LA POLÍTICA ITALIANA NAUFRAGA EN EL MEDITERRÁNEO

Una coalición gris negra, de la derecha al racismo y el fascismo

La larga agonía de la izquierda italiana comenzó con la elección no-positiva del armado progresista de Pier Luigi Bersani (Partido Democrático, PD, con el 25%) que condujo a gobiernos de amplia coalición que incluyeron al Pueblo de la Libertad del eterno Silvio Berlusconi (21%) en el gobierno de Enrico Letta; y con una parte de aquel partido, pero sin Berlusconi, en los gobiernos de Matteo Renzi y Paolo Gentiloni. La muerte cerebral llegó con la derrota en el bastión de los bastiones, Siena, que desde la última elección tiene un alcalde de derecha, por primera vez en la historia de la República. Luego del efímero triunfo en las elecciones europeas de 2014, con el 41%, el grupo dirigente florentino del llamado Lirio Mágico de Matteo Renzi, llevó a la destrucción total al PD, heredero del Partido Comunista y de la izquierda de la Democracia Cristiana, que perdió todas las elecciones posteriores, incluyendo un referéndum sobre una reforma miserable y chapucera de la Constitución anhelada por Renzi.

En las elecciones políticas del 4 de marzo de 2018 el PD quedó reducido a un mísero 18%. Renzi retiró las tropas festejando con pochoclo, por más que la oferta de negociaciones formulada por el Movimiento Cinco Estrellas (32%) no parecía seria. En cambio, era más probable y natural que el M5 —partido fundado hace pocos años por el cómico Beppe Grillo contra la corrupción rampante de la política tradicional, pero a menudo con acentos populistas e incluso fascistas— se entendiera con la Liga de Matteo Salvini (17%). Esa ex formación secesionista del norte de Italia fue refundada por Salvini sobre una base nacionalista al estilo del lepenismo francés. Para formar el nuevo gobierno con el M5 la Liga tuvo que conseguir la bendición de Berlusconi, dado que su coalición Forza Italia (14%) mantenía un acuerdo electoral con la Liga. Berlusconi obtuvo para su partido el segundo cargo del Estrado (la presidencia del Senado para Maria Elisabetta Casellati) y, aun permaneciendo en la oposición y tranquilo sobre la suerte de su imperio mediático-televisivo que dejó en manos de su hijo Piersilvio, dio vía libre al aliado.

Nació así el llamado gobierno amarillo-verde. Amarillo por las Cinco Estrellas, y verde por el sol de los Alpes, símbolo folklórico de la vieja Liga Norte secesionista. En realidad, el amarillo es el color de los liberales y el verde de los ambientalistas y el gobierno se configura más bien como gris-negro. Gris por el movimiento 5 Estrellas, un contenedor vacío, que se define como ni de izquierda ni de derecha, y se acerca a la administración del país como si fuera un consorcio de propietarios. Como demuestra la experiencia desastrosa de los dos años en Roma de la alcaldesa Virginia Raggi, para gobernar bien y darle una perspectiva al país no basta con recurrir a slogans como «honestidad-honestidad». De hecho, quien provee esa perspectiva es Salvini, que ha llegado la Liga de políticas fascistas, bien negras, inspiradas en el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia y en la derecha anti-europea y autoritaria del húngaro Victor Orban.

Este gobierno que preside un desconocido profesor sin poder real (Giuseppe Conte), pero que en realidad maneja el vice-premier y ministro del Interior Matteo Salvini, mientras hasta ahora hay pocas huellas del otro vice-premier y ministro de Trabajo Luigi Di Maio, en su primera fase puso en el centro de la agenda la cuestión de los inmigrantes. Lo hizo cerrando los puertos italianos para el rescate de los refugiados, hecho sin precedentes y contrario a todas las reglas escritas o no del mar, y continuó la guerra a las embarcaciones de las ONGs declarada por el anterior ministro del Interior, Marco Minniti, pero la llevó a los máximos niveles sin ninguna oposición interna del Movimiento 5 Estrellas o de la Liga.

Se eliminaron los contrapesos que quedaban de un gobierno con la izquierda. Junto con la amenaza de Minniti de cerrar los puertos se produjo la cesantía del ministro de transporte Graziano Delrio. El partido debía definirse en Bruselas, pero Europa parece cada vez más frágil y la Unión que permitió 70 años de paz y de relativo bienestar, a partir del Brexit está en una grave crisis, también por los avances del llamado soberanismo de derecha, listo para levantar nuevas fronteras, nuevos muros y entregar a la maza de demolición también la moneda única, el euro, para satisfacción mal disimulada de Donald Trump y Vladimir Putin.

De los escombros de la izquierda emergen en Italia dos nombres que podrían generar esperanza:

Aboubakar Soumahoro, es un ítalo-marfileño, líder de un pequeño sindicato (USB) que defiende los derechos de los braceros, los nuevos esclavos, a menudo clandestinos, empleados en la cosecha de tomates y naranjas y en el cultivo en los campos del sur por la misma Italia que ahora con Salvini quisiera expulsarlos.

 

 

Soumahoro se hizo famoso y terminó en la tapa del importante semanario L’Espresso, luego de sus protestas y denuncias por el homicidio de un bracero de Mali, también sindicalista, Soumalya Sacko, asesinado en Calabria a comienzo de junio. Hace unos días, 2000 personas desfilaron junto con Soumahoro en Reggio Calabria.

Elly Schlein, europarlamentaria socialista de 33 años, obtuvo en diciembre pasado 2/3 de los votos en el Parlamento de Bruselas para un texto que reforma el reglamento de Dublin sobre pedidos de asilo y recepción de inmigrantes que llegan a Europa por el Mediterráneo. En contra votaron los conservadores, la derecha lepenista y el M5; la Liga se abstuvo. Al hablar en el recinto Schlein destacó las contradicciones del gobierno italiano y de los partidos que lo integran.

 

 

También es la organizadora de una movilización a la que han adherido muchos partidos, sindicatos, partidos, asociaciones y personalidades en todas las capitales de Europa para protestar en las plazas con barquitos de papel contra la actitud fascista de la derecha europea y en apoyo de su reforma que continuaría garantizando el imprescindible apoyo en el mar y el acceso al puerto seguro más cercano, pero que distribuiría a los inmigrantes entre los estados de la Unión Europea durante el periodo de solicitud de protección, que hoy son bloqueados en forma forzosa en el país de arribo, a menudo Italia o Grecia.

 

 

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