De eclipses, nazis y esperanzas

27 de diciembre de 2020: la oscuridad puede perdurar, pero la luz siempre regresa.

Cuando en el enero anterior, Jerusalén recibió a los Presidentes que homenajearon a las víctimas de la Shoa, me propuse redactar efemérides de la 2GM. Desde marzo, aproveché la cuarentena para leer y me sorprendí de todo lo que desconocía. Desistí de escribir. Al desinterés de los jóvenes iba a sumar la burla de los ancianos sobre mi ignorancia. “Habrá gente más capacitada”, pensé. Aunque, luego de los envíos de Nelson Castro desde Auschwitz, no vi gran cosa en los medios. Mi módico saber me sirvió al menos para consolar a quienes se quejaban de la pandemia. Después, cubrí la desaparición de Facundo Castro y aquello quedó atrás, hasta el episodio de la ministra formada en la escuela del nazi Erich Priebke. Con el recreo del eclipse recuperé el tema para un balance del año: había obtenido una primicia sobre Mengele, y aprendido más acerca de la persistencia de la memoria. Juzguen si es poco.

 

“A menudo pienso que la noche está más viva y más rica de colores que el día”.
Vincent van Gogh

 

Durante el eclipse de diciembre, me dediqué, cual Yzur, a contemplar la transmutación de nuestra estrella más cercana. Como se hizo extenso, aproveché para reflexionar sobre el año que vivimos en peligro y el paso de la sombra del horror a la solar esperanza. Rodeado de la algarabía de niños, les enseñé el truco de doblar una radiografía (así de pobres estamos los monitos Yzur en el conurbano) y les detallé cómo, hace mucho, este espectáculo era percibido con pavor.

A uno le conté que los vikingos veían en los eclipses a unos lobos que perseguían al Sol para comérselo y dejar la Tierra en la oscuridad que más les convenía. A otra, le relaté que los griegos adaptaban, en ese escenario celeste, los encuentros furtivos de los enamorados Sol y Luna, a escondidas de la diosa Afrodita. Una y otro fruncieron la cara cuando describí que, según los egipcios, el malvado dios Set le había mordido un ojo a Horus. “No recuerdo cuál de los dos ojos, si Sol o Luna”.

En cualquier caso –señalé– hubo un tiempo en que todo eso metía miedo. Los pueblos antiguos llegaban a creer –o les hacían creer– que se habían portado mal y, por eso, el Dios Sol se mandaba a mudar. Hasta la sabia cultura hindú relacionaba eclipses con castigos: Sol y Luna le avisaron al dios Visnu que un tal Rahu había intentado ser inmortal; así que Visnu lo decapitó. Desde entonces, cada tanto, el cráneo de Rahu se topa con los delatores y se los come. Pero ¿adónde va a ir lo que devora una cabeza que no tiene panza? Lo que desaparece por la boca, al rato reaparece por su cuello cortado.

No tenía a mano la precisión aportada por Mónica Peralta Ramos (ECall, sep 15, 2019): “La mitología explicó el origen de todo como acto de deidades. Así, lo divino dio orden y sentido al desorden natural. En el 585 A.C., Tales de Mileto explicó un eclipse solar a partir de la superposición de la Tierra, el sol y la luna y pudo predecirlo por primera vez. Algo ha quedado: reflexionando, la humanidad puede explicar la realidad e introducir ‘orden’ en el caos”.

– Así que ya saben, chicos: Estudiar es un buen modo de escaparle al temor.

Para entonces, cuando la coloratura de la tarde menguaba, les describí que en esas ocasiones los animales mutan su comportamiento y las personas parecen apaciguarse. No fue el caso, ya que jugar les pareció más cómodo que torcer el cuello hacia arriba durante tantos minutos.

– Parecen indios –solté, y recordé que en nuestro continente, la tribu Ojibwe de los Grandes Lagos, le tiraba flechas encendidas al sol opacado para revivirlo.

No sé para qué se los dije, porque empezaron a corretearme alrededor mientras gritaban a la vez que tapaban y destapaban sus bocas. Iba a contarles que en las épocas de aquellas carretas se fotografió por primera vez un eclipse. Bah, quien dice fotos, dice daguerrotipos, que datan de 1839. Con ocho de esas placas, los hermanos Langenheim registraron el ocultamiento solar que sobrevino el 26 de mayo de 1854 y que pueden apreciarse en el Museo de Arte de Nueva York.

 

Primer daguerrotipo de un eclipse.

 

 

En ese momento llegó la hermana mayor con su celular de última generación a captar el show. No quise ser menos y le puse las radiografías encima a mi celu analógico de teclas (miren si será viejo). Así salió:

 

 

 

 

Después pensaba cómo contarles que en Sudamérica se verificó la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, quien decía que el espacio y la luz podían ser curvos. Por lo cual, preveía que la luz de las estrellas llegaba de un modo distinto a la Tierra si sus rayos pasaban junto al Sol, ya que este enorme astro las “torcería”; no las dejaría llegar en el mismo ángulo. La ocasión de demostrar lo relativo del punto de vista, fue el 29 de mayo de 1919.

