El inmortal

Como el Diego, hizo una ofrenda de felicidad colectiva

 

Donde hay dolor habrá canciones, por eso es que ahora mismo en cualquier esquina se ve gente que canta a los gritos, con los ojos enrojecidos y hasta con una sonrisa, una canción de los Redondos. Por eso es que a la madrugada todavía hay miles de personas que se abrazan y cantan juntas en la Plaza de Mayo, con lágrimas que no van a secarse.

El dolor y el amor popular son lo mismo: no pueden comprarse, no pueden venderse.

Es difícil escribir cuando los ojos pesan tanto. Los recuerdos se amontonan: River, La Plata, Villa María, Junín, Olavarría, y todos los demás lugares en los que Indio estaba en el escenario y abajo se bailaba y se celebraba. O los otros recuerdos, los más íntimos y más universales, los que en este momento acompañan a millones de personas: la primera vez que una letra suya se presentó como una revelación; el cerebro tarareando sus canciones porque sí, en las circunstancias más insólitas; la felicidad de un hermano porque hizo pogo cerca del escenario.

Resulta hasta inaceptable escribirlo: ha muerto Indio.

O, como escribió Iván Horowicz en estas horas, nos morimos nosotros. Él es inmortal.

 

*

 

El hilo que une a un artista popular con su público suele ser invisible, problemático, a veces difícil de explicar. Durante décadas algunos críticos y sociólogos quisieron encontrar respuesta a por qué las canciones y la figura de Indio vibraban tan en sintonía con la vida de sus seguidores. Por qué los conmovían tanto. No pudieron. Siguen sin poder, porque el carácter singular de ese vínculo funciona a partir del misterio. Es valioso el misterio, es deseable. Nos hace estar vivos. 

Una respuesta posible a la cuestión se deja escuchar en algo que un muchacho dijo el viernes ante las cámaras: “Yo soy albañil. Vengo de Chingolo. Me encontré con esta noticia y me está llorando el alma. Para nosotros, los humildes, este tipo nos dio el cariño que no nos da mucha gente: los patrones, la sociedad, los gobiernos. Nosotros recibimos cariño de donde podemos”.

 

 

O en ese tuit del usuario @negro_mal_: “Un poeta intelectual al que los intelectuales tachaban de intrincado y aún así tenía 30 millones de negros escuchando su remera dispuestos a morir por él porque les hablaba a ellos. ¡Qué va a ser efímero, viejo loco! Si algún día los hijos de nuestros hijos van a preguntar por vos”.

O en lo que escribió @acaestatodomal: “A mí lo que sinceramente me parece fascinante es que sea un fenómeno tan imposible de ser globalizado, traducido a otras latitudes. Es nuestro. A nadie más le importa. Todo nuestro. Un tesoro enterrado en el fin del mundo”.

 

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Durante años, el interés en la obra poética de Indio estuvo enfocado en el significado de las canciones, en tratar de descubrir claves de interpretación. En ese esfuerzo (del que se burlaron con gracia tanto el escritor Ariel Magnus en su novela La cuadratura de la redondez como el programa Peter Capusotto y sus videos) se perdió un tiempo valioso para estudiar lo que verdaderamente importaba: los mecanismos. Porque en la obra de Indio no interesa tanto qué hay una vez que quitamos las capas y capas de sentido; lo que vale la pena es el engranaje que las sostiene. 

Conviene tratar de identificar qué voz elige para cada escena que quiere contar y cómo pasa de una a otra. Cuándo acude a un léxico erudito y cuándo a esa jerga que es su huella imperecedera. El uso de paréntesis y signos de admiración para subrayar el dramatismo. 

Indio conoce las posibilidades del lenguaje. 

Y sin embargo, es cierto que en sus canciones pueden rastrearse áreas temáticas que le interesan para reflexionar sobre el mundo que lo rodea: la incomunicación que surge del exceso de información, la vida en sociedad como réplica en (o de) una pantalla, las relaciones de poder en todas sus formas (aun en el amor).

No solo en las canciones. En su libro Escenas del delito americano se asiste a una puesta en circulación desarrollada y material de esa maraña que conforma lo que podría llamarse el proyecto estético de Indio Solari. Se cuenta una historia a la que se puede acceder desde diferentes ángulos: hay lavados de cerebro, teatralización de la vida, organismos que vigilan el comportamiento de las personas (“Son gente de una prestigiosa Agencia y juegan como niños con los datos que recogen”). Hay ciertos niveles de resistencia. Hay un mundo hundiéndose en su mugre. Y hay también referencias a su historial de lecturas (Durrell, Huxley, Oesterheld).

De todas esas zonas temáticas que aparecen en la obra de Indio, hay una que conmueve especialmente: su interés por la religiosidad, que es una manera de conectar con lo más duradero y genuino de la fe popular. Con el misterio de la existencia. 

Comprendida en su totalidad, su poesía está llena de referencias religiosas. Hay ángeles para tu soledad, milagros que nos merecemos y ocurrirán, Luzbelitos que están creídos de haber sido ellos los que nacieron en Belén, la convicción de que Dios es digital, de que si rezo solo Dios se aburre igual, y cientos de otras imágenes. Como esa en la que En los muros de Jericó / fortaleza de Canaán / el buen Dios descargó su furia / y el poder de unos invasores. 

