El fin de las pesadillas

El 1 de febrero iré a la marcha para hacer sentir mi voz frente a los cínicos que fueron ariete de la opresión

 

Mi amigo Fernando Casullo escribió ayer: «Puedo evitar los defaults mas tristes esta noche». Tal vez fue lo único que me arrancó una sonrisa entonces. Porque seamos claros: contento no está nadie. Sí creo que muchos están aliviados. Supongo incluso que yo lo estoy,

Ayer, un amigo economista me explicaba que Mauricio Macri simplemente no pudo evitar caer en la tentación de endeudarse. Primero fue la deuda con los fondos de especulación. Pienso en un nombre y se me viene a la cabeza Templeton, pero no fue el único. Fondos que compraron bonos de deuda argentina, endeudamiento de la Argentina que utilizó para garantizar una tasa de ganancias inaudito en el mundo, que se generaban en pesos y se retiraban en dólares. Esas épocas en las que Juan de los Palotes podía comprar hasta 5 millones de dólares y sacarlos del país, con el precio del dólar planchado. Pero la timba financiera no fue eterna –no podía serlo— y un día la Argentina se quedo sin financiamiento privado. Y entonces el gobierno de Mauricio Macri sucumbió a la tentación final y volvió al Fondo Monetario Internacional del cual nos había sacado Néstor Kirchner.

El viernes acordamos con ese Fondo al que le debemos 44.000 millones de dólares de una deuda fraudulenta e ilegal, en mi opinión. Deuda que se acordó solo para sostener el gobierno ilegítimo de Macri y sin un solo estudio técnico que validara su sustentabilidad. Porque de hecho no es sustentable. Los vencimientos son simplemente impagables para un país con un superávit récord de 15.000 millones. Un país que a duras penas se sostiene en pie después de las dos pandemias, la pandemia del endeudamiento y la pésima administración que nos dejó Mauricio Macri y la pandemia de la enfermedad que nos costó tantas vidas y aun hoy nos tiene asustados y recuperar del todo nuestra antaño considerada normalidad… que por cierto no era muy normal que digamos, pero al menos podíamos abrazarnos sin miedo y juntarnos sin tantos reparos.

¿Es la solución el acuerdo? No lo sé, no conozco ningún país que haya arreglado con el FMI y haya terminado bien. Tampoco conozco algún país que no haya logrado el acuerdo, declarado el default y que haya terminado bien. Así que no tengo historias con final feliz para comparar y las que tengo, además de carecer de finales felices, me dan algo de espanto.

Lo que sí sé es que parece el acuerdo posible, el que nos aleja en lo inmediato de la hipótesis del default. También presupongo que ha sido negociado con buena leche y responsabilidad y sin rifar las posibilidades de crecimiento de este país tan al sur de casi todo. Y sin regalar las dosis mínimas de autonomía que necesita una nación para tener dignidad, además de reservas y gente con vida.

Y es cierto, en mi interior pienso que el Fondo es como ese novio golpeador que jura que las cosas van a ser diferentes esta vez. El problema es que yo no le creo más, porque tengo en cuerpo y en la historia las huellas de viejas y vergonzosas palizas. Y si bien el cuerpo no suele retener la memoria del dolor, como estrategia de supervivencia, instintivamente me siento abrazándome a mí misma y protegiendo el cuerpo.

Pienso en las heridas posibles y no sé bien cómo evitarlas. Uno aprende a maquillar machucones, pero están los que no podés cubrir con maquillajes. Los viejos sin jubilación digna, los pibes sin futuro, los desempleados sin esperanzas son los verdugones que no sé maquillar de mi cuerpo-patria. Y el miedo a la próxima golpiza, que te inmoviliza y no te deja escapar.

Pero las sociedades están obligadas a ser más valientes en términos colectivos de lo que somos las personas en términos individuales. Y tienen el deber ético de seguir adelante. Aun cuando estemos tristes o asustados. Obligación que no es por nosotros, sino por el futuro mismo de todos, los que están hoy y los que van a venir, que merecen un mundo de posibilidades y esperanzas posibles.

Y supongo también que en este punto de mi pensamiento, abandono lo que sé economía y reivindico la posición creyente, no solo en Dios sino en la política, como herramienta superior de soñar y construir destinos dignos para la sociedad. Voy a pasar por alto el cinismo contumaz de quienes nos trajeron a esta situación, por más que hablen y cacareen y hagan muchísimo ruido. Sabemos quiénes son, sabemos sus nombres y también sabemos que no es la primera vez que lo hacen, por el contrario: cada vez que aparecen vienen a hacer lo mismo, con una regularidad aterradora donde siempre ganan unos pocos –que también conocemos, aunque se travistan— y siempre pierden unos muchos, invisibles al momento de decidir y siempre visibles al momento de padecer.

Pero esos cínicos no son los únicos cínicos de esta historia. Porque están los cínicos a quienes la sociedad les ha confiado la potestad de cuidarnos. ¿Quién debía investigar la legalidad de esta deuda? El Poder Judicial. ¿Quién debía custodiar que se cumpliese con la Constitución? ¿Quién debía impedir que se cerraran cientos de comercios y clubs de barrio porque se dolarizaron las tarifas y se volvieron impagables? El Poder Judicial. ¿Y quién debía custodiar a quienes osaban levantar la voz contra lo que pasaba en esos días en Argentina? El Poder Judicial, también.

