CUENTOS PARA DECIR LAS FORMAS

El colombiano Juan Cárdenas convierte los textos en catálogos de exposiciones de artes plásticas en literatura

 

Si los géneros literarios existiesen en la naturaleza como los de animales y plantas clasificados hace más de dos centurias por Linneo (Suecia, 1707-1778), de todas maneras serían una construcción más arbitraria que sistemática. De proseguir con esa clasificación taxonómica cuya única coincidencia es abocarse a los seres vivos, se ubicarían bajo la familia de la cultura y la especie de las artes. Criterio biológico apto para las analogías aunque estéril al momento de circunscribir una práctica social, de por sí pasible de ser atravesada por polimorfas diversidades.

Dentro de tal espectro, aquellos textos que acompañan los catálogos de las muestras y exposiciones de artes visuales serían un infragénero, en la misma canasta de la prosa poética y la crónica, ponele. Azotados por las peripecias interdiscursivas, tales relatos suelen abocarse a una descripción edulcorada, al divague estratosférico, el reduccionismo didáctico y, las menos de las veces, al análisis critico sesudo capaz de hacer pensar a legos y especialistas. Entre estos últimos, las fuentes provienen del advenimiento  de la curaduría profesional, así como de escritores o periodistas cultivados en la emoción estética. Oficios formales que tampoco eximen de eventuales burradas.

 

El autor, Juan Cárdenas.

 

 

Como quien no quiere la cosa, según propias exclamaciones, ha sido cierta fruición por inmiscuirse en esa extraña órbita en la que una obra plástica genera emociones, razonamientos y memoriales en un homo sapiens —de cualquier género— sin más conexión que sus sentidos perceptuales, lo que sumergió al narrador colombiano Juan Cárdenas (Popayán, 1978) en tal universo habitado por formas, colores y texturas. Trabajo que “ha quedado completamente involucrado en un quehacer anfibio que ya ni siquiera me interesa definir”, confiesa. Avanza no obstante sobre los objetos desatados dentro de las artes plásticas que “en principio no hablan o que al menos parecen hablar con una voz que nunca es asertiva sino más bien alegórica”. Conjunción que lo arrastra a transitar el vínculo entre Bellas Artes y Bellas Letras, regido “por una especie de danza de atracción y repulsión, donde las fuerzas contrarias producen movimientos inesperados de sentido y percepción”. Apreciaciones que el autor recién plantea al final de su nuevo libro en un capítulo titulado “Nudos ciegos”, donde procura dar una “explicación falsa sobre mis textos”, en 41 puntos presentados en las últimas 13 páginas.

Suerte de manifiesto teórico, declaración de principios y salvaguarda frente a pintores, escultores, etc., que supieron convocarlo a fin de engalanar los respectivos catálogos, cierra los casi doscientas páginas a pura narrativa que componen Volver a comer del árbol de la ciencia. Título del texto que fuera parte del catálogo de la muestra Musa Paradisíaca, un instalación del artista José Alejandro Restrepo ocurrida en 2016, a la sazón segunda narración del libro. El cuento arranca en diciembre de 1928 con el chofer del gerente de la genocida United Fruit Company intentando arrancar el Ford A poco después de la represión donde murieron cerca de mil huelguistas. Sin escalas, Cárdenas pasa al apólogo sobre un joven que imita la pose de una estatua, comparándolo con el teatro de marionetas y el oso de circo hecho boxeador, para recalar en el experimento soviético de 1940 que revive la cabeza cortada de un perro, el paraíso frutal descripto en El Corán y, en especial, la Musa Paradisíaca. Así denomina en 1753 —otra vez— Linneo al plátano, cuando enumera sus propiedades medicinales y alimenticias, sin obviar que, al cortarlo transversalmente, aparece una pequeña figura similar a un crucifijo. Cuento hecho y derecho, culmina en el tórrido encuentro entre el gerente calvinista y un agnóstico ingeniero agrónomo.

 

 

Ficciones y territorios, Museo Reina Sofía, Madrid, 2017.

