Cristina, China y el capitalismo

La dificultad de definir un modelo que desborda el propio horizonte

 

Cristina Fernández de Kirchner suele caracterizar a China como “capitalismo de Estado”. Lo hizo en 2020 en la Feria del Libro de La Habana y durante su más reciente –y, como siempre, de inigualable repercusión– aparición pública en Chaco. Su invitación al debate fue brillante. Se refería al de ideas, al interior del gobierno y del Frente de Todos. Pero bien vale también para la cuestión del modelo chino.

Muchos economistas, uno de ellos de moda, como el serbo-estadounidense Branko Milanovic, afirman que el país asiático es capitalista pues –en sus datos– el grueso de su producción la realiza el sector privado, la mayoría de los obreros son asalariados y también una porción dominante de decisiones productivas y de precios se hace en forma desregulada. Le responden el italiano Alberto Gabriele y el brasileño Elias Jabbour, recordando que con la tierra no privatizada en el campo y un mapa laboral urbano donde suelen obviarse empresas con formato diferente a Occidente –mixtas o ajenas a la lógica del capital (y que generan 48% de la producción industrial)–, más el hecho de que 70% y más de la clase trabajadora no tiene relación de dependencia o trabaja en firmas no capitalistas y organizaciones públicas, es difícil aceptar que China sea capitalista. Más allá de que en Marx el carácter socialista no estaba dado tanto por la propiedad estatal, sino por “la propiedad de los productores asociados” (los trabajadores), los debates sobre si en China hay capitalismo (así sea de Estado) o socialismo (“de mercado” o con “características chinas”) se han centrado, en general, en el peso estatal en los factores de producción. Lo cual, por cierto, no es exclusivo para China.

Sin embargo, lo que prevalece por derecha e izquierda es que en China hay capitalismo.

Por derecha, se acepta sin más y se valora la obra de la República Popular desde Deng Xiaoping en adelante. Se desconoce o se repudia la etapa maoísta anterior, sin la cual, y más allá de sus sombras y tragedias, la extraordinaria revolución de Deng no hubiera sido posible. Nos referimos a la alfabetización masiva, el sustancial aumento en la expectativa de vida, las primeras industrias y el éxito del sector fabril tras el fracaso del Gran Salto Adelante (Maurice Meisner ofrece resultados muy exitosos a la muerte de Mao en 1976), las ciencias y tecnologías pioneras, la recuperación del orgullo nacional, las políticas sociales y hasta de género, entre otros factores. La derecha admira lo que llama “meritocracia” (confundiendo la china con el concepto de moda de entrepreneurs neoliberales). Se embelesa también con el “orden”, la “jerarquía” y la “disciplina laboral”: bien quisiera algo así en un país como la Argentina, donde la rebeldía social por abajo y el desapego a la ley que viene de arriba –lo cual tampoco suele recordar– alteran la “seguridad jurídica”. Pero nada dice del Partido Comunista de China, de su ideología y de 100 años de revolución en marcha; jamás intentará entender qué es “socialismo con características chinas” y cree y miente que el mercado fue inventado por el capitalismo; nunca hablará de que hay un partido de cuadros, masivo y único que decide, con varias corrientes internas y otros partidos que asesoran, o que la disciplina no es sólo para los de abajo, ni que la lucha contra la corrupción abarca al agente público, pero también a empresarios. Cuando se le invierte el enfoque o se le pregunta al respecto, China automáticamente pasa a ser una dictadura bestial.

En la izquierda, por su parte, hubo tres grandes momentos de debate sobre la cuestión. El primero fue tras la muerte de Mao. En ese entonces, la izquierda en general llamó a Deng y a los suyos “capitalistas”, sin más, en textos y discusiones tan soporíferamente largos como inversamente proporcionales a su caudal electoral o su impacto político en la opinión pública. El segundo fue cuando, a partir de 1989, el clima de época por la caída del Muro de Berlín y luego, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), generó tanto frenesí neoliberal por la “muerte del comunismo” que abundó la liviandad para afirmar que China había cambiado de bando. Y un tercero, aumentado por la pandemia y el rol global chino, en el que se observan cada vez más frecuentes artículos, ensayos y conferencias de filósofos, sociólogos, politólogos y, sobre todo, economistas progresistas o de izquierda –ni qué hablar de vacuos y abundantes opinólogos–, que definen a China como parte del neoliberalismo global, capitalista a secas o, a lo sumo, capitalista de Estado. Si catalogan a todo el mundo como neoliberal, entonces, o bien incluyen a China en esa caracterización tajante o bien les resulta ajeno estudiar la existencia específica y particular de ese otro espacio geográfico, que por cierto es bien grande, tiene a la mayor población nacional mundial y una cada vez mayor influencia económica global. La conciben como si estuviera “fuera del mundo”, algo usual en sus análisis tan absurdamente miopes.

Hay otras miradas. Una fue la del gran sociólogo italiano Giovanni Arrighi, quien afirmó que “el carácter capitalista del desarrollo basado en el mercado no está determinado por la presencia de instituciones y dispositivos capitalistas, sino por la relación de poder del Estado con el capital. Se pueden añadir tantos capitalistas como se quiera en una economía de mercado, pero a menos que el Estado se subordine a su interés de clase, la economía de mercado sigue siendo no capitalista”.

En los años ’90, el sucesor de Deng, Jiang Zemin, incorporó a empresarios al Partido. Con el primer ministro Zhu Rongji, fue la época china más “liberal”. Pero sus dos sucesores, Hu Jintao y el actual Presidente chino Xi Jinping, han trabajado para corregir los desequilibrios de desarrollo que se generaron en lo social, ambiental y territorial/geográfico.

