El centro de la escena

Un registro de Lohana Berkins muestra la vida travesti en la era de los edictos policiales

En el Primer Encuentro de Lesbianas, Gays, Travestis y Transgéneros, realizado en Rosario en 1996, una improvisada troupe de actrices travestis toma el escenario para dramatizar una constante de su vida en la era de los edictos policiales: el pernocte en la comisaría. Gays, lesbianas, travestis y transgéneros se reunen durante semana santa en el centro cultural que hoy lleva el nombre de Roberto Fontarrosa. La necesidad de encontrarse responde a lo que Guillermo Lovagnini, uno de sus organizadores, identifica como «el primer momento desde la dominación española en el que las diversidades percibimos que era hora de tener una fuerza nacional».

En aquellas jornadas de Rosario, una cohorte de travestis presidida por la activista Lohana Berkins participa para continuar cimentando la incorporación de sus identidades al armado del movimiento que todavía se nombra en lo público como de «minorías sexuales».

En los salones del centro cultural, una joven trava protagoniza la teatralización. Aún oruga, su ropa sencilla, de adolescente-niña, la distingue del resto de las mariposas que la rodean mientras transcurre su primera noche en un calabozo, su bautismo de fuego travesti. En el reducido espacio de la celda, las travestis que la acompañan en la desgracia tratan sucesivamente de mostrarle a la joven distintas estrategias para navegar el mundo con su identidad recién asumida. Una de ellas, enfundada en una misteriosa capa negra, la guía a través de una canción, mientras revela de a poco su cuerpo esculpido para asimilarse a lo que se espera de una figura femenina.

La obra prescinde de explicar las razones del encierro, aunque parecen obvias: en 1996, las únicas travestis con nombre propio son Cris Miró, la artista, y Mariela Muñoz, la madre. La existencia de otras travas sólo puede verificarse en las páginas policiales de los diarios, y en noticias televisivas sobre «travestis y violencia en la zona roja», donde invariablemente se refieren a ellas con pronombre masculino, caracterizadas como barrabravas de taco alto. En 1996, el grueso de las travestis de nuestro país habita los márgenes de una sociedad que se niega a integrarlas, acosadas por un estado que se empeña en perseguirlas. Su existencia se regula a través de edictos policiales que las penan por vestir «ropas del sexo opuesto» en público. La misma Miró, estrella del Maipo por la noche, debe usar su ropa de varón a la luz del día. Ninguna vive demasiado. Casi todas se prostituyen. Entran y salen de las comisarías con una frecuencia espeluznante a instancias de los policías que las encierran, coimean, roban y violan.

Para luchar contra este estado de cosas es que la Berkins creó en 1994 la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT). En pocos años más se convertirá en la primera travesti con empleo público del país, como secretaria del legislador comunista Patricio Echegaray. Será la madre de la Ley de Identidad de Género. Pasará a la inmortalidad como la Comandante de las Mariposas.

De vuelta en la interpretación, el policía de consigna le avisa a la travesti joven que su madre ha ido a buscarla. En su silueta, en su voz y sobre todo en su porte señorial, el espectador descubre en ese papel a Lohana Berkins. Lohana, en su rol de madre indignada, se mueve con soltura en el borde del escenario. «¿Qué es esto? ¿El infierno? ¿Cómo te atrevés? ¡Sos un hombre!» grita la madre-Berkins, mientras la joven travesti trata infructuosamente de convencerla de su «sentir de mujer» y le reclama el amor que la madre-Berkins no se digna a darle por temor al qué dirán.

La audiencia arcoiris estalla en risas cómplices cuando Lohana, en personaje, exclama que para ser mujer hay que nacer mujer como ella. La madre-Berkins abandona la escena, dando lugar al epílogo de la historia representada por el elenco travesti: tras el rechazo y abandono de la familia de origen, las travas se abrazan y forman una familia unida por lazos más fuertes que los impuestos por la genética y el deber binario.

La breve performance llena de humor negro y líneas ingeniosas es un vehículo para mostrarle al resto del movimiento quienes son y de dónde vienen, por qué luchan y cómo pueden acompañarlas. Eso sí, tutelarlas jamás, porque en la revolución de la Berkins las travas se constituyen como sujetas políticas y deciden que al calabozo y al closet no vuelven nunca más.

Mirá completo «Una noche en la comisaría» (1996)

* La autora es archivista audiovisual y trabajadora de prensa en el Archivo de Noticias de la Televisión Pública Argentina.

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.