Pero estos cínicos no hicieron nada de eso. Se aliaron con los malos de esta historia, con los mismos que nos endeudaron y se olvidaron de nosotros, a quienes debían cuidar. En lugar de controlar  las condiciones del endeudamiento, se entretenían tomando cafecitos en Olivos o jugando al paddle o sacándose fotos con Moro, que venía de hacer desastres en Brasil. En lugar de controlar la razonabilidad de las tarifas, se divertían inventando prisiones preventivas y wasapeándose con personas como Marcelo D’Alessio. Y mientras se cerraban los clubes de barrio y cientos de comercios, ellos estaba muy ocupados escuchando conversaciones privadas y dándole las grabaciones a periodistas del tres al cuarto. Y en lugar de proteger a las voces disidentes o que se oponían a los que estaba pasándonos a todos, ellos —los cínicos— se ocupaban de perseguirlos, hostigarlos y acallarlos armándoles causas y negándoles las más esenciales garantías del Estado de Derecho.

Digo esto y pienso en el acoso que sufrieron Cristina Fernández de Kirchner y su familia. Sin derecho a defensa, sin derecho a producir prueba, espiados y estigmatizados. Pienso en Milagro, presa en una cárcel del norte para que un triste y precario dirigente radical pudiera gobernar Jujuy. Pienso en Amado Boudou, sometido a la prisión para que no hubiese una voz que cuestionase las políticas económicas. Y pienso que le privaron de esa voz a sus propios hijos mientras crecían. Y los muchos compañeros y compañeras que la pasaron mal, mal de verdad, para que unos pocos pudiesen hacer lo que hicieron sin voces disidentes. Pienso que perseguían desde el Poder Judicial hasta a pobre twitteros, porque hasta twittear una canción de cancha era inadmisible en el reinado del silencio, que como la deuda impusieron sobre este país.

¿Saben? Yo no hacía derecho penal, empecé a hacerlo de verdad cuando un amigo me pidió que lo defendiera de una acusación infamante, que terminó costándole la vida. Recorrí esos pasillos grises pidiendo justicia, pidiendo respeto, pidiendo garantías y solo me encontré con cínicos y cobardes. Y en esos días entendí que si no peleábamos por esas cosas que dábamos por descontadas en democracia, podíamos perderlas para siempre en la desmemoria de las conciencias cómodas.

Cuento lo anterior con dolor y con orgullo también.  Siempre ame una frase de Paulo Freire que dice: “No es en la resignación en la que nos afirmamos, sino en la rebeldía frente a las injusticias”. Pensé en ella durante todos estos años. Para los pueblos todos y también para mi sociedad, tan masa a veces frente al espanto. Y para mí misma también.

Y por eso el 1 de febrero voy a ir a la marcha para hacer sentir mi voz frente a estos cínicos que fueron ariete de la opresión que sufrimos estos años. No pedí permiso ni lo consulté con nadie. Cuando a todos perseguían tampoco pedí permiso para defender lo que eran groseras violaciones a las garantías, violaciones que no estaba dispuesta a tolerar para nadie.

¿Qué esperanza tengo, que me empuja a marchar? Que la injusticia y el cinismo se tienen que acabar de una buena vez. Y de nuevo recurro a la fe, fe en que el gobierno no se apoye en la resignación sino en la rebeldía ante la injusticia y decida tomar de una buena vez cartas en el asunto. Porque de cínicos estamos hartos. Pero no es el hartazgo lo que me lleva a la marcha. Es la intención real de respaldar medidas para que cambien las cosas. Confianza en que pueden tomarlas y convencimiento de que podemos respaldarlas entre todos. Para que algo cambie y se destraben los mecanismos institucionales que permiten modificar el estado de las cosas.

“Cuando el fuego arda, ¡quiero estar ahí!», canta el Indio Solari y yo quiero estar ahí, con una sola esperanza. Llevo años teniendo pesadillas con mi amigo gritando de dolor, mientras los cínicos jugaban al paddle o tomaban café. Y quiero que esas pesadillas dejen de acosarme en las noches y estoy convencida que eso va a suceder si logramos cambiar las cosas.

Así que voy a marchar por el fin de las pesadillas, las mías y las de una sociedad sin justicia ni ley. Porque una vez más, como hicieron las Madres y las Abuelas, vamos a reclamar algo que nos merecemos: Justicia y también un Poder Judicial que invite a rebelarnos contra las injusticias y no un poder que invita a la resignación. Por un Poder Judicial que no sea puro cinismo.

Porque acá no se resigna nadie. Como siempre hemos hecho y como vamos a seguir haciendo. No nos resignamos a no tener futuro. Porque lo tenemos y vamos a marchar por ese futuro. Que será infinitamente más justo. Escribo esto también con dolor y con orgullo, pero sobre todas las cosas con una esperanza terca y feroz de que podemos cambiar al Poder Judicial. Que merecemos cambiarlo.

 

 

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