De regreso a octubre

Hacer peronismo es lo mejor que le sale al Frente de Todos

 

Decía Arturo Jauretche sobre aquel 17 de octubre que era la irrupción en el escenario político argentino de la clase trabajadora moderna. Como es sabido, el peronismo encontró su base social como movimiento policlasista de conducción pendular con un líder popular que al llegar a la presidencia logró una transformación sustancial del país. Ese frente de liberación nacional desarrolló, tras la victoria electoral de Juan Domingo Perón en 1946, una política que significó la ruptura –por primera vez en la historia nacional–, de la dependencia con el imperialismo británico.

Para lograr esa ruptura, el peronismo llevó adelante medidas como la nacionalización del Banco Central, que pone en manos del Estado el control de los cambios, las tasas de interés y la circulación monetaria; la nacionalización de los depósitos de la banca privada, que entrega al Banco Central el control del crédito; la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), que significó el control estatal del comercio exterior; la nacionalización de los ferrocarriles y de empresas de transporte automotor; el impulso dado a la flota mercante y la implantación de un régimen estatal de reaseguros (INDER), que quebrantó la subordinación al Lloyds Bank de Londres –ejercido a través de Leng Roberts– que reducía las posibilidades de manejar autónomamente nuestro comercio exterior. Otras medidas en esa línea fueron la recuperación de la soberanía sobre nuestros puertos, así como el reemplazo de la Compañía Primitiva de Gas por Gas del Estado; de la extranjera Unión Telefónica por ENTel y de las usinas provinciales en manos de la American Forcing Power por la red de Agua y Energía.

Pero el mayor logro del peronismo fue convertirse en el mejor intérprete de los reclamos obreros y caracterizarse por dar respuestas a los mismos, como ya lo venía haciendo Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. Fue en Junín, el 15 de octubre de 1944, donde Perón expresó: “Hoy llegamos a todo el país con el Estatuto del Peón, que llenará una necesidad sentida en los campos argentinos. Sé bien que ello no agradará a algunos patrones sin conciencia. Sé también que será motivo de críticas por parte de algunos merodeadores de las grandes empresas y escribas sin escrúpulos al servicio de los poderosos, que ya han visto mal que yo defienda con más emoción el perfeccionamiento de la raza humana que el de los toros y perros argentinos”. La queja al Estatuto del Peón vino por parte de la Sociedad Rural, afligida porque la normativa ya no les permitía ejercer la esclavitud con los trabajadores. Por eso sostenían que ahora los peones “con pocos días de trabajo se consideran satisfechos, holgando los demás”.

 

Perón en Junín en 1944, anunciando el Estatuto del Peón. Fotografía de Alberto Haylli.

 

Con la presidencia de Juan Perón, los derechos de los trabajadores se vieron garantizados: aguinaldo, tribunales del trabajo, sindicatos por rama, afiliación masiva, delegados de fábrica, comisiones internas, generalización de vacaciones pagas, indemnización por despido y accidentes de trabajo, Estatuto del Peón Rural, salario mínimo, convenios colectivos, turismo social, CGT única, pensiones, salario real en ascenso, agregados laborales en embajadas, plena vigencia de leyes laborales de antigua data que carecían de aplicación efectiva, e incluso, reconocimiento constitucional a los derechos más importantes. Todo lo realizado, toda esa transformación social y cultural del pueblo, hizo que Perón asumiera por segunda vez la presidencia de la Nación el 4 de junio de 1952, luego de resultar victorioso en los comicios generales del 11 de noviembre de 1951 –en los que se habilitó por primera vez el voto femenino–, cuando el binomio Juan Domingo Perón-Hortensio Quijano se impuso a la fórmula radical Ricardo Balbín-Arturo Frondizi por más del 60% de los votos.

La cohesión del movimiento, bajo la dirección vertical de su líder, permitió superar las dificultades de 1952, provenientes del acoso imperialista y de dos malas cosechas. Recuperar la marcha no sólo sosteniendo la distribución del ingreso, sino avanzando hacia la producción de automóviles, aviones e iniciando el camino de la industria pesada (proyecto SOMISA), fue la tarea. Es decir, el peronismo entendió –como no supo comprender o interpretar el radicalismo– la importancia de activar políticas económicas que avancen hacia el país industrial. Pero los problemas en ese movimiento policlasista comenzaron a aparecer en 1954, cuando se produjeron varios sucesos que pusieron a prueba la solidez del movimiento. La Iglesia Católica, que en Italia y Alemania había logrado dominar el avance del comunismo a través de los partidos demócrata-cristianos, consideró que debía dejar de integrar el frente nacional y expresarse a través de su propia organización política (democristiana) que pudiese operar independientemente. La cúpula eclesiástica interpretó que el peronismo iba hacia a la izquierda. Una de las columnas del movimiento desaparecía y, a su vez –a través de los capellanes–, agrietaba profundamente a otra columna: el sector militar. La influencia del nacionalismo católico creció en contra del gobierno, debilitándolo, acosándolo.

