El país desaparecido

Éxodo de la población armenia de Artsaj ante el temor de un genocidio por parte de Azerbaiyán

 

El conflicto de tres décadas aparentó superarse hacia mayo, cuando el primer ministro de Armenia declaró la disposición de su país a reconocer los casi 90.000 kilómetros cuadrados de Azerbaiyán si ellos hacían lo mismo con sus casi 30.000. Incluso bajaría su histórica pretensión sobre Artsaj (el nombre armenio de Nagorno Karabaj), siempre y cuando acabaran con las matanzas.

Sin embargo, sólo cuatro meses después su gobierno anunciaba por un decreto difundido en las redes digitales que el país dejaría de existir junto con el año, a lo que siguió un inmediato, triste y veloz éxodo en el que, en menos de diez días, tres cuartas partes de la población se fueron por temor a otro genocidio.

Aunque pasaron 108 años desde el de 1915, todo está guardado en la memoria. Saben que el imperio Turco Otomano, autor de la masacre contra un millón y medio de personas, sigue negándolo y pretende castigar a quienes se lo discutan. De esa convicción nació el slogan “genocidio que se olvida, se repite”.

 

Bandera en una de las dos iglesias armenias más antiguas de Sudamérica, en el barrio porteño de Flores. Foto: El Cohete a la Luna.

 

Éxodo

Tras el último ataque de Azerbaiyán, el 19 de septiembre, más de 7.000 civiles fueron evacuados de “las zonas de peligro” en una primera tanda. Era sólo el comienzo. Quienes tenían vehículos se marcharon por su cuenta; cargaron lo posible: agua, alimentos, abrigos, algún juguete de los niños.

 

Foto: Vasily Krestyaninov, AP.

 

“Abandoné Stepanakert con una pequeña esperanza de que algo cambiaría y regresaría pronto. Esas esperanzas se han arruinado después de leer sobre la disolución de nuestro gobierno”, le dijo el estudiante Ani Abaghyan, de 21 años, a la agencia Associated Press, que también recogió el testimonio de una joven abogada, con la misma edad que el conflicto, quien lamentó que “nunca podamos regresar a nuestras casas sin tener un gobierno independiente en Artsaj”.

Al mismo tiempo que debían trasladarse 125 cadáveres de combatientes, murieron otras 68 personas y tres centenares resultaron heridas de gravedad el lunes 25 de septiembre por la explosión de una estación de servicio donde una larguísima fila de autos esperaba para cargar combustible, de por sí escaso a causa del bloqueo enemigo.

Ambos motivos de escasez aumentaban la preocupación de quienes debían recorrer sólo 35 kilómetros hasta la frontera (el país tiene la quinta parte de extensión que Tucumán). Las calles se llenaban de carros con grandes bultos mientras en las veredas la gente esperaba a pie o recostada sobre sus equipajes.

Hubo quienes en treinta horas de camino sólo habían sorteado la mitad del recorrido, pero se negaban a correr el riesgo: “Ningún poder en el mundo está dispuesto a parar las atrocidades de Azerbaiyán. ¿Qué pueden esperar los armenios bajo control de ese Estado genocida?”

El éxodo iniciado el domingo 24 había alcanzado para el jueves 28 en la noche a más del 65% de los 120.00 habitantes. Hacia finales de ese mes, superaba el 80%. Al día de la fecha, el 99,2% de los expulsados incluye a 2.000 embarazadas y 30.000 niños.

 

Foto: Anatoly Maltsev, EFE.

 

Desde la Argentina

Tres días antes del ataque, el Consejo Nacional Armenio de Sudamérica invitó al Foro Artsaj de Uruguay a la presentación del Foro Artsaj en Buenos Aires, compuesto por los juristas Raúl Zaffaroni, Carlos Rozanski, los diputados (mc) Facundo Suárez Lastra y Brenda Austin, el periodista Mariano Saravia y el doctor Ricardo Torres.

Hace nueve días, en la Casa Rosada, el Presidente recibió a las Instituciones Armenias de la República Argentina (IARA), cuya dirigencia agradeció la decisión de enviar Cascos Blancos a Armenia. Alberto Fernández remarcó la importancia de “visibilizar el conflicto del que nadie está hablando”.

 

El Presidente, con Alejandro Kalpakian (IARA y Fondo Armenia), Hagop Tabakian, Antonio Sarafian, Maral Torikian, Eduardo Costanian, Daniel Rizian, Miguel Harutiunian, Onnig Bogiatzian, Adriana Kasbarian, Sergio Tchabrassian y Nechan Ichkhanian.

 

La Comisión de Cascos Blancos del Ministerio de Relaciones Exteriores organiza lo relativo al vuelo Buenos Aires-Yerevan con ayuda humanitaria en un avión ofrecido por la fundación Solidaire.ong. Recomiendan acercar las donaciones pronto, ya que el vuelo saldrá el domingo 22 (ver detalles al final de la nota).

Respecto al tema “del que nadie está hablando”, algunos artistas suman sus voces y trabajos. La fotógrafa argentina de origen armenio Araz Hadjian ha estado enviado fotos desde el lugar a diarios porteños y la artista expresionista Minadurian sumó desde Instagram su aporte a la difusión.

