Inta bucca

De La Doce a Marcelo Villegas, todo tiene que ver con todo

 

Arlt

Si existe un buceador en la vida popular y los bajos fondos de Buenos Aires es Roberto Arlt. Es el autor de dos aguafuertes, “Silla en la vereda”, en la que aparece la imagen de un barrio periférico y “Hablemos de los hinchas”, reflexión precursora de La Doce. No es infrecuente que la distracción de la teoría política sea zanjada por la literatura. “Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo qué tienen todos estos barrios!” La retórica robertiana es inconfundible, incluso si se desconoce la existencia de Arlt. “Tan necesario es que los hinchas de un mismo sujeto se asocien para defenderse de las pateaduras de otros hinchas, que dicha necesidad originó las que llamamos barras de hinchas, y que son escuadrones rufianosos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos, barras que como expediciones punitivas siembran el terror de los stadiums […]. Estas barras son las que se encargan de incendiar los bancos de las populares […] invaden la cancha para darle el ‘pesto’ a los contrarios, y en determinados barrios han llegado a constituir una maffia, algo así como una camorra”.

Entre 1915 y 1925, la hinchada de Boca fue dirigida por José Stella, alias Pepino “El Camorrista”. Según Gustavo Grabia (La Doce, Sudamericana, 2015), las barras se consolidaron a mediados de la década del ’60 y a partir de ahí empezaron a ser apoyadas tanto por la dirigencia de los clubes (se incrustaron en su vida institucional) como por los partidos políticos. A mediados de esa década, la barra de Boca institucionalizó la violencia y la organizó como herramienta para hacer negocios. En ese entonces, la barra estaba al comando de Enrique “el Carnicero” Ocampo. Pero para los fines de este aguafuerte, la temporalidad que interesa arranca a fines de la década del ’70, cuando El Abuelo –José Barritta– le disputó el comando de La Doce al Carnicero. El primer acto se desplegó en Rosario porque Boca jugaba contra Newell’s. El Abuelo se agarró con El Carnicero, ayudado por un grupo de “obreros metalúrgicos que respondía a Lorenzo Miguel. Fue la última batalla de La Doce sin armas de fuego” (Grabia, p. 32). El segundo se dio en La Boca en junio de 1981. La Federal había encarcelado al Abuelo como consecuencia de un acuerdo entre El Carnicero y Martín Benito Noel, presidente del club. Con el encarcelamiento se libró una guerra con armas de fuego entre la barra del Abuelo y la del Carnicero. El grupo del Abuelo se enfrentó también con la Federal para liberar a su líder. Y mientras Boca jugaba contra Independiente, el paravalanchas mayor de la Bombonera fue ocupado por la nueva conducción. Con esa disputa empezó el ciclo de la violencia armada de La Doce.

 

 

La barrita

El Abuelo es una figura de la mayor relevancia porque activó el negocio de la violencia continua para controlar personas, actividades y cosas. La violencia se aplicaba a enfrentamientos con otras barras. Esta es, acaso, su manifestación más descarnada. A lo largo de los años dejó varios asesinatos a manos de La Doce, pero una cantidad exigua de acciones penales, lo cual demuestra los vínculos de la barra con el Poder Judicial. El negocio de la violencia tenía otra declinación hacia adentro del club, puesto que los futbolistas le pagaban a La Doce un impuesto por la protección –de la propia barra– y el aliento en la cancha. Otro impuesto extorsivo se imponía a los concesionarios de los puestitos de comida ubicados alrededor de la Bombonera los días de partido, mientras que las calles adyacentes eran transformadas en estacionamiento pagos. Otro rubro de este negocio de la violencia era la reventa de entradas.

José Barritta nació en Spilinga (Calabria) y vino a la Argentina en 1955. Su familia se instaló en La Boca y luego en San Justo. Spilinga es el territorio tradicional de la famiglia Accorinti-Fiammingo, satélite del clan Mancuso de Limbadi. Mancuso es una de las siete ‘ndrine que deciden los lineamientos políticos mayores de toda la ‘ndrangheta y no es ajena a la ruta argentina. Posee intereses comerciales en Puerto Madryn, desde donde salen hacia Europa cargas de cocaína escondidas en containers de “camarones y pórfido”. En septiembre de 2014, Pantaleone Mancuso fue detenido en Misiones mientras trataba de entrar a Brasil con 130.000 euros en efectivo. Entre 2013 y 2014, la Direzione Centrale per i Servizi Antidroga (DCSA) interceptó en Italia 1.500 kilos de cocaína provenientes de la Argentina que habrían salido de los puertos de Madryn, Buenos Aires y Zárate (Nicola Gratteri/Antonio Nicaso, Oro bianco, Mondadori, 2015).