A esto se sumaba que la situación económica mundial se había modificado: se ingresaba al período de la “Europa verde”, que quería autoabastecerse de alimentos. También, en años anteriores, el Plan Marshall había contribuido con el nuevo panorama al lanzar productos a precios regalados al mercado mundial, con la consiguiente baja del precio de nuestras exportaciones. La renta agraria diferencial, que había sido el pivote a través del cual el peronismo de 1945 había trasladado recursos desde la oligarquía hacia los nuevos empresarios industriales, se redujo. Otro de los problemas suscitados en esa época residía en que el crecimiento industrial había sido más rápido que el crecimiento de la producción de energía, lo cual llevó a Perón a iniciar tratativas con una empresa estadounidense para aumentar la producción de petróleo. Las pérdidas de valiosas personalidades también fueron parte del problema. Evita había muerto en 1952; Ramón Carrillo había renunciado. Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz tomaron cierta distancia. Miguel Miranda se había ido en 1950. Al no tener el sustento que lo caracterizaba como movimiento, los enemigos internos y externos lograron derrocar a Perón en septiembre de 1955.

Lo que vino después del peronismo con la Revolución Libertadura –como nos enseñó a nombrarla el maestro Héctor Recalde–, fue que Eduardo Lonardi, al asumir su cargo, declaró que las conquistas sociales serían respetadas. Así, el 25 de septiembre de 1955 concedió una audiencia a dirigentes de la CGT. El sindicalista Miguel Gazzera describió en Peronismo, autocrítica y perspectivas que “cuando los gremialistas estaban en la antesala del despacho del Presidente, pasó un marino. Se detuvo, preguntó quiénes eran y qué esperaban. Respondida la pregunta, los miró detenidamente y les hizo explotar esta sentencia: ‘Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este país el hijo del barrendero, muera barrendero’. Era el contralmirante Arturo Rial”.

Ernesto Sábato describió ese golpe en El otro rostro del peronismo: “Aquella noche de septiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi como las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas. Muchos millones de desposeídos y de trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, duros y sombríos. Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizados en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta”.

Como la historia es política pasada y la política, historia presente, el peronismo-kirchnerismo aprendió que los cuatro años de la segunda alianza –entre radicales, Coalición Cívica y PRO– permitieron que Mauricio Macri llegara al poder y llevara adelante una política destructiva de todo aquello que se había logrado recuperar en los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. La soberanía económica (tras el pago al FMI), el crecimiento industrial y el empleo, las conquistas de derechos, la disminución de la pobreza y el incremento de la clase media argentina sufrieron un corte con el país del endeudamiento y la fuga para beneficiar a unos pocos que concretó Macri. Era necesario detenerlo para que el saqueo no continúe. Y eso fue lo que llevó a que Cristina, mejor que nadie, entendiera la necesidad de amplitud de un nuevo frente, porque el perdedor de esas políticas excluyentes de Juntos por el Cambio era gran parte del pueblo que sufría y lagrimeaba al igual que las indias del relato de Sábato.

Había que tejer un frente porque con Cristina no alcanzaba y sin Cristina era imposible. Fue ella la que dio un paso fundamental y no se quedó anclada en algún enojo con sus críticos más virulentos, como Sergio Massa y Alberto Fernández, a quien eligió como candidato a Presidente (que ella acompañaría como candidata a Vicepresidenta), tal como anunció en el video difundido por las redes con el que sorprendió al pueblo el 18 de mayo de 2019. Explicó que lo hizo porque “lo vi, junto a él (por Néstor Kirchner), decidir, organizar, acordar y buscar siempre la mayor amplitud posible del gobierno”. También había destacado que “esta fórmula que proponemos, estoy convencida que es la que mejor expresa lo que en este momento de la Argentina se necesita para convocar a los más amplios sectores sociales y políticos, y económicos también, no sólo para ganar una elección, sino para gobernar”. Cristina Fernández también describió la situación que atravesaba el país, que es oportuno recordar: “Nunca tantos y tantas durmiendo en la calle. Nunca tantos y tantas con problemas de comida, de trabajo. Nunca tantos y tantas desesperados llorando frente a una factura impagable de luz o de gas. Y si miramos el Estado… ¡Ay, Dios mío! La deuda externa en dólares contraída en apenas tres años es más grande que la que Néstor recibió defaulteada. Eso sí… con un agravante, todavía: casi el 40% es con el Fondo Monetario Internacional”.

