Arde la memoria

Historias del rompecabezas infinito de la dictadura, compiladas por La Retaguardia

Ángela Urondo Raboy durante la presentación del libro en el SiPreBA. La acompañan María Eugenia Otero, Pablo Llonto, María Ofelia Santucho y Fernando Tebele. Foto: Natalia Bernades.

 

Primero fueron los cables de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) y la Carta Abierta de Rodolfo Walsh. Todavía en dictadura, los testimonios de quienes lograron salir vivos de centros de exterminio, los relatos desde el exilio y las primeras publicaciones de los organismos, gérmenes de la CONADEP y del Nunca Más. El Juicio a las Juntas no se transmitió por TV pero tuvo amplia cobertura en la prensa escrita, permitió asomarse al horror. La larga noche de impunidad frenó el proceso de memoria, hasta que la confesión de Scilingo y los escraches de H.I.J.O.S. despabilaron a gran parte de la sociedad. A fines de los '90, los Juicios por la Verdad, aun sin posibilidad de condenar, permitieron acumular pruebas y registrar cientos de relatos hasta entonces silenciados. En 2006, con Etchecolatz en La Plata y el Turco Julián en Comodoro Py, se reabrió al fin el proceso de justicia. Pese a la pachorra de sus señorías y los vientos apologistas en la cumbre del Ejecutivo, ya acumula 358 sentencias, con más de 1.200 condenas y 247 absoluciones. Y aún queda un buen trecho por recorrer.

El repaso viene a cuento para intentar dimensionar 50 años de historia y de historias, colectiva y personales, que van del terrorismo de Estado a un camino de justicia ejemplar en términos de perseverancia, con varias generaciones como testigos y protagonistas desde los roles más diversos. Sirve también para enmarcar el desafío que se planteó meses atrás el colectivo que conforma La Retaguardia, que desde 2020 transmite los juicios de lesa humanidad en vivo, con aliados en todo el país: publicar, a 50 años del golpe, 50 historias de juicios por la dictadura argentina. Ese es el título de la obra polifónica, en dos tomos, que da inicio a la colección Pedacitos de Memoria y que se presentó el viernes en un salón colmado del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA).

 

Foto: Natalia Bernades.

 

“Se impone contar todo de nuevo, una y otra vez. Porque el tiempo desgastó algunas certezas, y quienes supieron se fueron olvidando, y porque hay generaciones que no saben qué clase de infierno asoló el país desde el 24 de marzo de 1976. Porque al olvidar la historia los pueblos quedan atrapados en un pliegue que los expone a cometer los mismos errores, clausurando su destino”.

La reflexión pertenece a Gabriela Sosti, fiscal en los juicios de lesa humanidad, y forma parte de uno de los prólogos de la obra que coordinaron el periodista Fernando Tebele y la psicóloga social y docente María Eugenia Otero, cofundadores de La Retaguardia y autores de varios de los textos. “Volver a contar la historia. Subrayar verdades que algunos denigran con impudicia. Verdades completas, sí. No hay tiempo ni lugar para el silencio. Esa es la relevancia de este libro”, destaca Sosti.

Sus páginas incluyen historias que comenzaron a relatarse apenas llegada la democracia, como la de Víctor Basterra, que se jugó la vida para sacar de la ESMA fotos que le permitieron “perseguir a los ñatos” hasta el último día de su vida, y otras que recién pudieron escribirse en los últimos años, como la de Daniel Santucho Navajas, el nieto 133 recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo.

El incansable Pablo Llonto recuerda la historia de Juan Ronaldo Tasselkraut, el gerente de Mercedes Benz al que el obrero Héctor Ratto nombró por primera vez en el Juicio a las Juntas y que este año será finalmente juzgado, a sus 85 años, con las garantías que no tuvieron los delegados de la multinacional secuestrados y asesinados, y la defensa de los abogados Jorge Valerga Aráoz padre (camarista en 1985) e hijo. La fiscal Mercedes Soiza Reilly reivindica las voces indispensables de miles de ex colimbas, testigos involuntarios de atrocidades en regimientos de todo el país, hoy hombres adultos que aportan piezas indispensables al rompecabezas infinito del aparato represivo.

