BOTÁNICA DEL EXILIO

Clara Obligado expone el antes y después del destierro, auxiliada por la etimología y las plantas

 

De repente la maceta se convierte en tiesto, el malvón en geranio, el verano en invierno, bajo un cielo nublado o azul durante el día, extraño durante la noche: ¿dónde está la Cruz del Sur? Allá muy lejos, quedó en el otro hemisferio. ¿La lengua española? El catalán, el galego, el vasco. Entenderse en un tenue castellano. Pequeñas señales del extrañamiento propio del exilio. Enredado y complejo cuando el destierro se hace obligatorio, sin retorno. Requiere de un proceso de adaptación más largo que corto y que, acaso, jamás cesa. Miles de argentinos debieron de afrontarlo para salvar la vida de las garras dictatoriales antes y después de 1976.

En esas condiciones llegó entonces Clara Obligado (Buenos Aires, 1950) a Madrid, donde desarrolla hasta hoy una reconocida carrera como escritora y docente. Arriba ahora a estas costas Todo lo que crece, naturaleza y escritura, un libro atípico en relación a su narrativa y ensayística que, no obstante, conserva esa elegancia en la escritura característica de su obra. No es la primera vez que la autora reflexiona acerca de la producción en el exilio. Sin embargo, en esta oportunidad cruza una suerte de autobiografía con memorias subjetivas, llevadas por el curioso carril de una botánica doméstica, apropiada para discernir las adaptaciones a climas y terrenos de especies, injertos y trasplantes. Entre lo que germina y crece se encuentra, claro está ella, la literatura.

 

La autora, Clara Obligado. Foto: Manuel Yllera.

 

 

Obligado divide el libro en dos partes, más bien en dos hemisferios: la primera, “El Sur” sitúa la infancia en el campo argentino, deja transcurrir los años en dichosa melancolía. “El Norte”, la segunda, adquiere tonos de intensidad crecientes, de lo ríspido del arribo a la tersura de la pertenencia. En ambas florecen las referencias a lecturas de amplia diversidad operando como mediadoras de los diversos climas en las descripciones de un ciclo incesante, sin detenciones. Logra mediante ese dispositivo “cazar esas emociones que preceden al lenguaje”, en el camino que la lleva “hacia el sueño, imaginar hacia atrás” y, con ello, mantener “en la naturaleza una alegría radical”. Sale en su auxilio complementario la etimología, enlazada a cierta historia mítica con su origen edénico, “un territorio vago donde se cultivó la idealización ecologista” y generó el mundo desde una deficiente traducción: “malus puede ser tanto ‘manzano’ como ‘mal’. La fantasía de una naturaleza que se entrega. El desencuentro original. Realidad y ficción. Mal y manzanas”.

Equívoco para —mutatis mutandis— la expatriación fundacional; “El primer castigo fue botánico”, perdura en las raíces, se va por las ramas, pierde las hojas, se seca, reverdece y de vuelta el circuito, o no. En el trayecto fluyen recuerdos, situaciones y personajes; ternuras y crueldades generan encadenamientos incesantes, fundan el método de la autora. Peculiar darwinismo, reconoce, donde “solo se evoluciona a partir de lo que nos falta” y, con “optimismo testarudo”, ejemplifica: “Plantas que se adhieren a la roca para tolerar el viento, una especie que evoluciona para sobrevivir y desarrolla estrategias increíbles, las patas que salen del mar y se arrastran por la tierra, unas alas que surgen para huir”. Hay ciudades, parques y jardines, de pronto teñidos del horror que ataca directo: “¿Dónde estará su hermoso cuerpo, su cuerpo torturado? ¿Bajo las aguas del río? ¿Lo lanzaron desnudo, para que nadie lo pudiera reconocer? ¿Quién lo acompañó en su viaje? ¿Un crepúsculo de papel picado brillando sobre el agua?”

 

Foto de Sebastiao Salgado.

 

 

Por la fuerza genocida, el Sur se hizo Norte. “Ni la luna, ni las estaciones, ni el olor. Ni el color de los árboles, ni su sombra. Ni el idioma, los afectos, el cielo, los pájaros. Ni la casa, ni la comida, los enseres. Ni el humor, ni las caricias, ni los libros (…) Todo se perdió cuando le di la vuelta al mundo. Sin embargo, la vida sigue, se impone acumulando esqueletos, restos de animales y vegetales, memoria. Tira de mi”. Una pensión en la calle Fuencarral, Madrid, “donde solo hay un hombre. Le preparan el desayuno, le hacen la cama. A nosotras no”. Los alcauciles son alcachofas, los damascos, albaricoques; las chauchas, judías. “Cuánto se tarda en amar las diferencias”.

Clara Obligado se vale de tres coincidencias coaxiales, materiales: memoria, etimología y botánica engalanan tanto como extienden la potencia de la escritura a lo largo de las ciento y pocas páginas de Todo lo que crece. Unión jamás forzada, lleva de un continente semántico a otro a ritmo metonímico: “Madre y madera. Madre, madera, materia. En latín matrix significa ‘hembra preñada’ y, de manera más amplia, un tronco que retoña. Matriz y matrícula. La matrícula es un origen a la vez que una yema, un registro. ‘Tocar madera’ atrae buena suerte”. Sin temor a sí misma, en un solo momento la autora decide volver sobre un texto propio: “El exilio como identidad. La extranjería como patria. Sin sujetarme a la tierra, como el clavel del aire, enraizar”; subraya ese párrafo irremplazable de Una casa lejos de casa (2020), su ensayo anterior.

Trasplanta también otras especies, prosperan o no. Con ellas transporta algo de su tierra natal y, cuando deja de ser posible, ensaya con las locales; lo suyo es distinto: “Crecí en Buenos Aires entre españoles que no modificaban sus costumbres, vivo en España entre argentinos que se niegan a cambiar”. Si las etimologías “acercan a lo que fuimos”, los neologismos “ayudan a inventarnos”. La autora los desarrolla o los pide prestados, como con esquejes, brotes, bulbos y semillas: “Antropoceno: acuñado por los geólogos para caracterizar la era dominada por los hombres. Capitaloceno: condición del planeta a partir de conceptos como colonialismo, industrialización, globalización, racismo, patriarcado. Lugar desde el que podemos escribir nuestro futuro como especie”.

En Todo lo que crece, Clara Obligado desenvuelve una práctica literaria que define para otros ámbitos: la “desextinción”. Con los restos latentes que resisten en todo ser vivo derruido por el paso de los siglos o la simple maldad, experimentar renovados entrecruzamientos en la senda de recuperar lo mejor. El vigor de los clásicos, la germinación del lenguaje, el tiempo futuro como un regalo del verbo, la vida próxima como reescritura desafiante de la muerte, la ausencia, el desarraigo  y la desesperación. Una moción imperdible.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Todo lo que crece, naturaleza y escritura

Clara Obligado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2022

110 páginas

 

 

 

 

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