A ese desastre descripto, luego de haber vencido a Macri en las urnas y a meses de haber asumido, el Frente de Todos tuvo que enfrentar la pandemia que hizo estragos y desdibujó sus planes de gobierno. Es fundamental no olvidarlo en análisis y críticas de lo que le faltó, ya que la gestión tuvo que avocarse a que el sistema sanitario, derruido en los cuatro años de Cambiemos, garantizara que nadie muriera en las calles o en sus casas sin asistencia ni atención, como sucedió en otros países. En eso volcó los esfuerzos el gobierno de Alberto y Cristina, como así también en conseguir vacunas. Aunque el Presidente convocó a los actores políticos y económicos para un acuerdo para sacar el país adelante, el poder económico fue impiadoso en la pandemia y generó mayor inflación para mayor ganancia. La ayuda del Estado a los sectores vulnerables fue bienvenida para el mercado descontrolado con los precios de alimentos. Un tema que era necesario frenar y no se logró, aunque el Frente de Todos desea hacerlo. La llegada de Roberto Feletti a la Secretaría de Comercio Interior y el acuerdo con las empresas productoras y los supermercados para fijar los precios de 1.247 productos de consumo masivo hasta el 7 de enero, con los valores del 1° de octubre, van en ese sentido.

Pero es imposible tejer un acuerdo con una oposición que cumple el rol de representar al poder económico y mediático desestabilizador. Aquellos que se encargaron del desastre aprovecharon la pandemia como si Alberto Fernández fuera el responsable de haberla generado. Ahora en campaña, abreviando su nombre de alianza a Juntos, dicen –luego de haber cambiado de domicilio– que lo largo de la cuarentena, las escuelas cerradas, los locales con las persianas bajas, todo ello, fue culpa del Frente de Todos. Como si no se hubiesen tomado medidas sanitarias para el cuidado de las personas y como si la pandemia no hubiese existido. Ellos que, sin pandemia, generaron ajuste y caída estrepitosa de la economía por sus propias políticas económicas devastadoras de ese país industrial que se había reconstruido con Néstor y Cristina.

María Eugenia Vidal, candidata a diputada nacional por la ciudad de Buenos Aires, estuvo en el canal de televisión A24 con el periodista Luis Novaresio y dijo que el problema del gobierno es que “no escuchan, no hacen lo que yo hice hoy a la tarde, irme a tomar café con Samanta, que es una mujer que me escribió por Instagram para decirme: ‘Me puse un centro de estética, trabajé veinte años, usé la indemnización para ponerme un centro de estética porque soy masajista y porque soy maquilladora y porque sé hacer uñas, y vino el ’19 y perdí todo y estoy buscando trabajo desde ese día’”. Con la indemnización que el espacio político de Vidal pretende eliminar, la supuesta Samanta puso su centro de estética, y para Vidal el que no escucha es el Frente de Todos. Si a Samanta la alcanzó el ’19 y lo perdió todo, valía preguntar lo que Novaresio no preguntó: ¿En el ’19, no gobernaban ustedes? ¿No fue acaso por eso que Samanta lo perdió todo?

Vidal también reafirmó la necesidad de derogar la ley de alquileres y que, de ser mayoría, reclamarían la presidencia de la Cámara de Diputados. El complaciente Novaresio preguntó: “¿Quién gobierna hoy la Argentina? ¿Quién ejerce efectivamente, realmente, materialmente, el poder?”, y Vidal, que anteriormente había hablado de la falta de respeto del gobierno y de que no pueden justificar las propiedades que tienen (justamente ella), respondió: “Creo que ya no quedan dudas de que es Cristina”. El entrevistador que confunde gobierno con poder para estar más cómodo donde está, le tiró un nuevo centro: “¿Cómo soporta este sistema tan presidencialista que el peso del poder esté en la Vicepresidenta?”. El hada convertida en hiena contestó: “Con crisis. Con la crisis que tenemos hoy, donde no hay rumbo. Donde una parte del gobierno piensa que hay que hacer una cosa con la economía y otra parte piensa otra. Y como no se ponen de acuerdo, hace un año y medio que estamos a la deriva”, dijo y continuó: “Así se gobierna, con crisis, con más pobreza, con más inflación, con más desempleo, sin rumbo. Con la gente sintiendo que el futuro es una pared y que no hay horizonte, y con siete de cada diez jóvenes diciendo que se quieren ir. Eso es lo que pasa cuando no hay… con este engendro de Vicepresidenta que es Presidenta y Presidente que no preside”. Vendría otro centro más del entrevistador para que Vidal remate definiendo a Alberto Fernández como “un Presidente protocolar”. Difícil construir algún tipo de acuerdo con una fuerza opositora desestabilizadora.