Volví con el tema de los animalitos:

“Parecía que la aurora iba a romper y, en aquella oscuridad, los gallos cantaban y los pollitos buscaban abrigo”. Eso decía un periódico de Sobral, Brasil, sobre un eclipse en que los comercios cerraron y la gente corrió a las iglesias porque les provocaba –otra vez– miedo. Pero el saber ganó esa nueva batalla cuando 27 fotos tomadas en los 4 minutos de oscuridad, permitieron registrar doce estrellas que sirvieron de referencia para compararlas con las fotografiadas durante la noche. En efecto, no se veían en la misma posición relativa. Einstein tenía razón. Eso catapultó a la fama al físico alemán poco después de que acabara la Gran Guerra, cuando aun no se sabía que sería sólo la Primera. De ahí a pensar en la Segunda Guerra Mundial medió sólo el momento que lleva reparar que algunos veían a Einstein como “enemigo”, sólo por el prejuicio de los nacionalismos en momentos bélicos.

Los chicos ya se habían aburrido y rumbearon a otros entretenimientos. Es como el gol de Maradona a los ingleses: sin el relato de Víctor Hugo carece de épica. Cada tanto miraba hacia arriba para apreciar las lentas transformaciones del nuevo barrilete cósmico e imaginé un espectáculo así visto desde Auschwitz.

El Holocausto

Durante este 2020 de pandemia en que renové mis lecturas sobre el Holocausto a 75 años del final de la 2GM, encontré viejos libros y recientes documentales que me devolvieron y acrecentaron el conocimiento que ayuda a superar los temores. Me pregunté si las nuevas generaciones conocerían las atrocidades cometidas ya no por los nazis-malos-obvios sino por los salvadores-buenos-vencedores. Bastaría preguntarle a los polacos que, como Wislawa Szymborska (Nobel de Literatura 1996) sufrieron a la vez la invasión de alemanes y soviéticos.

Otro hijo de una familia judía polaca, Artie Spiegelman (Suecia, 1948), graficó como historietista los recuerdos de su padre. Lo hizo en el comic, ganador del Premio Pulitzer, Maus: Mi padre sangra historia, de donde extraje esta página tan a cuento del encierro pandémico.

 

 

Comparar los guetos con nuestra pandemia, basado sólo en que pasamos semanas encerrados con poca comida, sería un despropósito si no fuera que aquel pasado no sólo eclipsa cualquier vivencia posterior sino porque nos deja alguna enseñanza. Para corroborarlo, aproveché las horas de cuarentena para repasar El diario de Ana Frank y asomarme a otros ejemplos de convivencia forzada y con qué esperanza la afrontaba una adolescente.

Así, de libro en libro, llegué a la voluminosa Crónica del Holocausto, donde me enteré que “la última vez que un Nobel de la Paz falleció bajo custodia estatal fue en 1938, cuando el pacifista Carl von Ossietzky murió de tuberculosis mientras estaba a disposición de las autoridades en un hospital de la Alemania nazi”.

Ossietzky había peleado en la Gran Guerra antes de fundar el Movimiento Nunca más la guerra. Escribió y dirigió periódicos pacifistas y uno de quienes lo propuso para el Nobel fue Einstein. Los que en la Argentina acuñaron la expresión Nunca más, ¿habrán conocido este antecedente?

Miré otra vez al Sol ya a medio cubrir y recordé nuestro Nunca Más.

Astronomía del conurbano

 

— Son las 5 de la tarde —me dijo Ana casi susurrando.

 

— ¿Cómo sabés? —le pregunté desde la celda de al lado.

 

— Por la proyección del sol en la pared. Se forma un ángulo, y por trigonometría, mido el seno y el coseno; así puedo calcularlo. Estudio Astronomía.

 

“Seguimos hablando un rato, de celda a celda, en el Pozo de Quilmes. Nos habíamos levantado la venda y mirábamos por las ventanitas de las puertas de los calabozos que daban a un paredón. Nunca supe más de ella. Siempre transmití a mis alumnos que la trigonometría es muy importante para resolver problemas cotidianos de nuestras vidas. Un homenaje a vos Ana, que me pudiste decir la hora cuando había perdido todas las coordenadas”, de Emilce Moler (sobreviviente de la Noche de los Lápices).

Al rememorar este fragmento, cuenta Héctor Rodríguez en su suelto Polvo de estrellas, que fue dedicado a Ana Teresa Diego, comunista, de 21 años, secuestrada el 30 de setiembre de 1976, cuando salía de cursar el doctorado en Astronomía de la Universidad de La Plata. Su mamá, Zaida Franz, fue de las primeras Madres en marchar. En el Día de los Derechos Humanos de 2011, la Unión Astronómica Internacional, a propuesta de la Facultad platense, bautizó al asteroide 11441 Anadiego, descubierto en San Juan hacia 1975, el primer cuerpo del sistema solar en recibir el nombre de una persona desaparecida.

Cuenta Primo Levi, en Si esto es un hombre, que “nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca”. Lo dice después de escribir que en el campo de aniquilación, “sólo una minoría de ingenuos y de ilusos se obstinó en la esperanza”.

