Los senderos de la guerra

El fantasma de un enfrentamiento entre potencias nucleares y el temible abrazo con el FMI

 

“¿Qué clase de paz buscamos? No (buscamos) la Pax Americana impuesta al mundo con nuestras armas… hablo de la paz genuina… la que permite que hombres y naciones puedan crecer y construir una vida mejor para sus hijos… una paz para la humanidad… una paz que trascienda a nuestros tiempos y sea para siempre”. En este discurso, el Presidente John F. Kennedy [1] apelaba a poner fin a la Guerra Fría con la Unión Soviética y a terminar con la carrera armamentista y la amenaza de guerra nuclear. Cinco meses después caía asesinado en la vía pública. Su muerte permanece rodeada de misterios y controversias. La veracidad de la información utilizada por la Comisión Especial (Warren Comission) nombrada por Lyndon Johnson para esclarecer este asesinato fue muy cuestionada y la continua prórroga del Secreto de Estado impuesto a los archivos de la Comisión han contribuido a mantener viva la sospecha sobre la existencia de una conspiración que acabo impunemente con la vida de Kennedy. Desde ese entonces, la guerra intensificó el rol protagónico que ejerce sobre la política exterior, la economía y el desarrollo tecnológico norteamericano.

La ocupación militar, las guerras locales e interminables y su impacto sobre la multiplicación de países inviables en distintas regiones del mundo son algunos de los acontecimientos que desde la década del ‘60 acompañaron a la expansión global de las corporaciones norteamericanas. Controlando tecnologías de punta, estas corporaciones fueron hilvanando las cadenas de valor global y tejiendo una espesa trama destinada a integrar a la economía y a las finanzas mundiales bajo la hegemonía norteamericana. Mientras tanto, la muerte y la destrucción militar arrasaban tierras lejanas y culturas diversas. En Occidente, en cambio, la guerra se naturalizó y se ocultó con el ropaje de los golpes militares, las “revoluciones de colores” y el lawfare. Paralelamente, el endeudamiento ilimitado articulado por el FMI se ha convertido en la fuerza de choque que, sustituyendo a los ejércitos, encadenó a los países periféricos a un capitalismo global monopólico dominado por los Estados Unidos.

Hoy el escenario internacional empieza a cambiar y los conflictos locales y geopolíticos adoptan nuevas características e intensidad. El dominio de los Estados Unidos empieza a ser cuestionado en un escenario internacional cada vez mas dominado por la fragilidad creciente del entramado económico y financiero internacional y por la puja de un puñado de monopolios tecnológicos y de potencias que disputan el control de los mercados, los recursos estratégicos, las rentas, la información y los espacios de orden territorial, marítimo, aéreo, estratosférico y ciberespacial. En este contexto, y por primera vez desde la crisis de los misiles en Cuba, la posibilidad de un enfrentamiento armado entre potencias nucleares empieza a desgarrar la densa polvareda levantada por la especulación financiera internacional.

Esto ocurre al tiempo que, como hemos visto en las últimas notas, la crisis de legitimidad institucional corroe las entrañas de un gobierno norteamericano cada vez mas debilitado en un país que se polariza rápidamente.

 

 

Ucrania y la disputa por la hegemonía mundial

La persistencia de la inflación llevó recientemente a la Reserva Federal a anunciar que sustituirá la inyección de liquidez monetaria a tasas de interés cercanas a cero por una política de restricción monetaria y aumento progresivo de las tasas de interés. Estos anuncios han provocado una creciente volatilidad en el mercado financiero. En las últimas semanas la situación se ha agravado, al compás del aumento de la tensión militar con Rusia en Europa debido a su supuesta intención de invadir Ucrania.

