Escucha

El escándalo de un crimen institucional

 

«Hermano escucha, escucha… Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres, sin dejar eneros. Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo». (Espergesia, Cesar Vallejo)

 

Ahora, escuchar a los que fueron espiados.

El escándalo de las revelaciones sobre el espionaje carcelario muestra la pestilencia del crimen institucional, infectado dentro del aparato estatal, con lamentable compromiso de todos los poderes del Estado: nada se pudo haber llevado a cabo sin la máxima responsabilidad administrativa, y cuando menos, la inocultable complacencia del sistema judicial.

¿Es posible no escandalizarse frente a tanto baldón para la república? Sin duda que esto exige con urgencia una profunda revisión de todo un sistema con sus respectivas responsabilidades.

La gravedad de lo que pasó tiene reminiscencias del pasado violento que vivimos en los ’70, con la conocida apelación a tratamientos vejatorios, acompañado de clandestinas intromisiones a la intimidad sobre la vulnerabilidad de prisioneros, que vieron afectadas sus comunicaciones y hasta la confidencialidad con sus defensores. Muchas de estas impúdicas prácticas son huellas de ese pasado que todavía resisten y transitan en el presente. Y ello probablemente se nutra de la impunidad civil (y su herencia) del ultimo régimen de facto, que implementó en esos años una planificación de aniquilamiento de los derechos y las garantías individuales.

Desarrolló una cultura de la violencia que —como dijo el ex Presidente Raúl Alfonsín—, todavía nos tarasquea los tobillos.

El desprecio por la dignidad, que sin duda es el centro de gravedad de los derechos humanos, inevitablemente nos lleva a reflexionar sobre su conexión germinal con la identidad de esa dictadura que tuvo un fuerte compromiso de importantes sectores de la sociedad. Usar a las personas como medios para fines inconfesables representa la negación mas abyecta de la dignidad humana.

Este escenario nos muestra una situación de peligro que necesita respuestas urgentes por el futuro de la democracia y el Estado de derecho. Sería auspicioso para los tiempos que vienen que las colegiaturas de abogados y la propia administración de Justicia reaccionaran —como seguramente ocurre en democracias consolidadas— con vigor republicano.

Este terremoto que conmovió todo el Estado de derecho y llegó hasta los cimientos de la democracia, exige una medida extrema de saneamiento y que sus responsables se hagan cargo de semejante atropello institucional. Es indispensable la reconstrucción moral del sistema de justicia para que sea “parte de un todo y no un todo aparte”. Parafraseando a Cesar Vallejo, el Estado de Derecho estuvo enfermo.

 

 

 

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