EL SOCIO SILENCIOSO

Con este Poder Judicial aliado a los poderes que se ponen por encima de la ley, no hay democracia real posible

 

A fines del año pasado llegó a mis manos un libro especial. Se llama La niña comunista y el niño guerrillero. A modo de subtítulo, o bajada, agrega en su tapa: Una historieta subversiva, 100% testimonial. La autoría material es de María Giuffra, pero la historia que cuenta es más bien coral. El padre de Giuffra fue acribillado en la calle cuando ella tenía apenas seis meses, el 22 de febrero del ’77 —en pocos días más se cumplirán 45 años de ese homicidio. El libro arranca con ese fusilamiento y narrando primeros tiempos del exilio en Brasil, pero Giuffra no quiso limitarse al relato individual. Contactó a otras nueve personas que tuvieron una niñez semejante y ellas sumaron sus testimonios. Más allá de las divergencias propias de cada caso, pronto aparecieron las coincidencias. La primera es la siguiente. Giuffra se sentaba delante de sus interlocutores, sin grabadores ni cámaras, y munida apenas de su computadora, les pedía que le contasen su infancia. Y prácticamente todos, sin saber unos de otros, le respondieron lo mismo: «Yo no tuve infancia».

 

 

 

 

Otra coincidencia fue el reconocimiento de que ninguno había contado detalles de lo vivido a su propia familia. Tuve el privilegio de participar de la presentación del libro, a fines de noviembre, que fue tan coral como la obra porque allí en la Exma estuvieron Giuffra pero también la mayoría de los testimoniantes, como Alba Camargo, Alejandra Santucho y Gabriela Gillie. Y todas las voces admitieron que habían callado sus historias para no sumar más sufrimiento a los suyos. Porque crecieron experimentando el dolor de sus mayores, aquellos que habían sobrevivido: padres o madres, abuelos, tíos. Y por eso mismo, cuando todavía eran críos o adolescentes, tomaron la decisión —imagino que por puro instinto, al principio— de guardarse las minutas de la odisea individual. ¿Para qué sumar carga a los adultos amados, que seguían penando la ausencia de personas que habían conocido mucho mejor, y durante mucho más tiempo, que ellos mismos, las hijas e hijos? Esos críos, que arribaron a la consciencia padeciendo violencia y orfandad, se comieron su dolor para cuidar de quienes parecían sufrir más que ellas y ellos.

 

María Giuffra.

 

 

A partir de ese material sensible Giuffra escribió, dibujó y diseñó un libro que nadie debería perderse. Una obra que es heredera de un clásico de horror de la literatura argentina, ese libro que también es «100% testimonial» y se llama Nunca Más. Y que también pisa en la senda de otro clásico, en este caso de la narrativa gráfica, que es Maus, de Art Spiegelman. Todavía tengo presente la impresión que me produjo leer Maus en los ’90. Para contar la historia de sus padres, sobrevivientes del Holocausto, y la suya propia, Spiegelman adoptó una estética de ingenuidad digna de Disney, o en todo caso mezcla del tío Walt con el Orwell de Rebelión en la granja: en el relato los judíos son ratones, los nazis gatos, los franceses ranas, y así. Pero lo que más me marcó no fue el relato de Vladek, el padre de Spiegelman, que le cuenta a su hijo lo padecido en Europa, sino el modo en que el ratoncito Art describe su lento despertar a la peculiaridad de descender de sobrevivientes. En un pasaje, Art niño va a dormir a la casa de un amigo y recién allí —recién entonces— descubre que no todos los padres se despiertan gritando por las noches, como hacen los suyos indefectiblemente.

 

 

 

 

La novedad que presentó Spiegelman —Maus ganó el Pulitzer, premio que por lo general se reserva a la literatura tradicional— fue, además de contar el horror mediante una estética candorosa, el relato de lo que significa crecer siendo hijo de dos personas traumatizadas. (En este caso, traumatizadas por el Holocausto. La madre de Spiegelman, Andzia —Anja, en el cómic—, se suicidó cuando Art tenía 20 años.) Pero en lo que respecta a la generación de los sobrevivientes, lo que cuenta La niña comunista y el niño guerrillero es infinitamente peor.

