En noviembre de 1960, Ruby Bridges entró en la escuela primaria William Frantz de Nueva Orleans escoltada por cuatro agentes federales. En la foto que inmortalizó ese día, está vestida con esmero, lleva unas sandalias oscuras, un portafolio de tela escocesa, un vestido con moño, un lazo en el cuello de la camisa bien planchada y una flor en el pelo. Tenía seis años y fue la primera nena negra en inscribirse en un establecimiento “para blancos”. En 1954, tras décadas de lucha, la NAACP (acrónimo de National Association for the Advancement of Colored People, es decir, la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) había logrado una importante victoria legal al conseguir que la Corte Suprema emitiera un fallo histórico que declaró inconstitucional la segregación racial en las escuelas públicas. El fallo determinó que “las instalaciones educativas separadas son inherentemente desiguales”. Signo de los tiempos, Thurgood Marshall, el abogado de la NAACP que consiguió aquel fallo, fue nombrado procurador general por el Presidente Lyndon Johnson en 1965, quien dos años después lo nominó para la Corte Suprema, donde se desempeñó como juez asociado hasta 1991. Fue el primer negro en ocupar ese cargo.

Paradójicamente, en Estados Unidos la segregación empezó después de la abolición de la esclavitud, en el siglo XIX. Los Estados del sur promulgaron las leyes conocidas como Jim Crow, por el nombre de un personaje de teatro interpretado por un actor blanco que se pintaba la cara de negro. Estas normas establecieron la separación legal de blancos y negros en espacios públicos bajo la doctrina “separados pero iguales”, una extraña igualdad que prohibía a una minoría ejercer los mismos derechos que la mayoría de la población, y transformó a millones de personas en ciudadanos de segunda. En realidad, la segregación no sólo fue establecida por normas legales, sino que también fue apuntalada por los usos y costumbres; es decir, acciones privadas que limitaron la circulación de gente negra en el transporte, los servicios públicos, las instalaciones recreativas, las fuerzas armadas, las escuelas e incluso las prisiones.
Pese al fallo de la Corte Suprema, en la época de Ruby todavía existía una fuerte oposición por parte de los gobiernos locales en los estados sureños. Como ocurrió muchas veces con otras formas de racismo o antisemitismo, la segregación se camuflaba detrás de filtros supuestamente objetivos y aptitudinales. Para acceder a las escuelas de blancos, los chicos negros debían demostrar que tenían el nivel académico adecuado: los sometían a un test y del resultado de este dependía la oportunidad de asistir a esas escuelas. Por supuesto, ningún chico blanco debía enfrentar esa prueba: el bajo nivel de melanina de su piel alcanzaba para probar su alto nivel académico.
Según contó muchos años después, el primer día de clases Ruby pensó que la multitud que esperaba frente a la escuela preparaba el Mardi Gras, el Carnaval de Nueva Orleans. En realidad, la multitud la esperaba a ella. “Jamás imaginé que todo eso era por mí, que habían organizado una manifestación para impedir que yo acudiese a la escuela. Portaban pancartas, coreaban consignas: 'Two, four, six, eight, we don’t want to integrate'. Los policías federales me tomaron y me metieron rápidamente en el edificio hasta la oficina del director. Vi cómo la gente de afuera entraba apresurada y me miraban por la ventana, gritando. Fueron a todas las aulas para sacar a sus hijos. Se los llevaron a casa, dejando el colegio desierto. Durante todo el día hubo gritos y más gritos. Unos aparecían sosteniendo una pequeña caja, que era un ataúd de bebé en el cual habían colocado una muñeca negra. Cuando regresé el segundo día, la escuela estaba vacía. El rector me esperaba en el descanso de la escalera y me indicó dónde quedaba mi clase. Cuando entré vi a una mujer que dijo: 'Hola, soy tu maestra, mi nombre es Sra. Henry'. Lo primero que pensé fue: '¡Es blanca!', porque nunca había tenido una profesora blanca y no sabía qué esperar. Resultó ser la mejor maestra que jamás tuve y amé la escuela por ella. Era una mujer que había llegado desde Boston para enseñarme porque los profesores de la ciudad rehusaban darle clase a niños negros. Fue como una segunda madre para mí y nos convertimos en las mejores amigas”.
Las amenazas de los padres de los alumnos inquietaron a tal punto a los agentes federales enviados por el Presidente Ike Eisenhower que le pidieron a Ruby que no probara la comida de la escuela, por miedo a que estuviera envenenada. A partir de ese momento, llevó el almuerzo desde la casa. La única alumna negra de la escuela William Frantz de Nueva Orleans no entendía por qué no había otros chicos con ella: “Meses más tarde caí en cuenta de lo que pasaba cuando me topé con otro niño en la escuela que me dijo: 'Mi mamá me dijo que no puedo jugar contigo porque eres una negra'. Con eso entendí todo. Era por el color de mi piel.”
Las reacciones de rechazo no se limitaron a la pequeña alumna, sino que incluyeron a su familia. El padre de Ruby fue despedido de la estación de servicio en la que trabajaba en cuanto los clientes se enteraron de quién era y se quejaron con el dueño. Según contó Ruby años después, las personas que se juntaron frente a la escuela para burlarse o amenazarla “no vieron a una niña. Vieron un cambio y lo que creían que les estaban arrebatando”.