 

Juntos, Vidal y Novaresio.

 

Pero las falacias de la oposición no indican que no existan problemas en el Frente de Todos. La Vicepresidenta se encargó muy bien de enumerarlos públicamente, siempre con los pies adentro del plato, porque Cristina sabe mejor que nadie que habrá futuro para nuestro pueblo si le va bien al Presidente. Y lo dejó claro cuando lo eligió como candidato al señalar “más que ganar una elección, necesitamos de hombres y mujeres que puedan gobernar una Argentina que se encuentra en una situación de endeudamiento y empobrecimiento peor que la del 2001”.

Quien mejor interpretó lo que sería para el país la victoria electoral del Frente de Todos fue Horacio Verbitsky. En su nota del 28 de octubre de 2019 escribió en un primer párrafo notable: “No es una revolución. No implica una redefinición ideológica. No funda una nueva identidad política. No es seguro que se trate de una combinación estable. No garantiza una salida rápida ni fácil a la grave crisis económica que, por primera vez, combina lo peor de dos mundos: estancamiento con inflación”. El Director de El Cohete señalaba que el resultado electoral era “el triunfo de la sensatez, luego de años de extravíos. Nada más, pero nada menos. La victoria de Alberto y Cristina prueba la extraordinaria resiliencia de la sociedad argentina y el vigor del peronismo, a tres cuartos de siglo de su irrupción y a casi medio de la muerte de su fundador”.

El resultado electoral de las primarias mostró abiertamente esas tensiones porque, como sostuvo Verbitsky, la del Frente “no se trata de una combinación estable”. Sin embargo, sin dudas, tanto el Presidente como la Vicepresidenta saben que es el Frente, y la sostenida unidad, el único camino que puede garantizar acciones que nos permitan salir adelante. Los cambios del gabinete brindaron mayor volumen político, como también medidas tendientes a inyectar mayores recursos a los sectores más golpeados. Son, en definitiva, acciones peronistas que tienen como finalidad mejorarle la vida a la gente.

Por su parte, la oposición nucleada en Juntos atenta contra los derechos de los trabajadores con proyectos como el del senador radical Martín Lousteau. Buscan continuar lo que no lograron porque el sindicalismo, sobre todo en la figura de Hugo Moyano, le impidió la reforma laboral que pretendían. Insisten nuevamente, pero se chocan con la Constitución. Héctor Recalde dijo: “Digámosle a Lousteau que debe llamar a una Convención Constituyente que reforme la Constitución Nacional porque este proyecto va contra el artículo 14 bis que dispone la indemnización contra el despido arbitrario”. También recordó que el artículo 14 bis nació en la reforma de 1957, “cuando la Revolución Libertadura quería congraciarse con el pueblo peronista y sancionó la modificación”.

Otra iniciativa del Frente de Todos es aprovechar el avance de la vacunación y la apertura turística para favorecer al sector más perjudicado por la pandemia en 2020. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, anunció el viernes 8 de octubre en Villa Gesell el Programa para la Reactivación del Turismo que incluye alivios fiscales para servicios de hospedaje, viajes de egresados gratuitos, financiamiento para festivales y el lanzamiento de la aplicación Recreo para promocionar los atractivos turísticos y culturales de todos los distritos.

La decisión de acompañar a más de 220.000 estudiantes del último año del secundario, tanto del sistema público como del privado, para que puedan realizar sus viajes de egresados –que garantiza hasta 30.000 pesos por alumno para viajes de egresados, durante febrero y abril del año que viene–, desató la ira opositora. “Estamos viendo en estas semanas un espectáculo espantoso, donde se regalan heladeras, bicicletas… De la noche a la mañana se terminó la pandemia, hacen un acto de 40.000 personas donde violaron los propios protocolos que ellos hacen. Y ahora regalan viajes de egresados”, expresó Diego Santilli en Twitter. Por la misma vía le respondió el ministro de Producción, Ciencia e Innovación Tecnológica bonaerense, Augusto Costa, quien explicó la necesidad de “que la temporada turística se extienda lo máximo posible para recuperar lo que se perdió por la pandemia. Por eso la Provincia financiará un paquete básico de viaje de egresados entre febrero y abril de 2022”. Costa señaló también que no se trataba “de ‘regalar plata’. El dinero que se asigna va a destinarse a hoteles, empresas de transporte, gastronomía, guías estudiantiles, comercios y agencias de viajes que durante meses no trabajaron o lo hicieron en condiciones limitadas”.

Donde existe una necesidad debe nacer un derecho, y hacer peronismo es lo mejor que le sale al Frente de Todos. Alcanza con ver cómo se erizan los pelos de los opositores cuando se impulsan medidas en ese sentido.

 

 

 

 

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