a abrirle cancha a una opción por la violencia que creímos exorcizada en el ’83—, señalan en la dirección de la misma porfía histórica: la negativa de la oligarquía local y sus socios extranjeros a democratizar el poder en la Argentina, a aceptar límites a su propensión a la ilegalidad y al crimen.

Por eso dijo el Indio acá ha pasado algo. Debe haber intuído que la tragicomedia olavarriense era una recreación del drama original, aquel en el cual, desde los albores de la nación, los privilegiados fuerzan su voluntad sobre la masa laburante, ya sea para explotarla, reprimirla y hasta privarla de la alegría, con el objetivo de quebrar su estado de ánimo y volverla mansa. ¿O acaso existe diferencia entre los términos que se usaban para denigrar al indiaje, los que se usaron durante los ’90 para bardear a las tribus ricoteras y los que se lanzan hoy para deshumanizar al kirchnerismo? ¿No nos dijeron y nos dicen que somos sucios, vagos, incultos, fanáticos, violentos? ¿Aun en contra de la evidencia flagrante: de la forma en que nos rompemos el lomo incansablemente, de la riqueza de nuestra cultura, de la violencia de la que somos víctimas de forma casi excluyente, de la razonabilidad de la que hacemos gala (hasta rozar la boludez, a veces) y de la dignidad que nunca perdemos, ni siquiera en la peor circunstancia?

 

 

Acá sigue pasando algo. Y no deberíamos ignorarlo, porque se nos puede ir la vida en ello. Por eso me angustia el desconcierto que observo, en planteos y actitudes de personas que se consideran del campo popular. Empezando por los medios que presumen ser del palo, mientras convierten aspirantes a terroristas en estrellas pop y los fotografían posando como si fuesen modelos de Annie Leibovitz. Por supuesto que hay que hablar del fenómeno, de las mutaciones que produce el discurso del odio en gente que carece de recursos y de anticuerpos para resistírsele. Pero sin darles notoriedad, porque ese estrellato warholiano genera imitación y, en este caso, imitación supone muerte.

La vasija de barro que nos contenía se cascó, está hecha percha. Esa vasija era el acuerdo de gobernabilidad democrática que nos rigió desde el ’83. La realidad de los últimos siete años la maltrató, el regreso de la violencia le dio el golpe de gracia y ahora pierde agua —y cuando digo agua digo pueblo, votantes— a lo bobo.

La cuestión ahora es cómo hacemos para evitar que termine de romperse, mientras nos agenciamos una vasija nueva y hacemos el trasvasamiento. Y el tiempo apremia. Cada día hay más argentinos que caen en la desesperación o en la indigencia, a quienes la democracia no soluciona sus problemas desde hace demasiado tiempo. Cada día hay más jóvenes que sienten que carecen de futuro, que no tendrán ni siquiera la suerte que asistió a sus padres. Así la cosa, no debería sorprendernos que se desencanten. Si una democracia viva no defiende sus derechos, que no nos sorprenda cuando voten por una democracia zombie: quiero decir, que se mueve como si estuviese viva, pero que está muerta por dentro. Cuando uno está en el horno, tiende a buscar variantes para obtener otros resultados, y que esa variante sea antidemocrática —y cuando digo antidemocrática, digo Patricia Bullrich— puede convertirse en una disquisición irrelevante para buena parte de nuestro pueblo.

 

 

Quizás sea de ayuda entender que la lucha de hoy no es un hecho aislado, sino un capítulo más de la puja de siempre. Un nuevo episodio del viejo enfrentamiento contra los factores de poder que no sólo no quieren negociar nada sino que aspiran a más, y que en esta hora exhiben el mayor de los desprecios por el sistema democrático al que no les molestaría cargarse. Pero por eso mismo hay que pensar más y mejor y asumir que lo que está en juego no es una elección ni un sector político, sino el entero sentido de nuestra historia como nación. El empuje en la dirección de una sociedad más justa, empeño en que el pueblo lleva invertidas millones de vidas, que es la única riqueza de la cual dispuso — y dispone.

Hace veinticinco años, en Olavarría, el frontman de una banda de rock se elevó hasta alcanzar la altura de la historia. En aquella Argentina, la idea de la democracia como panacea se había despreciado y la clase política era funcional a los poderosos, tanto como la policía y el Poder Judicial. Lo que el Indio hizo fue lo que nadie más hacía por entonces, ni siquiera aquellos que estaban obligados por especificidad profesional: ponerse del lado del pueblo y velar por su bienestar, aun en la hora en que se imponía una injusticia. Pescó al vuelo la intención del poder y contuvo y protegió a los ricoteros a quienes la irresponsabilidad política ponía en riesgo, y que podrían haber sido víctimas de la represión. (No es casual que Los Redondos hayan sido seguidos por los servicios durante muchos años, tema de nutridas carpetitas.) La reacción creativa, por fuera de sus propios moldes, que tuvo la banda entonces, produjo un hecho concreto —salvó al piberío— y al hacerlo generó además un valor simbólico residual. Por eso no sorprende que, ya en este siglo, parte de la generación que creció escuchando aquellas canciones haya aprendido a hacer política de otro modo. Lejos de los cantos de sirena de los poderosos y su oferta corruptora, y con la oreja pegada al suelo, atenta a los ires y venires del pueblo a quien aspira a representar genuinamente.

 

 

El episodio de Olavarría en el ’97 sigue vigente porque todavía pasan las mismas cosas. Aquellas que demandan que demos vuelta esta página histórica, donde llevamos varados demasiado tiempo, a costa de demasiadas generaciones. La diferencia esencial que exhiben estos días respecto del páramo de los ’90 es que ahora contamos con una conducción política, con el liderazgo de alguien que se preocupa por el bienestar de todos los argentinos —incluyendo a aquellos connacionales que se rehusan a reconocer su propio bienestar, aunque los muerda en la nariz.

La única fuerza que en términos de física impide hoy que la vasija reviente del todo es la fe que nuestro pueblo mantiene en Cristina. Ese es el moño del cual depende el paquete para no desarmarse, el dedito que tapa el agujero para que la perforación no se agrande y que el dique reviente. Fe. La que Cristina se ganó en buena ley durante sus gobiernos y el pueblo le retribuye hoy, a pesar de que los milagros económicos escasean.

 

 

Nuestro papel en esta historia debería ser, primero, presionar al gobierno para que atienda con urgencia a la gente que se nos cae de la vasija, para que produzca hechos que sustenten la fe. (Necesita una transfusión de peronismo, el Frente de Todos, o se nos va a quedar seco antes del octubre del ’23.) Y segundo, deberíamos dedicarnos a las compañeras y compañeros que tenemos cerca y nos necesitan. Aunque más no sea para ayudarlos a no descreer de la democracia. A que recuerden que mucho de lo bueno que les ocurrió durante las últimas décadas se debió a la versión full, mientras que mucho de lo malo se dio cuando consumimos modelos básicos, o segundas marcas, o pertrechos militares.

Mientras tanto, no permitamos que nos arruinen la fiesta. Como el ’97, volverá más temprano que tarde si conservamos la fe en quienes siempre nos representaron bien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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