El primer testimonio que Giuffra recoge e ilustra después del suyo propio es el de Karina Zárate Manfil. Karina tenía 4 años cuando tuvo lugar lo que se conoce como La Masacre de Villa Corina. Después de cenar fideos y ver en la tele El planeta de los simios, se fue a dormir a la habitación que compartía con su hermano Carli, de 9, y con los Vega: Adolfo, de 11, y Marcela, también de 9. Los padres de ambas familias dormían en otras habitaciones. (Los Zárate Manfil lo hacían con su hijo más pequeño, Cristian, que tenía 6 meses.) Despertaron después de la 1, a causa del estruendo. Oyeron las voces de las madres, gritándole a alguien que no entrase en esa habitación, porque estaba llena de niños. A Carli se le ocurrió levantarse, pararse sobre la cama de Karina y mirar hacia afuera a través de la persiana. Ahí empezaron los tiros. Carli cayó con todo su peso encima de Karina. Mientras sentía que la sangre de su hermano le empapaba la cara, reparó en los mechones de pelo rubio que el balazo dejó pegados en el techo. La impresión fue tan grande que no registró el dolor por el tiro que recibió en su propia pierna. Dos soldados irrumpieron entonces, disparando a troche y moche. Adolfo recibió impactos en una pierna y en la cadera, Marcela en el pulmón, antebrazos y brazos. Asomó un civil de pelo largo, que pidió a los soldados que parasen de tirar. Alguien le respondió: «Callate la boca. La orden la dio Camps».

 

 

 

 

Pero el horror estaba lejos de acabar. Días después, la madrina de Karina logró que el comisario de la 4a. de Avellaneda le devolviese al bebé que se habían llevado. Tenía los oídos llenos de pus, porque los tiros le habían reventado los tímpanos y nadie lo había curado. Los otros tres críos sobrevivientes estaban internados en una misma habitación de hospital, con un soldado al lado de cada cama. La herida de Karina era la más leve, pero a Marcela y a Adolfo, cosidos a tiros, los milicos les negaban los calmantes. Lo hacían para persuadirlos de que confesasen dónde estaba su padre. Sí, leyeron bien. No contentos con ametrallar criaturas a lo Bonnie & Clyde, las privaban de medicinas —las torturaban, en su lecho de convalecientes— para que traicionasen a su familia.

Habrá quien piense que el espanto de los ’70 es un barril insondable y que nunca terminaremos de saber todas las putadas que le hicieron al pueblo argentino. Pero cuando yo leí el libro de Giuffra no pensé en los ’70. Pensé en hoy y en el hecho de que los intereses a los que nos enfrentamos ahora son los mismos a los que nos enfrentábamos entonces. Cambiaron personajes y circunstancias —en aquel momento la fuerza de choque fueron los militares, en estos años mandaron al frente al Poder Judicial y a los mismos medios grandes que la dictadura benefició escandalosamente—, pero la voluntad política de las potencias de Occidente y de sus cómplices locales no ha variado. Siguen queriendo lo mismo de nuestro país y de sus ciudadanos y estando, como entonces, dispuestos a todo.

Yo leí el libro de Giuffra pensando que a nuestros hijos les harían algo parecido, si no consiguiesen salirse con la suya de otro modo.

Y, por supuesto, si se lo permitimos.

 

 

 

La conjura de los jueces

Cuando uno sigue la narrativa que se impuso respecto de los ’70, se come una curva que no habría que comerse. Les pregunto: ¿alguien recuerda (¡sin googlear!) quiénes eran los jueces de la Corte Suprema en el ’76? El 99%, estoy seguro, dirá que no. Todos entendemos que los milicos usurparon el Poder Ejecutivo y anularon el Poder Legislativo —cerraron el Congreso—, pero nadie recuerda nada en particular respecto del Poder Judicial de entonces, más allá del saco roto en que echaban cada pedido de habeas corpus en reclamo por un desaparecido. Y sin embargo, este deliberado segundo plano que adoptó la corporación judicial —un paso atrás para conservarse en las convenientes sombras— debería ser tan estrepitoso como el rol de la corporación militar. Porque los milicos no podrían haber hecho lo que hicieron sin la complicidad, por acción u omisión, del Poder Judicial. Cuya función esencial es la defensa de las leyes y, sin embargo, no dijo ni mu cuando Videla & Co. se cargaron la ley fundamental que encarna la Constitución Nacional.

