Lo nuevo en lo de siempre

Salud financiera global y endeudamiento externo: similitudes y diferencias entre los '80 y hoy

 

Cuentan los que saben que una de las cosas que andan revoloteando en las urnas comiciales de este domingo, prestas a zarpar, se parece bastante al pájaro que salió al final cuando Pandora destapó el ánfora que contenía todos los males de este mundo, hasta entonces encapsulados e inertes. Eso sí: hay un matiz de diferencia en la similitud emplumada. Los griegos afirman que simboliza la esperanza de que las ignominias puedan ser conjuradas. Los argentinos quisieran que fuera el pájaro en mano de cien volando. A la bandada de pájaros la ven tipo película de Alfred Hitchcock.

La impresión que emerge cuando se sobrevuela la actualidad es que el presente de la sustancia política de la expresión nacional y popular encontró en la historia tanto su justificación como sus límites. De ahí que no sea nada sencillo saber de qué y a qué agarrarse en materia de superación de la retranca económica, condicionada por el endeudamiento externo, flor y truco pandemia mediante. La cuenta dice que es la tercera vez que nos endeudamos para desindustrializarnos y bajar el valor de la fuerza de trabajo. La primera vez correspondió a la dictadura genocida. La segunda fue durante los ’90. Tras sus lamentables cuatro años, Juntos (por la represión) continúa siendo la manifestación presente de esa corriente ideológica que nace con la nación misma y, tal como indica la lógica de las leyes del movimiento de lo que acaece, necesariamente como su negación.

En este plano, vale tener presente que más de un distraído cree haber descubierto con la grieta nuevamente la pólvora de la pelea de fondo argentina. Tanto la pólvora como la grieta llevan sus centurias entre nosotros. En rigor, la segunda desde siempre en la aventura humana. Unos siglos atrás –y haciéndose eco de ideas que andaban dando vueltas desde la Grecia clásica– un tal Baruch Spinoza buscaba la clave de lo que acontece. Al sostener que la determinación es la negación, entendía que la encontró. Tiempo después, otro sujeto –Georg W. F. Hegel–, puesto a la misma tarea, filosofaba que todo lo que nace merece perecer. Al amparo de esta dinámica, se colige que se perfecciona la integración nacional como sujeto histórico y en el mismo momento se ponen en marcha las fuerzas de la desintegración.

Así como esta temática cosecha distraídos, también colecta voluntariosos que manifiestan su convicción de que es cuestión de relaciones públicas y buenos modos para que el horizonte político no se agriete. Una cosa es no escalar el conflicto porque no es necesario, lo que hace al interés bien entendido de los trabajadores, y otra muy diferente someter al boludómetro a semejante estrés. En términos prácticos, la grieta deja de ser un problema político cuando el movimiento nacional toma conciencia de su papel histórico, actúa en consecuencia y como uno de los resultados, el tercio desintegrador de la nación permanece disperso y sin fuerza de alguna relevancia. Por lo visto, no es el caso actual. No obstante, que los obstáculos políticos y económicos sean muy difíciles de superar no significa que sea imposible superarlos. Particularmente, cuando esta es la vez número veintidós que entramos en componendas con el Fondo Monetario Internacional (FMI) desde que hace sesenta y cinco años nos asociamos al mismo. Si se quiere aprender lo que la historia quiere enseñar, posiblemente haya que tomar en cuenta lo experimentado en la década del ’80 –que tiene varios paralelos con la actualidad– para evitar caer en los mismos errores cuyas enmiendas pagó tan caro la sociedad argentina, que así y todo está lejos de haberse deshecho de esos pasivos.

 

 

Los billetes

En el vaivén que venimos atravesando, la única certeza es que mientras la salida sea en función de los intereses de las mayorías, todo bien. El hecho de que globalmente se hayan batido récords de impresión de dinero para atender la cuarentena tuvo sus efectos en el debate público, el cual desde hace décadas se articula en este aspecto en torno al mito de que el dinero se demanda por sí mismo, por sus propias cualidades. La coincidencia del empuje de los costos por la reactivación tras la pandemia –siempre y cuando el incipiente rebrote en los países desarrollados no pase de ahí–, traducida en lo que corrientemente se llama inflación, ha reforzado la tenacidad de los prejuicios acerca de la emisión como causa del alza generalizada y persistente del nivel de precios.

