Democracia versus totalitarismo

El futuro depende de la movilización de las mayorías, hoy sumidas en el desamparo

 

Esta semana finalizó, sin pena ni gloria, la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26). Presentada por la ONU y otros organismos como la última oportunidad de la humanidad para revertir una catástrofe climática, este cónclave no logró mejorar el récord alcanzado en el pasado por otras convenciones semejantes. Paradójicamente, gracias a sus limitaciones, esta conferencia arrojó luz sobre la estructura de poder global y su impacto sobre las instituciones internacionales. La brecha entre lo que se promete y lo que se hace; el desfasaje entre la falta de recursos financieros y las exigencias que se imponen a los países en desarrollo que menos han contribuido al calentamiento global y que necesitan energía barata para crecer; la falta de transparencia de las políticas y la inexistencia de límites a negocios que profundizan la contaminación, ocultándola bajo el disfraz de la lucha contra el cambio climático, son algunos de los problemas que hoy continúan vigentes.

El reciente acuerdo firmado por China y los Estados Unidos para trabajar conjuntamente con el objetivo de recortar las emisiones tóxicas fue comparado por John Kerry, enviado especial del gobierno norteamericano, como equivalente en importancia a los tratados firmados para el desarme nuclear durante la Guerra Fría [1]. Sin embargo, este compromiso de cooperación entre las dos mayores potencias del mundo no hace más que replicar el acuerdo firmado en 2014, que jamás fue concretado [2]. Esta semana también se dieron a conocer otros acuerdos entre países, organizaciones y corporaciones surgidos al margen de las negociaciones formales y también carentes de medidas concretas para lograrlos. Entre ellos se destaca el compromiso de una alianza entre fondos de inversión y grandes bancos: GFANZ (Glasgow Financial Alliance for Net Zero), para invertir 140 billones (trillions) de dólares hacia 2050 a fin de revertir el cambio climático. GFANZ, sin embargo, no impone a sus miembros la obligación de poner fin a las inversiones en energías fósiles y estos han invertido en este rubro cerca de medio billón (trillion) de dólares el último año [3].

Las negociaciones del COP26 fueron cuestionadas por protestas multitudinarias que tuvieron lugar en Glasgow y en otras partes del planeta, que acusaron a la convención de transformarse en “la cumbre menos inclusiva de la historia”. También denunciaron la falta de participación de la sociedad civil en la misma, la inacción de los países y de los organismos internacionales y la cooptación de la cumbre por parte de las “corporaciones que contaminan y las entidades financieras que las respaldan”. Esto la ha convertido en “un festival del lavado verde (greenwashing) del norte global (…) para que todo siga como siempre y bla bla bla”  [4]. Sin embargo, tanto la conferencia como las protestas que la rodearon han contribuido a mostrar por qué hoy todo sigue siendo como era entonces.

 

 

Masivas protestas en Glasgow, sede de la COP26.

 

 

 

Dinámica del capitalismo y crisis de legitimidad institucional

El capitalismo global monopólico se expande por el mundo buscando maximizar ganancias en todos los órdenes de la vida social. En este proceso concentra brutalmente al poder económico, multiplica la desigualdad económica y social y potencia la contaminación y la depredación de recursos estratégicos no renovables. Esta dinámica siembra el canibalismo social y geopolítico y desborda la capacidad operativa de los organismos internacionales creados después de la Segunda Guerra Mundial para encauzar la acción colectiva en la resolución de problemas que atañen al conjunto de la humanidad. Su inoperancia araña la superficie de un conflicto más profundo: la crisis de legitimidad de la arquitectura institucional global y de las instituciones de los países que la conforman, independientemente de su idiosincrasia política e ideológica.

En Occidente, esta crisis se expresa en la incapacidad de las instituciones democráticas para realizar el interés general de las sociedades, conciliando y encauzando los reclamos de los diferentes sectores sociales que las constituyen. En su lugar, una minoría monopoliza el poder económico y manipula a las instituciones para imponer sus intereses específicos por encima de los del conjunto.

Esta situación, que viene de lejos, se ha agudizado a partir de la crisis financiera internacional de 2008, fenómeno que profundizó la concentración del poder económico y político, la fragmentación social y el empobrecimiento de la población mundial. A esto se sumó el impacto social y político del enorme desplazamiento de poblaciones como consecuencia de la crisis económica, las catástrofes provocadas por el cambio climático y las guerras localizadas y permanentes impulsadas por los Estados Unidos para consolidar su dominio global.

En este contexto, la crisis de legitimidad de las instituciones democráticas en Occidente dio lugar a la apatía política, la desesperanza, las súbitas explosiones sociales y la emergencia de un nuevo totalitarismo que profundiza y expande a escala global la esencia despótica del fascismo.