Nacer en Calabria no implica tener pasaporte de mafioso, pero las formas cognitivas y prácticas de Barritta aceptan ser calificadas como tales. Las mafias son poderes territoriales que explicitan su control sobre personas, actividades y cosas. Su herramienta de trabajo es la violencia, que no les sirve para horadar las relaciones con el Estado ni con sus representantes (o en general con las instituciones), sino para mejorarlas. La violencia mafiosa no es usada ni como forma de protesta ni de rebelión, sino como medio para obtener beneficios que sería imposible conseguir por medios legales y, por más que quienes la perpetran la nieguen, hace latir el corazón de estas organizaciones criminales. En un dictamen del juez César Quiroga de julio de 1994, consta que El Abuelo declaró haber liderado La Doce durante trece años “siendo sus funciones la de llevar la paz” (Grabia, p. 83).

  

 

Las dos sociedades

Las consideraciones de Arlt son ratificadas en una entrevista del inefable Baby Etchecopar con Rafael Di Zeo. En el minuto 3,56 Etchecopar dice: “Las estructuras mafiosas no son mala palabra, son estructuras de poder. Y hoy por hoy las barras bravas son estructuras mafiosas”. Consideraciones que es preciso sofisticar. La mafia calabresa –hoy grupo empresarial globalizado– tiene una estructura doble, conjunción de la società minore y la società maggiore. La mayor tiene un perfil criminal-empresarial; la menor, criminal-militar. La primera entiende al Estado (y en general a las instituciones) como una estructura a colonizar para maximizar poder y negocios y para legalizar a la propia organización criminal. La segunda lo entiende como un enemigo porque la estatalidad con la cual se enfrenta –cuando no la compra– es la fuerza policial. El Abuelo le dio a La Doce la forma de la società minore.

En el entramado de poder del Abuelo revistaba Santiago “El Gitano” o “Cabezón” Lancry, su lugarteniente, quien trabajó para Carlos Bello, el dirigente radical más importante de La Boca que durante los años ’80 había sido presidente de la Comisión de Deportes y Turismo de la Cámara de Diputados. Lancry puede ser considerado el articulador de La Doce con el mundo de la política. El negocio de la violencia de La Doce se empalmó con la política en 1987: “Mientras reportaba a Enrique Nosiglia [el Abuelo] apostaba todas sus fichas al justicialismo bonaerense” (Grabia, p. 58). Esas relaciones se espesaron al año siguiente: “Mientras se realizaba la interna presidencial por el justicialismo, Cafiero apostó […]: desembolsar fondos para tener de su lado a la barra de Boca. […] La Doce hizo flamear una bandera […] con la leyenda ‘Cafiero presidente’ […]. De cualquier manera, La Doce jugaba a dos puntas: también le hacía lugar a […] Aldo Rico” (Grabia, p. 58). Y cuando Carlos Menem le ganó a Antonio Cafiero se alineó con el incipiente menemismo. Jugar a dos puntas se explica porque las mafias son poderes ideológicamente pragmáticos.

En cuanto a Enrique Nosiglia, “cuando dejó la Casa Rosada, no se alejó del poder: alimentó sus contactos con la SIDE […] El Coti, tras la muerte de Carlos Bello, había tomado el padrinazgo político de Santiago Lancry […]. Tener a La Doce bajo control propio en un año electoral era un tema clave. Y Nosiglia […] puso a comandarla al Gitano” (Grabia, p. 102). Era 1993. Lancry puede ser pensado como un integrante de la sociedad menor y Nosiglia como uno de la mayor. Ampliando el ángulo de toma, cuando Macri decidió disputar la presidencia de Boca, entró en contacto con distintas agrupaciones que gravitaban en el club. Una de ellas era “Por un Boca mejor”, fundada por Nosiglia.

 

 

Di Zeo

Otro hincha caracterizado de La Doce de Barritta fue Rafael Di Zeo. Tuvieron una historia en común ligada a la Fundación El Jugador Número Doce, órgano creado por El Abuelo en 1990 para blanquear los fondos ilegales que recaudaba la barra. La fundación estuvo en actividad hasta 1994, cuando fue inhabilitada por la Justicia. En 1997, El Abuelo fue condenado por asociación ilícita y extorsión a trece años de prisión por las actividades desplegadas desde la fundación. Su sede quedaba en Lugano, en el domicilio de Rafael Di Zeo, y éste oficiaba de prosecretario. Argentino de ascendencia napolitana, Di Zeo heredó la tradición del Abuelo. Asumió la jefatura de La Doce en 1996 y la gobernó por una década, casi durante el mismo período en que Macri presidió el club (1995-2008). En 1994, luego del fin de ciclo del Abuelo, en La Doce reinó el desorden. En 1995 Lancry se ocupó de ordenarla y antes de que Di Zeo se apoderara del paravalanchas central de la Bombonera hubo un acuerdo de partes entre ellos. Con El Rafa las relaciones de La Doce con los poderes se ampliaron.

 

 

Rafael Di Zeo, líder de La Doce durante una década.

