Coronafilia

El peligro de una inyección, la del odio

 

Hace un tiempo, cuando todos parecíamos un poco más relajados y el Covid nos daba una tregua, estuve en una cena (al aire libre, barbijos, menos de diez personas y con la correspondiente distancia). Como no podía ser de otra manera, uno de los temas fue la pandemia. Los enfoques fueron variados. No quiero ahondar en anécdotas para no revolver heridas, pero la vacuna o no vacuna fue uno de ellos. Algunos participantes, en edad prudencial de hacerlo, no se habían anotado para acceder a la vacuna (y dudo que hasta ahora lo hayan hecho). Y, aunque no se ahondó en razones, creo que bien se podría decir que los negacionistas estaban infectados de un virus que bien podría llamarse “irreflexivismo”, o popularmente, “clarinismo”. No hubo argumentos ni razones. Pero eso sí, lo decían “desde arriba”, como dando por obvio que era razonable y sensato no hacerlo, como diciendo “¡No, por supuesto que no!”

Lamentablemente no son los únicos casos que conozco. Pero, curiosamente, todos ellos tienen el mismo virus, el inoculado desde la prensa hegemónica. Un virus que hace innecesario dar razones, que vuelve absurdo justificar lo obvio, porque “lo hegemónico es como natural” al decir de Antonio Gramsci. Después tocará escuchar tonterías y aberraciones canosistas o del neo-huérfano que estará dando vueltas a todos los dichos para encontrar razones anti-K por la muerte de su padre. Lo cierto es que el horizonte “no-me-vacuno” que yo conozco es monocolor, responde a un mismo esquema de no-pensamiento, de respuesta-regurgitada por la prensa de la destrucción sistemática.

Es verdad que cierto sector accedió al poder municipal por las muertes de Cromañón; debilitó el gobierno anterior con las muertes negligentes de Once, disfrazadas de no controles; accedió al nuevo poder transformando en asesinato el suicidio de un fiscal y ahora necesita muertos y más muertos por el Covid. Erich Fromm lo llamó “necrofilia”: “coronafilia”, en este caso. Sabemos bien –si queremos mirar– de qué sector se trata. Aquel que si se les dice que es sensato inscribirse para la vacunación acusan de “politizar” la situación (como si no la estuvieran politizando desde el día cero).

Es el mismo sector que golpeó unas pocas y focalizadas cacerolas cuando el Presidente amplió las restricciones y cuidados. Los que hablaban de “caer en la educación pública”, que no hay que “abrir universidades”, que Aerolíneas Argentinas (esa que va y viene para traernos vacunas de todo el mundo) costaba al Estado no-sé-cuantos jardines de infantes que nunca se hicieron. Los que tuvieron como enemigos de la patria a los docentes, los que se desentendieron de la muerte de Sandra y Rubén… esos, ¡sí!, esos que hablan ahora de las clases presenciales. Disculpen si lo que yo creo es que lo que en realidad quieren son muertos para engrosar las estadísticas que podrían sumarles votos mañana.

Y a eso hemos de sumarle algunas declaraciones episcopales (por ejemplo, de los obispos de San Isidro, en una expresión de macrismo explícito).

Podría decirse que siempre nos movemos en el mismo ámbito, en el mismo color, en el mismo micro-verso ideológico, pero ¡hacen tanto mal! Porque los pobres “a-mentes” que no se vacunan porque lo dijo la tele, o el/la periodista tal, o porque las escuelas, o porque los templos… serán mañana un nuevo número en las estadísticas. Y desde nuestro lugar no podemos competir con la omnipresencia de la prensa hegemónica, o con sus adláteres episcopales y sus cómplices políticos pero, al menos desde la soledad, o desde la prédica en otro desierto, seguiré insistiendo en que debemos vacunarnos, cuidarnos, responder por la salud y la vida de los otros. De eso se trata, en este caso, ser cristiano.

 

 

 

 

 

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