Detalles sobre la grieta palestina

¿Qué hay detrás de la postergación indefinida de las elecciones?

 

Antes de exponerse a una derrota electoral a manos de un bien organizado Movimiento de Resistencia Islámica (mejor conocido como Hamas), con o sin acompañamiento de escindidos del Fatah secular e independientes, y perder la jefatura de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abbas aprovechó el desinterés en tal recambio –que es también el de los gobiernos de Israel, Egipto, Arabia Saudita y Estados Unidos, entre otros– para declarar la postergación indefinida de los comicios palestinos. Tanto los legislativos como los presidenciales debían realizarse en mayo-agosto de este año con hasta 2,3 millones de participantes, el 93% ya empadronados para votar entre tres docenas de listas competidoras. En 2006 las listas habían sido sólo once.

Detrás de la decisión de postergar estaban los resultados de recientes mediciones de opinión palestina. A diferencia de una compulsa más temprana, indicaban que, de realizarse las elecciones tal como estaban previstas, no sólo necesitaría Fatah de una coalición para retener la conducción de la AP sino que el candidato presidencial de una lista de disidentes de Fatah, el sexagenario Marwan al-Barghouti, terminaría desplazando al octogenario Abbas de la presidencia de la AP, imponiéndose asimismo sobre cualquier otro candidato.

De un lado, la postergación refleja, entonces, la inclinación a volver a extender el interinato de Abbas como Presidente palestino, realidad que se viene estirando desde hace más de un decenio, incluso si ella desmerece su declarado interés en negociaciones de paz con el Estado hebreo: el interinato no sólo mina la legitimidad de la AP sino que también afecta su capacidad de cumplir con lo que fuese a acordarse, de llegarse a cierto entendimiento.

Es más, para el académico y mesorientalista Eyal Zisser, comentarista habitual de un periódico israelí de distribución gratuita decididamente favorable al premier Benjamin Netanyahu y creado por un fallecido magnate norteamericano de los casinos que también invirtió fuertemente en la candidatura presidencial de Donald Trump, “es enteramente posible que Abbas jamás tuviese intención” de ver materializadas las elecciones anunciadas, y que buscase “simplemente presentarse ante la nueva administración Biden como proponente de la democracia, arrinconando a Israel como obstructor serial […] de los esfuerzos palestinos para celebrar elecciones democráticas”.

“No hay con quién hablar” fue lo dictaminado en lenguaje de entrecasa años antes, por ejemplo, por un entonces jefe de gobierno israelí ajeno al Likud de Netanyahu, y más tarde asesor de banco suizo, entre otras cosas. Se trataba del laborista Ehud Barak, si bien este punto de vista es también vigente entre israelíes de pelajes políticos distintos del social demócrata. Con ello Barak intentaba iluminar cierta imposibilidad palestina de implementar lo que pudiese consensuarse en el transcurso de las negociaciones.

En aquel momento esa impotencia era la de Yasser Arafat como conductor de la Organización de Liberación de Palestina (OLP) y de la AP hasta 2004. Ese año, Arafat murió en Francia en circunstancias sospechadas por algunos –entre ellos el ex legislador y periodista hebreo Uri Avnery– de haber sido un asesinato de inspiración israelí. Tal imposibilidad de cumplir se volvió bien clara para el sucesor de Arafat a la cabeza de la AP y la OLP –Abbas–, en especial en territorios ajenos al control específico de Fatah, léase en Gaza desde el triunfo de Hamas en los comicios del 2006 como punto de partida.

A diferencia de la legitimidad que pueden conferir las urnas, la alternativa contemplada por Abbas –recurrir a un gobierno de unidad con representantes de distintas facciones del nacionalismo palestino que se aviniesen a ello– dista de ser una opción, al menos hoy. Esa es la postura de quienes, de mínima, desean impedir que Abbas se convierta en inquilino vitalicio de la Mukata en Ramallah, una ex instalación administrativo-habitacional de la por entonces potencia mandataria británica en Palestina (1922-1948) y actual sede de la AP. Los opuestos a Abbas tampoco quieren que Fatah, facción a la que él pertenece, lidere la AP de manera permanente.

Del otro lado, las divisiones al interior de Fatah se sumaron en esta coyuntura al difícilmente inentendible reclamo palestino sobre parte de Jerusalén, su sector oriental específicamente, sin lograr Abbas que la Unión Europea (UE) y/o la Organización de Naciones Unidas, entre otros, persuadiesen a Israel de facilitar, o en todo caso no obstruir, la participación de los hasta 150.000 palestinos habilitados como electores jerosolimitanos en los comicios convocados. Desde semanas atrás, Abbas estuvo escuchando una variedad de sugerencias, de utilidad práctica a la hora de tratar de circunvenir las interferencias hebreas, inclinándose finalmente por un ejercicio electoral diferido.

Para un funcionario palestino al corriente de lo que Abbas debía evaluar y decidir, las propuestas planteadas incluían hasta cuatro posibilidades para superar la veda israelí a la participación de palestinos jerosolimitanos en dicha elección, entre ellas la concreción de su voto en edificios de la ONU o bien en representaciones de países europeos sitas en esa ciudad, o el voto electrónico, con lo cual no tendrían que hacerlo desde oficinas de correo israelíes. Y con ello no habrían dejado de poner en evidencia su claro reclamo sobre esa fracción de Jerusalén pensada como capital del futuro Estado palestino.