 

 

 

 

 

A comienzos de los ’80, ante la inminencia de otro período democrático, el Poder Judicial mandó el traje a la tintorería, se bañó e hizo rasurar y adoptó una acting de dignidad que nunca se había ganado. Lo que decían sin palabras era: «Aquí no pasó nada». (Lo cual era cierto de forma literal, en lo que a ellos concernía.) El Poder Judicial se acomodó en la nueva etapa sin pagar gran precio por su complicidad, fueron pocos los jueces que debieron asumirse co-responsables. Llegado este siglo, cuando se puso en marcha otro plan geopolítico en pos de los mismos objetivos que habían perseguido brutalmente en los ’70 —fragmentar Latinoamérica, frenar la oleada «populista», moldear la región para que no haga otra cosa que proveer materias primas y mano de obra barata y que se resigne a un rol servil ante las potencias—, ya no se podía contar con los milicos. Por eso apelaron a los Poderes Judiciales, que habían probado su valía.

 

 

 

 

Recuerdo el éxito que a fines de los ’70 tuvo un thriller protagonizado por Elliot Gould. Fue un batacazo, le habían puesto El socio del silencio pero esa traducción era ambigua, su título original era inequívoco: The Silent Partner significa El socio silencioso. Eso es lo que fue el Poder Judicial durante los ’70, acá y en buena parte de Latinoamérica: el socio silencioso del poder geopolítico y de sus cómplices, los millonarios locales, sin el cual el régimen habría sido no sólo ilegal, sino además ilegítimo.

Esta vez se le pidió que diese un paso al frente, y eso hizo. El Poder Judicial cambió de pantalla en materia de envilecimiento. Esto habría que entenderlo bien. Una cosa es que un juez, como ha ocurrido siempre here, there and everywhere, acepte un soborno para sesgar un fallo. Esto es corrupción simple, un delito liso y llano. Pasó y seguirá pasando: qué vachaché, diría Discepolín. Pero otra cosa muy distinta —una cosa infinitamente más grave— es que jueces y funcionarios del área participen de forma activa en el armado y puesta en marcha de causas que les consta que son ficticias, con el objetivo de obtener un resultado político y económico que los beneficie. Esto ya no es un delito simple. Esto se parece más a conspiración, a conjura en contra de todas las instituciones que debían defender: la Patria, la Constitución, el Pueblo Argentino.

 

 

 

 

Hay que asumir que en el ’76 se usurpó el poder y en el 2015 Macri llegó a la Rosada por el voto de la mayoría. El mea culpa que nos cabe al respecto como pueblo seguirá elaborándose, creo, durante décadas, porque necesitamos explicarnos cómo es posible que tantos hayan creído que el dueño de una fortuna birlada al Estado, de prosapia mafiosa, que tiene la compulsión de cagarse en cada ley que se le cruza —yo creo que prefiere no manejar porque le cuesta respetar un semáforo rojo—, podía ser un buen Presidente. (Adelanto una respuesta posible: porque los medios grandes hicieron una tarea fenomenal persuadiendo a muchos de que Macri era mejor que la alternativa, que ni siquiera era el kirchnerismo sino, en el mejor de los casos, una versión lavada. Para demasiada gente, el peor de los antiperonistas sigue siendo mejor que el más light de los peronchos.)

Macri definió su perfil tan pronto asumió, pero ni siquiera así sus votantes advirtieron, o quisieron ver, la que se venía. En su primer DNU —publicado en el Boletín Oficial el 11 de diciembre, al otro día de su asunción: más rápido, imposible— premió a los medios grandes dándoles rienda suelta para hacer a piacere, a pesar de que su dimensión ya era peligrosa para cualquier inquilino de la Rosada, sea del color político que fuere. A continuación —todavía era diciembre de 2015— quiso meter en la Corte a Rosenkrantz y Rosatti, mediante un dedazo. El 6 de mayo del ’16 decretó, también por DNU, que volvía la caja negra a los servicios. El segundo semestre de Mugricio no habrá llegado nunca, pero el primero ya dejó en claro quién era y a qué venía: a co-gobernar con los poderes establecidos, a espiar a tirios y troyanos como reaseguro personal, a perseguir a quien se le opusiese y a encarcelarlo — con la complicidad imprescindible del Poder Judicial.

