LA PESADILLA DE UNA CIUDAD SEGURA

Punitivismo, capacitismo y construcción del espacio público

 

La pandemia y el aislamiento social han traído, entre muchas otras cosas, una revuelta conceptual para términos como “cuidado”, “seguridad” y “salud”; revuelta que desde aquí, en las entrañas del proceso, resulta aún indescifrable. Sin embargo, ciertos eventos que llegan al debate público nos dan algunas orientaciones sobre la dirección que estas nociones están tomando. Y esa dirección es preocupante. Un modelo biomédico individualista y capacitista de interpretación de los cuerpos y sus experiencias resurge militarizado, legitimado como política de Estado e incorporado a través del punitivismo como modalidad del lazo social responsable. El poder terapéutico que ponía a “rehabilitar” a los cuerpos-déficit se empodera con el pánico viral, y permite aniquilar abiertamente a los débiles, impotentes o mediocres.

Uno de los últimos episodios que expuso este poder es el que tuvo lugar el 28 de septiembre pasado en el barrio porteño de Palermo, donde un importante contingente de policías abordó, armas en mano, a un hombre con un padecimiento en salud mental que circulaba por la vía pública sin armas u objetos en la mano, sin presentar riesgo inminente ni haber sido denunciado por nadie. Ante lo que evidentemente iba a percibir como una amenaza, dado su estado, sacó un elemento cortante. En el transcurso de pocas horas, un policía y el hombre en cuestión resultaron muertos como consecuencia de las heridas mutuamente infligidas. Muchas son las reflexiones y preguntas que podría y debería despertar este episodio y la ola de opiniones que le sucedió en medios de comunicación y redes sociales. En todos ellos, la idea de “seguridad”, la sensación de urgencia y el problema de la circulación por el espacio público resultan centrales, y vuelven a poner en escena aquella revuelta conceptual de la que somos a la vez testigos, víctimas y perpetradorxs. Entre otras cosas, debería alentarnos a interrogar: ¿qué es una ciudad segura? ¿Para quién es esa seguridad y quién paga su costo?

 

 

Espacios (no tan) públicos

Desde la perspectiva en discapacidad se ha observado que la construcción del espacio público se realiza con un diseño exclusivo para ciertas personas, ciertos momentos de la vida y ciertas formas de vivirlos. La ininterrumpida materialización del sistema capacitista, esta política que diseña el espacio y las oportunidades de vida en función de un cuerpo y una mente ideales, promueve como condición de participación la obediencia a ese obligatorio modo de ser y la vigilancia mutua para reafirmarnos dentro del sistema. El espacio público se revela como terreno de exhibición del capacitismo materializado en espacios, miradas, circulaciones, rituales y poses. De esta manera moldea a los cuerpos, les hace saber cuán cerca o cuán lejos están de su centralidad expulsiva. En cada circulación, en cada mirada, nos dejamos en claro mutuamente para quiénes esa ciudad es segura y para quiénes no.

Las demandas públicas también dejan en claro qué expulsiones nos deben escandalizar y cuáles, en cambio, deben aliviarnos: no está bien que una mujer de clase media no pueda salir a la calle de noche por temor a ser atacada por un transeúnte; pero ¿qué pasa con un joven proveniente de un barrio periférico, que tampoco puede salir por temor a ser torturado o baleado por la policía? ¿Y qué hay de una persona neurodivergente, que se expone al riesgo de que en caso de tener un episodio de delirio en la vía pública la única respuesta sean los disparos? ¿Tenemos las herramientas necesarias para percibir las conexiones entre estas distintas formas de “limpieza” del espacio?

El espacio público se revela así como un lugar para pocos, constituido a través de cada uno de nuestros actos de inclusión y expulsión. Las medidas de emergencia sanitaria pusieron esto en primer plano y hacen imposible seguir ignorando que lo que debería ser salud pública se escribe seguridad ciudadana, y se pronuncia represión.

 

 

Emociones punitivas

Son muchas las dinámicas y configuraciones emocionales que hacen funcionar a este drama de inclusión y expulsión que llamamos “ciudades seguras”. Una de sus mayores estrellas es sin dudas el punitivismo. La efectividad del punitivismo no está dada sólo por su promesa de disuadir o anular conductas, sino también porque está a la mano de todxs y ofrece el goce inmediato del castigo, la venganza y la violencia.

