El viernes 9 de octubre, el Presidente Trump informó en Truth Social acerca de “un gran acuerdo con Rusia con relación a la energía”. Rusia abastecerá inmediatamente al mercado estadounidense y mundial con 300.000 toneladas de gasoil; en noviembre se agregarán otras 500.000 toneladas y luego un millón.
Es la última pirueta de la extraña relación que mantienen Putin y Trump; se puede agregar que el acuerdo podría interpretarse como un regalo a Putin, que cumplió 74 años el miércoles 7 de octubre.
Este anuncio podría ser importante para las elecciones, pero el martes 13, Politico publicó una encuesta electoral que pone freno a ciertas ilusiones. Según esta, no existe más la categoría de “indecisos”. Ni siquiera una rebaja de un dólar del precio del combustible los haría votar por Trump, mientras que la inflación de septiembre registró un 3,7% de aumento.
En la extraña relación entre los dos Presidentes hay algo que los empareja; tienen entre manos una guerra que no consiguen cerrar.
Un monstruo grande que pisa fuerte
Putin, a diferencia de Trump, enfrenta una guerra fronteriza, y eso significa que Rusia no puede retirarse como podría hacer Estados Unidos de Medio Oriente.
El viernes 2 de octubre en Ginebra, el alto comisario para Derechos Humanos de la ONU, Volker Türk, informó que en los primeros ocho meses de 2026, Ucrania había sufrido 15.280 pérdidas civiles, entre muertos y heridos. Las pérdidas han aumentado en un 55% respecto al 2025. Al mismo tiempo declaraba que la guerra tenía que terminar, sin mencionar frases de propaganda del tipo “paz justa”. Simplemente dijo que la responsabilidad de estas muertes civiles es rusa, que el riesgo de escalada causado por los ataques en profundidad ucranianos está aumentando, de allí la necesidad de cerrar esta guerra.
¿Y el frente terrestre? Según el Institute for the Study of War, en agosto de 2026 las fuerzas rusas han conquistado alrededor de 90 km², mientras que las fuerzas ucranianas han liberado en torno a 130 km². Türk lo dijo claramente: mueren centenares de personas por semana, mientras que la línea del frente casi no se mueve.
Se ha llegado a este punto porque los cálculos estaban equivocados desde el origen. Por un lado, estaban los que preveían que las tropas rusas habrían penetrado fácilmente hasta Kiev. Por otro lado, el secretario de Defensa estadounidense Lloyd Austin en Kiev el 25 de abril de 2022 declaró que el deseo de Washington era ver debilitada a Rusia, al nivel que fuera imposible repetir nuevas aventuras bélicas, y Europa se plegó a los deseos del socio mayoritario.
En octubre de 2026, Kiev no ha caído y Rusia no ha sido desgastada al nivel auspiciado por Austin.
El anuncio estadounidense dejó en offside a la Unión Europea. Trump exigió además un cambio en la presidencia dado que “Zelensky no ayuda al proceso de paz”. Los representantes de la Unión Europea, por su parte, han reafirmado el apoyo incondicional a Zelensky. Sin embargo, la fórmula sigue siendo la misma: sostener el esfuerzo bélico de Kiev sin ningún horizonte temporal. Los puntos de vista de los socios europeos comienzan a diferir y el dinero comienza a escasear.
Zelensky ha solicitado a los aliados 70.000 millones de euros adicionales para sostener la guerra. Según reveló la Ukrainska Pravda el 16 de octubre, el pedido se acompañaba de una amenaza: “Para evitar el riesgo de que Europa sea invadida por 20 millones de prófugos ucranianos”. La demanda ha creado tensiones y Bruselas ha solicitado a Inglaterra y a Canadá un aumento del sostén económico a Ucrania. Según Politico la Unión Europea ha gastado desde el comienzo de la guerra 231.000 millones de euros; el retiro estadounidense está poniendo a los voluntariosos en estrés económico.
En Moscú se enfrentan los costos de guerra con recortes. La agencia Reuters anunció que para el 2027 Rusia prevé un costo de defensa de 202.000 millones de dólares, un 27% superior a lo previsto anteriormente y la cifra más alta desde el comienzo de la invasión; esta cifra representa un tercio del presupuesto federal y los recortes afectarán las ayudas familiares y jubilaciones, que bajan un 7%; a educación, que baja un 6%, y a sanidad, que baja un 6,8%.