 

 

Hasta este punto, el lector continúa atrapado por la variada escritura de los relatos, once en total, algunos instalados en la voz de una narradora femenina, otros en subjetiva primera persona, en fin, experimentando climas y tonos envolventes y acciones constantes a cargo de personajes bien diferenciados entre sí. Al llegar al final, si no ha pispeado antes, se desayuna que buena parte de los textos han sido parte de catálogos, ponencias académicas e intervenciones públicas. Dado que se leen como lo que son, cuentos unitarios, a posteriori se capta que el autor en momento alguno describe o alude en forma directa a las obras visuales de referencia. La estrategia literaria de Cárdenas es rodearlas de historias para que sean estas las que derramen su contenido sobre la materialidad de las creaciones plásticas, en un circuito de ida y vuelta donde el lector, tal vez el espectador, encuentre sentidos, sensaciones, recuerdos. Estrategia que bien puede valer al conjunto de Volver a comer del árbol de la ciencia, el libro, donde los distintos cuentos erigen murallas circulares en torno a otros objetos y relatos, con la peculiaridad de que tales murallas están compuestas de puertas que, lejos de clausurar, abren.

De hecho, la primera narración, “Encomendar el alma”, presenta a dos amigos en plan de exploración en el cerro La Tetilla —por los pagos del autor—, donde en el siglo XIX se libraron sangrientas batallas y en la actualidad se le adjudica ser punto de contacto con seres extraterrestres. Así habrían de testimoniarlo los abundantes meteoritos que salpican la zona, portantes de mensajes enviados desde el espacio exterior. Un perro muerto cuyo cadáver se esfuma en las líneas iniciales del relato, los amigos que pierden los mutuos rastros; uno de ellos, el ufólogo, supuestamente abducido; solidaridad campesina, historia latinoamericana, fetichismo y superstición, componen un relato impecable. Tanto que en lo heteróclito de las andanzas, puede o no conjugarse con las restantes historias, sostenerse en forma aislada, incorporarse al modo de una de esas puertas que se abren hacia otras representaciones de luz, color, formas y también, por sobre todo, letras.

 

 

 

 

Resonancias más específicas se establecen en “Viernes y Viernes”, donde un hermano latinoamericano, conviviente de una amorosa muchacha centroeuropea en la ciudad natal de ella, deambula una noche gélida por las veredas de las viviendas colectivas, vestigios de la disuelta francachela soviética. Mientras memora un museo de Ciencias Naturales provinciano donde se guardan las travesuras de los taxidermistas que mezclaron cachos de aves con mamíferos y reptiles, se autopercibe de repente cuan náufrago, no ya extraviado en una isla sino en la historia: “Todos estamos perdidos en el tiempo, confinados en una isla diminuta de tiempo. Y a la orilla llegan los pedacitos de un mundo perdido para siempre. (…) En nosotros se han fundido las figuras de Robinson y Viernes. El amo y el esclavo. Un soberano que crece como un tumor en el culo del sirviente”. Relación que da letra a la exposición “Ficciones y territorios, arte para pensar la  nueva razón del  mundo”, presentada en 2017 en el Museo Reina Sofía de Madrid, con obras de un centenar de artistas contemporáneos

Literatura articulada con la materialidad de eventuales obras plásticas donde las palabras extraen toda injerencia de convertirlas en mercancía. Palabras en sí mismas, pero nunca solas, adquieren peso específico en “Leer a oscuras”, la ponencia de 2017 en una universidad chilena, presentada como “notas sonámbulas en torno a Felisberto Hernández” (Montevideo, 1902- 1964). Falsificación autobiográfica que requiere de un escenario ensombrecido por la noche para indagar en ese espacio vacío entre la percepción sensorial y la razón, encuentra en el genial escritor rioplatense «una actitud de franca oposición a la explicación, una conciencia de que no hay empobrecimiento de la experiencia que no provenga de una respuesta fácil a una pregunta mal planteada”. Cárdenas dialoga con Felisberto mientras suceden cosas entre el sueño y la vigilia, se adscribe a la vida montevideana, escolta al colega en la construcción y derrumbe de las ilusiones, razón de ser para conservar los ideales. Incorpora a Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, 1940) en el intercambio, aplica la “versión criptomarxista de Felisberto” que, curiosamente, contiene el relato de la confección de una escritura, la propia. Ese infragénero inclaudicable que bien podría denominarse scripta ars dentro de la taxonomía binomial, para regocijo de Linneo.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Volver a comer del árbol de la ciencia

Juan Cárdenas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

172 páginas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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