Los neoclásicos le han encontrado más propiedades al dinero que los naturistas al aloe vera. Por lo tanto, siguen creyendo –contra toda evidencia– que bastará con actuar sobre el dinero para remediar todos los males. La posición intermedia de Karl Marx luce bastante más adecuada. El dinero no es un elemento neutral ni un factor autónomo. Lo importante no es el dinero en sí mismo, sino lo que provoca como un equivalente general: la disociación de los dos actos constitutivos del intercambio, la venta y la compra; o sea: la negación del trueque. Corolario: en el mundo real no se vende para comprar dinero, se vende para ganar.

Y justamente la secuencia enunciada por Marx para describir el movimiento cotidiano de la actividad económica en el capitalismo: D – M – D’ (dinero-mercancía-dinero ampliado por el embolso de la ganancia tras la venta) posibilita relacionar orgánicamente lo monetario con lo real. Vincular los billetes con los avatares de una acumulación mundial en plena transformación tecnológica para identificar por dónde anda el interés nacional puesto a prueba por la renegociación de la deuda externa. Esto considerando en todo momento el rasgo liminar de que los capitales son plenamente móviles en el plano internacional. Hay que proceder con la mirada en la geografía mundial, porque eso significa que se localizan en los territorios en los cuales estiman que pueden embolsarse el beneficio promedio global en función de las ventas (y no de los bajos costos).

Comencemos por atender algunos hechos relacionados con el medio de la secuencia de Marx: la mercancía. Relacionémosla con el cambio tecnológico, que –aunque se tome su tiempo– siempre termina por abatir los precios. Para tener unos puntos de referencia, compárese lo que costaba un televisor cuando salió hace décadas con lo que cuesta ahora, más allá de lo evolucionado del artefacto. Lo mismo para la computadora de escritorio. Darse una vuelta por la actualidad y perspectiva de la Inteligencia Artificial (IA) resulta aleccionador en esta temática, por todo lo que abarca. El profesor Stuart Russell, una autoridad en la materia reconocida mundialmente, ante la pregunta del matutino inglés The Guardian (29/10/2021) acerca de si los investigadores de IA se han asustado por su propio éxito, respondió: “Sí, creo que estamos cada vez más asustados (…) Me recuerda un poco a lo que sucedió en física, donde los físicos sabían que existía la energía atómica, podían medir las masas de diferentes átomos y averiguar cuánta energía podría liberarse si pudieras hacer la conversión entre diferentes tipos de átomos”. Aleccionó que los expertos siempre enfatizaron que la idea de la energía atómica era teórica, “y luego sucedió y no estaban preparados”. Asimismo, alertó que “la comunidad de IA aún no se ha adaptado al hecho de que ahora estamos empezando a tener un impacto realmente grande en el mundo real” y señaló que “el progreso en la IA es algo que tardará un tiempo en suceder, pero no lo convierte en ciencia ficción”. También sugirió ir en pos de tratados internacionales para regular el desarrollo de la IA.

Entre los ítems que disputan con la realidad para dejar de estar emparentados con la ciencia ficción, está la teletransportación. Sobre ella inquiere el sitio Wired, enfocado en los negocios de alta tecnología (07/11/2021). Eso con lo que sueñan los escritores de ciencia ficción y los físicos: pararse en un lugar especial, convertirse en chispas, llegar a un planeta alienígena. En Wired se plantea la siguiente cuestión: si un ser humano pudiera ser escaneado, copiado y enviado a otro planeta como una réplica exacta, ¿seguiría siendo ese ser humano? En la nota se comenta que “esa pregunta es filosófica más que física, sí, pero eso no ha impedido que los científicos lo intenten; ya han logrado teletransportar partículas individuales entre dos puntos a 1.400 kilómetros de distancia”.

De momento, acá en la Tierra la gran innovación se está poniendo en marcha en todo tipo de transporte de carga. Los noruegos aseguran que para fin de año estará operando el primer buque porta-containers robotizado. Las pruebas piloto de los camiones autónomos, que operan sin choferes, siguen a todo ritmo y no sólo en los Estados Unidos. Estos ingenios, además de mano de obra, ahorran energía, máxime si finalmente son impulsados por motores eléctricos. Estas tecnologías de baja contaminación requieren más metales que sus contrapartes basadas en combustibles fósiles. Según los resultados de un estudio realizado por cuatro economistas encabezados por el alemán Lukas Boer, que fue publicado en el sitio VoxEU (05/11/2021), los precios de los cuatro metales principales para estas tecnologías –cobre, níquel, cobalto y litio– podrían alcanzar picos históricos de aquí a 2040, en un escenario de cero emisiones netas. El valor total de la producción podría multiplicarse por más de cuatro para el período 2021-2040, rivalizando con el valor total de la producción de petróleo crudo, lo que habla de la importancia del cuarteto metalífero.

