Aguer y las manchas del tigre

O cómo jactarse de lo detestable

 

Para quienes me conocen, saben que mi relación con Héctor Aguer es nula. O nefasta. O como se la quiera calificar. Mi opinión sobre su persona y la suya sobre la mía quedaron reflejadas en el libro El último cruzado.

Siendo arzobispo en ejercicio, tenía que disimular su posición aberrante, la cual hizo explícita a partir de ser tenido como “emérito”; aunque sin mérito, me gustaría señalar. A menos que ser jubilado lo sea, cosa que no parece ser reconocido en otros ámbitos.

Su posición integrista, retrógrada y del pleistoceno es evidente. ¡Y se jacta de ella con su lenguaje engolado y detestable!

En ocasiones se presenta como un analista de temas a los que “toca de oído”, o a los que mira desde su detestación. Incluso –fue curioso– ante la sensata y razonable crítica a la meritocracia por parte de sectores oficialistas, hizo su crítica “sapiencial”, pero sin poder meter ni un mediocre tema o insinuación teológica (de lo que se jactaba en otros ámbitos) porque si hay algo que teológicamente es evidente es que el mérito no entra “ni un cachito así” en el tema de nuestra relación con Dios.

Para coronar sus aberraciones nos desayunó en el detestable programa “Claves para un mundo peor”, conducido por un error Garrafal, donde ironizó e hizo alusiones a la década de los ’70. Algunos (y fuimos varios) nos encontramos “expulsados” de la parroquia en nuestra adolescencia (1973). “Marxistas” era lo menos que nos decían. Recuerdo que la mamá de Magda y Cecilia, militante activa de la parroquia, lo enfrentó preguntándole cómo era posible que dijera eso de sus hijas… Algunos, posteriormente desaparecidos, imagino que se lo agradecerían. Recuerdo, como corolario, que en la parroquia él y su amigo Gustavo Podestá dictaron unos cursos: “El hombre nuevo, de San Pablo a Mao Tse Tung”. Y recuerdo que, pocos años después, preguntó al superior del seminario: “¿Qué hace ese ahí?” (“ese” era yo, y “ahí” era el seminario; dato que me contó el mismo superior). Estando “ahí” escuché anécdotas terribles de su persona. Anécdotas que él negaba (lo que es razonable ya que a nadie le causa gracia que lo acusen de cómplice de genocidio, por decir algo, aunque silenciosamente se jactara o aplaudiera).

Y ahora, en el programejo que suele tenerlo de columnista (“dime con quién andas…”) esbozó un “homenaje” a las “víctimas” del copamiento del cuartel de Formosa. Dejo de lado que pareció que “se le escapó” hablar de “víctimas de la represión ilegal”, y que dos veces habló de “homenaje”. Curiosamente, siguió en su vómito, se refirió a alguien (a quien se negó a nombrar) como “inspirador de los Montoneros”, lo que dejó la puerta abierta a decenas de imaginarios sujetos (¿Perón?, ¿Mugica?, ¿Verbitsky?…); y avanzó, con un rictus que asemejaba a la ironía, a ex montoneros que “se pasean”, con “cargos en el gobierno” y demás cosas. ¿Se refería a Patricia Bullrich? ¿A Montoto? ¿A Galimberti? No es evidente. Sí es aberrante. Pero, ¿qué le hace una mancha más al tigre?

 

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