 

 

En un reportaje de la BBC sobre violencia en el fútbol, Di Zeo enfatizó que la barra hacía trabajitos para distintas fuerzas políticas e hizo gala de sus contactos con Raúl Alfonsín y Menem. Tal como señaló oportunamente Horacio Verbitsky, entre otras cosas, se le secuestró “una foto con Carlos Menem en Anillaco durante la campaña electoral de 2003”. Esas relaciones conciernen también a una parte conspicua del actual Poder Judicial pro-cambiemita, como Carlos Stornelli, quien fue uno de los invitados al casamiento de Di Zeo en 2005. En 2007 fue elegido por Macri como integrante de una comisión de Seguridad del club, junto con el juez Ariel Lijo, los fiscales Raúl Pleé y Gerardo Pollicita. Boca emergió también en las conversaciones entre el falso abogado Marcelo D’Alessio y el empresario extorsionado Pedro Etchebest: “No te olvides que Carlos [Stornelli], el que vos viste, es Macri puro, es Angelici puro”. Existe una presión política para que las causas judiciales que comprometen al macrismo se traten en el laberíntico Comodoro Py. Una porción significativa de esos tribunales se autonomizó respecto de la vida en común y la Constitución. La politización de la Justicia significa haberse dejado colonizar por poderes con intereses particulares y la permanente dilación (cuando no inmovilización) de los conflictos judiciales de esos poderes.

La tradición heredada por Di Zeo concernía obviamente al negocio de la violencia armada contra otras barras. Cuando esta se desbordaba, era preciso dar una mano a La Doce y a sus integrantes más prestigiosos intercediendo con los jueces amigos (hinchas de Boca). En mayo de 2000, en el contexto de la Copa Libertadores, el jugador José Horacio Basualdo “acompañado de [Rafael] Di Zeo y del abogado Marcelo Rocchetti […] llegaron hasta la Sala V de la Cámara del Crimen para reunirse con […] el juez Mariano González Palazzo, vocal de Boca en el Colegio de Árbitros de la AFA. Supuestamente el pedido fue que intercediera con sus colegas de la Sala I, los mismos que días atrás habían eximido de prisión a Fernando Di Zeo” (Grabia, p. 126), hermano y mano derecha de Rafael. El penalista Rocchetti patrocinó a Rafael Di Zeo en 2006 y también al comisario Cayetano Grecco, responsable de la Comisaría 24 de La Boca. Esa conjunción demuestra la relación entre la Policía y la barra. En la entrevista, cuando Etchecopar pregunta: “¿Rocchetti es tu abogado?”, Di Zeo le dedica un pasaje al penalista: “Es un amigo más que un abogado. Yo lo conocí en Boca en la época que ganó Mauricio” (min. 15,55). En 2008, Macri nombró a Rocchetti jefe de Seguridad de la Legislatura porteña, sobre la base de una sugerencia de Cristian Ritondo, entonces a cargo del cuerpo legislativo. Y más recientemente, el penalista revistó como jefe de Gabinete del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, conducido por el propio Ritondo, durante el gobierno de María Eugenia Vidal. Actualmente es el abogado defensor de Marcelo Villegas, el ministro de Trabajo Gestapo de Vidal.

 

Marcelo Rocchetti, abogado y amigo de Di Zeo.

 

  

Serviciales

En la resolución judicial FLP 14149/2020 emitida en junio de 2020 por el juez Federico Villena de Lomas de Zamora “se investiga […] a una organización criminal con inserción en el Estado nacional, provincial y local, cuyos integrantes, cumpliendo diferentes roles estratégicos y valiéndose de su calidad de funcionarios y/o empleados públicos y agentes y/o dependientes de las Fuerzas de Seguridad y/o de la Agencia Federal de Inteligencia, habrían llevado a cabo distintas maniobras ilícitas de carácter indeterminado y realizado tareas de inteligencia y/o espionaje” (p. 3). En ese escrito, además, consta cómo el ex jefe de Operaciones Especiales de la AFI, Alan Ruiz, y la directora del área de Documentación Presidencial del gobierno Macri, Susana Martinengo, declararon sobre la relación que tuvieron con los servicios y Di Zeo. Cuando Martinengo estaba lanzando su candidatura a diputada por La Matanza en la lista cambiemita fue a un departamento de la AFI en Mataderos. Jorge “El Turco” Sáez (ex inspector de la Policía de la Ciudad y ex agente del Servicio Penitenciario) y Leandro Araque (ex policía de la Ciudad) le presentaron al jefe de La Doce: “Yo estoy en esa reunión y me entero que viene Di Zeo. Yo no lo conocía, pero fue a hablar con los chicos. Ellos le dijeron que yo quería ser diputada y él dijo que me apoyaba […]. Eso fue en el año 2018 o 2019” (FLP 14149/2020).

En síntesis, la teoría del “todo tiene que ver con todo” es menos una frase hecha que una realidad palpable, que Arlt reconoció hace ya casi un siglo.

 

 

 

 

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