De Yo-Yo-Ma y Leonard Bernstein a Pantaleón

La música que escuché mientras escribía

 

En los primeros años de la década de 1980, cuando María Elena Walsh daba la batalla que le ganó al cáncer, nos veíamos una vez por semana. Un día me levantó en peso porque hablé de la enfermedad y de los tratamientos posibles con su compañera, la gran fotógrafa Sara Facio, sin decírselo a ella. Quería saber y decidir todo, y no toleraba que el amor o la pena interfirieran. En esos encuentros, de los que a veces participaban Sara y Gabriela Massuh, me usaba como che pibe para treparme a la escalera y ayudarla a ordenar su biblioteca. Me sometía a la ceremonia del té a las cinco de la tarde, en la que intercambiábamos recuerdos de nuestras infancias en Ramos Mejía, hablábamos de libros, de cine, de música, de nuestro común amigo Pepe Fernández. Así me inculcó entre otras cosas el amor por Fred Astaire.

Yo estaba deslumbrado con las suites de Bach para cello solo grabadas por Pau Casals  medio siglo antes. María Elena me recomendó la flamante versión de Yo-Yo-Ma, que por entonces no llegaba a los 30 años y surgía como la gran figura nueva de la música, que los CD universalizarían como nunca antes. El mercado lo amaba y en 1985 le dieron el Grammy al mejor disco solista. Lo escuché  con la mejor disposición pero me resultó indiferente, lo sentí frío, superficial, una técnica perfecta con vista al vacío. Después de Casals prefiero la versión de Mstislav Rostropovich, que grabó las seis suites en una catedral y explicó qué significaban para él.  Incluso las grabaciones de Misha Maisky, de Fournier, de Tortelier, del neerlandés Wispelwey me dicen más que la de Yo-Yo-Ma. Esto no significa gran cosa, porque no soy ningún experto ni tengo alguna capacitación musical que respalde lo que sólo son gustos personales.

Algo parecido me pasó con el disco que a fines de siglo Yo-Yo-Ma le dedicó a la música de Pantaleón, Soul of tango, y que fue como muchas de sus grabaciones un éxito mundial de ventas. Me pareció que alma era exactamente lo que le faltaba.

Pantaleón parecía darme la razón; en 1982 escribió para Rostropovich Le Grand Tango (escúchese tangó, en francés) y quiso asistir a su grabación. No sé si ya te conté el chiste tonto que hacíamos en casa: que Rostropovich quiere decir cara de ruso. Cara y alma rusas que para mi sintonizan a fondo con la música de Piazzolla.

 

 

 

 

 

 

Así las cosas, la semana pasada el extraordinario sitio Open Culture publicó un breve video de noviembre de 1962, en lo más caliente de la guerra fría, pocos días después de que la Unión Soviética cediera a la exigencia estadounidense y retirara de Cuba sus misiles de alcance intermedio. Se trata de una función de jóvenes artistas, a la que asisten entre otros el Presidente John Kennedy y su antecesor Ike Eisenhower. El más famoso director de orquesta de Estados Unidos, Leonard Bernstein, presenta al niño prodigio Yo-Yo-Ma, entonces de 7 años, acompañado al piano por su hermanita de 11, Yeou-Cheng-Ma. El padre de ambos, Hiao-Tsiun Ma, director de orquesta, musicólogo y maestro, fundó ese mismo año la Children’s Orchestra Society en Nueva York, que hoy dirige Yeou-Cheng-Ma, quien además es médica pediatra.  Nacido en París seis años después de que culminara la Larga Marcha de Mao Tse Tung, Yo-Yo-Ma había llegado poco antes a Estados Unidos, donde se quedaría para siempre. La presentación de Bernstein es una típica muestra del soft power que Estados Unidos sumó a su potencia económica y militar para socavar a la Unión Soviética. Bernstein destaca que, como tantos artistas, científicos e intelectuales, los hermanitos aspiran a ser ciudadanos de Estados Unidos, tierra de oportunidades y de libertad.

 

 

 

 

 

 

Esa introducción tendió a confirmar mis prejuicios, pero cuando esa criatura disfrazada de hombre grande, con traje de pantalón largo y corbata, comenzó a tocar, su música los disolvió y me mató de ternura. Ya sabés que lo mismo me pasó con Emily Bear y su piano y te podría decir que también me ocurre con los videos de Maradona o Messi cuando no levantaban ni un metro del suelo. Son personas especiales, con un don inexplicable que les permite hacer cosas que no están al alcance de los comunes mortales. Sólo algunos, como Barenboim o Marta Argerich, pueden hacer el recorrido completo, de prodigios infantiles a grandes músicos adultos. El video concluye con el ingreso a la sala de quien descubrió el talento del pibe, el propio Casals, saludado con alegría por los músicos presentes. Bernstein lo llama artista universal y ciudadano del mundo y se jacta de que vive en Puerto Rico y en consecuencia es «parte de nuestro mundo».

Esta es una tergiversación monstruosa. Casals nació dos décadas antes de que Estados Unidos se apoderara por la fuerza de Puerto Rico, patria de su madre. Hasta el día de hoy la isla caribeña padece una capitis diminutio, como Estado de la Unión pero sin plenos derechos. Cuando Casals tenía 81 años se casó con su alumna portorriqueña Martita Montañez, de 21.  Vivieron en San José hasta la muerte de Casals, 15 años después. Allí descubrieron una de esas coincidencias que si las leés en una novela o las ves en el cine te reís del autor: Martita nació en la misma casa que la madre de Casals, con casi un siglo de diferencia.

Lo que implica el discurso de Bernstein ante ambos Presidentes merecería un desarrollo más a fondo, del que sólo te tiro unas líneas. Quienes lucharon contra el Eje en la Segunda Guerra Mundial (con Eisenhower como general en jefe), fueron represores y maestros de represores en la posguerra, tanto los franceses doctrinarios de la guerra contrarrevolucionaria cuanto los estadounidenses que asolaron el mundo. Pero ambos conservaron el aura de luchadores por la libertad e instrumentaron como cobertura a los exiliados republicanos que nunca transigieron con Franco (como Casals o Picasso) mientras el Pentágono instalaba bases nucleares en España.

En síntesis. Volví a escuchar el Piazzolla de Yo-Yo-Ma despojado de aquella antipatía. No creo que sea, como dicen las gacetillas del mercado, la mejor versión de Piazzolla sin Piazzolla. Pero por primera vez pude gozarla, que es lo que importa con la música, donde no debería haber bandos como en el fútbol o la política. Algo te puede gustar más o menos, pero sin faltar el respeto por la calidad de una interpretación y sin perderte el placer.

 

Pero tampoco nos vayamos al otro lado. Escuchá a partir del minuto 12 y hasta el 33 estos descomunales solos de bandoneón de Néstor Marconi, el 19 de marzo en el Colón, y no digas nada, porque no hace falta.

 

 

 

 

 

 

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