 

 

Hay efectivo

Las pinceladas de las promesas referidas al cambio tecnológico que se están haciendo realidad no pueden escapar de la lógica económica. Acá entran los polos de la secuencia de Marx: D y D’ y se completa el panorama. La inversión y, en consecuencia, el crecimiento y el desarrollo, son funciones de dos variables: saber tecnológico y fondos de acumulación. El factor limitativo a escala mundial es el fondo de acumulación. Sin embargo, los dos son complementarios y no competitivos. Existiendo el saber tecnológico, no se lo puede convertir en producción de bienes sin un fondo de acumulación disponible. Como el costo y beneficio privado de lograr una tecnología es inferior al costo y beneficio social, ambos tienden a favorecer la importación y desfavorecer la sustitución de importaciones, es decir, la producción local de la tecnología.

El centro del sistema financiero mundial es el mercado estadounidense, el más grande del mundo. Allí el gran jugador son los bonos del Tesoro, en tanto activo de reserva de tradicional liquidez privilegiada: quien quisiera vender ese bono encontraría comprador inmediato. El volumen de bonos del Tesoro estadounidense en las carteras de inversores privados es enorme y está creciendo rápidamente porque las autoridades estadounidenses emiten cada vez más deuda. El mercado de bonos soberanos de todos los países tenía un volumen de 87 billones de dólares a septiembre de 2020 (punto de referencia: el PIB mundial ronda los 132 billones de dólares). De ellos, 22,4 billones son bonos del Tesoro, 19,8 son bonos soberanos chinos y 12,4 billones bonos soberanos japoneses. Entre los tres constituyen el 62% del mercado. Descontados los bonos de los grandes países europeos y Canadá, las migas alimentan los mercados emergentes, entre ellos, el conformado por la degradada deuda externa argentina.

El proceso inflacionario en los países centrales hace que las acciones (con un mercado global de monto parecido al de los bonos) se vuelvan más atractivas que los bonos. Las primeras avanzan en su valorización con los precios, mientras los segundos –que son de rendimiento fijo– pierden valor porque retornan una cantidad constante de billetes que compran menos. Encima, como los inversores avizoran que los bancos centrales, corridos por el temor inflacionario, subirán la tasa de interés de la nada actual a un nivel positivo (pérdida de capital para los bonos) –y ahogarán prematuramente la recuperación en marcha– la volatilidad en el mercado de bonos manda, pero con una muy preocupante novedad: los bonos del Tesoro norteamericano han perdido liquidez, no encuentran compradores al instante ni a más tiempo. Una gran macana también para las reservas de los bancos centrales de la periferia, que se sustancian en bonos del Tesoro. Los operadores están muy desorientados y no saben si vender o comprar y el andamiaje institucional no los obliga a hacer o dejar de hacer. El tiempo dirá cómo se digieren las circunstancias actuales en una trama productiva que siente la presión de los costos y enfrenta una volatilidad financiera que le impide ir al ritmo necesario para incorporar las innovaciones tecnológicas disponibles o en ciernes para mejorar los balances.

Mientras tanto, la Argentina tiene que negociar su deuda con un FMI cuya cúpula está cuestionada por los norteamericanos, lo que le quita capacidad de apriete. El carácter de compadreada de la mediocre nota del Financial Times sobre el FMI y la Argentina (10/11/2021) dice al respecto. Y no estamos para comernos amagues. El pasado reciente muestra lo caro que se pagan esas ingenuidades. En la década del ’80, la restauración democrática heredó el terrible endeudamiento externo de la dictadura. Interpretó que los muy debilitados grandes bancos (entonces, no ahora, dueños de los pasivos externos), que no salían de sus balances en rojo, podían imponer condiciones, cuando en realidad agarraban lo que les dieran. Entre ellas, el default, lo que le permitía negociar con el gobierno norteamericano para no estropear Wall Street. El yerro desembocó en el desastre de la híper. Ayer, igual que hoy, era un mundo lleno de las promesas de las innovaciones tecnológicas. Ayer, a diferencia de hoy, toda la periferia estaba endeudada hasta las verijas. Hoy, de la mano de Juntos (por la represión), la Argentina se edificó solita su propia década del ’80. Es cuestión de no errarle en el diagnóstico y que la política haga ver a las mayorías nacionales que hay algo para hacer en la vida distinto a estar solos y esperando.

 

 

 

 

 

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