 

 

Pero Indio brilla con toda su lucidez en su narración de una de las escenas centrales de cualquier obra literaria de todos los tiempos: la crucifixión de Jesús. Casi en espejo con la Post crucifixión escrita por Luis Alberto Spinetta, Indio escribe No es Dios todo lo que reluce

Repasemos: Cristo es crucificado a los treinta y tres años por exclusiva responsabilidad de Dios, que necesita de ese gesto para, de alguna manera, existir. Para dar sentido a la religión que pretende fundar. Como escribió el autor argentino Luis Gusmán, “un Dios que exige la prueba más absoluta: llevar su mensaje en el propio cuerpo; solo una vacilación de la fe puede transmitir una orden tan violenta”. Mientras Spinetta desborda espiritualidad y cierta fe en la humanidad, el Indio ha enfrentado su poética desde un cierto ateísmo, o, si se prefiere, un paganismo. Cierta blasfemia, tal vez. Ahí donde Spinetta llena el mundo de luz, Indio lo oscurece. O, mejor dicho, hace foco en lo que da sombra.

En el comienzo de su canción sobre la cruz notamos esto con claridad, cuando Indio dice: Hay una luz! en esa cruz! / (la luz que los ciegos ven) / Que hiere nuestros ojos / en un lujo fugaz / y no deja mirar / y no hay alivio. Mientras en Post Crucifixión Amanece / Y hay resignación, Indio canta: Sonríen todo el tiempo y se hacen ver / por lo felices que están de sonreír.

 

 

La humanidad cae con todo su peso sobre el cuerpo de Cristo en el fragmento más memorable de la canción de Spinetta. Es el momento en el que el crucificado, resignado a no ser un dios, resignado a la muerte inevitable, declara: Y en esta quietud / Que ronda a mi muerte / No tengo presagios de lo que vendrá.

Indio, por su parte, complejiza la acción. El narrador, haciendo uso de la animalidad (recurso permanente a lo largo de su obra, por otro lado), dice: Al borde del camino te parás / a rebuznar feliz jodiendo sin flaquear.

Hacia el final de No es Dios todo lo que reluce aparecen dos de esas frases que hoy, ahora, suenan tan distintas, tan cercanas: Besame justo antes, por favor / de que mis ojos se cierren al final. Y Nunca se sabe, puede suceder / que la vida no termine nunca más.

 

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Los hijos de puta no descansan nunca. Por eso es que al artista popular más influyente de la historia argentina se le niega un funeral oficial, por eso sueltan a sus perritos digitales desdentados para que desparramen odio. No importa, en el fondo: el amor y el dolor popular se organizan solos. Se reúnen, nos reunimos, como siempre, como podemos, como nos sale, a celebrar a nuestro Indio.

Su cara, su voz y sus canciones estarán tatuadas en la memoria colectiva por un tiempo difícil de dimensionar. Todos los días vamos a ver una pared, una remera, un cachito de piel que reproduzca la parte por el todo. En cada frase impresa estará Indio entero, completo. 

 

 

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Un paréntesis personal, que no le importa a nadie, pero me importa a mí, que escribo esto con el corazón en la mano, porque la muerte de otro es siempre la muerte de ese otro en uno, en todos. 

Indio, sin conocerme personalmente, fue muy generoso. Escribió un texto para un libro que estaba haciendo sobre Juan Román Riquelme. Incluyó una nota mía sobre el último concierto, el de Olavarría, en Recuerdos que mienten un poco, el libro que escribió con Marcelo Figueras. Varias veces, a través de Marcelo, me hizo llegar su aprecio, inclusive hasta hace pocos días. 

Una vez me llamó por teléfono sin querer. En realidad buscaba hablar con Román, pero una serie de malentendidos hicieron que le pasaran mal el número. Se disculpó con vergüenza por la confusión, y me regaló un momento que atesoro todavía, todos los días. Su voz, inevitable, imposible de no reconocer, diciendo primero hola, Román, y después adiós, querido

Ahora que lo pienso, debería borrar todo lo anterior. La generosidad de Indio no fue conmigo: su generosidad fue existir. 

 

 

*

 

Indio Solari habitó el planeta Tierra con valentía, jugándose la vida en cada palabra, en cada gesto. Fue un artista complejo, que hasta en sus últimas canciones, las posteriores a El ruiseñor, el amor y la muerte, eligió el camino del riesgo, de la vanguardia. Propuso, como ética de vida, gastá tu vida alguna vez / bailando hasta el amanecer.

Fue, como se le ocurrió a Juan Sasturain para definir a Héctor Germán Oesterheld, un aventurador. Aventurar —escribe Sasturain— es suponer, proponer con riesgo: poner la convicción y el cuerpo detrás de la imaginación, de la invención. Concibió la vida como una aventura y la vivió hasta las últimas consecuencias.

Hasta el último día, Indio escribió, cantó, pintó. Grabó y se fotografió. Estuvo vivo, todo lo que vivo que puede estarlo una persona fuera del tiempo. 

Indio, como Diego Maradona, convirtió sus talentos individuales en una ofrenda de felicidad colectiva. Y nos cambió la vida para siempre. Esa es la buena y la mala noticia de hoy. 

La vida es una misión secreta, Indio. La tuya fue linda, infinita. 

En este día, y cada día.

 

 

 

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