La trilogía del poder

Coordinación entre políticos, pensadores y ejecutores, clave para un Estado eficiente

 

¿Cómo se estructura un Estado eficiente que, llevando adelante con éxito su programa de gobierno, cumpla la función de servir a todos los integrantes de la sociedad?

Entendemos que para lograr estos objetivos, debe darse una interacción entre tres tipos de actores estatales.

 

1. 

En primer lugar están los políticos, los que promueven el programa de gobierno, los que marcan los objetivos a alcanzar. Estos objetivos pueden ser formulaciones más o menos generales, de amplio espectro, o más o menos detalladas. Buscando algunos ejemplos en nuestra historia reciente, podemos mencionar enunciados como los siguientes: “Buscamos la inclusión social, dar oportunidades a quienes menos las tienen”, o “el libre mercado ajusta automáticamente las variables económicas”, o “cuanto más chico el Estado, tanto mejor” o “debemos defender nuestra soberanía nacional”.

Estas directrices están basadas en ciertos valores generales de largo alcance. Quienes realizan estas formulaciones son, indudablemente los políticos, que plantean al pueblo sus “visiones” o “programas” y los someten al escrutinio popular que los acepta o rechaza por medio del voto.

Este grupo es, indudablemente, el eslabón central en torno al cual gira y se articula el poder estatal. Los integrantes de este grupo, junto con los miembros del Congreso, establecen las metas públicas de la Nación.

Pero los políticos, para ser eficientes, no deberían actuar de modo aislado: es necesario que las formulaciones ideológicas se inserten en una realidad histórica y geográfica, con una visión de largo plazo. Más allá de su función rectora, los políticos están sometidos a una presión que los obliga a resolver diariamente innumerables cuestiones, por lo que no les resulta fácil tener la perspectiva necesaria para cotejar sus ideas con este panorama más amplio, tanto histórico como de prospectiva y de localización.

 

 

2.

Esto nos lleva a la necesidad de que los políticos “actuantes”, con responsabilidad de gobierno, requieran inevitablemente de una segunda categoría de actores: los “pensadores”. Estos pueden ser simplemente pensadores solitarios o académicos, o integrantes de usinas de pensamiento (think tanks), o de fundaciones, ligadas a los partidos, como sucede en Alemania o a entidades sociales como la Iglesia, la Unión Industrial, la Sociedad Rural, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la CGT, etc.

Sin esta contribución, los políticos corren el riesgo de “perderse” en la maraña del corto plazo que requiere un ritmo de trabajo tan intenso que suele nublar el horizonte. Una relación fructífera de los políticos con estos “pensadores” ayuda enormemente a la formulación de políticas de largo plazo. Ayuda, también, a explorar y encontrar consensos e ideas comunes en los programas de partidos o movimientos afines, aunque no exactamente iguales. Son, en tal sentido, herramientas útiles en la conformación de coaliciones. Alcanzar este espíritu común resulta en general más fácil para los partidos de la derecha, porque la comunidad de intereses –maximizar el lucro– es más concreta y evidente. En la izquierda cunde en general un “hiper-ideologismo” casi bizantino que dificulta muchas veces lograr consensos. En ese sentido, la discusión de alto nivel en base a proyectos de largo aliento puede fomentar los consensos y evitar la dispersión de las preferencias de los votantes por razones bizantinas.

 

 

3. 

Pero al engranaje del poder le falta todavía otra rueda: la de los ejecutores de las políticas diseñadas por la conducción. En este nivel se ubican los integrantes de la burocracia estatal, que son quienes deben plasmar en acciones concretas las políticas del gobierno.

Este sector es de vital importancia, porque de los resultados de su accionar depende en gran medida el éxito o el fracaso del gobierno: en efecto, las mejores políticas, si no transforman positivamente la realidad del pueblo, conducirán inexorablemente a un fracaso de la dirigencia.

Aquí debemos marcar que las agendas gubernamentales son cada vez más técnicas y complejas. Ello requiere un alto nivel de expertise por parte de los burócratas. Lamentablemente esto no siempre sucede, al menos en nuestro país.

Este estamento burocrático requiere, hoy en día, de conocimientos técnicos muy específicos. Piénsese, por ejemplo, en la política sanitaria, o en la de obras públicas, o de desarrollo social, o de educación, defensa, trabajo, etc.

Lamentablemente, y salvo algunas pocas excepciones, la capacitación del personal del Estado depende mayoritariamente de la voluntad individual de aprendizaje del agente. El Estado no requiere, en general, de un nivel de capacitación previa a la contratación. Salvo el caso de las Fuerzas Armadas, del Servicio Exterior, del Banco Central, la capacitación depende del impulso individual o de loables iniciativas del sindicato de la rama correspondiente. Algunas iniciativas inspiradas en la experiencia de la École Nationale de l’ Administration (ENA) de Francia no tuvieron la necesaria continuidad.

Debemos tomar en cuenta, además, que los funcionarios de los niveles más altos de la Administración Pública no se limitan a cumplir instrucciones, sino que proponen cursos de acción a la conducción política en base a sus conocimientos y/o experiencias.

 

 

4. 

El trabajo coordinado de estos tres grupos humanos redunda, generalmente, en una mayor eficiencia del Estado.

En tiempos recientes hemos visto funcionar eficazmente a esta trilogía del poder, en la gestión de la pandemia de Covid-19.

Veamos: el Presidente definió que el principal objetivo a lograr es la preservación de la salud de los argentinos. En sus palabras, “de una mala economía se vuelve, de la muerte, no.”

Conforme a este postulado, contactó a los especialistas en epidemiología, que sugirieron medidas para minimizar el impacto del virus y medidas para preparar el sistema de salud y evitar su colapso.

Finalmente se instruyó a los operadores para que actuaran conforme a los lineamientos establecidos.

Como era de esperar, toda la acción del gobierno fue atacada por los sectores más talibanizados de la oposición, pero la realidad del avance de la pandemia y de las medidas tomadas para combatirla dieron por tierra con sus absurdas alegaciones, como la teoría de la “infectadura” o “el maligno propósito de dominar el cuerpo y el alma de los argentinos y argentinas”, etc.

 

 

5.

En definitiva, la acción coordinada de estos tres estamentos, el que define el “QUÉ HACER”, el que piensa el “HACIA DÓNDE” y el que se ocupa del “CÓMO LOGRARLO” conforma una fórmula imbatible en el camino hacia el logro efectivo del bien común.

 

 

 

 

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