Homero Expósito inédito

Libro póstumo con sonetos del poeta de la canción

 

Alguna vez te hablé de Homero Expósito, el que padecía la enfermedad sagrada del espíritu: la imaginación. De la arquitectura de sus tangos te hablé, construidos con imágenes insólitas, como «un arco de violín clavado en un gorrión» (Óyeme, 1947); asombrosas, como unos «ojos de azúcar quemada» (Pedacito de cielo, 1942); perturbadoras, como estar «ya lista para el viaje que desciende hasta el color final» (Maquillaje, 1957). Esta vez, la invitación es otra: descubrir su tesoro escondido.

 

 

Esa tarde (la tarde)

Creo que sucedió en 2011. Estando en el departamento de Homero de la calle Lavalle, Nelly Expósito, compañera de vida del poeta, abrió el cofre: “Matías, estas son las carpetas que dejó Homero, miralas, quizá haya algo interesante a publicar”. Abrí la primera, saltaron a mis ojos poemas sueltos, borradores de letras, fotografías, partituras, recortes de diarios y revistas. Lo mismo sucedió con la segunda, tercera, cuarta carpeta, y entre tanto oro, prolijamente anillado, aunque sin título de tapa, un poemario de treinta y dos sonetos. Le eché una lectura rápida. “Nelly, acá hay algo; –dije– los llevo a casa para estudiarlos”. Esa tarde subí al bondi levitando, llevaba en la mochila la obra inédita del poeta, su memoria dormida. De pronto, como quien recibe una pedrada de sol en la frente, me sobresalté al recordar una vieja entrevista en la que Expósito hablaba de un libro de sonetos inéditos: “Lamentablemente no tengo editores humanos que lo banquen, quizá lo hagan los perros vagabundos unidos”. Llegué a casa, me encerré en la pieza, leí al azar uno de los sonetos, pegué un salto y grité: ¡¡Los papeles de Homero!! Besé la hoja y, créemelo, la acerqué al oído para saber si algo de Homero respiraba.

 

Esta misma impotencia que yo siento,

esta sed en el mar, esta inclemencia,

este tiro en la nuca de tu ausencia,

esta falta del aire contra el viento…

 

Este rigor tan cruento, este tormento

que me afloja las manos de impotencia,

te ha de pesar igual en la conciencia

con el mismo consciente sufrimiento…

 

Esta impotencia de vivir amando

y esto de amar amante un imposible

convierte en nunca la palabra cuando

 

y aprieta la garganta más sensible…!

(ya has de sentirle el gusto amargo y blando)

de soledad sin luz y sin fusible.

 

Si Expósito está entre tus letristas queridos, seguramente ya reconociste su voz poética: el tiro en la nuca de tu ausencia; el tan cruento, este tormento, o eso del gusto amargo y blando, son giros frecuentes, sellos de agua en su obra cancionística.

Sigo. A medida que avanzaba la lectura, asomaban más y más juegos verbales: aliteraciones (figura retórica de dicción que consiste en la repetición de uno o varios sonidos dentro de una misma palabra o frase); paranomasias (recurso fonético que consiste en emplear palabras que tienen sonidos semejantes pero significados diferentes; largos encadenamientos de rimas internas: Esta lastimadura que me dura / y me augura torturas con tu ida / y me apura la vida por la herida / y supura ternuras de ala pura”. Y demás señas del cultismo que me permitieron comprender que el conjunto de esos textos gravitaban en la fronda verbal, en la búsqueda de la pieza fonética, siguiendo la órbita de los barrocos del Siglo de Oro español: Góngora, Quevedo, Lope de Vega, asiduos a los juegos lingüísticos donde exudan los artificios, prima el ingenio, reverbera la “forma” por sobre el “fondo”, el “sonido” por sobre el “sentido”. ¿O no lo crees así?

 

A tu dolo, dolido!, esta dolora

que me duele doliente, que me duele!

muela moliente que moliendo muele

la noche anochecida hasta la aurora.

 

Molino molinero de la hora,

no tu dura envoltura me desvele

hasta el sol más insólito que suele

dormirme con su caja de Pandora!

 

Un no dormir, adormecido y terco,

que me apura en la oreja tu aventura

que salta –casi oveja– por un cerco…!

 

ay mi dolor dolido que supura

cuando a la anchura del adiós me acerco

con la más dura desventura pura…!

 

Al finalizar la lectura pensé: ¿qué mano lo llevó a saltar el cerco de la cancionística para entrar al territorio del poema para ser leído? ¿Se cansó de ser puramente un poeta de la canción? ¿Quiso demostrar que su espíritu era mucho más que un cúmulo de versos cantables? ¿Le ganó la vanidad del artista que todo lo puede?

