FIN DEL AMOR CORTÉS

Evitar la respuesta en espejo, que el adversario no sea quien determine los modos de lucha

 

Amor no es lo opuesto a odio y viceversa. Lo contrario del amor es la indiferencia. El amor no correspondido no es amor, es enfermedad. El odio carece de antónimos. Mónada sin puertas ni ventanas, por si mismo emerge como baraja comodín cuando los argumentos se agotan y son reemplazados por los adjetivos, a su vez sostenidos en el prejuicio: no hay discursos de odio, hay discursos de clase. Con tal disfraz, la clase dominante propone ese juego especular (amor/odio, etc.) capaz de reflejar al infinito la maléfica, unívoca imagen autorreferencial (“espejito, espejito, quién es…”). Dispositivo ancestral del binarismo propio de los imperios (“ellos o nosotros”), se arrastra por  milenios a partir del cuerpo/alma en la bautismal división destinada a multiplicar el reino a través del control de los cuerpos. Sigue con la premisa básica de quien pega primero: poner la otra mejilla (“deberían pedir perdón”). Vence aquel que logra imponer la concordancia entre la práctica social y el discurso político: el modo de lucha.

En base a mensajitos amorosos, pretender solidaridad de la oposición no solo es ingenuo, es suicida.  Falsificación de la diversidad, la respuesta en espejo fortalece el discurso del amo, al tiempo que lo ratifica, tornándolo hegemónico. Reduccionismo psicologista al presunto albedrío individual: cuando se trata de la polis, las subjetividades se suspenden. Responder a quien se postula como amo con sus mismas herramientas y discursos es la primer señal de sumisión. Esa querella especular se asemeja más al reproche despechado del amorío adolescente que a la guerra fría de Reagan y Gorbachov. Reducido a una mera dualidad metafísica, la entidad amor/odio queda recluida al interior del templo, excluye todo canto por fuera del gregoriano y, lo principal: se vacía de sentido al quedar desfasado de las prácticas sociales.

Si hay una enseñanza histórica acerca de la construcción política, pasa precisamente por diferenciarse, elegir un modo de lucha (sus contenidos, espacio y tiempo) ajeno al del adversario y, en correlato, todo lo posible por fuera de su comprensión e intereses. En el último siglo, tres experiencias muy conocidas, exitosas y perdurables lo ejemplifican:

  • En 1943 el coronel Juan Domingo Perón requirió para si una hasta entonces oscura oficina burocrática. El Departamento Nacional de Trabajo administraba un área secundaria que el poder real controlaba con el talero del patrón de estancia y, en ocasiones díscolas, con el Remington encomendado a sus representantes uniformados. Convertida en Secretaría de Trabajo y Previsión, absorbió funciones y con ello territorio, población y discursos, hasta ese momento ninguneados por un poder con veleidades cortesanas europeas, creído del centralismo de palacio.
  • En 1977 comenzaron a girar en  torno a la Pirámide las Madres de Plaza de Mayo, horadando a su paso una sanguinaria dictadura, al tiempo que habilitaban la acción de diversos organismos de Derechos Humanos y la posterior regeneración del campo popular. Epopeya por todos conocida, hace redundante mas explicación.
  • Ya en el siglo XXI, el movimiento de mujeres irrumpe en forma masiva en la escena, produciendo un atravesamiento transversal en el conjunto del espectro político y la sociedad civil. Desarrollan formas organizativas novedosas mediante estrategias de acumulación alternativas, se inscriben dentro de sus propios ámbitos de producción y circulación, logran imprimir su impronta e imponer reivindicaciones impensadas hasta ese momento.

 

 

Desde sus peculiares espacios y reivindicaciones, ocuparon la función de la lucha de clases. Tiempos, momentos históricos y campos de aplicación muy diversos, los tres movimientos (peronismo, DDHH, feminismo) guardan en común su crecimiento desde los márgenes y una práctica política alternativa, exterior a los perímetros del templo y del palacio, allí donde deambula el universo plebeyo. Situados muy abajo en la escala de los intereses hegemónicos, la respuesta de la ideología dominante debió abrevar en la moral burguesa, cuando no en la represión, luego la violencia. La inserción en el territorio y la correlativa movilización en las calles como herramienta de construcción, acumulación y acción política ha sido y sigue siendo el factor ignorado más recurrente como expresión de clase, con la repugnancia como única reacción.

Armar desde los márgenes fuera de toda corporación, con un discurso dotado de propuestas propias, al mismo tiempo abjurando de cualquier ilusión comprensiva por parte de un adversario carente de las más elementales categorías empáticas, emergen como las pautas más evidentes. Así planteadas, también de una abstracción inoperante.

Quedan por resolver los rumbos factibles de acción. Más cuando surgen las paradojas de contar con una inserción paralizada dentro de solo uno de los poderes del Estado y una alta capacidad de movilización popular vacilante en el camino a tomar, aunque muy consciente de sus reclamos inmediatos. En momentos en que parece no haber margen para aplicar algo tan sencillo como la ley de góndolas, requerir del respaldo popular a ese y otros efectos como las pautas programáticas incumplidas, es cuestión de decisión política. También para las masas plebeyas, sabedoras de su capacidad para exigir la recuperación de su preminencia.

Incipiente manifestación inorgánica de lo anterior son las movilizaciones populares en todas las ágoras del país el 2 de septiembre último. Ya no es cuestión de amor y odio. Dista del dilema romántico tanto como del pretexto pragmático (si por ello fuera, San Martín jamás hubiese cruzado los Andes). El amor es para quien marcha a la par y canta las mismas consignas. El odio entorpece el entendimiento. Por eso se impone la decisión.

 

 

 

 

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