 

Pablo Llonto, contra viento y marea. Foto: Natalia Bernades.

 

Por sus páginas pasa Norita Cortiñas, golpeando las puertas de Mansión Seré y actuando un personaje memorable con la esperanza de que Gustavo la escuchara. Están los hermanos Ramírez y sus padecimientos en el Hogar Casa de Belén, centro de torturas de la Iglesia Católica al que la jueza Marta Pons mandaba a pibes robados en operativos militares. El Negrito Floreal Avellaneda, víctima de un vuelo de la muerte con apenas 15 años. Marité Lodieu, con 80 años y 36 kilos, en la clínica donde morirá horas después, declarando al fin ante un tribunal que dictará condenas por el asesinato de su compañero. Mariana Luz Oliva mostrando los dibujos que su mamá hizo en cautiverio, autorretratos en el infierno de la Base Naval de Mar del Plata, que rescató el hijo de un oficial de Prefectura. Pablo Verna ante un tribunal tomando distancia de su padre genocida y aportando las verdades que logró arrancarle, rodeado por sus compañeras de Historias Desobedientes. Está el juicio a los jueces de Mendoza, admirable excepción a la regla de impunidad de los magistrados que por acción u omisión convalidaron el terrorismo de Estado. Y están también los victimarios directos, como Gonzalo Torres de Tolosa en su doble rol de empleado judicial y represor de la ESMA, retratado por la pluma exquisita de Ángela Urondo Raboy, o el teniente coronel Osvaldo Páez, torturador de La Escuelita bahiense, cubriéndose el rostro para que los sobrevivientes no lo reconozcan.

La Retaguardia es un medio de comunicación comunitario, popular y autogestivo, con sede en Mataderos, que a través de una radio online, un portal de noticias y redes sociales genera contenidos sobre derechos humanos. Nació en 2003 como programa de radio, cuatro años después se convirtió en blog, para que a las palabras no se las lleve el viento, y en 2010 armó su propio estudio, que lleva el nombre de Basterra.

 

Fernando Tebele, María Eugenia Otero y Pedro Otero Ramírez en el estudio Víctor Basterra.

 

Cuando el Covid-19 obligó al mundo a refugiarse y las puertas de los tribunales parecían más cerradas que nunca, una idea marcó un quiebre en la difusión de esos procesos: La Retaguardia pidió permiso al Tribunal Oral Federal 4 de San Martín para transmitir en vivo las audiencias del juicio por los crímenes en el marco de la Contraofensiva de Montoneros. Para su sorpresa, la repuesta fue positiva. Eligieron un canal de YouTube, entraron con humildad y profesionalismo en los pasillos del Poder Judicial, y comenzaron a difundir, minuto a minuto, miles de historias silenciadas. Entonces “reforzamos la admiración por esas personas que no sólo sobrevivieron a las peores torturas, porque han dedicado su vida posterior a contar lo que padecieron, en búsqueda de justicia, de reparación, y en procura de no repetición”, confiesan.

Esa tarea perseverante permitió seguir las audiencias a personas dispersas por el mundo y también conformar un valioso archivo, para desgracia de negacionistas y/o justificadores del terrorismo de Estado. Dos de cada tres tribunales rechazaron al comienzo los pedidos para habilitar las transmisiones. Pero con los años la relación se invirtió, y en 2025 una resolución de Casación terminó de abrir las puertas de las salas. En los últimos seis años La Retaguardia transmitió 72 juicios, la mayoría por delitos de lesa humanidad, pero también por gatillo fácil, femicidios o delitos ambientales.