Negocios y guerra
En el vórtice de la crisis, el petróleo sigue siendo un negocio de primer orden. The New York Times del 3 de octubre explica que las conversaciones entre Washington y Moscú se han extendido hasta los negocios petroleros, con la venta de la empresa rusa Lukoil, una operación de miles de millones de dólares, que implica yacimientos, refinerías y estaciones de servicio. Serían parte del acuerdo por parte estadounidense el millonario Todd Boehly, gruposde Medio Oriente relacionados con las familias Witkoff y Kushner y un ente del gobierno norteamericano.
Según The New York Times, habría sido el mismo Putin quien propuso la operación en el encuentro del 5 de septiembre en el Kremlin. Obviamente, llueven las condenas morales de Occidente sobre estas operaciones “mixtas”.
Operaciones mixtas que también practica Merz, que llegó a Kiev con un paquete de 1.000 millones de euros en ayuda militar y 350 millones para energía. En la comitiva figuraba la ministra de Economía Katherina Reiche y varios CEO de la industria de la defensa alemana.
En todos lados se cuecen habas. Trump quiere una paz con un cheque que acompañe el proceso; Berlín quiere ganar dinero aprovechando la guerra.
En tanto en plazas y calles europeas de París, Milán, Madrid, Lisboa, Tirana, la ciudadanía, y sobre todo la juventud, manifiesta contra el rearmo, los recortes en sanidad y educación y por la vivienda; y la policía demuestra por enésima vez que los programas de estos gobiernos se sostienen sólo a fuerza de garrotazos.
Negociación posible
Dmytro Kuleba, ex ministro de Exterior de Kiev, publicó un ensayo donde sostiene que la posibilidad de la paz asusta a Putin. La razón, según Kuleba, es que Putin ha construido un sistema político alrededor del conflicto; cerrarlo podría acarrear más riesgos que extenderlo. El razonamiento resulta más teórico que práctico; Putin negociará cuando sea conveniente hacerlo.
Otra pregunta es si Zelensky quiere realmente negociar la paz, dado que el bloque occidental lo mantiene en su puesto contra viento y marea. ¿Cuál es el grado de independencia de Zelensky en este conflicto?
Lo que hemos visto hasta el momento determina un sometimiento de Zelensky a Occidente, y más ahora con la necesidad de nuevos fondos.
Una de las cuestiones para comprender su comportamiento son las negociaciones en Estambul en 2022. Hay reconstrucciones de lo acaecido; una de ellas la mencionamos en El Cohete el 14 de junio de este año, se trata del libro de Richard Sakwa, The Russo Ukrainian War: Follies of Empire, donde el autor entrevistó a los protagonistas ucranianos de las negociaciones. En 2024, Foreign Affairs publicó una reconstrucción de los hechos de Samuel Charap y Sergey Radchenko, basada en los bocetos de acuerdo entre las partes, que evidenciaron que la posibilidad del acuerdo era cercana.
Y también la entrevista televisiva a David Arakhamia en 2023, cuando confirmó la llegada en abril a Kiev de Boris Johnson, que recomendó no firmar nada y seguir combatiendo; Zelensky obedeció.
Para Zelensky un acuerdo de paz significaría la pérdida de un rol de prestigio; desaparecería su utilidad para la Unión Europea e Inglaterra; es un hábil Presidente de guerra y un obstáculo para un proceso de paz.
Washington: cambio de línea
Más allá de las acusaciones a Putin de comprarse la guerra con la venta de Lukoil, hay novedades que denunció Zelensky, indicativas de un cambio.
Zelensky en Londres se despachó en el programa del periodista Piers Morgan, donde declaró que había sido traicionado por Trump, Musk y Estados Unidos: “Estoy seguro de que sabían lo que hacían, a la una de la madrugada Starlink fue bloqueado por SpaceX”. El dato está confirmado: las defensas ucranianas no funcionaron ante los ataques rusos; The Financial Times escribió que la responsabilidad es del sistema militar Starshield, controlado por el Pentágono.