 

 

La protesta contra el 2×1.

 

 

Un año más tarde —mayo del ’17— la «nueva» Corte quiso aplicar el 2×1 a los genocidas. (O sea, a aquellos que, entre otras cosas, habían torturado a niños para que delatasen a su padre.) Una marea humana puso freno a ese disparate. Sin embargo, la carga suicida, kamikaze, del Poder Judicial, no se frenó. Lo que la Corte, Py & Co. hicieron en esos años fue tanto o más impresentable que el 2×1: entre otras cosas, prolongar la prisión eterna de Milagro Sala, autovotarse como presidentes de la Corte, hacerse los giles respecto del Prófugo de la Nación Argentina Pepín Simón, dejar de excusarse en causas en las cuales debían excusarse, tolerar a los paddleros Hornos y Borinsky y los cuentapropistas Llorens y Bertuzzi, asaltar el Consejo de la Magistratura, consagrar al empresario Blaquier como un intocable, a Conte Grand como el Roland Freisler de la Gestapo judicial y permitir que Stornelli juzgue a Stornelli, al mejor estilo del meme de Spiderman. Liderado por esa Corte, este Poder Judicial se convirtió en algo más que una parodia de sí mismo: se convirtió en la perfecta inversión, y por ende en la negación, de lo que debería ser.

La actual Corte Suprema es peor que aquella de la mayoría automática menemista, porque en los ’90 condonaron con su firma o su aparente distracción el saqueo del Estado, pero que yo recuerde no fueron cómplices de una persecución política sistemática, como sí lo fue y sigue siéndolo el organismo liderado por Rosatti, Rosenkrantz & Co. ¿Quién le devolverá el tiempo perdido a aquellos que fueron presos injustamente? ¿Quién lavará la mala sangre que manchó las vidas de aquellos a los que la persecución infundada les quitaba el sueño y torturaba a sus familias?

 

 

 

 

Con este Poder Judicial, no hay democracia real posible. (Con este Poder Judicial, lo único posible es lo que se llama anocracia, un régimen formalmente democrático pero donde abundan los rasgos autocráticos.) En lo que llevo de vida —y hoy cumplo 60, meu Deus—, no he conocido más tenaz enemiga de la justicia que esta Justicia.

Hay quienes dicen que el tema del Poder Judicial no garpa, porque al común de la gente no le importa. En ese caso, quienes tenemos consciencia de su importancia deberíamos ayudar a que el pueblo entienda que la Justicia también incide en las tarifas y el alquiler que pagan, en los servicios públicos que reciben y los transportes que utilizan a diario, en la conectividad de la cual disfrutan o no, en su salud y su educación (o falta de ella, como faltan las vacantes en CABA), en sus condiciones de trabajo y demás derechos como laburantes, en el medio ambiente y en tantas otras cosas esenciales que hacen a la (calidad de) vida cotidiana. Deberíamos persuadirlos, apelando a las evidencias que desbordan el cuenco de nuestras manos, de que con otra Justicia sería otra vida. (O si prefieren ir por la negativa: de que este Poder Judicial es uno de los responsables directos de la situación de mierda que atravesamos.)

 

 

Art Spiegelman, el creador de «Maus».

 

 

A juzgar por la experiencia histórica, tarde o temprano la corporación judicial terminará pagando un precio parecido al que pagaron los militares, por su servicio a poderes foráneos y corruptores locales. A partir de los ’80, las fuerzas políticas, sociales y las organizaciones de derechos humanos necesitaron del Poder Judicial para llevar a los genocidas al estrado. (No olvidemos que el 24 de septiembre del ’83, cuando ya estaban claras las fórmulas que competirían en las elecciones, la milicada quiso restringir a la Justicia lanzando una Ley de Autoamnistía que impedía juzgarlos por todo lo hecho entre los ’70 y junio del ’82.) En consecuencia, los jueces se salvaron de que se les hiciera responsables de lo hecho y no hecho durante la dictadura. Es fácil comprender hoy las limitaciones de la circunstancia histórica. Pero también es inevitable asumir que la vista gorda hecha entonces conecta con el rol que Corte y jueces desempeñan en estos años. Si no se la hubiesen llevado tan de arriba, habrían sido más prudentes en el siglo XXI. Alfredo Yabrán, tan presente esta semana, decía que «poder es impunidad». ¿Y quiénes disponen de mayor impunidad que aquellos designados por ley para separar justos de pecadores — aquellos al comando de la maquinita de fabricar justicia… o su negación perfecta?