Más allá de sus diferencias específicas, estos movimientos fascistas hoy tienen denominadores comunes. Son impulsados por sectores sociales que disputan el control de los Estados y persiguen el control social de la población a través de un relato que fanatiza con mensajes explícitos y subliminales que detonan el miedo y el odio para bloquear la reflexión crítica y el disenso y lograr adhesión incondicional.

Asimismo, coexisten con una nueva forma de totalitarismo en la que un puñado de enormes corporaciones controla las tecnologías de punta para transformar a la información y a la vida de los individuos en mercancías, a fin de maximizar ganancias y desarrollar nuevas y más sofisticadas formas de control social. Esta forma del totalitarismo trasciende las fronteras territoriales, disputa el control del mundo y es inherente a una nueva etapa del capitalismo, fenómeno que en anteriores notas hemos definido como capitalismo de espionaje.

En esta estrategia de dominación, los medios de comunicación y las redes sociales cumplen un rol crucial: censuran y/o inculcan información falsa con el objetivo de decodificar la percepción del presente y “corregir” la comprensión del pasado, buscando así adecuar los deseos, acciones y comportamientos de los individuos a un relato oficial que no admite contradicciones. De este modo, construyen enemigos internos y externos para alimentar el enfrentamiento de los unos contra los otros en una orgía de competencia despiadada. Este relato borra las huellas de atributos compartidos que, unificando a los individuos en tanto objetos de dominación, generan intereses colectivos y dan origen a relaciones de solidaridad y cooperación. En su lugar, se potencian las diferencias centradas en las “identidades” (identity politics) y se naturaliza la violencia, la brecha entre lo que se dice y lo que se hace y el atropello del otro en la búsqueda de la “salvación/éxito individual”. El resultado es la guerra de todos contra todos, contexto que reproduce el poder económico y político de un sector absolutamente minoritario.

Esta nueva forma del totalitarismo se enquista en las instituciones democráticas y las vacía de contenido. De ahí la importancia de recuperar a los partidos políticos, a los sindicatos y a otras formas de organización social para expresar las demandas insatisfechas y los intereses colectivos y para viabilizar un proyecto de sociedad y de crecimiento radicalmente diferente al actual. De ahí también lo fundamental de la participación y del control de los representantes para erradicar los clientelismos que reproducen el control mafioso de las instituciones y el discurso totalitario.

 

 

Estados Unidos: los demócratas y el totalitarismo

A principios de la década del ’30 del siglo pasado, la especulación financiera y la caída de la Bolsa norteamericana sumieron al país en una crisis de enorme magnitud, mientras crecía el apoyo al fascismo. Por ese entonces, Franklin Delano Roosevelt propuso un dispositivo de medidas económicas destinadas a capear la crisis, incluir a los más vulnerables y bloquear el avance del totalitarismo. Para Roosevelt, el fascismo no surgió en Europa a partir del rechazo de la democracia como forma de gobierno, sino del cansancio de la población, desesperada e impotente ante la creciente inseguridad y el desempleo: “Ante la confusión, debilidad y falta de liderazgo de sus gobiernos (…) finalmente en la desesperación eligieron sacrificar la libertad a cambio de obtener algo para comer” [5]. Un análisis reciente de los datos electorales de miles de distritos y centenares de ciudades alemanas, a lo largo de cuatro elecciones ocurridas entre 1930 y 1932, muestra que las áreas que más sufrieron el ajuste fiscal y las políticas de austeridad tuvieron las tasas de mortalidad más altas y registraron la mayor cantidad de votos del Partido Nazi. El análisis concluye que “las medidas de austeridad empeoraron la situación de las familias mas pobres y el Partido Nazi supo canalizar el sufrimiento y el descontento de la población” [6].

El liderazgo de Roosevelt contrasta con lo ocurrido con la dirigencia demócrata durante la crisis financiera de 2008 [7]. Ese año Obama ganó la presidencia y una sólida mayoría en el Congreso luego de una campaña electoral cargada de promesas destinadas a mejorar el bienestar de las clases populares, endeudadas hasta las orejas, con salarios estancados y decrecientes y sufriendo el desempleo producto de la desindustrialización del país. Sin embargo, una vez llegado al gobierno, Obama no solo salvó del default a los grandes bancos y entidades financieras que provocaron la crisis, sino que les brindó subsidios de distinto tipo y se negó a enjuiciarlos por maniobras dolosas. Al mismo tiempo, nunca desembolsó los recursos financieros inicialmente destinados a ayudar a los miles de ciudadanos condenados al default de sus hipotecas. En paralelo, recortó drásticamente los fondos de la seguridad social, perjudicando a miles de pensionistas y jubilados. Estas fueron sólo algunas de las medidas que tomó para contentar a los poderosos intereses que financiaron su elección y para apaciguar al Partido Republicano [8]. Al final de su segundo término, los demócratas sufrieron las mayores pérdidas electorales en la historia moderna [9]. El principal beneficiario de ese desastre fue Donald Trump, quien –enarbolando el discurso de la reconstrucción nacional (MAGA)– logró captar sorpresivamente el apoyo de miles de obreros y migrantes en bastiones tradicionalmente demócratas. Con su voto explicitaron su desencanto ante una elite demócrata que traicionó sus promesas.