El gobierno norteamericano ha advertido sobre las “consecuencias devastadoras” que tendría esta “inminente” invasión y ha ratificado “la obligación sagrada de defender la seguridad de los países en nuestro flanco oriental[2]. En paralelo, aceleró el envío de armamentos a Ucrania, anunció la evacuación de personal no indispensable de sus embajadas y amenazó a Rusia con imponer “sanciones económicas extremas”, incluyendo la suspensión de exportaciones de semiconductores y la eliminación de Rusia del sistema de transacciones financieras en dólares (Swift). Al mismo tiempo, el secretario de Estado norteamericano manifestó su voluntad de continuar el dialogo diplomático, pero rechazó por escrito los temas que Rusia había propuesto como eje de un futuro tratado de no agresión mutua. Entre otras cosas, Rusia reclama:

  • el fin de la expansión de la OTAN hacia el este de Europa y la no incorporación de ex repúblicas soviéticas, incluida Ucrania, a esta organización militar. La eliminación de bases norteamericanas en estas ex repúblicas soviéticas y la no utilización de su infraestructura para el ataque militar a Rusia y a sus aliados.
  • terminar con el desplazamiento de fuerzas militares en áreas y regiones percibidas como una amenaza a la seguridad nacional.
  • terminar con la utilización de aviones/barcos con armamento nuclear fuera del espacio aéreo/naval propio.
  • no colocar misiles de corto o mediano alcance y/o armamento nuclear fuera del territorio nacional, o en un territorio desde el cual se alcanza a golpear al adversario.
  • eliminación de toda infraestructura necesaria para utilizar armas nucleares que haya sido colocada fuera del territorio propio y prohibición de ejercicios y entrenamiento de personal civil y militar en escenarios de guerra nuclear.

Así, las demandas rusas trascienden al problema de Ucrania e implican límites severos a las actuales operaciones militares norteamericanas y de la OTAN. Rusia demanda un cambio del tipo de operaciones militares realizadas por la OTAN y los Estados Unidos y exige un reconocimiento de su poder y de su área de seguridad e influencia. Así definido, el conflicto con Ucrania involucra la disputa por un nuevo realineamiento mundial y es difícil prever cómo evolucionará en el corto plazo y qué grado de capital político perderá/ganará cada uno de los actores involucrados. El conflicto, sin embargo, ya tiene un enorme poder disruptivo tanto de la economía como de las finanzas mundiales.

Rusia abastece un 30% del petróleo y casi un 40% del gas natural utilizado por Europa y ha anunciado que responderá a las sanciones económicas restringiendo la venta de estos productos [3]. Asimismo, las exportaciones de cereales (trigo, maíz y cebada) de Rusia/Ucrania representan el 24% de las exportaciones globales, y las de girasol y productos derivados un 50% del total global. Lo mismo ocurre con las exportaciones rusas de níquel, paladio, aluminio, platino y cobre, que representan respectivamente el 49% ,42%, 26%, 13% y 7% de las exportaciones globales de estos productos [4]. Así, las sanciones económicas tendrán enorme impacto sobre los precios mundiales de estos productos, agravando la actual disrupción de las cadenas de valor global. Por otra parte, las sanciones también tendrán incidencia sobre el sistema financiero internacional, el valor de las monedas y activos financieros, y el status del dólar como moneda internacional de reserva. En lo político, las sanciones profundizarán la alianza entre China y Rusia, acelerando la reconfiguración del escenario internacional y la formación de nuevos bloques y alianzas entre países y regiones del mundo.

 

 

Otras guerras: inflación y endeudamiento ilimitado

Las decisiones de la Reserva iluminan otros campos de batalla. Investigaciones recientes muestran que las grandes corporaciones norteamericanas han aprovechado a la inflación internacional para “formar” precios internos transfiriendo los costos a los consumidores y apropiándose de una mayor tajada de los ingresos salariales [5]. Se estima que la brecha entre los márgenes de ganancia de las corporaciones y los ingresos salariales ha alcanzado el nivel que tenía en diciembre de 1950 [6]. Esta situación ha llevado al Presidente Joe Biden a acusar a los monopolios de aprovechar la inflación para hacer ganancias extraordinarias [7]. Poco a poco, la puja entre los más poderosos por apropiarse una mayor tajada del excedente, rentas y ganancias extraordinarias empieza a salir a la luz del día. En este contexto el endeudamiento ilimitado emerge como uno de los principales campos de batalla.

