La danza de Xi y Trump

Ambos líderes buscan una coexistencia estratégica

 

La diplomacia y las relaciones internacionales pueden ser tierra fértil para la hipocresía, o al menos para los dobles discursos. Por un lado, es crucial defender un mundo de reglas y de relaciones diplomáticas aun cuando no haya coincidencias, para priorizar llegar a un punto de encuentro. Pero, al mismo tiempo, se puede aparentar acordar en muchas cosas aunque se piense o actúe en sentido contrario.

El gobierno de Donald Trump dijo muchas veces (la Casa Blanca, el Pentágono, el Departamento de Estado, el Comando Sur que patrulla América Latina y el Caribe, incluso el Capitolio bipartidista) que el gobierno chino y el PCCh actúan de manera “maligna” y son una “amenaza” a su seguridad. El gobierno de China, por su parte, expresó también repetidamente que debe trabajarse en la cooperación y el multilateralismo, en el respeto a la Carta de Naciones Unidas, y dejar atrás la “mentalidad de la guerra fría”.

Más allá de esa esgrima verbal entre Washington y Beijing, este año los Presidentes Trump y Xi Jinping intercambiaron dos visitas de Estado a sendas capitales y a pura sonrisa, en las cuales las dos mayores economías del planeta intentaron atenuar diferencias para una coexistencia estratégica.

Estados Unidos puede seguir insultando a China (como, por ejemplo, hace su embajador en la Argentina), pero Trump le tendió a Xi en la visita a Washington del 24 y 25 de septiembre la alfombra roja más reluciente y toda la pompa.

Por cierto, en la visita del líder estadounidense a Beijing en mayo, también el gobierno chino desplegó su atávica capacidad de anfitrión. Trump, a quien no lo caracteriza la humildad, no podía hacer menos.

La agenda bilateral es bastante clara: la guerra comercial iniciada por Estados Unidos, el acceso a tierras raras y minerales esenciales; las competencias en materia de Inteligencia Artificial y una carrera tecnológica que está transformando rápida y radicalmente al planeta; y, aunque no es un tema bilateral pero sí urgente para el mundo entero, las guerras en Ucrania y Medio Oriente.

Como cabía esperar, no hubo definiciones en ningún asunto, con la excepción de una prórroga hasta enero de 2027 del último esquema de aranceles para el intercambio comercial.

Sí hubo pronunciamientos en favor de lo que podría definirse como una cooperación estratégica, que dé un marco de estabilidad al vínculo al menos a corto y mediano plazo. Para Trump, los tiempos son más cortos: tiene en noviembre elecciones de medio término que no le pintan bien y no puede ser reelecto. Xi, y China, trabajan en plazos muchos más largos.

Como tema particular, China volvió a plantear el sensible tema de Taiwán, reclamando que Estados Unidos “mantenga su postura correcta” y “en contra” de los afanes independentistas de algunos sectores de la isla.

 

América Latina

Algunos análisis plantean una mirada anacrónica según la cual Washington y Beijing negociarían “zonas de influencia”. Pero, al contrario, lo que surge de las posturas chinas es una mirada nueva y global sobre las relaciones internacionales del siglo XXI, donde –al igual que plantea el BRICS, pese a sus diferencias– lo que resultaría sería un mundo sin hegemonías, multipolar, de respeto a la diversidad y de futuro común, cooperación mediante.

Aun así, es cierto que China camina con cuidado sobre América Latina y el Caribe, tratándose de una región históricamente estratégica para Estados Unidos, que vilmente la considera su “patio trasero”. Eso no significa que China esté pensando ni mucho menos en retirarse del área donde han arraigado grandes inversiones a todo su ancho, desde el puerto de Chancay en Perú hasta las plantas automotrices que llegan a Brasil.

Es verdad que la mayoría de los países latinoamericanos está hoy inclinada a la ultraderecha y a simpatías con el trumpismo, pero aun en los casos más extremos, como el de la Argentina, se afianzó el comercio con China o se mantiene la cooperación financiera. Sí es verdad que se detuvieron inversiones estratégicas.

En tanto pudo, China ayudó a países agredidos por Estados Unidos como Cuba o Venezuela antes del secuestro de su Presidente Maduro. Pero es prudente en un terreno difícil, porque el repliegue global del país norteamericano fue en paralelo al despliegue sobre América Latina y el Caribe, región (con todos sus grandes recursos naturales) a la que busca retener como propia. En el caso de Venezuela, el acuerdo petrolero presenta un problema para Beijing, por la deuda del país caribeño, que antes servía con hidrocarburos, esquema que deberá revisarse.

Para la región en conjunto, un pacto Estados Unidos-China es bueno porque atenúa las chances de nuevos sacudones en los precios de materias primas, cadenas de suministro y flujos comerciales, sensibles a cualquier alteración geopolítica. Claro que la extensión del acuerdo arancelario es de pocos meses y no despeja totalmente las incertidumbres.

Por otra parte, si Estados Unidos y China negocian mejoras comerciales, podría afectar exportaciones latinoamericanas hacia el mercado chino, como el caso de la soja o la carne de la Argentina o Brasil.

Un escenario particularmente negativo para el Cono Sur sería quedar atrapado en las luchas entre Estados Unidos y China, si estas no se frenan. Brasil, por ejemplo, tiene a China (como casi todos los países de la región) como primer socio comercial, y en plena y determinante carrera presidencial entre Lula y el trumpista Bolsonaro, Estados Unidos les aplicó una tarifa aduanera adicional de 25% a algunos brasileños.

En el caso de México, puede beneficiarse con nearshoring si las empresas estadounidenses siguen trasladando producción fuera de China, porque podrían ir a tierra mexicana. Pero por esa misma razón, a Washington le preocupa que empresas chinas utilicen México como plataforma para acceder al mercado estadounidense.

En definitiva, el impacto de las conversaciones Trump-Xi en América Latina depende de cómo evolucione la rivalidad entre Estados Unidos y China. Si es de distensión, favorece cierta mayor autonomía o margen de maniobra. Si no avanzan, puede haber ventaja exportadora hacia China, pero más presión de Estados Unidos contra los lazos sino-latinoamericanos.

 

 

 

* Nota publicada originalmente en DangDai, del cual el autor es codirector periodístico.

 

 

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