El capitalismo es maestro en robar concreciones y narrativas humanas de modo excluyente: así lo hizo, por ejemplo, con la idea de democracia o de derechos humanos, que en esa perspectiva falsa serían entonces sólo compatibles con el capitalismo. Lo mismo logró con el concepto de mercado, que la humanidad practica desde miles de años antes de Adam Smith. En especial, en el arco que va del Magreb al Lejano Oriente y, muy en particular, en China y su entorno. En tal sentido, el argentino Julio Godio abundó en la idea de esa apropiación, sobre todo porque el capitalismo convirtió, con astucia, el término “mercado” en el falaz “libre mercado”. Tanto Arrighi como Godio, y también el egipcio Samir Amin, creían más bien que China adoptó un modelo híbrido, que además de intentar calzar el marxismo en su realidad nacional concreta, desde luego tomó aspectos del capitalismo (las zonas de propiedad privada, el plusvalor del salario, habiendo estudiado casos previos como la NEP de Lenin, las reformas de Tito en Yugoslavia o el porqué del colapso soviético), pero sin convertirse al capitalismo, ni siquiera de Estado.

China tiene una larguísima historia de absorber influencias. No sólo con modelos económicos ajenos, sino también en sus encuentros con culturas y religiones, siempre fue permeable a deconstruir y resignificar (y sinificar, es decir, adaptar a China) a su modo.

¿Qué dice la propia China? Desde ya, rechaza cualquier cercanía con el capitalismo en todo documento o discurso oficial. Afirma que tiene un modelo socialista –y de cuño marxista-leninista– con particularidades o características chinas. Y su actual dirigencia, o la de mayor peso en el Politburó (como en los ’90 fue el ala más aperturista, y en otras etapas recientes quienes ligaban más el confucionismo y el mercado), sigue una línea marcadamente marxista y en parte maoísta. Como sea, y más allá del caudal de retórica y propaganda que puede tener una definición como la de “socialismo con características chinas”,  parece claro que capitalista, no es. Entre muchas otras cosas también, porque con el capitalismo difícilmente se hubiera sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en tan poco tiempo y acabado con la indigencia. Ningún país capitalista lo hizo ni lo haría: ¿Cómo, si su programa es explotar al ser humano hasta el máximo posible?

 

 

China afirma que tiene un modelo socialista –y de cuño marxista-leninista– con características propias.

 

 

Respecto a si en China hay un capitalismo de Estado, como han dicho Cristina y muchos más, también es cuestionable. El Estado (y el Partido) sí conduce el proceso de desarrollo, indiscutiblemente. Pero los guiños al (y usos del) capitalismo parecieran ser parte de su incorporación a la globalización, inevitable, dándole juego al sector privado, pero sin dejar que este lo controle. Las últimas regulaciones de Xi a sectores dinámicos, como el de las telecomunicaciones, las finanzas y el sector inmobiliario, lo confirman.

Categorizar a un país de capitalista también es confuso. Son capitalistas Estados Unidos, Guatemala, Bélgica y Sudán, como la enorme mayoría de países del mundo, y son bien distintos. El capitalismo, también el socialismo, son categorías nacidas en Occidente. ¿Nos dicen algo de la milenaria China? Si no se quiere aceptar la autodefinición china, otra posible podría ser la de un modelo nacionalista algo híbrido entre los teorizados por Smith y Marx, materializando una formación histórico-social exclusiva que desborda las categorías clásicas del análisis del capital.

La visión más burda que hay de la China reciente es la de una era comunista con Mao (1949/76), y otra capitalista a secas, iniciada con la “reforma y apertura” de Deng (1978 a la fecha), cada una, a su vez, con varias etapas. Esa supuesta grieta, sin desconocer el giro profundo que tuvo China a la muerte de Mao y las dos realidades tan diferenciadas entre ambos períodos, no parece analíticamente acertada (mucho se escribe fuera de China de las direcciones opuestas de esos dos modelos, poco de sus continuidades) y es ajena al marco ideológico con que debería analizarse la historia de la República Popular y del conjunto de la compleja y diversa sociedad china.

Desde 1978/79, con el lanzamiento de la Reforma y Apertura de Deng, se decreta el fin de la lucha de clases –o, al menos, de las luchas “turbulentas” y “masivas” – y se combinará ajuste planificado con ajuste de mercado. Se habla de ello en la célebre III Sesión Plenaria del XI Comité Central, también de “democracia socialista” y de un Partido leninista reformado y más moderno, tras el caótico período de la Revolución Cultural.

Finalmente, cabe mencionar que el historiador británico marxista E.P. Thompson enseña que el sistema es tanto un modo de producción como un dispositivo cultural, sin que se priorice uno sobre el otro. Cada etapa histórica define esa correlación, porque –después de todo– la clase obrera está expuesta a dispositivos económicos y culturales, y sin producción no hay historia, pero sin cultura no hay producción. Como mínimo, la discusión sobre si es capitalismo o si es socialismo no es blanco o negro, sin querer así parafrasear la famosa frase de Deng sobre el gato caza ratones. O quizá sí.

Una última reflexión cabe para cerrar como empezamos, con un debate al interior del peronismo. En algún momento de su no muy lineal pensamiento, Juan Domingo Perón habló de socialismo nacional. En cambio, el kirchnerismo parece tener como límite de su horizonte el capitalismo de Estado. Acaso ahí radique la dificultad para poder ver otra cosa en China y su modelo.

 

 

 

 Nota: Este artículo tuvo una primera versión en el blog AdSina en 2020.

 

 

 

 

 

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