El desafío de la creatividad

A veces, para volar hay que tirar lastre

 

Hace muchos años, charlando con mi amigo Daniel, rabino él, le pedí por favor que si en cualquier cosa que yo decía o escribía él notaba algún rasgo de antisemitismo que no dudara en hacérmelo notar. Me aseguró que lo haría; y puesto que nunca me llamó la atención no sé si es que olvidó su compromiso o que he podido superar, al menos bastante, algo de lo mucho de perverso que arrastra nuestro lenguaje y que encarné en el ambiente en el que nací y me formé. Le decía, entonces: “Nunca en mi vida tuve ‘ni siquiera un amigo judío’ y entonces no es de extrañar que se me cuelen, que tenga metidas ideas, imágenes o estructuras antisemitas que no quiero tener”.

Y esto vale también para tantas hegemonías que tenemos naturalizadas y adquiridas en lenguajes y actitudes, pensamientos y gestos. El patriarcado es una de ellas. ¡Y vaya que es grave! Para peor, no solamente estamos en una sociedad patriarcal, fui educado en una cultura patriarcal, sino que además vivo en una institución patriarcal.

¿Cómo deconstruir tanto? Es el desafío de la creatividad. Creo que en mi vida he tenido decenas de actitudes, palabras, gestos patriarcales. Y hoy cuando los pienso y me pienso “me agarra cosita” de vergüenza. No creo haber lastimado, sé que no he abusado, pero he formado parte. Y no es poco.

Pero cada tanto “ocurren cosas”. Cosas que te gritan “¡parate!” o que te hacen estrellarte o que te desnudan ante otros o vos mismo. O cosas que te hacen preguntarte: “¿Y? ¿Dónde te vas a parar, ahora?”

Tratar de mirar la historia desde su reverso, como dice Gustavo Gutiérrez, ponerse desde el lado de las víctimas, ¡hace mirar con otros ojos tantas cosas!

Cuando hoy veo o escucho tantos, y tantos y tantos casos de pederastia en el clero no puedo menos que sorprenderme (debo decir que hoy no conozco casos de curas, aunque en mi diócesis los ha habido) y me revuelve las tripas (sé que el clero no es el peor, ni menos el único caso, pero basta con que fuera uno para que el dolor sea también mío). No logro entender el hecho, y menos aún aceptar el encubrimiento.

Cuando salen más y más casos de abusos (y ¡perdón!, sé que no son “casos”, son mujeres con rostro y nombre… Y dolor. Uso el término por comodidad para escribir), y cuando charlando con amigas una me dice “fue a los 7” y otra “en mi adolescencia” y una chiquita “fue mi tío”, y otra “¿por qué mamá no me cree?” (y curiosamente la mayor cantidad de “casos” que escucho vienen en la confesión, ¡como si tuvieran que confesarse ellas!), cuando escucho, sé que no sé qué hacer. Sólo estar. Abrazar, si toca. Escuchar, si se puede. Acompañar, si te dejan.

Y acá viene el desafío. El desafío de cambiar el lenguaje, de ser creativos en las palabras, los gestos, los silencios (mal que le pese a los cómodos señores de la Real Academia). Nos equivocaremos muchas veces, meteremos la pata otras tantas, y quedarán en el camino aquellos, aquellas y aquelles que se resistan a edificar una nueva convivencia… los Feinmann, los Repetto, los Obarrio, los Acosta, los Etchecopar y tantes otres. Pero a veces, para volar hay que tirar lastre. A menos que elles también tengan su “¡parate!”

Se escuchan comentarios, denuncias, circulan audios. Algunos hasta incluyen al presidente. Y soñaría que el poder judicial (per-judicial, al decir de Graciana) investigue lo que la prensa hegemónica esconde para que el “nunca más” abarque todos los ámbitos donde hay víctimas. No habría justicia si así no fuera (y no es). Una sociedad edificada sobre sangre, sea de esclavos, sea de indígenas, sea de niñas, niños, niñes, mujeres abusadas no es la sociedad donde quiero vivir. Sueño una sociedad edificada sobre la fraternidad y sororidad que nos permita mirar al otro, otra y otre, mirar su rostro, mirar las diferencias y reconocernos con ellas. Porque las diferencias no nos lastiman, aunque discutamos hasta el amanecer; lo que lastima es la violencia, el poder ejercido agresivamente, las lágrimas. Una sociedad con víctimas empoderadas, aunque haya exageraciones al principio, o errores, o metidas de pata, se parece bastante más a eso de “ámense los unos a los otros (y otres)”. Creo que quiero quedarme de este lado.

 

 

 

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.