Las 50 historias incluidas en los tomos son una obra colectiva de trabajadores/as de prensa que cubren o han cubierto juicios en los últimos veinte años, a la que se suman sobrevivientes, fiscales, abogados y abogadas, jueces y juezas.

 

El editor responsable con los tomos recién impresos.

 

La fiscal Ana Oberlin, en uno de los prólogos, repasa el proceso de justicia, los números de sentencias, condenas y absoluciones que son ejemplo a nivel internacional, aunque destaca también las demoras escandalosas, tribunales que realizan una audiencia cada 15 días o un mes, dilaciones eternas en las instancias recursivas, que implican que las sentencias no queden firmes. El haber incluye la renuncia de la familia judicial a investigar la participación de civiles (empresarios/as, miembros de la Iglesia, del propio poder judicial, de organismos de niñez, etcétera) en delitos de lesa humanidad, y el ínfimo o nulo abordaje judicial de las victimizaciones diferenciales de niñxs, mujeres cis, gays, lesbianas y personas trans y travestis.

“Por eso este libro es tan importante a 50 años del golpe: condensa una síntesis de lo ocurrido y evidencia lo que queda por recorrer. Al igual que el trabajo cotidiano de La Retaguardia con su cobertura de los juicios, este texto formará parte de la historia de nuestro país y lo hará para recordarnos lo que logramos, pero también como denuncia de lo que todavía nos falta”, concluye la infatigable “Pipi”, que supo dar cátedra desde los ’90 en H.I.J.O.S. y sigue honrando la lucha y la memoria de su padre como auxiliar fiscal en La Plata.

“La transmisión y divulgación de los juicios de lesa humanidad es, sin dudas, una herramienta fundamental para fortalecer el sentido de memoria, verdad y justicia, pero también para el fortalecimiento institucional y democrático, en tanto ratifica la vigencia y respeto pleno por los derechos humanos, pilar de la convivencia social”, reflexiona la jueza Karina Yabor, del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, en uno de los epílogos del libro.

“Los juicios tienen una función catártica para las víctimas sobrevivientes, para los familiares, pero también para la sociedad en su conjunto, lo cual se materializa con la amplia difusión de aquellos acudiendo para tal propósito a los actuales medios técnicos disponibles”, recuerda el juez Daniel Obligado, del TOF-5 porteño, que sigue juzgando a marinos y prefectos de la ESMA.

“Asistimos a una época en que los discursos de odio, la crueldad y la banalización del mal se expresan a través de la discriminación, la segregación, el racismo. El negacionismo de los hechos sucedidos durante el terrorismo de Estado, que han sido probados y sancionados, traduce su reivindicación. Por eso, ante el arrasamiento de derechos, el testimonio recobra una dimensión crucial”, explica en otro de los prólogos Ana María Careaga, doctora en psicología y sobreviviente de la dictadura.

“La tarea de La Retaguardia en la transmisión de la memoria y de la historia a través de la transcripción y cobertura de los juicios reactualiza los ecos del testimonio y abona a su reposición, propiciando la vuelta a un territorio —el de tomar la palabra—, lugar que al mismo tiempo nunca dejamos de transitar”, explica Careaga, que codirige el Instituto Espacio para la Memoria. “El testimonio, en épocas de tergiversación de la historia, y de arrasamiento de derechos, trae a la instancia de lo público las voces sepultadas sin sepultura de aquella joven generación comprometida con la realidad de su tiempo y restituye el valor de lo verdadero frente al falseamiento de la verdad”.

 

* 50 historias de juicios por la dictadura argentina, de La Retaguardia ediciones, puede adquirirse aquí.
** Bichiquí, el apodo que salvó a Nicolás Berardi de convertirse en un bebé apropiado por un subordinado de Etchecolatz, se publica como adelanto en esta edición del Cohete.

 

La Retaguardia. Hay equipo. Foto: Gustavo Molfino.

 

 

 

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