 

 

El último año

En septiembre de 2022 (coincidente con la segunda independencia armenia de la URSS), desde Azerbaiyán desataron la enésima andanada que dejó un centenar y medio de muertos en sólo dos días, como se informara en esta nota que repasó la historia del conflicto.

Durante diciembre, los azerís taponaron el corredor de Lachin, único ingreso desde Armenia hacia la zona montañosa de Artsaj, con el argumento de que por ahí entraban armas para los separatistas. Así los dejaron sin comida y sin energía. En abril, llegaron a ponerles un puesto de control vial.

En mayo, el primer ministro armenio Nikol Pashinian y el Presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, avanzaron en el mutuo reconocimiento territorial de sus países, a partir de conversaciones en Bruselas, con los auspicios de Estados Unidos y de la Unión Europea.

En cambio, desde la diáspora, no fue bien visto. En Sudamérica, el Consejo Nacional Armenio le recordó a su mandatario que no tenía potestad para lo que proponía: “El ilegítimo desentendimiento de Pashinian sólo asegurará un nuevo episodio de limpieza étnica para el pueblo, librándolo a su suerte ante las políticas genocidas de Azerbaiyán. Bajo ningún concepto la integridad territorial de Azerbaiyán incluye a la República de Artsaj”.

El éxodo de la última quincena parece refrendar aquella previsión. Fue la consecuencia inmediata de la ofensiva relámpago desde Azerbaiyán el 19 de septiembre sobre Nagorno Karabaj, a la que el ejército armenio no ayudó, y cuyo Presidente, Samvel Shakhramanyan, se vio en soledad a la hora de acordar un cese al fuego al día siguiente, según explicitó en un decreto.

A pesar del cese al fuego, desde Armenia, el Ministerio de Defensa denunció que el ejército azerí disparó contra un auto militar que transportaba alimentos y consideró “burda violación del derecho humanitario” otro ataque, en este caso a una ambulancia.

El 21 de septiembre, ya sin tiros, recordaron el Día de la Independencia, pero llorando a dos centenares de muertos caídos en una sola jornada; entre ellos a una decena de civiles; la mitad niños. Así se pasó a las discusiones sobre la “reintegración” territorial y el consecuente éxodo iniciado el día 24 a través de lo que las autoridades azerís llaman “corredores humanitarios”, unidireccionales hacia el lado armenio, claro.

 

El conflicto político-diplomático

Artsaj había sido perdida tras la guerra de seis semanas de 2020, después de la cual “no se tuvo noticia de avances en la investigación de los crímenes de guerra –dice Amnistía Internacional– que incluyeron decapitación y mutilación a manos del ejército azerbaiyano”.

Armenia aceptó a regañadientes la tregua bajo la mirada de Rusia, pero no habría paz definitiva entre las naciones que habían sido parte de la Unión Soviética.

Desde Azerbaiyán decían “este territorio es nuestro, tenemos aval de las Naciones Unidas”. Cuentan entre sus aliados a Turquía –nada menos– y a la conveniencia de Europa, que aspira a continuar con la recepción de 8.000 millones de metros cúbicos de gas anuales sin la onerosa interrupción de otra guerra como la de Ucrania.

Del otro lado, respondían que ahí vivían armenios y que el Parlamento regional había votado ser parte de Armenia. Su histórica alianza con Rusia se vio resentida cuando el nuevo primer ministro asumió diciendo que eso no había sido una buena idea táctica, y pasó a planear ejercicios militares conjuntos con Estados Unidos. Cuando Rusia, muy ocupada con su guerra, pasó a desentenderse, se acabó el único apoyo fuerte.

Ahora, el primer ministro lo reprocha, pero Moscú contesta que fue el gobierno armenio el que empezó a reconocer que el territorio le pertenecía al enemigo.

En Ereván, capital armenia, la renuncia del primer ministro fue clamada por manifestantes que rompieron el cerco policial de la sede de gobierno y fueron reprimidos con granadas aturdidoras.

La Unión Europea pidió que Azerbaiyán finalizara sus actividades militares. Los gobiernos de Francia y Estados Unidos telefonearon a Pashinian. Rusia llamó al Consejo de Seguridad de la ONU y a sus socios internacionales a reaccionar “ante la agresión desde Bakú”.

La ONU anunció el envío de la primera misión en 30 años para evaluar las necesidades humanitarias en pos de acelerar la ayuda a los desplazados por parte de su Programa Mundial de Alimentos, desde donde se mostraron “sorprendidos” por el apuro con que la población abandonó sus hogares.

Azerbaiyán “acusó” a los habitantes de Nagorno Karabaj de incendiar sus viviendas en Martakert; versión que no pudo ser verificada por fuentes independientes, aunque hubo casos en 2020.

Si bien la idea no es nueva (los lectores argentinos reconocerán un antecedente en el éxodo jujeño de Manuel Belgrano), algunas almas sensibles la afrontaron con hidalguía:

“Pensé en prender fuego a mi casa, pero no tuve el valor: lavé los platos, los coloqué en los estantes como si estuviera esperando visitas… Este año, la cosecha de dátiles será muy buena; se la comerán los turcos. Les dejé una carta, escribí que en esta casa vivía gente honesta, que se ganaba la vida con el sudor de su frente, para mantenerla limpia. Les pedí que regaran las flores”.

 

 

 

* Esta nota fue elaborada con cables de las agencias AP, EFE y fuentes propias de la comunidad armenia.

 

 

 

 

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