 

Mengele vivió cerca del otro Infierno

En la lindera ciudad donde estuvo secuestrada la estudiante de astronomía, funcionaba otro centro clandestino de detención: El Infierno, de Avellaneda. En esa ciudad, según descubrí, vivió el criminal de guerra que experimentaba con personas en Auschwitz: Josef Mengele.

Se sabía que había recalado en la acomodada zona norte del Gran Buenos Aires, pero nada de su paso por el conurbano sur, algo desconocido hasta este año cuando la primera nota fue publicada.

Los datos me fueron rebelados por el poeta y escritor Ruben Majhen, quien fue su vecino en el pasaje Chicago (en honor a los mártires) ahora llamado Pasaje Lituania 1077. Parece un parábola que las calles entre las que Mengele vivió fueran Paraguay y Brasil, los países donde tuvo última morada al huir de la Argentina. El inicio del aislamiento obligatorio me impidió recorrer la zona para buscar a los más ancianos y pedir datos catastrales que permitieran más precisiones.

 

Mengele tenía 38 años cuando recaló en Avellaneda.

 

“En ese barrio donde vivían eslovenos, croatas, serbios, ucranianos y alemanes, se rumoreaba que había llegado un alemán importante –me relató Majhen–. Cuando yo tenía unos 8 años, vi a Mengele; vestía camisa negra, pantalón gris y zapatos negros; joven, no llegaba a los 40 años; de ojos negros, morocho de pelo ondulado, flaco.

A mi padre, descendiente de croatas, luego de finalizada la guerra en su país, los alemanes le habían matado al sobrino, Franco Majhen, quien delataba coordenadas. Cuando lo atraparon, tiró su arma pero igual lo mataron, por matarlo, ametrallado cerca de Vaganski, un lugar montañoso. Eso debe haber influido en que mi viejo amenazara al alemán. Vengaría la muerte de su sobrino. Con un revólver calibre 44, le dijo que se fuera porque iba a matarlo.

“Mengele se quedó duro; dijo que no tenía nada que ver, que él no estaba con las armas, que sólo era médico.

“Al lado de mi casa vivía mi padrino, el lituano Jorge Galbanasquas, quien le dijo:

– ¡Esteban! ¿Qué vas a hacer? ¿Sos loco? ¡Vas a matarlo! ¿Qué querés, traer la guerra acá? Si le hacés algo, ¿quién va a mantener a tus hijos?

“Mengele había venido con una alemana que siempre fumaba y acostumbraba a tomar. Vivía a mitad de cuadra de nosotros; en el pasaje Chicago, del barrio Piñeyro. Me quedó grabado y, cada vez que agarraba un libro con su foto, me daba cuenta que era él.

“A una semana de la amenaza de mi padre, Mengele se fue. Cuando Jorge le preguntó porqué, él respondió:

– Porque me amenazó el croata; y estos, lo que dicen, lo cumplen.»

Ayer y hoy

Las situaciones límites del holocausto europeo o del genocidio sudamericano depararon historias indiferenciadas. En uno u otro escenario la tortura hizo aflorar tantas miserias como gemas solidarias: un chocolate escondido para compartir; un pedazo de pan; alguien con cinco costillas rotas que contenía a quien padecía de seis…

“Llegué por fin a nuestra barraca y dejé la estufa. El esfuerzo me había dejado sin aliento. Teníamos las manos paralizadas; el metal gélido se pegaba a los dedos, pero era urgente que funcionase para calentarnos y hervir las patatas. (…) Cuando empezó a calentar, pareció como si algo se ensanchase en nosotros. Entonces Towarowski (un franco-polaco de 23 años, con tifus) propuso a los otros enfermos que cada uno nos diese una rebanada de pan a los tres que trabajábamos, y su proposición fue aceptada. Sólo un día antes un acontecimiento semejante habría sido inconcebible. La ley del Lager (el campo de aniquilación) decía: ‘Come tu pan y, si puedes, el de tu vecino’, y no dejaba lugar a la gratitud. Se podría fijar en aquel momento el principio del proceso mediante el cual, los que no estábamos muertos, empezamos a volver a ser hombres”. Primo Levi

La luz siempre está

El sol volvía a iluminar como antes, como siempre. Elevé la vista otra vez y aprecié que sólo era cubierto por un muy pequeño resto de Luna. Sin nadie con quien compartirlo, pensé en irme ya, pero resistí la ansiedad. Recordé una canción hippie de Crosby, Stills, Nash & Young, “casi me corto el pelo”, en la que el autor se resiste a hacerlo porque “siento que se lo debo, sí… a alguien”.

Y me quedé, no más, empecinado como pregunta de niño. Fue mi modo de integrarme a –en palabras de Levi– “la minoría de ilusos obstinados en la esperanza”, aunque un poeta argentino lo diría con palabras más acordes al nombre de esta página:

“Porque la Justicia está tan ciega, voy a defender con mi canción a los piratas que se robarán la Luna, antes de que la ciencia la despose por la fuerza”. Pedro Conde, Los piratas y la Luna.