En artículos previos hemos analizado el gobierno de Trump y los intentos del establishment demócrata de destituirlo, aliándose a los organismos de inteligencia, la prensa liberal y los monopolios tecnológicos. También vimos que, en vísperas de las elecciones de 2020, estos monopolios tecnológicos tomaron un rol decisivo al censurar los dichos de Trump y sus millones de seguidores y al bloquear información que podía perjudicar a Joe Biden por una supuesta connivencia con negociados económicos. Esta situación persiste con un espectro de la censura que se amplía para incluir múltiples temas y actores, entre ellos, la oposición a la vacunación contra Covid-19, el rol de los monopolios farmacéuticos, el origen de este virus y los hechos que involucran a la familia de Biden con decisiones de política exterior y corrupción. En paralelo, la polarización partidaria ha llegado al punto tal que encuestas recientes muestran la predisposición de amplios sectores de los dos partidos a dividir al país según la filiación partidaria de sus estados.  [10].

Por estos días, los demócratas sufrieron una drástica derrota electoral en Virginia y apenas lograron sobrevivir el embate republicano en New Jersey. En ambos casos, la incapacidad de cumplir con las promesas electorales y el rechazo del electorado a lo que consideran el “desapego jactancioso” del establishment demócrata contribuyeron a la debacle. En Virginia se agregó un ingrediente crucial: el candidato demócrata –ferviente partidario de Hillary Clinton– defendió públicamente a las autoridades escolares de Virginia en su confrontación con las familias movilizadas para cuestionar el material didáctico que se usa en las escuelas. Este material pretende revisar la historia norteamericana desde la perspectiva de una teoría que supuestamente critica al racismo contra los negros (critical race theory). Sin embargo, con una lógica circular y totalitaria, esta supuesta teoría impide el disenso y potencia al racismo como medio de acceso a posiciones de poder. El candidato demócrata fue derrotado en todos los distritos que votaron masivamente a Biden en 2020.

 

Triunfo republicano en Virginia.

 

 

 

Argentina: votar contra el totalitarismo

Esta semana la campaña tomó nuevos ribetes violentos entre los que se destacan la ruptura a martillazos de un mosaico con la impronta de las madres de Plaza de Mayo y la distribución de su video en las redes sociales, la utilización con fines políticos del lamentable asesinato de un quiosquero en Ramos Mejía, la propuesta de convertir “en queso gruyere” a los delincuentes y el regodeo exaltado de Mauricio Macri, explicando que el Fondo Monetario Internacional (FMI) vino a ayudarlo a no entrar en default “y seguir administrando hasta el segundo mandato” [11].

Andanadas de flagrantes mentiras bombardean a diario a la población, abonando la bronca y el desamparo en un río revuelto por varios años de desempleo, trabajos basura, hambre y pandemia. La derecha fanatiza a la población contra el enemigo K en un campo minado por el FMI, que busca terminar con el populismo para imponer el endeudamiento ilimitado. Este contexto configura un escenario explosivo: ninguna nación puede sobrevivir a un vaciamiento continuo de sus riquezas y a un relato totalitario que promueve el sálvese quien pueda y la guerra de los unos contra los otros.

El gobierno no supo y no pudo acumular fuerzas frente a un embate que se inició antes de que asumiera en 2019. La pandemia causó enormes problemas que, sin embargo, no explican los errores de diagnóstico y las oportunidades desperdiciadas. Un “golpe blando” está en marcha desde hace meses y parece difícil que se desarticule con la simple convocatoria oficial a un amplio diálogo nacional. Esta convocatoria va a ser cooptada por el FMI y sus laderos locales y bombardeada por las tribus macristas. Pareciera que ante el avance del totalitarismo, el futuro de la democracia depende de la movilización de la población, para que en forma organizada y desde abajo hacia arriba, exprese sus demandas y participe en las soluciones de los problemas que la hunden en el desamparo.

 

 

 

[1] theguardian.com, 10/11/2021.
[2] “U.S.-China joint announcement on climate change”, obamawhitehouse.archives.gov, 12/11/2014
[3] bloomberg.com, 02/11/2021.
[4] bbc.com, 06/11/2021.
[5] presidency.ucsb.edu, 14/04/1938.
[6] “Austerity and the rise of the Nazi party”, cambridge.org, 11/01/2021.
[7] “Meltdown”, David Sirota, audible.com.
[8] newrepublic.com, 12/12/2014.
[9] ncsi.org, 14/11/2016.
[10] zerohedge.com, 29/10/2021.
[11] bae.com, 08/11/2021.

 

 

 

 

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