 

 

 

El aprendizaje del soneto

Brevemente, digo que el soneto es una composición versal que está constituida por versos de arte mayor, generalmente endecasílabos (los hay alejandrinos) distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos con su juego de rimas. Posiblemente, el arte de sonetear le llegó de la mano de las lecturas de los nombrados clásicos del Siglo de Oro español, sumando aquí a Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613); concretamente, de uno de los sonetos del poeta aragonés, Expósito tomará a modo de intertextualidad la frase ni es cielo ni es azul y el argumento de la “falsa apariencia” para crear con inmejorable solvencia una de sus mejores letras de tango: Maquillaje. Acá te suelto el de Argensola: A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa.

 

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,

que aquel blanco y color de doña Elvira

no tiene de ella más, si bien se mira,

que el haberle costado su dinero.

 

Pero tras eso confesaros quiero

que es tanta la beldad de su mentira,

que en vano a competir con ella aspira

belleza igual de rostro verdadero.

 

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande

por un engaño tal, pues que sabemos

que nos engaña así Naturaleza?

 

Porque ese cielo azul que todos vemos,

ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!

 

 

 

El Polaco y Stampone (1973).

 

 

 

Pero es innegable que en la figura de su padre Manuel Juan, encontró a su maestro: “Yo tuve primero el reflejo que tiene todo hijo de un padre: yo tenía que ser escritor. ¡El laburo que me costó escribir! porque yo empecé a los 12 años y a los 13 ya andaba arrimando cuartetas. Recién me empecé a agrandar cuando fui al colegio San José, ahí sí gané premios literarios y gané una disciplina; tanto es así que hoy puedo improvisar un soneto. Para mí la disciplina de escribir un soneto sirve mucho, fíjate que para la canción que escribimos nosotros, sobre todo para lograr una síntesis, el soneto es una barbaridad. No puede un tipo escribir un tango, si no escribe un soneto”.

 

Manuscrito de Homero. Archivo Nelly Expósito.

 

 

Asomándome nuevamente y de manera breve a su producción letrística, señalo que, de las posibilidades y búsquedas que permite el soneto, le nació la milonga Silencioso, obra prácticamente desconocida. ¿Es éste el primero de la historia musicalizado en tango? Uno de los manuscritos de Homero data de 1966, aunque está registrado en 1984. No sería nada extraño adivinar en Silencioso una nueva e inesperada irreverencia del poeta, si el cómplice es Astor Piazzolla.

 

Ay…!, éste pueblo triste me parece

un río desbordado y silencioso

que arrastra sin alardes un penoso

cargamento de vidas cuando crece!

 

La fuerza que así tiene, lo adormece

y lo pone pesado y cauteloso,

pero entiéndase bien que es caudaloso

y ofrece resistencia si se ofrece.

 

No cobrando el trabajo del ajeno

me hace acordar, ay sí, del hombre sano…

Ay…!, este pueblo triste noble, y bueno

 

que se deja llevar por una mano!

crece tan silencioso, tan con freno

que debe hacer temblar a los tiranos!

 

 

 

La cantora costarricense Marianela Villalobos, Nicolás y Alejandro Guerschberg:

 

 

El libro póstumo.

 

 

 

En síntesis: el libro ya está en la calle, y es parte de la colección Mandrágora Porteña de la Editorial Milena Caserola. La edición se completa con manuscritos de puño y letra, un retrato del poeta realizado por Hermenegildo Sábat, y un puñado de otros textos inéditos cercanos al tango y la ciudad, como este Super Market que huele a Discépolo, por tanto, nunca perderá actualidad.

 

No!, no se vaya Ud., que hay para todos!

Llévese Ud. la culpa de su error.

Mi súper-market vende el acomodo!

–Aquí se vende todo, hasta el honor!–

 

No!, no se vaya usted, viva a su modo.

Compre el sibaritismo de un color!

Aquí ha de hallar hasta el color del lodo

que le quede mejor a la nación!

 

La verdad lleva piel y sobretodo

porque es más cierta la comodidad!

No!, no se vaya Ud., que hay para todos!

 

–Claro que es una vida, nada más!–

Aprovéchela bien, empine el codo

pero también pregunte: “Adónde va…?”.

 

Si la querés seguir, te paso el dato de otros dos libros de Expósito: Milongas de John Moreyra (1968), Editorial Freeland; Homero Expósito: cancionero (1978), Torres Agüero; Vida de perro (2006), Corregidor. Y por la módica suma de un abrazo en cualquier esquina, va también el disco del Negro Falótico: Primero, después y al fin. A disfrutarlo

¡Hasta la Victrola Siempre!

 

 

 

 

Más libros de Expósito.

 

 

 

 

 

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