El Perro, ese humanista

Sobre "Sean eternxs", último filme de Raúl Perrone

 

Se puede hacer de los márgenes sociales un escenario propicio para estetizar monitos y ver si, con sus monerías, me llaman director. Los posibles de Santiago Mitre y más de un filme de Trapero son ejemplos de esta elección. Después de todo, un film es, sobre todo, una elección.

Se puede trabajar en el margen con los desechos que produce el sistema y hacer con ellos una telenovela donde, como en todas, prime la sanción moral, los encuadres de manual, los parlamentos inverosímiles y las actuaciones vergonzantes. Campusano ha ganado premios importantes acometiendo esta labor con envidiable tenacidad. Él eligió. También la crítica que lo venera como a un director de más calibre incluso que Mitre y Trapero.

Se puede asumir que esos márgenes sociales son en realidad un centro, el ilimitado territorio en el que una máquina enfría sienes ardientes hasta hacer de un sujeto, más que un zombie sin hambre, tan solo una ameba que no sabemos si vive o no. Puedo hacerlo registrando el paso firme de esa máquina como una película de far west que se instaló a perpetuidad. No solo en el barrio. César González lo hace con vocación documental.

Por último, se puede asumir que los márgenes son también el centro, pero en el que habitan ángeles caídos. A lo largo de los años, Raúl Perrone ha tomado esos ángeles menos como paisaje inevitable que como imperativo ético.

Sean eternxs, uno de sus últimos filmes aún no estrenados y que en cuestión de días parte junto a otro a festivales europeos, es un registro de honesta justicia poética que muestra las entrañas calcinadas de pibes de vida difícil que, en cuanto asoman la cabeza, la vuelven a hundir en el lodazal que los hundió su propia familia, esa pústula que ya no educa ni contiene sino más bien pega y fuerte –hasta te mean encima, como hacen papá y hermano a uno de estos pibes–, y en el mejor de los casos, los deja a la deriva. Rescatados de ese infierno a intramuros por el único resquicio de contención que encuentran, esto es, por otros jóvenes que se amuchan en la calle y de vez en cuando aúllan dándose ánimo (“¡Eh, te rescataste, amigo!”), vuelven a hundir la cabeza arrastrados por esa la pulsión de muerte que los lleva a salir al voleo a chorear y los acorrala en un último círculo, en otra ronda de paco.

Hay devastación del sujeto a manos del capitalismo en fase zombie. Desde los '90 el Perro, como lo llaman propios y extraños, no ha dejado de retratar a los jóvenes en ese escenario, que es el nuestro. Esos jóvenes no son los mismos –el contraste entre este filme y su mítica y primera trilogía (Cinco pal peso, Graciadió, Labios de churrasco) lo prueba. Sin embargo, aunque cada vez estén más acorralados –no solo por el sistema, ahora también por la propia familia–, él deposita en ellos una confianza que no tiene –y que les pibes retribuyen con respeto más que con admiración– en miembros de su generación.

Pintor de la vida posmoderna, cuando ve que todo se derrumba y el de al lado cae, Perrone no lo estetiza, tampoco lo banaliza, menos hace una toma y se va. Como buen perro fiel que es, lo acompaña. No es casual que a lo largo de toda su filmografía abunden los travellings de seguimiento. Como Favio, uno de sus maestros, él aprendió de Godard que “un travelling es una cuestión moral”. Por eso es que después de haber acompañado a las que caen presas de la violencia de género (Las pibas, Favula), a los pibes en jaque (desde la primera trilogía a la serie iniciada con P3ND3JO5) y a la misma muerte que siempre anda trabajando (de La mecha al Tríptico), pasa por la casa de esos, los ángeles caídos, y pregunta a familiares y vecinos si saben de él o de ella, si lo o la han visto, si, como se muestra en Sean eternxs, una colonia municipal o una iglesia evangélica han actuado de salvadores. Como sea, les hace saber que importan más allá de su obra. No es poco por estos días.

 

 

 

 

 

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