«Puede haber ocasiones en que seamos impotentes para prevenir la injusticia», dijo el escritor Elie Wiesel, otro sobreviviente del Holocausto. «Pero nunca puede existir la ocasión en que dejemos de protestar contra ella».

 

 

Elie Wiesel.

 

 

 

 

Doble Nelson

Esas son algunas de las razones por las cuales este martes, primer día de febrero de 2022, iré a Tribunales a título personal, como ciudadano, a ejercer mi derecho a peticionar a las autoridades. En este caso, a reclamar que esta Corte se haga cargo de su responsabilidad como parte de la maquinaria criminal que Macri puso en marcha durante cuatro años que nos arruinaron y seguirán arruinándonos durante décadas. (Y cuando digo arruinar no me limito al terreno económico. Arruinar, convertir algo en ruin, es lo que hicieron en todos los órdenes de la vida. Nadie se salvó de ser salpicado por la mugre con que esta gente envilece cada cosa que toca.)

Democratizar el Poder Judicial privaría a los poderes anti-pueblo de la herramienta que les permite hacer cualquiera —incluyendo cosas ilegales— sin pagar precio alguno. Tal como está, este Poder Judicial aristocratizante y negador de los derechos de las mayorías es garantía de impunidad para los más grandes criminales que operan en el país. Pero esta gente no puede depurarse a sí misma, del mismo modo en que los milicos no lo hicieron a comienzos de los ’80, aun cuando fingieron intentarlo. Por eso mismo, el pueblo debe expresar su demanda de un cambio sustancial, y hacerlo con una contundencia que ni los monitos sordos, ciegos y mudos de Clorín y La Micción puedan negar. Este Poder Judicial es un condicionante para la democracia, nos limita tanto como el sometimiento a la horca caudina del FMI. Cuando lo que urge es arribar cuanto antes a una democracia real, de alta intensidad, porque la emergencia es verdadera y de su resolución dependen nuestras vidas y las de las generaciones que vienen.

 

 

 

 

Nos guste o no, estamos embarcados en una circunstancia inédita en la historia de la humanidad. Al planeta se le está aplicando esa llave de catch que conocemos como Doble Nelson. Uno de los brazos que lo inmoviliza y presiona contra su nuca es la crisis política. Las democracias del mundo están siendo atacadas, boicoteadas desde adentro. Los sofistas del poder defienden el derecho a la sinrazón, a la brutalidad y eventualmente a la violencia, en nombre de la «libertad». Pero al mismo tiempo ponen límites a las libertades reales que no les gustan ni convienen. Yo que venía pensando en Maus, me enteré esta semana —la semana del Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, para más inri— de que una escuela de Tennessee acaba de prohibir el libro de Spiegelman: su junta educativa votó en contra del ganador del Pulitzer por unanimidad, 10 a 0. Lo mismo le está pasando a 1984 de George Orwell en Inglaterra. Las autoridades de la Universidad de Northampton etiquetaron el libro como «ofensivo y molesto», para condicionar a sus alumnos. Por supuesto, algunos que son rápidos para detectar la paja en el ojo ajeno subrayaron que en China se censuró el final de El club de la pelea, la ya clásica película de David Fincher. Pero el autor de la novela original, Chuck Palahniuk, se apresuró a agregar que gran parte de sus libros están prohibidos de facto en instituciones de los Estados Unidos como bibliotecas, escuelas y prisiones. Reivindicación de la violencia como derecho y oscurantismo cultural: muchos imperios cayeron por menos.

 

 

Ni siquiera Orwell se salva de la cancelación.

