Cobardía de verdugo

El terrorismo vuelve en forma de cinismo

 

La Justicia puede reparar, pero lo que no puede es garantizar el fin del horror que atravesamos las víctimas. Los procesos judiciales que obligan a declarar a genocidas, torturadores, apropiadores de bebés y, como es mi caso, de mi propia identidad, visibilizan una vez más que todos esos delitos que cometieron y el terror que sembraron en el país aún no terminó. El terrorismo sigue a través de los testimonios de los verdugos de nuestro pueblo, sujetos que aun bordeando los 80 años no pierden las mañas ni la formidable capacidad para ocultar, mentir, distorsionar. Pues ellos, es evidente, tienen pactos de silencio que piensan llevarse a la tumba. Con discursos, puestas en escena y guionados hasta en el más mínimo detalle por sus defensas judiciales, los genocidas de ayer –hoy sentados en el banquillo de los acusados– siguen ensayando invertir el sentido de la historia para transformar a sus víctimas en victimarios.

“Con su lenguaje de mentiras infinitas, convencen hasta a las flores de que no son bonitas. Te confunden, aunque tengas claridad mental, son los tipos que le venden hielo a un esquimal”, expresa un artista popular puertorriqueño. Son eso. Eran jefes pero se dicen meros soldados que cumplían órdenes; aseguran ser los únicos que “no sabían”; dicen ser perseguidos políticos; elaboran fantasiosas teorías de supuestas conspiraciones –en muchos casos internacionales– en su contra. Cobardes como son, mienten.

La declaración de Adolfo Donda Tigel, hermano de mi padre desaparecido, ex oficial de la Armada, a cargo del área de inteligencia, alto responsable en el campo de concentración y tortura de la ESMA, conjugó todos los puntos que detallé previamente. Elijo no derrochar tinta reponiendo sus palabras; para eso está la Justicia que, como dije, es la única forma que tiene el Estado de reparar.

Sí quiero remarcar cómo siguen operando aún hoy los responsables de hacerle el mayor daño a la historia de nuestro país. Utilizan hábilmente el cinismo para convertir sus declaraciones en lo más similar a un espectáculo: la imagen de la persona anciana caminando con bastón y acusando recibo de sus años cruje frente a la jocosidad con la que se desenvuelven cuando se apagan los micrófonos. No son abuelitos: son personas que les negaron a miles la posibilidad de ser abuelas, abuelos, madres, padres, hijos e hijas. Son los mutiladores de la Historia y de tantas historias a la vez. Son la demostración, en carne, alma y hueso, de que la humanidad puede llegar a rincones tenebrosos y deshumanizantes, que ponen incluso en duda a la mismísima condición humana.

Una debe hacer un esfuerzo permanente por recordarlo, ya que esa estrategia de defensa en definitiva es, como todo acto de cinismo, un ataque para contar la historia de otra manera. Más allá de las heridas profundas que ya dejó en mi historia y en la de mi familia, y que día a día intento sanar junto a mis compañeras y compañeros, y desde el amor, se trata de no permitir que puedan seguir instalando discursos a favor de aquello que la sociedad y nuestro pacto democrático ya rebatió. Lo que ya quedó demostrado. No podemos volver atrás, ni un paso.

Cuando hablan, no es ya solo un pacto de silencio. Hablan para seguir haciéndole daño a la historia; construyendo su propia historia. El proyecto de instalar su modelo de sociedad los trasciende. Por eso se empeñan hasta el final en sostener su discurso; un discurso que lejos de esfumarse de nuestra cultura política ha vuelto con más fuerza en los últimos años, con las más terribles consecuencias de violencia que jamás nos hemos atrevido a imaginar en democracia.

Según dijo hace pocos días, Adolfo Donda Tigel quiere que se sepa la verdad; la verdad, algo que sabe que no está dispuesto a afrontar porque lo obliga a mirar a los ojos a sus interlocutores y decir que ya en el año '72 notificó a sus superiores que mi Padre, su hermano, era Monotonero. Quería ser confiable, dice. No le importó lo que sabía le podía pasar a un hermano, quería seguir su carrera. Lo logró: terminó siendo uno de los jefes de los grupos de tareas, el 3.3.2.