Y este es el punto: el origen de la advertencia para Zelensky llega desde el núcleo fundamental de la conducción política norteamericana. Esto no es cosa de Musk o de Hegseth, que no cuentan a la hora de las decisiones verdaderas.
David Ignatius, en The Washington Post del 12 de octubre, recordaba que Trump le había pedido a Zelensky al menos media docena de veces que dejara de bombardear las refinerías rusas. La advertencia tenía que llegar y llegó; la consecuencia la publicó Axios el domingo 18: Zelensky telefoneó inmediatamente a Witkoff y Kushner para reunirse en Oslo. ¿Le habrán explicado claramente lo que quiere Washington?
Los círculos cercanos a Zelensky ya lo dicen abiertamente: Trump se sacó la máscara; lo ha escrito el profesor Anders Aslund en el Kyiv Post del 19 de octubre, “How to Handle a pro-Russian US President”. El artículo propugna una nueva OTAN con guía inglesa, desplazando a los americanos de la organización y preparándose para un eventual enfrentamiento con Moscú.
La determinación de Trump para cerrar esta guerra parece fuerte. Paralelamente reafirmó su apoyo a Netanyahu en las elecciones, quizá para equilibrar el apoyo que está dando a Moscú, dado que el Presidente se mueve entre fuertes presiones.
Pero además, en la conversación telefónica entre Putin y Trump del 14 de junio, se mencionó un posible encuentro trilateral entre Putin, Trump y Xi Jinping, que podría realizarse en la cumbre de la APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation) del 18 y 19 de noviembre. Lo cuenta The Wall Street Journal en un artículo del 19 de octubre: “Putin Floats a Summit With Trump and Xi to Discuss Ukraine Deal”. Desde Oslo, Witkoff voló a San Petersburgo, donde mantuvo una reunión de tres horas con Putin. El encuentro fue calificado como prometedor.
Algunos analistas hablan ya no sólo de la posibilidad de que termine la guerra en Ucrania, sino también de una nueva Yalta, de la que Europa sería excluida, para mayor desazón de Inglaterra, protagonista de la Yalta original y que ha lanzado su retorno a Europa cabalgando la cruzada anti-Moscú.
Habrá que preguntarse cómo se adaptará Europa, ¿o la señora Kallas y la OTAN decidirán en soledad la política exterior de la Unión Europea? Sin pensar, por ejemplo, que miembros de la Unión Europea son clientes energéticos de Rusia. Desde el comienzo de la guerra han comprado energía rusa por valor de 320.000 millones de dólares, según Rusia; a lo que la Unión Europea replicó indignada: “Fueron sólo 209.000”.
Si no se sale de esta dinámica, no hay posibilidades para la paz. El 28 de septiembre en Metz, el Papa definió la guerra entre Ucrania y Rusia como una “inútil matanza”; con increíble cinismo, diversos dirigentes europeos definieron el discurso “extraordinario”, pero a las declaraciones de aprecio no se suceden acciones que apunten en la dirección indicada por Prevost.
Sería vergonzoso para la Unión Europea, que se presenta como abanderada de democracia, convivencia y conceptos similares, que se arribara a la paz gracias a la llegada al gobierno de un partido de extrema derecha, como Alternative für Deutschland de Alemania, por ejemplo, que ha anunciado repetidamente querer cerrar el conflicto y recomenzar a abastecerse de gas ruso. Por el momento, Trump le ha sacado ventaja en los dos rubros.
Epílogo con Cecilia
Hablamos de The Rulers: Corporate Power in the Age of AI and the Cloud, flamante libro de la economista argentina Cecilia Rikap, profesora asociada en la University College London (UCL). Además es responsable de investigación en el Institute for Innovation and Public Purpose (IIPP), el prestigioso instituto fundado y dirigido por la economista Mariana Mazzucato.
El libro de Cecilia analiza las relaciones cruzadas entre el poderoso grupo de megamillonarios de la web, entes gubernamentales y política, enfocando sobre todo el “capitalismo del monopolio intelectual”, capaz de sofocar la soberanía digital de los países.
El King's College London ha anunciado la presentación del libro con la presencia de Cecilia para el 11 de noviembre de 2026.
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