Como hemos visto en otras notas, la suba de las tasas de interés pone límites a las ganancias obtenidas con la especulación financiera y amenaza con detonar el enorme endeudamiento privado y público. Esto explica la resistencia de diversas fracciones financieras a aceptar un cambio de política monetaria, que aumentará los riesgos y restringirá sus ganancias.

Los sectores populares han recurrido históricamente al endeudamiento para compensar la caída de salarios y el deterioro de su capacidad adquisitiva. Ahora corren el riesgo de defaultear su deuda si suben las tasas de interés. Hacia noviembre del 2021 la deuda de los consumidores había crecido 11%, llegando, sin incluir hipotecas, a los 4,41 billones (trillions) de dólares. En el mismo periodo, la deuda con tarjetas de crédito había crecido 23,4%, el mayor aumento registrado desde 1998 [8].

Uno de los bancos más grandes del país, Morgan Stanley, analizó recientemente el problema de la brecha existente entre los márgenes de las ganancias corporativas y los ingresos salariales y concluyó que esta brecha “amenaza la salud de la economía norteamericana”: hacia noviembre del año pasado estas corporaciones habrían ganado un 37% en el año, superando así el 6,2% de crecimiento de la inflación y el 12% de incremento de las compensaciones salariales ocurridos en el mismo periodo [9]. Según Morgan Stanley, esto no sucede desde 1990 e implica un serio peligro para la economía pues agudiza el problema inflacionario. Así, para superar este problema las corporaciones tendrían que disminuir sus ganancias a lo largo de los próximos cinco años y redistribuir el excedente mejorando los ingresos de sus empleados. La pelea contra la inflación no requiere ajuste monetario ni límites al endeudamiento sino simplemente un achicamiento de las ganancias corporativas y contención de las demandas salariales.

Los países periféricos endeudados en dólares ofrecen otro flanco de enorme vulnerabilidad ante los cambios en la política monetaria de la Reserva pues el aumento de las tasas de interés provocara un encarecimiento del crédito externo. Esto llevó al FMI a advertir sobre la necesidad de una rápida reestructuración de la deuda de estos países. Asimismo, advirtió sobre la posible salida de capitales y recomendó el aumento de las tasas de interés y la devaluación de sus monedas a fin de enfrentar las turbulencias externas. Estas medidas implican, sin embargo, menor probabilidad de crecer y mayor probabilidad de reproducir el endeudamiento. Más del 60% de los países de bajos ingresos altamente endeudados están hoy en situación de “estrés de deuda” y muchos más pueden caer en esta situación en el corto plazo [10]. En los últimos años el peso del servicio de esta deuda sobre los ingresos fiscales, se ha incrementado un 120% [11]. Esto motiva pedidos de cancelación de la deuda externa de estos países y muestra una vez más que el ajuste fiscal que pregona el FMI conduce a un mayor endeudamiento.

 

 

Acuerdo entre la Argentina y el FMI

El FMI acaba de anunciar que su personal técnico ha llegado a un entendimiento con el gobierno argentino sobre “un sendero de consolidación fiscal que formará un ancla de política clave del programa”. Este acuerdo permitirá aumentar el gasto en infraestructura, ciencia y tecnología, “protegerá programas sociales focalizados” e incluirá “la reducción de los subsidios a la energía de manera progresiva… (Esto) será fundamental para mejorar el gasto público” [12].