Pero el temor al interior de Fatah a propósito de una humillante derrota electoral se agravó desde el ingreso en escena de dos listas conformadas por prestigiosas personalidades disidentes de esta facción del nacionalismo palestino, o próximas a ella, cosa que se traduciría naturalmente en una quita de votos para la lista oficial de Fatah. La más promisoria de esas dos listas de disidentes de Fatah acaso fuese la encabezada por un ex jefe diplomático palestino y familiar de Arafat, en asociación con el ya aludido Barghouti carismático. Dado que este último está encarcelado en Israel, de salir electo sería su mujer, la abogada Fadwa al-Barghouti, quien ejercería el cargo. Pese a tal complicación, la postergación se impuso sobre las demás consideraciones, inclinando definitivamente el platillo de la balanza en dirección de la posposición.

Desde entonces, las revelaciones arriba mencionadas fueron desmentidas por Ahmad Majdalani, miembro del comité ejecutivo de la OLP. De padres palestinos y nacido en Siria, Majdalani es docente universitario e investigador académico, con importante actuación política, evidenciada por su titularidad, por caso, de dos carteras ministeriales en el gobierno de la AP: el Ministerio de Trabajo (2009) y el de Asuntos Sociales (2019). A partir del primero de esos años, Majdalani supo destacarse además como secretario general de un desprendimiento del Frente Popular de Liberación de Palestina, una facción nasserista del nacionalismo palestino que cultivó buenas relaciones con grupos revolucionarios de América Central y del Sur, más tarde gobernantes en sus respectivos países. Dicho desprendimiento fue el Frente de Lucha Popular Palestina (FLPP), socio liliputiense de Fatah y posicionado a la izquierda de la mayor facción del nacionalismo palestino.

La limitada trascendencia del FLPP entre el electorado palestino es intimada por sus fracasados intentos de ganar una presencia en la legislatura palestina, ora en las elecciones de 1996, o en aquellas de 2006, no siendo nunca el apoyo cosechado en cada una de éstas superior al 0,76% de los votos.

Ante el desmentido acerca de la UE como aportadora de opciones para que la participación de los jerosolimitanos en la elección palestina fuese un hecho irreversible, un diplomático europeo acreditado ante la AP, Sven Kuhn von Burgsdorff, dejó algo descolocado al desmentidor cuando publicitó los esfuerzos desplegados por el Viejo Mundo para que los comicios palestinos contasen con el concurso de los jerosolimitanos, en contraste con lo dado a conocer por Majdalani.

Entre los críticos de la postergación, un ex ministro de Salud en Gaza declaró a propósito de Hamas que esta facción islamista “se resiste a la posposición o cancelación de las elecciones, puesto que ello estaría dando a entender que una decisión de importancia nacional para los palestino es monopolizada [por el Estado hebreo] y dependiente de la ocupación [israelí]”. A ojos de este otrora integrante del gobierno de Hamas en la franja gazitana, “la verdadera razón para el aplazamiento […] no es la cuestión de Jerusalén, sino la preocupación de la conducción de Fatah por las divisiones que plagan sus filas”. Efectivamente, mientras las encuestas palestinas señalan que la candidatura de Barghouti para presidir la AP cuenta con el 22% de apoyo, Abbas sólo tienen un 9%.

Estando Qatar considerado como el principal soporte financiero de Hamas, un emisario de Abbas llevó a Doha un S.O.S.; era un pedido de ayuda de dicho país miembro del Consejo de Cooperación del Golfo para que la postergación fuese aceptada por esta facción palestina. A su turno, una de las 36 listas que habrían participado en las elecciones –Libertad y Dignidad, liderada por Nizar Banat, insistente crítico feroz de la AP– se dirigió a la UE post-suspensión de los comicios para solicitar la interrupción del pago de subsidios europeos a la AP, adelantando que, de ser necesario, apelaría a la Corte Europea de Derechos Humanos en apoyo de tal fin. Dicho pedido puede leerse como anticipo de inestabilidad venidera en la calle palestina, en donde un experto en legislación sobre derechos humanos, Issam Abdin, dista de ser el único en quizás exagerar cuando acusa a la AP de Abbas de “esposar y silenciar” al pueblo.

Con los dos decenios que, entre otras diferencias, separan a Barghouti de Abbas en materia etaria, la última palabra sobre una elección que puede dejar sellado el destino de una generación de líderes palestinos resta a ser pronunciada. Por ahora, no es de extrañar que, a criterio de una politóloga palestina, Inas Abbad, la decisión de diferimiento, en franca contradicción con el deseo del electorado, ha dejado a Abbas en posición de “rey sin reino, carente de tierras [para un Estado palestino, en referencia a la periódica reducción territorial que causa el crecimiento de los asentamientos en aquellas bajo ocupación israelí desde hace más de medio siglo] y exento de autoridad”. Los apólogos de Abbas, en cambio, prefieren hacer hincapié en el hecho de que su interinato no ha afectado su legitimidad como Presidente palestino, reconocido como tal por la comunidad internacional.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 2500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 5000/mes al Cohete hace click aquí