 

 

El otro brazo que inmoviliza y amenaza desnucar al mundo es la crisis climática. Un peligro que está en condiciones de producir en breve más víctimas que las dos guerras mundiales juntas. Y no existe forma de concentrarse en poner coto al calentamiento sin solucionar la crisis política. Los únicos gobiernos que estarán en condiciones de hacer algo contra el ¿mini? apocalipsis que supimos conseguir serán los democráticos, porque trabajan para el bienestar de las mayorías y tienen una mirada que va más allá de las fronteras propias, abierta a la cooperación internacional en la emergencia común. En cambio, los gobiernos que sólo defienden el interés privado y corporativo no tendrán modo de contener el reclamo de masas desplazadas, hambreadas y sedientas. Algo que un sector de los milmillonarios del mundo entendió, según se desprende de su pedido para que los gobiernos les aumenten los impuestos. Se ve que hay gente que percibió la popularidad en las redes del slogan Eat the Rich, que conecta el presente con la frase atribuída a Rousseau en 1793, durante la Comuna de París: «Cuando la gente ya no tenga que comer, se comerá a los ricos».

Siempre que los desastres se encadenan, las prioridades cambian — incluyendo, por supuesto, las económicas. Quién te dice: en diez o veinte años (¡o en cinco!), el FMI podría ser una institución al filo de la obsolescencia.

 

 

 

 

Uno de los libros del Antiguo Testamento y de la Biblia hebrea —el séptimo— se llama Jueces. No tiene nada que ver con la administración de justicia humana, porque allí se llama jueces a un cierto tipo de líder popular, no a un togado. (El legendario Sansón era uno de esos jueces, shofet en hebreo.) Pero lo que el libro cuenta ilumina nuestra circunstancia de todos modos. En Jueces hay una recurrencia, un patrón que se repite de forma inexorable. El pueblo (judío, en este caso) le es infiel a Dios, que frustrado por esa ingratitud se lava las manos y lo entrega a sus enemigos. El pueblo se arrepiente, clama por piedad. Dios se conmueve y le envía un campeón —un shofet— que lo libera y le permite prosperar. Pero pasado equis tiempo el pueblo vuelve a dar la espalda a Dios, incurriendo en iniquidad e idolatría, y el ciclo se repite, una y otra vez.

Si se me permite una paráfrasis laica, eso es exactamente lo que prueba nuestra experiencia histórica de las últimas décadas. Cada vez que le fuimos leales a la democracia real y conseguimos gobiernos que no eran siemple cáscara republicana, sino que co-gobernaban con el pueblo (que estaban atentos a las demandas de las mayorías, que las convocaban para sostener su voluntad en las calles), nos fue razonablemente bien a todos, incluyendo a los gorilas. En cambio, cada vez que optamos por el becerro de oro militar o elegimos gobiernos que le dieron la espalda al pueblo, que lo mantuvieron en la oscuridad respecto de lo que pasaba y negociaron con los poderes a puertas cerradas, nos fue como el culo.

De eso trata este momento. De un gobierno democrático que no encuentra cómo corregir un desequilibrio de fuerzas que perjudica al país; y de un pueblo que ojalá entienda que debe movilizarse para pesar en la balanza. La situación actual es un nudo gordiano, que la coalición gobernante no logra desatar con los dedos desnudos. ¿Qué otra herramienta puede intervenir drásticamente para aflojar el lazo que asfixia, que no seamos nosotros?

 

 

 

 

En La niña comunista y el niño guerrillero, Karina Zárate Manfil le refiere a María Giuffra un detalle precioso. Dice que una enfermera se dio cuenta de que los milicos retaceaban los calmantes a los niños acribillados, y procedió a mezclarlos con su comida, para que los recibiesen de todos modos. Esa mujer —una heroína anónima— desafió al poder establecido, puso en juego su pellejo; y apelando a su ingenio, aplacó dolores derivados de una injusticia. Imaginen lo que sucedería si los que desafiásemos al poder establecido, actuando de modo ingenioso, fuésemos muchos.

Vaya uno a saber. A lo mejor el martes nos enteramos.

Hay que asegurarse de que el ciclo maldito no se repita, como lo hace en el Libro de los Jueces. Somos muchos los que deseamos que nuestros hijos y nietos no formen parte de una nueva generación a la que se despoja de su infancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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