Marcha de la bronca y de la fe

Un reclamo multitudinario contra el poder que aplasta dignidades esenciales

 

En todo el país, y en muchas partes del mundo, marcharon millones de mujeres. Y quisiera arrancar con lo que decía un cartel que me pareció muy significativo: “No sé coser, no sé bordar, pero sé abrir la puerta para ir a luchar”. Mujeres en lucha y algunos varones solidarios (bastantes, “a Dios gracias”) estuvimos allí. ¿Los reclamos? ¡Muchos! Algunos se concentraron en uno o en otro tema, como era de esperar. Mi amiga Ali, por ejemplo, reclamaba por muchas cosas, pero la principal era obtener justicia por el femicidio de su hermana Laura La violencia creciente contra la mujer sin duda era un tema (o contra los travestis, trans y demás grupos discriminados por “el macho”). Hubo reclamos por muertes femicidas de otras partes de la Patria Grande latinoamericana, reclamos justos por las presas políticas, cuyo emblema más evidente —no el único— es Milagro Sala, reclamo por el aborto o su despenalización, etc… Y reclamos contra un modelo económico patriarcal y democida.

Podría hacer un aporte crítico al Hit del Verano, proponiendo —como ya lo han hecho otras antes que yo— reemplazar la “P” por una “Y”. Pero es un tema circunstancial.

No seré yo el que haga aquí una evaluación de la marcha, ya bastantes (“bastantas”) lo han hecho con más autoridad. Pero quisiera mirar un elemento. Porque se corre el riesgo —me parece— de confundir el tema desde una mera perspectiva “sexual”, o “de género” cuando el principal reclamo (insisto, “me parece”) es de poder. La violencia, las violaciones (y la pederastia) más que un tema sexual es a mi juicio un tema de poder. Y de un poder que humilla, oprime y mata. Y esa es la lucha por la que hay que “abrir la puerta”. Nunca más un poder que se ejerce sobre otra (o sobre otro) aplastando su dignidad. ¡Nunca más!

El “poder” es un tema interesante para el debate. Nadie que quiera cambiar algo puede renunciar a tener (algo de) poder. Sin dudas el poder no es algo negativo, sino que lo es su uso o abuso. La política busca tener poder (accediendo a uno de los poderes del Estado, por ejemplo) para modificar algo. Pero cuando el poder pisotea, aplasta o mata (o “miente” como ocurre con el “primer poder” que antes se llamaba “cuarto”), sin duda entramos en la perversión. Y —acá si— convengamos que es algo particularmente patriarcal. Puesto que, como es habitual, también hay mujeres que tienen “introyectado” el macho y despliegan actitudes patriarcales, la teóloga feminista Elisabet Schüssler Fiorenza propuso el término “kyriarcal” (de “señor”, kyrios). No faltan kyriarcales mujeres cómplices del machismo patriarcal. (¿Qué otra cosa serían Patricia o Laura, por ejemplo?) Así, ser feminista no es una cuestión propiamente de mujeres, mal que les pese a quienes no quieren entender y dicen cosas como “¡femenina sí, feminista no!”. Así como hay mujeres kyriarcales, algunos varones nos consideramos feministas y por eso marchamos. En un segundo lugar, callados, aprendiendo, como debiera ser. Quizás no estemos de acuerdo en todo (no lo sé, ¿cuál sería el problema?), pero no parece que sea sensato que los “machos” pongamos “orden” y “normas” en lo que debiera ser; a lo mejor sería razonable tratar de pensar fraternal y sororalmente una sociedad diferente. A lo mejor el tema del poder debamos empezar a pensarlo y ejercerlo de otra manera. Lo cierto es que cientos de miles de mujeres “salieron a luchar” y nos dieron una lección. ¡Una más!

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