La verdad es que está condenado a perpetua; que su hermano, mi papá, está desaparecido; al igual que mi mamá; y que yo hasta 2004 no sabía quién era. Cuando lo supe, fue gracias a las organizaciones de derechos humanos.

Fue ese tan memorable 24 de marzo de 2004, en el que el Presidente Néstor Kirchner pidió perdón en nombre del Estado a las víctimas del terrorismo en la ESMA, el día en que decidí hacerme el ADN para conocer mi verdadera identidad. Yo estaba presente en el acto pero recién tiempo después supe que ese lugar que hoy es un sitio de memoria había sido mi “clínica” de nacimiento.

Durante la declaración de Donda Tigel, el apellido que compartimos resonó en los dos extremos de nuestro continente. Mientras en Comodoro Py se llevaba adelante su declaración, yo me encontraba en México invitada por la UNESCO representado al Estado argentino en el Foro Mundial contra el Racismo y la Discriminación. Estar presente en ese Foro como producto de mi militancia cotidiana fue apostar a que el apellido Donda sea conocido en el mundo por las banderas que defendieron mis padres, y no por las banderas que defendió él.

Es doloroso saber que mi papá no puede desmentir las mentiras de su hermano; de eso se trata también el daño que nos siguen haciendo, porque no solo me robaron mi identidad, sino que –entre muchas otras cosas– siguen sin decir dónde están nuestros desaparecidos. Será que quizás aquello que expresaba tristemente Galeano es la ley que los rige: que existen vivientes de primera, segunda, tercera y cuarta categoría, al igual que los muertos. Será que quienes reclamamos Justicia, a sus ojos, merecemos solo palabras vacías y, nuestros muertos, el ocultamiento.

Por eso, para terminar, me gustaría compartirles una carta que le escribió mi padre, poco antes de desaparecer, a mi abuela. Verán que, para él, la construcción de una familia era fundamental para emprender una sociedad nueva, libre y en paz. Hago suyas mis palabras al decir que los que se opusieron a eso, los que se siguen oponiendo a eso, son los que quieren la muerte y siembran el odio. Y el terrorismo hoy para seguir logrando sus objetivos se apoya, entre muchos otros resortes de su aparato, en Adolfo Donda Tigel, a quien la historia ya condenó más allá de su elección por hacer ahora una puesta en escena de la tragedia más sangrienta que vivió la Argentina del siglo XX.

En tanto estoy segura de que la Justicia y la Verdad, más temprano que tarde, le quitarán el velo al rostro del genocida con el cual comparto el apellido pero jamás su desprecio por la condición humana y la libertad. Pues en su lenguaje y en sus acciones el represor le sigue dando asilo al terrorismo de Estado, y es en su palabra, su mirada e incluso su silencio donde continúa manifestándose la catástrofe de la dictadura cívico-militar que todavía no se resigna a soltarnos de sus garras. Este es el verdadero territorio en disputa y el desafío central para la democracia argentina actual.

Será Justicia.

 

 

 

Carta del Hombre Nuevo

 

Querida mamá:

Al no poder vernos te mando esta tarjeta, que quiere significar el cariño que siento por vos, y todo lo que me has enseñado en cuanto a sacrificio, humildad y rectitud de principios, que ha sido siempre el marco de desarrollo familiar y que me ha permitido ver cuál es el único modo de asumir la vida.

Ese modo es la lucha, y contrariamente a lo que, dicen, esa lucha es por la familia, porque en definitiva la patria y el pueblo son la suma de las familias de nuestra tierra, y la construcción de una familia nueva, de un hombre nuevo, de una sociedad nueva es nuestro objetivo, que lamentablemente por la ceguera, el miedo, la ambición desmedida y una concepción antihumana de ellos, imponen el camino violento.

Dios quiera que esa situación termine felizmente con la liberación y la Paz, con Justicia.

Un abrazo fuerte de tu hijo que te quiere,

José.

Besitos de Eva Daniela.

 

 

 

 

 

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