El ministro de Economía fue más entusiasta: sostuvo que “se llegó al acuerdo sin políticas de ajuste y con una hoja de ruta sobre el gasto público, el déficit, la política monetaria y la inflación”. Este acuerdo será como el firmado por Macri (stand-by) en el 2018 y se liquidará en dos años, durante los cuales el FMI irá desembolsando trimestralmente las sumas extraordinarias que se necesitan para saldar la deuda. Durante este periodo se co-gobernará con el FMI, que desembolsará los dineros siempre y cuando el país haya hecho los deberes estipulados en el acuerdo. Si esto no ocurre será castigado con penalidades, y en todo momento estará al borde del default hasta el 2024. Por ese entonces se contraerá un nuevo préstamo y con “la macroeconomía ya tranquilizada” podremos enfrentar la enormidad de desembolsos de la deuda acordada con los acreedores privados.

Antes del 2024, el gobierno deberá reducir drásticamente la emisión monetaria y la asistencia del Banco Central al Tesoro, hasta llegar a cero. Así, la autoridad monetaria estará durante este periodo imposibilitada de emitir deuda, algo crucial al ejercicio de la soberanía nacional. El temido déficit fiscal se reducirá drásticamente. La eliminación de los subsidios energéticos contribuirá a esto último, aunque todavía el ministro no se ha referido a este tema. También se apelará al mejoramiento de la recaudación tributaria, porque tendremos una economía virtuosa que crece constantemente. No se sabe cómo hará el gobierno para lograr que los más poderosos, especializados históricamente en fugar divisas, evadir impuestos y sustituir inversión productiva por subsidios, colaboraren ahora con sus obligaciones impositivas.

La política cambiaria no será alterada, y la inflación será controlada por una combinación de políticas macroeconómicas y acuerdos de precios. No se sabe qué medidas se tomarán para que los monopolios que controlan sectores claves de la economía, forman precios e impulsan corridas cambiarias para apropiarse de una mayor tajada del excedente y de las rentas, mansamente acuerden ahora sus precios con el gobierno. Pareciera que ahora esto será más difícil pues competirán con el FMI y los acreedores por los dólares que generan las exportaciones. Como ocurre desde hace décadas, probablemente estos dólares aparecerán y desaparecerán al ritmo de la liquidación de divisas, de la sobrefacturación de importaciones y de la subfacturación de exportaciones, ritmo que es determinado por los intereses en pugna. Este contexto de inflación creciente y corrida cambiaria será estimulado por las alternativas de los desembolsos y los intríngulis políticos, que crecerán en intensidad a medida que nos acerquemos al 2024.

En este contexto, pareciera que el gobierno ha perdido la oportunidad de cuestionar la legitimidad de la deuda de Macri y de intentar recuperar lo fugado, pagando con ello al FMI. Este camino difícil pero épico fue sustituido por el abrazo estrecho al FMI, creyendo que este será su tabla de salvación. Tal vez pronto descubrirá que esta jugada, lejos de alejar los peligros de desestabilización, los incrementa. En un contexto internacional como el analizado más arriba, la Argentina tiene los recursos energéticos y la producción agropecuaria que permiten reencaminar al país hacia un desarrollo nacional integrado e inclusivo. Lamentablemente, estos recursos también atraerán a los buitres que, por distintos medios, intentarán arrebatarlos. Esperemos que estas apreciaciones sean totalmente equivocadas.

 

 

 

[1] Discurso en American University el 10 junio de 1963.
[2] Vocera de la Casa Blanca. El subrayado es mío. zerohedge.com 27 1 2022.
[3] oilprice.com 26 1 2022
[4] research.abobank.com
[5] richmondfed.org 2 12 2021
[6] fredstlouis.org 13 1 2022
[7] whitehouse.gov 23 11 2021
[8] federalreserve.gov 7 1 2022
[9] businessinsider.com 1 12 2021
[10] cnbc.com 21 1 2022
[11] jubileedebt.org
[12] ambito.com 28 1 2022

 

 

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