La elección de la escuela no fue casual, los padres de Ruby eran militantes de la NAACP y aceptaron participar en lo que fue un acto político para impulsar el sistema de integración racial de Nueva Orleans. Lo hicieron aceptando los riesgos evidentes que esa decisión implicaba para la familia, en particular para su hija pequeña. Con los años, Ruby Bridges se convirtió en un ícono de la lucha por los derechos civiles, como lo fue Rosa Parks, otra militante obstinada que un día decidió no cederle el asiento en el autobús a un hombre blanco como forma de protesta contra la segregación racial. Ruby fue condecorada por Bill Clinton y recibida por Barack Obama. “Todos nos apoyamos en los hombros de otros. Alguien que abrió la puerta y allanó el camino. Por lo tanto, debemos comprender que no podemos abandonar la lucha, veamos o no los frutos de nuestro trabajo. Tenemos la responsabilidad de abrir la puerta para que esto siga avanzando”, escribió en The Guardian, en 2021.
Hoy nadie recuerda a la salvaje ama de casa que confeccionó un ataúd con una muñeca en su interior, ni al buen padre de familia, hombre de misa dominical, que amenazó con ahorcar a una nena de seis años. Eso se debe a que la militancia a la que adhirieron ella y sus padres tuvo éxito, y fue en gran parte gracias a ellos. Lograron transformar la realidad y consiguieron que la segregación, algo que hasta ese momento era considerado “normal”, fuera cada vez más difícil de defender.
Si el resultado hubiera sido adverso, si quienes hacían manualidades confeccionando ataúdes con muñecas adentro, si los enajenados padres de familia hubieran ganado la partida, probablemente hoy recordaríamos a los padres de Ruby como seres amorales, completamente ideologizados, que no dudaron en poner en peligro a su propia hija en defensa de un proyecto violento e intolerante. Nuestra opinión pública mesurada, condicionada por los medios hegemónicos y las letanías repetidas ad nauseam en las redes sociales, sostendría en ese caso que, si bien hubo excesos en la reacción de los padres de los alumnos blancos, la responsabilidad de lo ocurrido sería de los padres de Ruby, quienes, según esa mirada, hubieran antepuesto su militancia por sobre sus obligaciones parentales, ciudadanas e incluso humanas. Serían defenestrados por haber politizado lo que no debía serlo, generando confrontación entre ciudadanos al obligarlos a tomar partido. Serían culpables de haber impulsado una grieta.
Pero eso no ocurrió. La NAACP ganó —al menos en gran parte— la batalla contra la segregación y hoy resulta fácil, casi evidente, apoyar el ejemplo de Ruby Bridges o el de Rosa Parks. Lo difícil es aceptar los métodos extremos que, en la actualidad, buscan expandir los límites de nuestros derechos hacia nuevos horizontes, como los métodos de la NAACP lo lograron hace seis décadas. Al contrario, la extrema derecha que nos gobierna considera que, en realidad, tenemos demasiados derechos, que equipara a privilegios. Según el relato oficial, repetido también ad nauseam por sus antenas mediáticas, el drama de nuestro país se explica por esos privilegios económicamente inviables (“la orgía de derechos” que propiciaron los gobiernos kirchneristas, según el asombroso diagnóstico del sindicalista gastronómico Dante Camaño). No se trata de una curiosidad argentina, sino de una contrarreforma de la ultraderecha global, cuyo capítulo local es expresado, al menos por ahora, por Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa. Asistimos de esa forma a una venganza de clase e incluso de género. La prédica reaccionaria logra que mucha gente vea en ciertos reconocimientos de derechos (matrimonio igualitario, aborto legal, la tipificación del femicidio e incluso las moratorias para incluir a jubilados en el sistema o la ampliación de las pensiones por discapacidad) “lo que creían que les estaban arrebatando” (parafraseando a Ruby Bridges).
Hace unos pocos días despedimos al Indio Solari y a Taty Almeida, con la misma mezcla de tristeza y agradecimiento. Desde ángulos diferentes, el legado de ambos converge hacia un terreno que hoy parece en crisis: la mirada colectiva, esa que la familia del Indio resumió con acierto durante el velorio masivo en Avellaneda: “Nos cuidamos entre todos”. Ambos descreyeron de la salvación individual, la panacea histórica de nuestra derecha, hoy extrema derecha. Sabían, cada uno a su modo, que la tan mentada meritocracia es en realidad una baraja marcada: consiste en tomar la precaución de nacer rico.
Emulando a un famoso general, Taty llamó al “trasvasamiento generacional” y elogió “la juventud maravillosa” (“Ustedes son los que van a continuar luchando por la memoria, por la verdad y por la justicia. Ya hemos pasado la posta a todas y todos ustedes. De a poquito, ¿eh? Porque a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie”). En esta época de resurgimiento de la antipolitica envuelta en el celofán de la liviandad reaccionaria, Taty consideró que no debemos tenerle miedo a la palabra militancia. El medio siglo de lucha y reclamo por memoria, verdad y justicia prueba la importancia de esa palabra y, sobre todo, de su ejercicio. Sin la militancia obstinada de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, en la Argentina hubiera ocurrido lo que pasó en los países de la región; pero también en España e incluso Sudáfrica: el poder político hubiera ofrecido olvido y perdón a cambio de estabilidad. En nuestro país no nos conformamos con ese destino.
En un momento de repliegue e incertidumbre del campo popular, es bueno recordar el ejemplo de una nena de seis años y el de una señora de 95, que expandieron el universo de lo posible. Es un gran antídoto contra el posibilismo, una toxina que logra que seamos derrotados aun antes de iniciar la batalla.
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