En la era de las vistas, comentarios, reproducciones y alertas de “último momento” repetidas hasta el cansancio, el punitivismo tiene de su lado la espectacularización. La densidad de esta espectacularización se considera prueba de legitimidad del castigo, y su masividad y anonimato anulan gran parte de sus incomodidades. Así como el género se constituye a través de la repetición y cita de actos performativos, la violencia que canaliza los reclamos de “seguridad” alcanza aceptación y normatividad gracias a esta iteración espectacularizada del castigo. Su éxito, lejos de ser azaroso, responde a lo que la académica australiana Sara Ahmed llama una política estructural de las emociones: rabia, odio, crueldad que, alimentadas culturalmente, se disponen para ser saciadas cuando se las recompensa mediáticamente. La estética sanguinaria del “fascinante fascismo”, al decir de la filósofa mexicana Sayak Valencia, es aliada con un neoliberalismo que domina las emociones y opone en un esquema binario a esos odios, crueldades y violencias versus una panacea de optimismo, superación y excelencia.

En esta combinación de punitivismo, cuerpos deslegitimados, espacios públicos expulsivos y régimen de seguridad, el capacitismo juega un rol clave, pues le otorga a la mirada una sensibilidad para detectar el índice de peligrosidad de un sujeto. El capacitismo, como habilidad policíaca sobre los cuerpos y sus expresiones, fiscaliza desde cada ciudadanx “honorable” el grado de normalidad/anormalidad de lxs demás, pero bajo la clave amenazante de la “peligrosidad”. De nuevo, el modelo biomédico trae esta facultad de asignar al cuerpo atributos que en realidad son relaciones. La discapacidad no “está” en ningún cuerpo sino que el entorno social es discapacitante; sin embargo, el poder terapéutico insiste en corporizar y hacer responsable a la persona de la desventaja externa. De igual manera, el “peligro” o la “inseguridad” no “están” en ciertos sujetos, ni siquiera en sus actos, sino en las relaciones sociales y en una milenaria historia de desigualdad y exclusión. No obstante, el aparato punitivo llega (tarde) para castigar individualmente a quienes fueron arrojados por fuera de ese sistema. El castigo hace su aparición a último momento, en el último escalón antes del precipicio, para sancionar a quien lo ocupa, porque ya debería haber caído hace tiempo. Bajo esta mirada, el peligro no es una estructura o circunstancia a impedir, sino un cuerpo a detectar.

 

 

Contra la falacia de la inmediatez

Capacitismo y punitivismo se fusionan así para incitar a la aniquilación de lo detectado como peligroso. El organismo incorrecto, la genética fallada, el desafío a las normas, el estar en un lugar que no nos corresponde, el haber quedado afuera. La exclusión y, en última instancia, la eugenesia, se ensalzan así como los métodos perfectos para alcanzar “ciudades seguras”. Su incansable repetición nos convence de la deshumanización ya perpetrada y nos deja libres de pecados para desechar subjetividades: pobres, inmigrantes, locos y deformes. Que “esa gente” no esté; mejor aún: que no exista. Se alcanzará la felicidad en forma de seguridad gracias al recrudecimiento de una limpieza de quienes han sido arrojados por fuera del modelo de “seguridad”.

La combinación de punitivismo y capacitismo tracciona la escena de violencia explícita hacia un futuro paraíso de seguridad y control, y le arranca cualquier reflexión sentida desde el afecto, la fragilidad compartida o el reconocimiento de la diferencia. Deforma el tiempo, instrumentaliza el caso aislado exigiendo respuestas inmediatas incapaces de ver más allá de esa escena también inmediata: ya, hoy, ahora tenemos a esta persona acá, que no debería estar. ¿Cómo hacemos?

Esta falacia de la inmediatez acalla la reflexión y condena (incluso moralmente) a cualquiera que ose dar un paso atrás e intervenir ya no sólo en relación con personas o episodios, sino en los procesos de larga data que nos han traído a donde estamos. Y que seguirán funcionando mientras les demos la espalda. La pregunta inmediata señala a los gritos la urgencia y el individuo, acusando de irresponsabilidad o complicidad a quienes proponen abordar la escena de otra manera: ya no con represión sino con salud mental, ya no con estigmatización sino con dignidad, ya no con necropolítica sino con maximización de las oportunidades de vida. Se alega que desvían la atención de lo importante, como si sólo lo inmediato pudiera ser importante; como si nadie se hubiera preguntado antes cómo hacer un mundo donde ese escenario no tenga lugar; como si no se hubiera respondido a esa pregunta de mil maneras distintas. Como si aquellas respuestas no hubieran sido igual de silenciadas que éstas, una y otra vez, creando esta urgencia que siempre parece repentina y sorpresiva. La ciudad segura, entonces, requiere no sólo un replanteo del espacio público, sino también del tiempo, el cuerpo, la política y el pensamiento.

 

* Publicado en LATFEM.

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